Pura complicidad femenina

Esa peluquería en Agadir, moderna, unisex, no dirigida al turismo me sedujo y entré. La sección masculina estaba separada de la femenina por una mámpara opaca pero allí ambos sexos bromeaban y se comunicaban a pesar del muro artificial. Con manos, pies y mi francés de tres palabras mal pronunciadas consigo hacerme entender y me pasan a una cabina. Con energía y delicadeza, dos chicas jóvenes me depilaron a cuatro manos. Cuando llegaron a la ingle no hacían más que murmurar no sé qué y mover la cabeza con disgusto. Por gestos, me pidieron que me quitase el slip y empezaron a hacer y deshacer con esmero. Cuando dieron su trabajo por terminado me acercaron el espejo para que contemplase la obra, habían dejado una imperceptible línea en forma de zigzag en mi monte de venus. Hablaban ininterrumpidamente intentando explicarme que ahora mi pubis era bonito y lo que hasta ese momento había tenido entre mis piernas era un sacrilegio. Una de ellas, supongo que para ejemplificar su discurso, se baja el pantalón, la braga y…una ingle desnuda. La otra con más timidez que su compañera también me enseña su sexo y a mí me surge esa risa incontenible, alegre, burbujeante que nace del vientre y derriba fronteras. Acabamos las tres riendo, bebiendo te y fumando dentro de la cabina. Aquella tarde y durante unos mágicos instantes, hablamos el lenguaje universal de la complicidad femenina.

*Microrrelato presentado en el concurso Purorrelato de la Casa África.mujeresarabes[1]

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