“Hay que profundizar en los propios límites” María Fux.

María Fux. Asombrosa

María Fux. Asombrosa

María Fux, bailarina en activo. Creadora de la Danzaterapia.

María Fux, bailarina en activo. Creadora de la Danzaterapia.

Tengo 82 años. Pertenezco a una familia rusa que emigró a Buenos aires, donde vivo. He estado casada tres veces y tengo un hijo, una nieta y dos bisnietas de dos y ocho años. Cuando uno lee un periódico no sabe dónde está la verdad. Las palabras nacen de nuestro cuerpo, no deberíamos traicionarlo. Cuando danzo cumplo un rito ancestral.

-Yo soy la pierna de mi madre que no danzaba.
-¿Qué?
-Pertenezco a una familia de emigrantes rusos judíos. Llegué a Buenos Aires en 1945 con mi madre. En el viaje ella se lastimó una rodilla y ya no pudo volver a doblar la pierna.
-¿Eran pobres?
-Tapaba los agujeros de los zapatos con papel de periódico. Para papá ser bailarina equivalía a ser prostituta. Mamá me daba dinero a escondidas para que pudiera estudiar danza clásica, pero yo nunca quise ser cisne.
-¿Qué quería?
-Lo mismo que ahora: ser yo misma. En estos momentos tengo 82 años y estoy haciendo un espectáculo que se llama Biografía danzada. A los 50 años, a los 60, a los 70, todos me decían: “¡Pero todavía danzas!”.
-No se ofenda, es usted una excepción.
-¡¿Porque me atrevo a aprender de mi cuerpo a través de mis propios límites?!… Cada edad tiene sus movimientos, hay que profundizar en los límites, eso te da independencia para decirle a tu cuerpo: sí puedes.
-¿Usted siempre ha podido en la vida?
-Yo bailaba continuamente. Una mujer me vio hacerlo, me vio bailando sola en un rincón, y creyó que era la reencarnación de Isadora Duncan. Me pagó un año de lecciones de danza. Era una empleada del hogar.
-¿Y cuando ya no pudo pagar?
-La profesora me becó. A los 19 años hice mi primer espectáculo, bailé cosas insospechadas: Erik Satie y danza sin música.
-Danza y música parecen inseparables.
-Era otoño. El árbol tenía una hoja que no quería morir, se mantenía danzando con el viento. Entonces comprendí que hay ritmos que no son audibles, ritmo en el silencio. Años después puede hacer bailar a los sordos.
-Cuénteme.
-El oído está influido por la memoria. Los que oímos no estamos nunca en silencio, nuestra memoria tiene ruidos, voces, cantos. Una amiga tuvo una criatura sorda que cuando me veía bailar se ponía como loca.
-¿Pensó que podía hacer algo por ella?
-Hallé su lenguaje. Yo le danzaba cosas simples y le daba la palabra: mar, sol. Juntas aprendimos a encontrar el ritmo secreto de la vida. En mi compañía hay una persona sorda, otra espástica y un síndrome de down.
-¿Y cómo baila un sordo?
-Maravillosamente. Bailan con la idea y con la percepción. Todo tiene su ritmo: tu respiración cambia los compases cuando te sientes feliz o cuando te sientes desgraciada.
-También ha hecho danzar a presas, a los sin techo y a los que habitan los geriátricos.
-Seguí creciendo y lo que fui encontrando se lo mostré a los otros. Me interesan los límites y todos los que han olvidado su cuerpo.
-¿Qué hace la danza por la desesperación?
-Entré en la cárcel de Milán, me senté en el suelo con un papel de color rojo rodeada de miradas escépticas. “Les traje algo que quiere hablar, pero solo no puedo hacerlo”. Puse una música y pregunté al color: “¿Qué quieres decirme?”, y el color comenzó a danzar y yo con él. Fue un gran éxito, descubrí que lo que yo tnego dentro pertenece a todos.
-¿Qué ocurrió con los ancianos?
-¿Por qué el cuerpo deja de moverse, deja de mirarse en un espejo a medida que envejece? Los cuerpos quedan sin ternura hacia fuera, aislados, intocados. En los asilos comen, duermen, algunas tejen y todos miran la televisión, se quedan estáticos ante imágenes que no les pertenecen.
-¿Cuándo comenzamos a aislar el cuerpo?
-Muy pronto. Hay gente que a los 40 años ya empieza a decir “no puedo” y su cuerpo se convierte en un mineral. Ya no se tiran al suelo ni duermen bajo las estrellas porque dicen que ya no tienen edad, ¿qué le parece?
-Triste.
-Somos uno. Si limitas tu cuerpo, limitas tu mente. No nos abandonemos, siempre estamos a tiempo de decir “sí, puedo”. Busque una hermosa música, siéntese con los ojos cerrados y dibuje con sus manos lo que escucha, suéltese y verá que placer.
-Usted se enamora con todas las células.
-Sí, mis tres maridos han sido maravillosos. Al primero, el padre de mi hijo, lo dejé cuando volví de Nueva York; fui allí en busca de Marta Graham, quería que fuera mi maestra, y aquel viaje me transformó.
-¿Qué le dijo Marta Graham?
-Me dio la clave: “El maestro está dentro de ti, experimenta”. Con el segundo marido viví 25 años, luego se enamoró de otra. Me deprimí, creía imposible volver a amar.
-Pero no.
-Me enamoré y me casé con un abogado a los 55 años. Nunca me había sentido tan protegida. “Vamos a comprar un abrigo”, me decía, y me compraba dos. Yo nunca había tenido dos abrigos, ¿para qué?… No aguanté el peso de las cosas materiales. Me saturé de tanta riqueza y me separé.
-Pero él la amaba…
-Sí, yo era inmadura, las cosas para mí eran blancas o negras. Hoy no lo dejaría.
-¿Cuándo comenzó a sentirse madura y flexible?
-Hace cuatro años me caí y me destrocé la rodilla. Durane meses tuve que pedir ayuda para todo. Aprendí a ser vulnerable. Pensaba que podía con todo y ahora sé que se puede hacer muy poco. Cuando me quitaron el yeso pedí a la parte sana de mi cuerpo que ayudará a la débil. Si mueves tu parte fuerte pensando en la débil, ésta acabará moviéndose.
-¿Qué es lo más importante?
-Abrir los ojos cada día y sentir la alegría de ver, escuchar. Sentir. Y cuando me acuesto, saber que algo se ha cumplido ese día, que he aprendido. Eso debe ser la madurez.

Fuente: Ima Sanchís en “La contra” de “La Vanguardia” del miércoles, 10 de noviembre 2004.

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