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Orna Donath: “El instinto maternal no existe”

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La tesis de fondo que desarrolla Donath es que a las mujeres se les marca el camino; que, a pesar de que se supone que decidimos ser madres libremente, la presión social para tener hijos es enorme, y que el resultado es que algunas acaban arrepintiéndose.

Con ella llegó el escándalo. Esta socióloga israelí se aventuró un buen día a preguntar a varias madres si habían lamentado tener hijos. Las reveladoras respuestas forman parte de “Madres arrepentidas”, un polémico libro que ha levantado un nuevo debate en torno a la maternidad y los derechos de las mujeres.

La socióloga israelí Orna Donath sabía que tocaba nervio cuando se aventuró a preguntar a un grupo de madres si se arrepentían de haber tenido hijos. Pero nunca imaginó que iba a provocar un revuelo global que se resiste a remitir. Su libro Madres arrepentidas (Random House Mondadori) se acaba de publicar en España y en él recoge el testimonio de 23 mujeres que sí, adoran a sus hijos, pero que, si tuvieran que decidirlo ahora, sabiendo lo que significa e implica, optarían por no tenerlos. La tesis de fondo que desarrolla Donath es que a las mujeres se les marca el camino; que, a pesar de que se supone que decidimos ser madres libremente, la presión por tener hijos es enorme, y que el resultado es que algunas acaban arrepintiéndose.

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Hay una percepción de que este debate es peligroso para el Estado y para el orden social, que establece que la esencia de las mujeres en la vida es ser madre.

Donath es una mujer joven (1976), menuda y amable, que investiga sobre la maternidad y el papel de las mujeres en la sociedad en la Universidad Ben-Gurion del Néguev, en Beerseba, desde hace años. Vive a las afueras de Tel Aviv y es una feminista que ha trabajado con mujeres víctimas de abusos. Por su manera de estar en la vida, recuerda a los miles de israelíes y cosmopolitas que poco tienen que ver con las minorías ultrarreligiosas y nacionalistas que perfilan el futuro de un país en eterno conflicto con los palestinos. Su lucha es otra. En 2008, cansada de que durante el curso de sus trabajos no pararan de advertirle que un día se arrepentiría de no querer tener hijos. Donath se lanzó a la investigación que la ha convertido en el rostro global de las madres arrepentidas. Su atrevimiento con un tema altamente espinoso le ha proporcionado fama y reconocimiento internacional, pero también acusaciones e insultos despiadados. Donath parece haber despertado alguna bestia.

A usted le han llamado de todo. Me han llamado niña mimada, narcisista y egoísta por no querer tener hijos. Hay gente que ha escrito comentarios en la Red que decían que sin hijos sería una mujer vacía, que sería una vieja solitaria rodeada de gatos.

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Si sufres y no sabes identificar qué te ocurre, puedes acabar culpando a los hijos en lugar de a la circunstancia de ser madre. La gente suele decir: entierra tus sentimientos y sigue adelante, pero yo creo que reconocer las emociones puede ser un alivio.

Su libro se centra en el arrepentimiento maternal. ¿Sirve para algo lamentarse? Sí. Desde un punto de vista personal es importante. Reconocer lo que te pasa alivia. Si sufres y no sabes identificar qué te ocurre, puedes acabar culpando a los hijos en lugar de a la circunstancia de ser madre. La gente suele decir: entierra tus sentimientos y sigue adelante, pero yo creo que reconocer las emociones puede ser un alivio. Desde un punto de vista social, que las mujeres reconozcan que se arrepienten puede ser una señal de alarma para que se deje de empujarlas a ser madres, para dejar de vender la idea de que la maternidad le va a valer la pena a todas y cada una de ellas. Puede que las mujeres seamos biológicamente iguales, pero somos distintas. Unas quieren ser madres y otras no.

Usted ha entrevistado a 23 mujeres para su libro, una mínima muestra de la que no conviene extrapolar. ¿Cómo de extendido calcula que está el arrepentimiento maternal? Nunca lo sabremos. Desde luego, no afecta a la mayoría de las mujeres, pero es más común de lo que pensamos. En Alemania han hecho una encuesta recientemente en la que el 8% de las participantes decían que se arrepentían. Pero aunque fueran solo las 23 mujeres a las que entrevisté, habría merecido la pena el debate social.

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(…) para que se deje de empujarlas a ser madres, para dejar de vender la idea de que la maternidad le va a valer la pena a todas y cada una de ellas. Puede que las mujeres seamos biológicamente iguales, pero somos distintas. Unas quieren ser madres y otras no.

¿Por qué cree que su trabajo ha generado tanto ruido? Porque hay una percepción de que este debate es peligroso para el Estado y para el orden social, que establece que la esencia de las mujeres en la vida es ser madre. Y yo planteo que es posible no ser madre y también serlo y después arrepentirse. El problema es que no hay un guion alternativo. La gente no puede imaginar otras opciones porque la imaginación está tomada por un discurso único que dice que para ser feliz hay que tener hijos. Yo no digo que la vida sin hijos vaya a ser perfecta. Puede ser una vida difícil, pero suficientemente buena.

El revuelo en Alemania ha sido descomunal. Sí, fue una gran sorpresa. Mi plan era publicar el libro primero en Israel, pero a raíz de una entrevista en Alemania hace año y medio estalló un debate muy fuerte. Es curioso porque tenemos la imagen de Alemania como un país en el que las mujeres no tienen por qué ser madres si no quieren, pero la realidad social es mucho más compleja. Allí se me acercaron jóvenes y me explicaron que se sentían presionadas para ser madres. Puede que en Alemania sea frecuente no tener hijos, pero hay una jerarquía social entre ser madre y no serlo. La presión no es tan evidente como en Israel, pero, si rascas, existe.

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La gente no puede imaginar otras opciones porque la imaginación está tomada por un discurso único que dice que para ser feliz hay que tener hijos. Yo no digo que la vida sin hijos vaya a ser perfecta. Puede ser una vida difícil, pero suficientemente buena.

Es muy difícil decidir sobre si ser madre o no cuando no puedes saber de antemano cómo te vas a sentir una vez que nazca tu hijo. Es cierto. Es una apuesta que se puede ganar o perder. El problema es que la sociedad promete a todas las mujeres que ganarán siendo madres, las empuja asegurándoles la victoria.

Puede que una determinada etapa de la maternidad resulte cuesta arriba, pero que los sentimientos cambien a medida que los niños crecen. En mi estudio participaron abuelas que aún se arrepienten. Puede que la relación cambie, pero en el fondo saben que no quieren tenerla. Ser madre es una manera de estar en el mundo; aunque los hijos se independicen, siempre los tienes en la cabeza.

¿Existe el instinto maternal? No necesariamente. Sí, tratamos de proteger la vida del bebé, le alimentamos, es una criatura indefensa, pero eso no tiene por qué sr equivalente al instinto maternal. Y en todo caso, si existiera, no es dominio exclusivo de las mujeres. Las parejas gais que adoptan hijos son una prueba evidente.

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Parece que el parto, la lactancia y la crianza han de ser experiencias maravillosas. La maternidad es una relación humana como otras, no el reino mítico que venden.

¿Por qué cree que se embellece la maternidad? Parece que el parto, la lactancia y la crianza han de ser experiencias maravillosas. La maternidad es una relación humana como otras, no el reino mítico que venden. Cuando la experiencia maternal no es lo maravillosa que se supone que debería ser, muchas mujeres se sienten monstruos. Rebajar las expectativas haría que se considerasen menos culpables. Es como el amor, no siempre es de color de rosa.

A menudo es difícil disfrutar cuando el reparto de tareas en casa es desigual y los horarios laborales interminables. ¿Hasta qué punto pueden las condiciones contribuir al arrepentimiento? Las condiciones son importantes, pero no lo explican todo. Hay muchas madres que tienen de todo: tiempo, dinero…, y aun así se arrepienten de serlo. Yo misma, aunque tuviera las condiciones ideales, aunque fuera millonaria, no querría tener hijos y punto.

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Se les pide que sea la madre perfecta o que sean como un hombre, una gran profesional, pero hay muchas identidades de mujeres, que no quieren ser madres ni tener éxito laboral (…) No quiero que lo que importe sea lo que hago, sino lo que soy.

Sí, pero cuando las condiciones son hostiles, muchas tiran la toalla, renuncian a sus carreras profesionales para dedicarse a la maternidad. Con el tiempo, esa decisión les genera una enorme frustración. Pero es que para mí no es una cuestión de madres versus carrera profesional. No todas las mujeres anhelan tener una carrera profesional. Se les pide que sean la madre perfecta o que sean como un hombre, una gran profesional, pero hay muchas identidades de mujeres, que no quieren ser madres ni tener éxito laboral. Deseo vivir en una sociedad en la que pueda no ser madre y marcharme a mi casa después del trabajo a tirar aviones de papel. No tengo por qué ser doctora ni escritora. No quiero que lo que importe sea lo que hago, sino lo que soy.

¿Están las mujeres mejor preparadas para cuidar? No. No tiene nada que ver con la naturaleza, es una cuestión política. Hay mujeres incapaces de cuidar a alguien y al revés, pero nos han vendido que es una cuestión de sexo. Los hombres pueden cuidar muy bien, pero para la sociedad este sistema es muy útil. Nosotras lo hacemos todo sin cobrar, mientras que ellos ganan dinero, viajan y entran y salen del cuidado de los hijos a su antojo.

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Los hombres pueden cuidar muy bien, pero para la sociedad este sistema es muy útil. Nosotras lo hacemos todo sin cobrar, mientras que ellos ganan dinero, viajan y entran y salen del cuidado de los hijos a su antojo.

No se trata, insiste Donath, a la defensiva, de posiciones hostiles o viscerales, que algunos pretenden endosarle: “Mire, a menudo me malinterpretan. Hacen ver que mis estudios son propaganda en contra de la maternidad o de los niños, y eso es falso. Hay mujeres que quieren ser madres y que lo disfrutan, pero me gustaría que tuvieran más libertad para decidir”.

Fuente: Ana Carbajosa, Orna Donath: “El instinto maternal no existe”, en El País Semanal del  26 de octubre de 2016

¿Por qué cada vez tenemos menos sexo?

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Alarma en Occidente: el sexo está en crisis

Alarma en Occidente: el sexo está en crisis

Todo el mundo quiere tener más sexo. ¿O no? En los países occidentales, a los jóvenes de hoy les da más pereza el tema que a sus antecesores. Y todos los datos apuntan a que los demás adultos… quieren, pero topan con el estrés, la presión del mercado laboral, el miedo al rechazo, los individualismos… La asexualidad gana terreno y ha entrado ya en la agenda de algunos gobiernos.

En Annie Hall, Woody Allen hacía decir a uno de sus personajes: “El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír”. Aquella era una frase que resumía una visión despreocupada y placentera del asunto carnal que está desapareciendo. Las señales de alarma que lo indican llegan de muchos lugares del planeta.

Un simpático anuncio danés les recuerda a los ciudadanos que, aunque sigan viviendo bajo presión todo el año, aprovechen el relax de las vacaciones para tener relaciones sexuales. Los creadores de la campaña saben que las hormigas obreras estresadas no abandonan su tarea para, simplemente, divertirse. Así que usan una excusa productiva para fomentar la relación entre el descanso laboral y la líbido. Las imágenes de momentos de tensión erótica en la playa, en la piscina del hotel y en las visitas a monumentos van acompañadas de un texto que recuerda la importancia de hacer hijos para ayudar a sostener las pensiones.

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En Annie Hall, Woody Allen hacía decir a uno de sus personajes: “El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír”. Aquella era una frase que resumía una visión despreocupada y placentera del asunto carnal que está desapareciendo.

En otra parte del planeta, una encuesta realizada en el 2011 por el gobierno japonés desvelaba que el 36% de los chicos entre 16 y 19 años desprecia completamente el sexo. A algunos de ellos les resulta indiferente y les da vaguería. A otros les produce asco -podemos citar nuevamente a Woody Allen: “¿Es sucio el sexo? Sólo si se practica correctamente”-. Otras investigaciones del país nipón llegan a la conclusión de que tres cuartas de la población consideran el sexo “una molestia para una vida ordenada centrada en objetivos laborales” (una respuesta que asumiría cualquier hormiga obrera que pudiera hablar).

En Argentina, la coincidencia de algunos datos indirectos (disminución en la venta de preservativos, menor ocupación de los hoteles que se alquilan por horas, etcétera) hizo que muchos analistas hablaran de “crisis de sexo”. En EE.UU, una encuesta de los Centros de Control de Enfermedades (CDC) concluyó que el porcentaje de adolescentes que habían tenido sexo en el 2015 era del 41% (en 1191 era del 54%)…

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Podemos citar nuevamente a Woody Allen: “¿Es sucio el sexo? Sólo si se practica correctamente”.

…Y en nuestro país, a falta de datos longitudinales, podemos inferir a través de los indirectos que el fenómeno está aterrizando. Los psicoterapeutas reciben, cada vez más a menudo, a parejas que han dejado de mantener relaciones sin tener ningún motivo particular para abandonar el sexo más allá del estrés de la logística cotidiana. Una investigación llevada a cabo por la farmaceútica Lilly en el 2011 aportaba un dato inquietante: el número de españoles que sufren de impotencia había aumentado un 20% por culpa del estrés laboral.  En Catalunya, otra encuesta (esta, realizada por La Maleta Roja, una empresa de productos íntimos) arrojó unos resultados muy significativos: el 43% de las mujeres catalanas desearía tener el sexo con más asiduidad. La razón más citada para no hacerlo era, nuevamente, el esfuerzo de la logística cotidiana.

El abandono del disfrute de la sensualidad parece que se acelera. Y lo hace con el ritmo frenético de plazos cada vez más breves con el que estresamos nuestras vidas. Una investigación británica llegaba a la conclusión de que en 1990 las parejas tenían relaciones sexuales cinco veces al mes, en el año 2000 la media ya sólo era de cuatro veces…y en el 2010 ya era de tres.

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Las hormigas obreras estresadas no abandonan su tarea para, simplemente, divertirse (…) El abandono del disfrute de la sensualidad parece que se acelera. Y lo hace con el ritmo frenético de plazos cada vez más breves con el que estresamos nuestras vidas.

La revolución mental es silenciosa. Los intelectuales -esas personas que se definen, según Huxley, como “individuos que creen haber encontrado algo que es más interesante que el sexo”- no hablan de ella porque habitualmente están de acuerdo con el anhedonismo social. Como siempre, los cambios sociales suelen llegar mientras nos preocupamos de otros asuntos. Y más aún una transformación como esta, que coincide con una crisis económica que nos ha convertido a casi todos (los de arriba, no, ellos siguen a lo suyo) en ciudadanos preocupados por lo material. De hecho, la precariedad es una de las causas de esta disminución mundial de la libido.

“Cuando el dinero entra por la puerta, el amor sale por la ventana”, reza un viejo adagio popular. Las cuestiones económicas son la principal causa que dan los ciudadanos para este olvido del placer erótico. En Japón, por ejemplo, una encuesta realizada en el 2015 por el Japan Times mostraba que la principal causa de la sequía en jóvenes es la obsesión por un objetivo que consideran más importante: encontrar un trabajo. Los estudios y la esclavitud de un primer empleo (que obliga a dedicar mucho tiempo y energía para ganar poco dinero) les dejan sin tiempo para pensar en juegos carnales.

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De hecho, la precariedad es una de las causas de esta disminución mundial de la libido. “Cuando el dinero entra por la puerta, el amor sale por la ventana”, reza un viejo adagio popular. Las cuestiones económicas son la principal causa que dan los ciudadanos para este olvido del placer erótico.

A esto se une la dificultad que plantean las relaciones personales en una sociedad cada vez más individualista. Los datos sobre menor frecuencia de relaciones contrastan con otros que hablan de un aumento de ventas de los juguetes sexuales. Esta paradoja tiene una causa: en una cultura competitiva que fomenta el postureo narcisista, la seducción requiere cada vez más inversión de esfuerzo y valentía. Establecer conexiones entre egos es cada vez más complicado. La presión por alcanzar el éxito, el estrés continuo y rutinario, el miedo al rechazo, la dificultad para negociar egoísmos o la inseguridad a la que nos exponemos cuando los demás ven nuestros cuerpos imperfectos son impedimentos para la sexualidad desinhibida que surgen continuamente en las encuestas.

Esos factores son, por ejemplo, los más citados en una de las investigaciones que han disparado esta alarma pro nuestra progresiva asexualidad. Se trata de un estudio publicado recientemente en la revista Journal Archives of Sexual Behavior: el 15% de los jóvenes entre 20 y 24 años llevan años sin tener relaciones. El porcentaje duplica al de la década anterior. Los titulares con los que se presentaba la investigación reflejan la perplejidad que produce el fenómeno: “A pesar de ser una generación libre de prejuicios y etiquetas, los millennials (la generación nacida en los noventa) están perdiendo las ganas de hacerlo”.

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Establecer conexiones entre egos es cada vez más complicado. La presión por alcanzar el éxito, el estrés continuo y rutinario, el miedo al rechazo, la dificultad para negociar egoísmos o la inseguridad a la que nos exponemos cuando los demás ven nuestros cuerpos imperfectos son impedimentos para la sexualidad desinhibida.

Durante todo el siglo XX, los movimientos de liberación asumieron que la única razón para frenar la motivación sexual era la represión. Se asumía que cuando estuviéramos libres de tabúes disfrutaríamos del placer erótico. Por eso convirtieron el sexo en un asunto doctrinario que servía para hablar de otras cuestiones ideológicas. Olvidaron que la motivación sexual implica también un estado de ánimo y unas ganas. Para ponerse al tema no basta con eliminar lo negativo (miedos y prejuicios). Hace falta, además, añadir variables positivas. La ideología no es suficiente. “Si el sexo es un fenómeno tan natural, ¿cómo es que hay tantos libros sobre cómo hacerlo”, se preguntaba la actriz Bette Midler.

Las “ganas de” requieren disposición a compartir, desconexión del estrés cotidiano, hedonismo y facilidad para el disfrute y renuncia a ideales de logro autoexigentes. Y esas variables son un bien cada vez más escaso.

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Olvidaron que la motivación sexual implica también un estado de ánimo y unas ganas (…) Las “ganas de” requieren disposición a compartir, desconexión del estrés cotidiano, hedonismo y facilidad para el disfrute y renuncia a ideales de logro autoexigentes. Y esas variables son un bien cada vez más escaso.

La estrategia de la educación sexual higienista (centrada en prevención de problemas y liberación de tabúes) no ha sido suficiente. Ha servido para desinhibirnos en la búsqueda de gratificación inmediata con la masturbación en internet, pero no para disfrutar del contacto sexual. Una reciente investigación de la Universidad de Wageningen, en Holanda, ponía en cifras esa sexualidad onanista propia del siglo XXI. Preguntando a cientos de adictos a las autofotos, los investigadores descubrieron que el 83% carecía de vida sexual. Los modernos individualistas y competitivos solamente disfrutan de autosexo mental puntuado de orgasmos mediáticos de autoestima.

Nuestra sociedad de retos y postureo no fomenta el disfrute. Ignora la motivación hedonista, la capacidad de disfrutar de placeres como la coyunda carnal que no sirven para alcanzar ningún objetivo. El filósofo Michael Onfray, autor del Manifiesto hedonista, nos recuerda que nuestra cultura silencia el tipo de placeres no productivos que se basan en “la intersubjetividad serena, alegre, feliz; la paz del alma y el espíritu; la tranquilidad de ser; las buenas relaciones con el prójimo y la comodidad entre las personas”. Al igual que el disfrute gastronómico o las risas practicando deportes (sustituidos por dietas y gimnasio), el goce erótico desaparece porque se considera “innecesario”.

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La estrategia de la educación sexual higienista (centrada en prevención de problemas y liberación de tabúes) no ha sido suficiente. Ha servido para desinhibirnos en la búsqueda de gratificación inmediata con la masturbación en internet, pero no para disfrutar del contacto sexual.

David Lodge, uno de los últimos escritores que buscan divertir, afirmaba en los años ochenta en The Guardian:  “Como es cada vez más difícil escribir sobre sexo, quizá tendremos novelas sobre el trabajo a partir de ahora”. La amenaza se ha cumplido: las novelas llevadas al cine a partir de los noventa hablan, casi siempre, del mundo laboral. Quizás porque describir el placer y cuantificar los logros del hedonismo es más difícil que hablar de los que buscan fama, poder o dinero.

La antropóloga Ruth Benedict clasificó a las culturas en función de su propensión a fomentar la motivación hedonista. Unas buscan que sus miembros tiendan a ser responsables y actuar siempre en función de objetivos: a esto le llamó culturas apolíneas. Otras intentan hacer de sus miembros personas despreocupadas que viven en función del placer y la diversión (culturas donisíacas). La diferencia entre unas y otras a la hora de fomentar placeres básicos como el erotismo se pone de manifiesto en muchos estudios. En la encuesta Durex del 2012, por ejemplo, los países con menor número de relaciones sexuales cotidianas eran sociedades apolíneas, como Japón o EE.UU. Y en el top 10 de frecuencia se encontraban culturas dionisíacas como Grecia, Brasil… o España, que estaba en el octavo lugar.

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Nuestra sociedad de retos y postureo no fomenta el disfrute. Ignora la motivación hedonista, la capacidad de disfrutar de placeres como la coyunda carnal que no sirven para alcanzar ningún objetivo (…) el goce erótico desaparece porque se considera “innecesario”.

Pero no nos debemos confiar por estar en el lado gozoso de esta dicotomía. El planeta se encamina, progresivamente, hacia una aldea colectiva apolínea. Lo dionisiaco (el disfrute sin objetivos ni motivación de logro) está cada vez peor visto. Necesitamos más excusas (como la necesidad de fabricar hijos que paguen las pensiones) para pasárnoslo bien sin sentirnos culpables. Y sólo nos permitimos gozar en tiempos restringidos: las vacaciones se plantean como un pequeño periodo de desfogue… para luego volver a ser hormigas obreras. Es como si empezáramos a creer que el sexo es sólo una sublimación del instinto de trabajo que sólo debe aparecer cuando no tenemos algo productivo que hacer.

Gabriel Wikström, ministro de Sanidad sueco, ha creado una comisión para averiguar las causas de la apatía sexual. Cuando se entregue el informe, en el 2019, ha prometido tomar medidas porque considera que “se trata de un problema de gran magnitud”. Es inevitable preguntarse qué hará si la comisión concluye que la principal causa es la falta de hedonismo del mundo actual. ¿Restaurará las Saturnales y las hará obligatorias?

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Lo dionisíaco (el disfrute sin objetivos ni motivación de logro) está cada vez peor visto. Necesitamos más excusas (como la necesidad de fabricar hijos que paguen las pensiones) para pasárnoslo bien sin sentirnos culpables.

Por suerte, el placer no necesita el visto bueno de los poderosos ni de la masa social. Sin esperar al 2019 podemos liberarnos del papel de hormigas obreras y gozar de la sexualidad en cualquier momento y sin ningún objetivo. Depende de nosotros.

Rubens, Hokusai, Rodin, Flaubert, Debussy, Buñuel, Nabokov, Polanski, Lennon…. La cultura ha ofrecido siempre puntuales dosis de sexualidad entendida como uno más de los placeres de los sentidos. Durante siglos, siguiendo una tradición que viene del mundo clásico, pintores, escritores, músicos (y después directores de cine) han salpicado con erotismo sus expresiones artísticas. Y esa sexualidad alegre y desenfadada que muestran el Decamerón, los cuadros de Tiziano o las novelas de D.H. Lawrence fueron parte de su éxito de público.

De hecho, en ciertas épocas, se criticaba a la cultura comercial por abusar de este recurso. En el cine, sin ir más lejos, los taquillazos tipo Instinto básico eran menospreciados por usar el fácil impacto del morbo erótico. Que un cruce de piernas sin ropa interior se convirtiera en una escena icónica del cine parecía demostrar que los espectadores, en el fondo, éramos los mismos cavernícolas de siempre…

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En una sociedad de hormigas trabajadoras sólo son aceptables los instintos básicos que nos mueven a la lucha productiva. La sexualidad hedonista ya no llama nuestra atención.

Pero algo está cambiando en los usuarios de productos culturales. El gancho sexual ya no funciona. Un ejemplo: un informe reciente de la empresa de análisis de mercado Ipsos llegaba a la conclusión de que cada vez atraen menos las relaciones sexuales en el cine. De hecho, desde Titanic (1997) ningún gran éxito incluye escenas tórridas.

¿Es menos básico el espectador actual? Parece que no es el caso: el mismo informe aseguraba que el gancho ya no es el sexo, porque ahora lo que atrae es… la violencia. Muchas películas y series actuales son policíacas o cine de acción (terror, fantasía heroica con grandes dosis de sangre…) Incluso las que parecen hablar de sexo (50 sombras de Grey) hablan de poder y parecen protagonizadas por psicópatas corporativos con ansia de control. El manga, el producto cultural cuyo consumo más ha subido entre la juventud, es una muestra de este sí a la violencia, no al sexo.

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Por suerte, el placer no necesita el visto bueno de los poderosos ni de la masa social (…) podemos liberarnos del papel de hormigas obreras y gozar de la sexualidad en cualquier momento y sin ningún objetivo. Depende de nosotros.

En una sociedad de hormigas trabajadoras sólo son aceptables los instintos básicos que nos mueven a la lucha productiva. La sexualidad hedonista ya no llama nuestra atención.

 

Fuente: Luis Muiño, “Alarma en Occidente: el sexo está en crisis” en el Magazine del 23 de abril de 2017

Jhumpa Lahiri, “Me moría por integrarme porque odiaba sentirme diferente”

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Y la transformación constante, asegura, se ha convertido en su verdadero refugio: “No hay otra manera de entender la vida”.

Tras cosechar un éxito fulgurante -ganó el Pulitzer con su primera colección de relatos-, esta escritora estadounidense de origen bengalí se sentía como una cantante a la que todos los conciertos le piden la misma canción. Decidió cambiar de música. Abandonó Nueva York, se mudó a Roma con su familia. Hoy solo escribe en italiano. Y la transformación constante, asegura, se ha convertido en su verdadero refugio: “No hay otra manera de entender la vida”.

Hace un lustro la exitosa escritora Jhumpa Lahiri (Londres, 1967) decidió convertir un año sabático en Roma en una transformación vital. Se quedó tres años con su marido y sus dos hijos y pasó a escribir en italiano. Hoy no quiere volver a hablar de los bengalíes que protagonizan El intérprete del dolor, En tierra desacostumbrada o La hondonada, publicados en España por Salamandra. La suya es la historia de una renuncia al éxito, al dinero y a la lengua para mantener las riendas de su vida.

La grandiosidad de la vista desde su ático en lo alto del Gianicolo contrasta con la sencillez con la que está amueblado el piso, como si lo importante quedara a los pies de su casa. Habla un italiano perfecto. “Ciao, amore”, saluda a su marido, el periodista neoyorquino de origen guatemalteco Alberto Vourvoulias. Y ofrece cerezas y agua con gas. Dulce, menuda, firme y con una fortaleza de junco, relata la historia del éxito que amenazó con devorarla. Y explica cómo le plantó cara.

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Dulce, menuda, firme y con una fortaleza de junco, relata la historia del éxito que amenazó con devorarla. Y explica cómo le plantó cara.

La entrevista transcurre en la terraza, como si no pudiera separarse de las vistas al Aventino romano. Cuenta que Jhumpa, su seudónimo, no remite a nada, “no es como el nombre de mi padre, Amar, que significa inmortal”. Se lo puso su madre, igual que los de nacimiento, Nilanjana Sudeshna. “Los eligió confundida en el hospital de Londres. Tuvo que decidir en un momento lo que en India uno reflexiona durante un tiempo, hasta que el carácter del bebé termina por decidirlo”.

Empezó sin prisas pero imparable. Con 34 años logró el Pulitzer con su primer libro de cuentos, El intérprete del dolor. Luego siguieron ventas astronómicas y una película a partir de su primera novela… ¿Necesito huir de tanto éxito? Tengo una relación difícil con esa identidad, la del éxito.

No es la primera vez que está incómoda en su piel. Mi primera incomodidad nació de mi relación con Estados Unidos. Pero el problema siempre ha sido el mismo: que mi identidad esté en manos de otras personas. He necesitado levantar barreras para construirme a mí misma.

Pero el problema siempre ha sido el mismo: que mi identidad esté en manos de otras personas. He necesitado levantar barreras para construirme a mí misma.

Hace una década decidió estudiar italiano obsesivamente. Hoy ha abandonado el inglés y ha publicado dos pequeños ensayos en italiano. ¿Otra lengua consolidará su identidad? El italiano ha sido una pasión, una fuga y también una cura. Es lo que me ha permitido poco a poco llegar a ser otra.

¿Por qué necesitaba ser otra? ¿Por qué arriesgarse a expresarse en un idioma que no controla cuando se gana la vida escribiendo? Uno debe correr riesgos. Incluso en inglés crear era para mí un juego peligroso. Era ir contra las experiencias de mi familia.

Creí que su padre era bibliotecario. Pero eso tiene poco que ver con ser artista. Asumieron, y yo casi también, que tras el doctorado me convertiría en catedrática. Querían para mí la seguridad de la vida americana que ellos habían logrado. Irónicamente, ahora doy clase en Princeton, pero he llegado por otro camino: porque soy escritora, no por mis estudios. Y eso es lo que quiero ser.

Una autora en perpetua transformación. Aunque Beckett, Nabokov o Agota Kristof cambiaran de idioma, sorprende que escriba ahora en italiano. Para mí es una esquina más. Ya me pasó cuando decidí que quería escribir. Tenía mucho miedo, pero por costoso que sea, y lo es, se decide una vez si uno quiere ser libre o no. El resto son matices.

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Uno debe correr riesgos (…) Tenía mucho miedo, pero por costoso que sea, y lo es, se decide una vez si uno quiere ser libre o no. El resto son matices.

¿De dónde sacó el valor para intentar ser quien quería ser? Me volví loca de amor por la persona con la que supe que tenía que estar. Eso da fuerza. Mi vida parecía hecha, iba directa hacia una carrera académica. Pero tenía un secreto, escribía. Sentirme amada abrió ese secreto cerrado con llave.

Su marido le apoyó. Mi suegra era escultora. Alberto venía de un mundo en el que uno podía plantearse la vida ampliamente. En el momento oportuno, al borde de los 30, por fin encontré un buen hombre.

¿Conoció a muchos malos? Los suficientes para valorar al bueno.

Su primera decisión libre fue convertirse en escritora, la segunda hacer del italiano su lengua, ¿cada cuánto va a necesitar cambiar para sentirse dueña de su vida? ¿Quién sabe? Pero creo que este último cambio bastará. Variar de lengua con 45 años es bastante serio.

Particularmente si involucra a su familia. ¿Es posible reinventarse como persona sin sacrificarlo todo? Cualquier cambio requiere no solo sacrificio, también traición. [Cita en italiano: Ogni cambiamento richiere un tradimento]. Creo que es cierto incluso biológicamente. Para que mi hija sea quien es ha tenido que perderse la que fue hace tres años. Uno gana y pierde. Coge y suelta. Así nos alimentamos: tomamos y dejamos, de lo contrario no funcionaría. Creo que la identidad es eso.

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Cualquier cambio requiere no solo sacrificio, también traición. Creo que es cierto incluso biológicamente. Para que mi hija sea quien es ha tenido que perderse la que fue hace tres años. Uno gana y pierde. Coge y suelta. Así nos alimentamos: tomamos y dejamos, de lo contrario no funcionaría. Creo que la identidad es eso.

¿Cree que sus editores hubieran publicado In altre parole, su memoria en italiano, si no hubiera sido una escritora famosa? No lo sé. Nunca lo había pensado.

Paradójicamente, ha sido el éxito del que quería escapar lo que la ha permitido escapar. No era el olvido ni ignorancia, era distancia lo que necesitaba. Aprender italiano era completamente necesario para mi viaje personal. Si el objetivo es ser feliz y sentir armonía con el mundo, eso solo lo logré después de esta segunda decisión.

¿Cómo afectó esa decisión a su familia? Mi marido escribe y traduce, un trabajo privilegiado, pero pésimamente pagado. Ahora vivo de dar clases porque ya no cobro casi de lo que escribo. De los textos en italiano obtengo poco dinero.

¿No va a volver a escribir en inglés? De momento, no. Ha sido un sacrificio económico importante. Aunque encuentro liberador ganarme la vida con un trabajo que requiere energía pero le permite a uno irse a casa. Prefiero eso a la presión exagerada de tener que hacer un libro que se venda bien. No quiero escribir para complacer a nadie. Para eso preferiría convertirme en jardinera.

Jhumpa Lahiri

Si uno está dispuesto a arriesgar no hay vuelta atrás. Lo menos que podemos hacer en la vida es tratar de ser felices. No es ser egoísta, sino entender lo necesario. Lo que quiero transmitir a mis hijos es que se beban la vida hasta el final del vaso.

Cuando decidió mudarse a Italia, ¿se enfrentó más a sus padres o a sus editores? Pensábamos que tendríamos una pequeña aventura, nadie anticipó que transformaría nuestra vida. Pero un año no fue suficiente. Mi hija Noor era muy niña. Pero mi hijo Octavio se enfadó. No entendía lo que estábamos haciendo. Traté de explicárselo y siguió enfadado, pero escuchó. Si uno está dispuesto a arriesgar no hay vuelta atrás. Lo menos que podemos hacer en la vida es tratar de ser felices. No es ser egoísta, sino entender lo necesario. Lo que quiero transmitir a mis hijos es que se beban la vida hasta el final del vaso.

¿Qué crea las raíces? ¿Los lugares, la educación, la familia? El amor hacia otras personas, hacia la literatura -en mi caso- o hacia el barrio. Yo amo este lugar. Me gusta todo sobre mi vida cotidiana. Cuando me fui de Nueva York no eché  de menos la ciudad. Alberto y mis hijos, sí, pero yo no. Estudié, trabajé y tuve hijos allí. Tengo recuerdos muy bonitos, pero no tenía raíces. En Roma me siento segura. Y valiente. Eso es lo que debe ser una casa: un lugar donde uno se siente protegido y alentado.

Sus relatos cuentan lo que se gana y se pierde con las elecciones vitales. Creo que siempre escribo sobre huidas. La desubicación y la metamorfosis están en mi trabajo desde el principio.

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Eso es lo que debe ser una casa: un lugar donde uno se siente protegido y alentado.

En italiano parece otra escritora. No me gusta sentirme responsable como creadora. Creo que es un error. Si fuera piloto de avión afrontaría mi trabajo con gran sentido de la responsabilidad. Pero cuando escribo solo quiero ser responsable ante mí misma. Y creo que hemos perdido esa noción del creador. Hoy los artistas dan explicaciones. Tienen que aclarar lo que significan las cosas… Ahora que trabajo en italiano muchos indoamericanos me han dicho: “¿Ya no vas a escribir de nosotros?”. ¡Mi intención nunca fue escribir sobre ustedes!

No quiere ser la voz de los bengalíes emigrantes. No puedo serlo. Yo me enamoré de la literatura sin encontrar jamás un personaje que ni remotamente se pareciera a mí o a mis experiencias. Crecí leyendo a Shakespeare, Thomas Hardy o Tolstoi no porque me hablaran sus personajes, sino porque son obras de arte. Y las obras de arte tienen el poder de ir más allá de los mundos estrechos. ¿Si mis padres son inmigrantes solo debo leer historias de gente cuyos padres son inmigrantes? ¡Per carità! Si es literatura, debe ser capaz de hablar a todos.

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Y las obras de arte tienen el poder de ir más allá de los mundos estrechos (…) El arte y la literatura sirven para ampliar, no para limitar nuestros pequeños mundos.

Vivimos en un mundo de consumo a la carta. Todo el mundo online se basa en eso. Amazon envía continuamente mensajes: “Si compraste esas sillas te gustarán estas”. De modo que nunca te gustarán sillas completamente diferentes porque ni sabrás que existen. La vida está empobreciéndose por las simplificadoras herramientas del marketing. El arte y la literatura sirven para ampliar, no para limitar nuestros pequeños mundos.

¿Cuándo era joven sentía deseo de pertenecer a una cultura? Sentía desesperación. pero me liberé de eso. Era doloroso, un sentimiento de inferioridad y fracaso.

¿Por qué se sentía inferior? Porque no soy estadounidense. América para mi madre era el enemigo. Y yo me moría por integrarme porque odiaba sentirme diferente. Detestaba todo sobre mí misma: mi nombre, mi aspecto… Y ese es un sentimiento devastador.

¿Salió de todo eso sin ayuda? No. Tuve mucha ayuda. Me he psicoanalizado durante años.

¿A su hermana le pasó lo mismo? No puedo hablar por ella, pero creo que no vivió tan atormentada. Es siete años más joven, nació en América y para entonces mis padres llevaban una década fuera de India. Cuando yo nací mi madre se pasó años negando nuestras vidas. No quería que nada de lo que nos rodeaba nos tocara. Y eso es imposible. No confiaba en el lugar donde había ido a vivir. Todo para ella era una amenaza. Tuve que lidiar con eso. Cuando mi hermana nació, el hielo ya estaba roto.

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Sentía desesperación. Pero me liberé de eso. Era doloroso, un sentimiento de inferioridad y fracaso (…) Y yo me moría por integrarme porque odiaba sentirme diferente. Detestaba todo sobre mí misma: mi nombre, mi aspecto… y ese es un sentimiento devastador.

Pasaban los veranos en Calcuta. Creo que es imposible ir y no reaccionar ante lo que ves. Me interesaba mucho habiendo crecido en un lugar tan estéril como Nueva Inglaterra. Me estimulaba. Es un lugar visceral, como Roma elevado a la enésima potencia, un sitio que te hace pensar. Pero lo que no me gustaba era sentirme diferente también allí. Allí éramos los americanos: que si éramos ricos, que si teníamos máquinas que nos limpiaban la casa. Creo que pensaban que vivíamos en la Casa Blanca. Yo sentía la presión por tener allí una experiencia que no era mía: la de volver a casa. Aquello no era mi casa. Con todo, había algunas cosas por las que podía dejar de preocuparme. Por ejemplo, mi nombre. Parece poco, pero es mucho. Allí mis padres eran gente en un contexto. En América eran criaturas aisladas.

Pero todavía viven en Estados Unidos. Mi padre decidió que se quedaban. Su cultura es así, son los hombres los que deciden.

Sin embargo, como sucede con algunos de sus personajes, era su madre quien le buscaba a usted un marido. Sí.

¿De Calcuta? Eso era lo ideal, pero podía ser también un inmigrante indio, alguien como yo.

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Mi insistencia en refugiarme en el cambio es una reacción a mi madre, que, básicamente, se negó a cambiar y rechazó la realidad porque la realidad es cambio. Todo se transforma. No hay otra manera de entender la vida. Mi madre estaba en contra de la vida. Y eso es una batalla perdida: garantiza tu propia infelicidad y la de quienes te rodean.

¿Qué dijo cuando apareció con su marido? No sabían qué hacer. Pero lo quieren mucho. Uno tiene que evolucionar. Mi insistencia en refugiarme en el cambio es una reacción a mi madre, que, básicamente, se negó a cambiar y rechazó la realidad porque la realidad es cambio. Todo se transforma. No hay otra manera de entender la vida. Mi madre estaba en contra de la vida. Y eso es una batalla perdida: garantiza tu propia infelicidad y la de quienes te rodean. Quiero a mi madre y me angustia que naciera en un tiempo y una cultura que esperaba de ella que se adaptara a los deseos de los demás. Ella tuvo una boda arreglada. Se casó con mi padre, que vivía en Londres. Como mi padre quería ir a América, ella fue; como quiso quedarse, ella se quedó. ¿Dónde queda una persona en una vida así? Creo que le aterrorizaba dejar de ser lo que era. Con sus fijaciones sobre cómo teníamos que vivir, vestir o comer nos enviaba el mensaje de que no podíamos dejar que el enemigo se colara en nuestra casa. He conseguido que mi vida no sea así y estoy agradecida.

¿Cómo es su madre hoy? Igual y distinta. Tiene 77 años y puede conducir un coche o irse a comer un trozo de pizza. Eso hubiera sido impensable en India. Sin embargo, tiene vivo el recuerdo de la chica que fue, de cómo durmió entre sus padres hasta que se casó.

¿De dónde se sienten sus hijos? Son americanos, pero espero que se sientan del mundo. Han aprendido a adaptarse. A lo mejor les hago daño. Pero asumo esa responsabilidad. Les pido que sean ellos mismos. Que estén cómodos en sus huesos. Que sean lo que quieran ser.

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Les pido que sean ellos mismos. Que estén cómodos en sus huesos. Que sean lo que quieran ser.

¿En el mundo ha encontrado más racismo, clasismo o sexismo? Todo eso. Toda mi vida he sido muy consciente de la intolerancia y los prejuicios.

¿Sus hijos no los han vivido? En parte sí y en parte no. Los humanos estamos más programados para defendernos que para mezclarnos. Podría decir que hoy hay menos sexismo: soy una mujer que da clase en Princeton. Lo mismo sucede con los estudiantes. Hace dos generaciones eran todos blancos. El mundo, mi mundo, parece haber cambiado. Pero en algunos aspectos nada se ha modificado y los cambios no van a mejor. La política lo refleja. Solo la ciencia me da esperanza en el mundo.

¿Cómo educar sin optimismo? Todo cambia. Si no aceptas ese principio básico, estás eligiendo una vida de infelicidad continua. Si no miramos hacia fuera para tratar de entender y escogemos obsesionarnos con nuestro pequeño mundo, al final lo que hacemos es construir miedos.

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Todo cambia. Si no aceptas ese principio básico, estás eligiendo una vida de infelicidad continua. Si no miramos hacia fuera para tratar de entender y escogemos obsesionarnos con nuestro pequeño mundo, al final lo que hacemos es construir miedos.

¿La visión del mundo que describe no precisa cierta posición económica? ¿Cualquiera puede permitirse esa apertura mental? Hay millones de personas con todo el dinero del mundo y cero innovadoras. Quiero creer que la apertura mental no depende del dinero. Depende de la lucidez más que de las oportunidades. La razón por la que pienso que uno puede abrir su mente sin dinero es porque creo en la literatura. Cualquiera que tiene acceso a una biblioteca puede hacerlo.

¿Qué libro abrió la suya? Leer. Ningún libro en concreto.

En sus obras hay miedo a la tecnología. Los teléfonos inteligentes nos hacen estúpidos. Han acaparado nuestra atención.

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En el mundo humano, incluso si alguien se cambia de sexo, no puede dejar atrás todo su pasado. Cargamos con lo que hemos sido.

Ha escrito sobre cómo en el mundo animal para convertirse en mariposa debe desaparecer el gusano. En el mundo humano, incluso si alguien se cambia de sexo, no puede dejar atrás todo su pasado. Cargamos con lo que hemos sido. Podemos alterar, pero no deshacer. ¿Cuál es entonces la realidad? Eso es lo que me fascina y aterroriza a la vez: lo que nos hacemos a nosotros mismos para dejar de ver lo que tenemos delante.

Fuente: Anatxu Zabalbeascoa, en El país semanal, 17 de septiembre de 2017

Mi vida sexual nunca ha cabido en 140 caracteres.

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Los tiempos actuales son los tiempos del nómada. Pero no los del nómada que regresa al hogar tras una larga temporada de caza, sino los de quien no regresa porque no tiene hogar al que volver, por muy cargado que vaya con el ajuar completo de IKEA. Es el nómada que no tiene nada que contar porque no tiene a quien contárselo, aunque en su Facebook figuren diez mil “amigos”.

“No me esperes a cenar, Penélope”. Así resumía La Odisea -nada más y nada menos- una ingeniosa tuitera en un concurso de sinopsis de obras clásicas convocado en Twitter. Como todo el mundo sabe -e incluyo a los niños lactantes y a los Golden retriever-, es condición básica de esta plataforma no exceder de 140 caracteres, “inocente” requisito del que podemos sacar una conclusión: se trata de mirar pero sin fijar la atención. El objetivo es que la actualidad borre cualquier vestigio del pasado y que el único compromiso no sea con lo dicho o lo leído, sino con la propia plataforma, a la que hay que ser ferozmente leal.

En realidad, Twitter es una plataforma virtual para relacionarse, un canal erótico (poco a poco iremos abordando y desarrollando el concepto de “lo erótico”), un medio tecnológico para establecer vínculos con otros seres humanos. Pero su éxito reside en que permite -y potencia y consolida y aclama- una nueva manera de interrelacionarse, y de construir el mundo. En definitiva, una nueva forma de ser humanos.

Por muy ingeniosa que sea la sinopsis antes citada, lo primero que revela es que hay prisa, un tiempo acelerado que tan solo permite la insistencia, no la existencia. Y para ilustrarlo, tomo prestada la siguiente idea de Jorge de los Santos:

En la serie y en las más recientes películas hollywoodienses de Misión imposible siempre me ha resultado sorprendente cómo al protagonista una voz le dicta lo que va a conformar su porvenir (es decir, la misión), sin posibilidad para el diálogo, para la matización, para la crítica, para negarse, sin siquiera tener tiempo para asumir lo que debe hacer. La celebérrima sentencia “esta grabación se autodestruirá en cinco segundos” siempre me ha puesto los pelos de punta (…). Al pobre protagonista, si haber tenido tiempo de retener la dirección de Praga (…), donde debe reunirse con no se sabe quién del KGB (…), a no se sabe qué hora (…), para no se sabe qué (…) Al pobre tipo, digo, nada más destruirse la trascendental grabación, ya le están metiendo otra y luego otra y luego otra (…). Y todo eso ¿por qué? Porque “la voz” en realidad no quería que el superhéroe salvara al mundo; lo que de verdad quería era que el tío la escuchara atentamente, continuamente, sin descanso (como hace el esclavo con la voz de su amo). Tan solo eso, escuchar la voz. Esa es la misión, la misión imposible.

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Ya no hay tierra firme bajo nuestros pies. Todo pasa con excesiva rapidez, y el compromiso, ya sea social, político o amoroso, se desvanece en décimas de segundo. En este medio, el porvenir no es más que una quimera, una cosa del pasado, pues el porvenir exige compromiso, análisis crítico, planificación y pausa. Pisamos un terreno sobre el que hay que pasar deprisa, como si fueran arenas movedizas, porque si nos detenemos a mirar el paisaje, a “experimentar” el paisaje, corremos el riesgo de hundirnos y de perder el tren… aunque lo que perdemos sin darnos cuenta es el tiempo. El exceso de novedades sepulta lo importante: por ejemplo, la conciencia del tiempo, de nuestro tiempo.

Tanto el prota como el resto de los mortales pisamos un terreno cada vez más frágil, blando, flexible, adaptativo y fluido. Ya no hay tierra firme bajo nuestros pies. Todo pasa con excesiva rapidez, y el compromiso, ya sea social, político o amoroso, se desvanece en décimas de segundo. En este medio, el porvenir no es más que una quimera, una cosa del pasado, pues el porvenir exige compromiso, análisis crítico, planificación y pausa. Pisamos un terreno sobre el que hay que pasar deprisa, como si fueran arenas movedizas, porque si nos detenemos a mirar el paisaje, a “experimentar” el paisaje, corremos el riesgo de hundirnos y de perder el tren… aunque lo que perdemos sin darnos cuenta es el tiempo. El exceso de novedades sepulta lo importante: por ejemplo, la conciencia del tiempo, de nuestro tiempo. Esto me recuerda al chiste de aquel que salta desde lo alto de una azotea de un edificio de diez plantas. Cuando pasa por el tercer piso, alguien desde la ventana le pregunta “¿Qué tal?”. A lo que el otro responde: “De momento, bien”. En este mundo todo es precipitarse y obcecarse en lo inmediato. No hay porvenir. Estoy segura de que cuando Horacio dijo aquello de Carpe diem no se estaba refiriendo precisamente a esto.

Los tiempos actuales -los últimos catorce años- son los tiempos del nómada. Pero no los del nómada que regresa al hogar tras una larga temporada de caza, sino los de quien no regresa porque no tiene hogar al que volver, por muy cargado que vaya con el ajuar completo de IKEA. Es el nómada que no tiene nada que contar porque no tiene a quien contárselo, aunque en su Facebook figuren diez mil “amigos”. Vivimos en el tiempo creado por esa voz de la cinta que se autodestruye en cinco segundos.

Pero ¿qué nos dice la voz? Y, sobre todo,  ¿cómo nos lo dice?

Recuerdo que, cuando era niña y estudiaba en el liceo (…), nos obligaron a leer 1984, de Georges Orwell. El libro me causó una gran impresión, pues precisamente acabábamos de dejar atrás ese año y temí que la situación descrita por Orwell se hiciera realidad, que el Gran Hermano o la policía del pensamiento tomaran nuestras ciudades y que la neolengua se acabara imponiendo. A quienes no conozcan o no recuerden la obra de Orwell les diré que uno de los mecanismos que emplea el Sistema para controlar, subyugar y debilitar a los humanos es la creación de una nueva lengua -la neolengua frente a la viejalengua- que, a partir de simplificaciones y traslaciones semánticas, se convierte en un instrumento ideológico a disposición del régimen. Por ejemplo, se crean palabras como facecrime (“caradelito”), para designar a aquel individuo en cuyo rostro se aprecia la duda o el escepticismo ante alguna de las verdades del Sistema (¿no os recuerda a Facebook, que literalmente significa “caralibro”?) o goodsex (“buensexo”), que no hace referencia a esas interacciones sexuales en las que nos ponen mirando a Cuenca y nos corremos más que un equipo de jamaicanos en los cien metros lisos, sino a aquellas que se basan en la castidad (es decir, inexistentes, o promovidas por el bendito Gobierno de George W. Bush). O una de mis favoritas: el neologismo creado a partir de “Ministerio de la Verdad” Miniver, con el que se consigue que nadie tenga la tentación de preguntarse qué es un ministerio o, lo que sería aún más grave, qué es la verdad. Al empobrecer el lenguaje se empobrece la capacidad simbólica del individuo, que deja de ser crítico y se vuelve pueril, incapaz de pensar por sí mismo pero cada vez más preparado para ser adoctrinado. Por eso, abreviaturas como “Qtl” (“¿qué tal?”) o “Tkm” (“te quiero mucho”) son síntomas de un estado relacional débil o poco instruido, aunque más inquietantes resultan los discursos imbéciles presentados como doctos, pues hacen que el aspirante a docto acabe siendo otro imbécil y no un docto. Así, cuando, por ejemplo, un supuesto conocedor de algo me alecciona como si yo fuera idiota (y sus opiniones son las de un completo idiota), pero yo repito esas idioteces como si estuviera diciendo algo interesante, en realidad, la idiota soy yo porque estoy contribuyendo a crear un mundo de idiotas. Y la cosa se agrava cuando este mecanismo de “idiotización” lo utiliza el Sistema -como ocurre en 1984– para transformar una ciudadanía crítica -con capacidad de razonamiento- en una muchedumbre domesticada de corderitos (por más que berreen, siempre serán mudos, pues no tienen palabras) que compiten dentro del rebaño por ver quién obedece mejor al perro.

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A quienes no conozcan o no recuerden la obra de Orwell les diré que uno de los mecanismos que emplea el Sistema para controlar, subyugar y debilitar a los humanos es la creación de una nueva lengua -la neolengua frente a la viejalengua- que, a partir de simplificaciones y traslaciones semánticas, se convierte en un instrumento ideológico a disposición del régimen. Al empobrecer el lenguaje se empobrece la capacidad simbólica del individuo, que deja de ser crítico y se vuelve pueril, incapaz de pensar por sí mismo pero cada vez más preparado para ser adoctrinado. Por eso, abreviaturas como “Qtl” (“¿qué tal?”) o “Tkm” (“te quiero mucho”) son síntomas de un estado relacional débil o poco instruido, aunque más inquietantes resultan los discursos imbéciles presentados como doctos, pues hacen que el aspirante a docto acabe siendo otro imbécil y no un docto. Así, cuando, por ejemplo, un supuesto conocedor de algo me alecciona como si yo fuera idiota (y sus opiniones son las de un completo idiota), pero yo repito esas idioteces como si estuviera diciendo algo interesante, en realidad, la idiota soy yo porque estoy contribuyendo a crear un mundo de idiotas. Y la cosa se agrava cuando este mecanismo de “idiotización” lo utiliza el Sistema -como ocurre en 1984- para transformar una ciudadanía crítica -con capacidad de razonamiento- en una muchedumbre domesticada de corderitos (por más que berreen, siempre serán mudos, pues no tienen palabras) que compiten dentro del rebaño por ver quién obedece mejor al perro.

En los documentales de animalitos, una de mis escenas favoritas es la del guepardo persiguiendo a la gacela. A la tremenda velocidad del guepardo (rapidez, siempre rapidez) se contrapones la de la gacela, como una ejemplificación de la relación de poder que hay entre ambos. Pero si le preguntamos a un biólogo, este nos dirá que, en la naturaleza, la inmensa mayoría de las relaciones que se establecen son de simbiosis y no de depredación; relaciones de cooperación, no de competencia.

La base de la competencia entre los humanos es el ego. Cuando el individuo se cree único, el fucking master of the universe, todos los demás pasamos a ser sus vasallos, las herramientas para alcanzar sus propios fines. Como sexóloga y terapeuta conozco muy pocos -o ninguno- narcisistas histéricos/as cuyos trastornos no hayan sido forjados por la cultura del egoísmo. Es decir, uno no nace egoísta, sino que se hace egoísta. Pero ¿por qué al Sistema puede interesarle “producir” individuos egoístas que solo se preocupen de abastecerse a sí mismos? Pues porque de ese modo no dan la lata, no se colectivizan, no forman comunidad, no hacen política ciudadana… Son, como dirían los antiguos griegos, “idiotas” (etimológicamente, aquel que no se preocupa por lo público). Junta a dos idiotas y lo único que obtendrás es una relación de poder, una competencia, un “¿quién de los dos la tiene más larga?”, pero nada que beneficie a la comunidad o a la pareja. Construir “idiotas” es hoy el juego preferido del poder. Y bastante éxito ha tenido en estos últimos años.

Entre los perfiles del egoísta hay uno que llega especialmente alto en los organigramas de las empresas o de la clase política. Me estoy refiriendo al psicópata, al insensible, al incapaz de generar simpatía y de sentir la menor empatía, compasión o afecto, sentimientos que considera cargas del pasado, debilidades que no sirven de nada mientras el crédito de la American Express se mantenga alto.

Pondré un ejemplo: cuando oigáis hablar de la autoayuda, la autosuperación, la autoconsciencia, el autoemprendimiento, recordad que ese “auto” significa uno mismo, “yo, me, mí, conmigo”, por lo que os pido que os detengáis un segundo -si el guepardo os lo permite- y os hagáis las siguientes preguntas: ¿de verdad quiero “autoayudarme”? ¿Acaso no sería mejor que todos nos ayudáramos unos a otros?

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Es decir, uno no nace egoísta, sino que se hace egoísta. Pero ¿por qué al Sistema puede interesarle “producir” individuos egoístas que solo se preocupen de abastecerse a sí mismos? Pues porque de ese modo no dan la lata, no se colectivizan, no forman comunidad, no hacen política ciudadana… Son, como dirían los antiguos griegos, “idiotas” (etimológicamente, aquel que no se preocupa por lo público). Junta a dos idiotas y lo único que obtendrás es una relación de poder, una competencia, un “¿quién de los dos la tiene más larga?”, pero nada que beneficie a la comunidad o a la pareja. Construir “idiotas” es hoy el juego preferido del poder. Y bastante éxito ha tenido en estos últimos años.

Nuestra economía de mercado -basada en el consumo incesante- sabe bien que cuantos más individuos compitan entre sí y más objetos compitan por “satisfacer” los deseos de un mayor número de personas, más se consume. Así, a la sobreoferta de psicópatas e idiotas se añade la oferta brutal de recambios. ¿Para qué reparar tu ordenador si hay cuatrocientos mil nuevos, flamantes y relucientes entre los que elegir? Y, del mismo modo, ¿para qué reparar tu pareja?… La oferta de “sustitutos”, programados según ciertos condicionantes de  obsolescencia, es infinita. ¿Que tu mujer tiene las tetas pequeñas y la lengua muy larga? No te preocupes, porque en nuestra plataforma te ofrecemos cien mil tetonas calladitas por la módica cantidad de treinta euritos al mes. ¿Que tu marido es un cincuentón y está en el paro? Tranquila, porque los que nosotros te ofrecemos son todos jóvenes y están ocupadísimos, siempre dispuestos a proporcionarte el mejor de los futuros posibles…, al menos hasta que, por ejemplo, descubran que tienes la lengua muy larga y las tetas pequeñas.

Una cosa es tener un affaire y otra muy distinta institucionalizar el affaire como único vínculo posible entre humanos.

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Nuestra economía de mercado -basada en el consumo incesante- sabe bien que cuantos más individuos compitan entre sí y más objetos compitan por “satisfacer” los deseos de un mayor número de personas, más se consume. Así, a la sobreoferta de psicópatas e idiotas se añade la oferta brutal de recambios. ¿Para qué reparar tu ordenador si hay cuatrocientos mil nuevos, flamantes y relucientes entre los que elegir? Y, del mismo modo, ¿para qué reparar tu pareja?… La oferta de “sustitutos”, programados según ciertos condicionantes de  obsolescencia, es infinita.

Se cuenta la anécdota (no sé hasta qué punto es una historia verdadera, pero poco importa) de un cocinero japonés que, tras muchísimos años de esfuerzo y sacrificios, consiguió su mayor deseo: una estrella Michelin. Al día siguiente del gran logro, abrió la ventana de su piso y saltó al vacío. Afortunadamente, una marquesina logró parar su caída, evitando así el suicidio. Cuando, a los pocos días, recuperó la consciencia, un periodista le preguntó: “¿Por qué, si ha conseguido usted el éxito, ha intentado suicidarse?” . Su respuesta fue bastante simple y lacónica: “Porque no tenía a quién contárselo”.

Contar las cosas y saber cómo contarlas, además de entenderlas y, en muchas ocasiones, ponerlas en cuestión, forma parte de eso que llamamos “cultura”. Decía Nietzsche (la última vez que mencioné a Nietzsche, en la presentación de un libro, por poco me llevan presa) que “el hombre es un animal no fijado” ¿Qué quería decir con esto el filósofo alemán? Pues supongo que se refería a que el hombre es un animal no acabado, un animal que está en continuo proceso de formación, siempre “haciéndose” a partir no solo de su biología, sino de algo más. Y ese “algo más” es la cultura. Porque la cultura no es haber leído el Quijote, escuchar la Sexta de Mahler o asistir a una función teatral en lugar de ir a un campo de fútbol. Ese es un concepto decimonónico que más tiene que ver con el abundante tiempo de ocio del que disponían las clases pudientes en épocas pasadas que con el verdadero significado de la palabra “cultura”, que es algo mucho más amplio, pues abarca todo aquello que, como humanos, hacemos los unos con los otros.

El objetivo de la cultura no es otro que el de aprender a gestionar lo humano. Una persona culta es, por ejemplo, aquella que sabe dar un pésame o un consejo, o comer en una mesa con otras personas sin que nadie se avergüence -los antiguos lo llamaban “decoro”-. Cultura es saber esculpirse y saber interpretarse, saber crecer y madurar, poder ser otro pero sin dejar de ser uno mismo… Pero no para ser el más lanudo de los borregos, sino para vivir con sabiduría en la colectividad. Es indudable que para hacer bien todo eso es aconsejable asistir a alguna representación de Antígona, leer la definición de Dostoievski de un perdedor o escuchar a Bach. Pero saber solo eso, aunque sea con muchísimo detalle, ni mucho menos es garantía de cultura. A mi entender, hoy día hay un sinfín de eruditos tremendamente incultos, pues cada vez existen más personas dispuestas a soltarte un discurso de la leche (lo saben todo de casi nada) y más personas aún preparadas para soltarte dos leches en cuanto te escuchan (saben nada de casi todo). En definitiva, cada vez hay más personas incapaces de vivir en comunidad, de conformar ciudadanía y de construir colectividad. Lo que implica que cada vez hay más personas que follan fatal (…).

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El objetivo de la cultura no es otro que el de aprender a gestionar lo humano. Una persona culta es, por ejemplo, aquella que sabe dar un pésame o un consejo, o comer en una mesa con otras personas sin que nadie se avergüence -los antiguos lo llamaban “decoro”-. Cultura es saber esculpirse y saber interpretarse, saber crecer y madurar, poder ser otro pero sin dejar de ser uno mismo… Pero no para ser el más lanudo de los borregos, sino para vivir con sabiduría en la colectividad. Cada vez hay más personas incapaces de vivir en comunidad, de conformar ciudadanía y de construir colectividad. Lo que implica que cada vez hay más personas que follan fatal.

Fuente: Valerie Tasso, Sexo 4.0 ¿Un nuevo (des)orden amoroso?, Introducción: Mi vida sexual nunca ha cabido en 140 caracteres.

 

“El amor es un espacio de desigualdad” Irantzu Valera

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Irantzu Varela es periodista especializada en feminismo. El amor es para Irantzu Varela (Vizcaya, 1974) “el gran espacio de desigualdad para la mujer”

¿Por qué hay que deconstruir el amor romántico?

Porque aún hoy el amor romántico es un espacio de desigualdad para las mujeres. A la mitad de las mujeres asesinadas en el mundo las mata su pareja o expareja hombre. Lo que debería ser un espacio de cuidado y respeto se convierte en un espacio de control y violencia. Tenemos que aprender a querernos de forma igualitaria.

¿Es posible darle la vuelta?

Sí, está clarísimo que vamos avanzando. No creo que ahora haya más violencia, hay más conciencia, se denuncia más y se tolera mucho menos. Antes teníamos una cultura que legitimaba aún más la violencia contra las mujeres, eran los trapos sucios que se lavaban en casa. Ahora hay más conciencia en la sociedad, las mujeres ni aguantamos ni toleramos lo que no se debe y cada vez hay una comunidad mayor de mujeres que luchan por derechos de todas.

¿No se le ponen los pelos de punta al ver que los adolescentes reproducen los mismos roles?

Sí. Que la desigualdad y el machismo están relacionados con la edad y generaciones pasadas es un falso mito. El machismo es una forma de pensar que se adapta a los tiempos. Por eso tratamos el tema del amor, porque ahora es el gran espacio de desigualdad de las mujeres. Hemos conquistado cierta igualdad legal y formal, pero en la vida privada sigue habiendo mecanismos para mantenernos en segundo plano, sumisas. Me llama la atención que la gente muy joven piense que el control o los celos son amor. Pero también encuentro gente muy joven con pensamientos avanzados. Son muestra de que se están logrando muchas cosas.

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Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran tenemos que ganárnoslo: cuidar gratis, ser monas y agradables, estar calladitas… Ser mujer es la búsqueda constante de la aprobación ajena. Y el amor es la gran búsqueda de aprobación.

Es usted optimista, veo.

Si no, no sería feminista. Tiene que haber una transformación social y la va a liderar el feminismo.

¿Por qué nos aferramos a esa idea del amor romántico?

Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Hay que estudiar y trabajar, pero lo que de verdad se espera es que encontremos un marido, un hombre más alto, que gane más dinero que nosotras, con el que tengamos criaturas y nos hagamos fotos en Navidad. Eso está mucho más inoculado en nuestro interior de lo que pensamos. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran tenemos que ganárnoslo: cuidar gratis, ser monas y agradables, estar calladitas… Dichas así, esas ideas suenan fatal, producen rechazo, pero las tenemos muy interiorizadas. Ser mujer es la búsqueda constante de la aprobación ajena. Y el amor es la gran búsqueda de aprobación. El gran trabajo es buscar el amor propio, que es la historia de amor más bonita y gratificante que puedes tener. Pero eso no se nos enseña a las mujeres.

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Se convence a los hombres de que vienen al mundo a satisfacer sus deseos y necesidades y a nosotras de que venimos a satisfacer los ajenos. Nosotras tenemos que gustar por nuestro aspecto, por cuánto nos adaptemos a lo que se espera de nosotras y por cuántas expectativas ajenas cumplamos.

La sociedad es más cruel con nosotras que con ellos. Con las exigencias del físico, por ejemplo.

Sí. Se convence a los hombres de que vienen al mundo a satisfacer sus deseos y necesidades y a nosotras de que venimos a satisfacer los ajenos. Nosotras tenemos que gustar por nuestro aspecto, por cuánto nos adaptemos a lo que se espera de nosotras y por cuántas expectativas ajenas cumplamos. De los hombres se espera que tengan sus propias expectativas y que las consigan. Por eso aún funciona una sociedad que mantiene a la mitad de la población en desigualdad: cobramos menos por el mismo trabajo, empleo más precarizado, no estamos en espacios de decisión, pasamos miedo cuando volvemos solas a casa… Y esto se vive con normalidad porque nos han hecho creer que la desigualdad es el estado natural.

Así que el poder de cambiar lo tenemos nosotras.

Sí. La buena noticia es que cada una de nosotras tiene la oportunidad de desobedecer el mandato de gustar a todos, de cubrir las expectativas de los demás, de preocuparnos por la aprobación ajena… Cuestionarnos qué queremos cuidarnos a nosotras las primeras. Ahí comienzan muchos cambios. Es fundamental la organización colectiva. Hay una movilización feminista sin precedentes en la calle. Las mujeres nos hemos dado cuenta de que no queremos seguir viviendo así. Cada una en su casa y en su vida tiene que hacer cambios, pero la lucha es colectiva.

Desobedecer… Las niñas debíamos ser obedientes, la rebeldía sólo se les permitía a ellos.

Sí, claro. Una mujer desobediente descoloca y genera un precedente peligroso. Imagina que nos ponemos todas a desobedecer, a despreocuparnos de nuestro aspecto y ocuparnos de nuestra vida interior, a preocuparnos menos de lo que esperan los demás y más lo que esperamos nosotras… El día que hagamos eso las cosas van a cambiar, el sistema lo sabe, por eso nos quiere obedientes y nos necesita sumisas.

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Imagina que nos ponemos todas a desobedecer, a despreocuparnos de nuestro aspecto y ocuparnos de nuestra vida interior, a preocuparnos menos de lo que esperan los demás y más de lo que esperamos nosotras… El día que hagamos eso las cosas van a cambiar, el sistema lo sabe, por eso nos quiere obedientes y nos necesita sumisas.

¿Por qué feminista se usa como insulto?

La palabra feminista no es un insulto, el insulto es decir “yo no soy feminista”. El feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas y lo único que buscamos es tener los mismos derechos y oportunidades que los hombres. Quien no es feminista está a favor de la desigualdad, del machismo y de la violencia contra las mujeres. La propaganda machista se ha preocupado de que suene a insulto, pero no lo es. Estás a favor de los derechos de las mujeres o en contra. No hay otra.

Muchas famosas, cuando se les pregunta si son feministas responden que ni feministas ni machistas. ¿Qué les diría?

Decir eso es un error, decir que el feminismo es como el machismo pero al revés es tan de cuñado, tan antiguo… No es que no hayan leído a Simone de Beauvoir, es que no se han molestado en hablar con una feminista dos minutos. El machismo, y lo dice hasta la RAE, es la idea de que los hombres son superiores y por tanto deben tener más derechos que las mujeres. Feminismo es la lucha por la igualdad de las mujeres. Ese paralelismo es absurdo y deja en evidencia a quien lo hace, es como cuestionar que la Tierra es redonda.

Pero lo hacen…

Si eres una mujer con proyección pública decir que eres feminista te significa mucho, te vuelves incómoda. Dejas claro que eres consciente de tus derechos y de que vas a pelear por conseguirlos. Los tuyos y los de todas.

varela

El gran trabajo es buscar el amor propio, que es la historia de amor más bonita y gratificante que puedes tener.

¿Para ser feminista también hay que salir del armario?

Sí, llevamos tiempo saliendo del armario. Hace unos años Beyoncé o Lady Gaga no querían ni hablar del tema y ahora lo ponen con luces de neón en sus conciertos. Han entendido que estaban haciendo el tonto, que hay millones de mujeres y de hombres, que entienden que la única manera de estar en el mundo es estando a favor de la igualdad. Feminista se puede acabar convirtiendo en un piropo en breve.

¿De verdad lo cree?

Para mí ya lo es y creo que sí, que esta batalla la estamos ganando.

No cobramos lo mismo, no estamos representadas como toca en política ni ocupamos altos cargos en empresas en la misma proporción que los hombres. ¿En esta situación no es peligroso hablar de que existe una igualdad formal?

Sí, hay mucha gente, sobre todo jóvenes, que han crecido en una sociedad sin diferenciaciones muy obvias, que creen que viven en lo que llamamos el espejismo de la igualdad. Podemos estudiar, conducir, tener pasaporte y cuenta corriente. Eso hace que mucha gente crea que la desigualdad es algo del pasado. Hasta que no tienen una experiencia de violencia contra las mujeres, entran en el mercado laboral, entablan una pareja heterosexual o se quedan embarazadas no ven que no es así. El feminismo es una cuestión de tiempo, las que no se hacen feministas por decisión propia al final la vida las hace feministas. Hay un momento en que te das cuenta de que ahí fuera no somos iguales, por mucho que lo diga la ley.

Dos mujeres asesinadas por semana. ¿Cómo se puede parar esto?

¿Sabes cómo sería muy diferente? Si en vez de dos mujeres fueran dos hombres. Se solucionará el día que admitamos que las muertes son sólo la punta del iceberg.

Fuente: Marta Torres Molina, “El amor es un espacio de desigualdad” en La Provincia del 04 de abril de 2017