Santiago – La Meca. Las tres primeras etapas o brújula para caminantes.

Una lección de confianza.

Una lección de confianza.

  • Primera etapa, 17 de septiembre del 2013. Barcelona-León. Fiebre, flemas, afonía y somnolencia. No quiero compartir espacio con nadie.
  • Segunda etapa, 18 de septiembre del 2013. León-Astorga. Una cuestión de confianza. Huyendo de los peregrinos me encuentro con Amable, mi adorable primer padrino que me revela un secreto.
  • Tercera etapa, 19 de septiembre del 2013. Astorga-Foncebadón. Me salen tres nuevos padrinos que me indican cómo aprovechar y disfrutar al máximo el camino. Ellos me obsequian con otro secreto que quedará entre nosotros.

Me encanta viajar es una de mis pasiones y confío en que la vida me dé todavía muchas oportunidades para seguir viajando y disfrutando. En mis escasos viajes me he dado cuenta que soy una viajera que se mueve a golpe de instinto. Puedo tener una ligera idea de lo que quiero visitar e intento recabar información antes de iniciar mi andadura, pero sobre el terreno son mis sentidos y emociones las que me guían. Me da igual que un lugar sea considerado emblemático y el no visitarlo un sacrilegio para los gurús de la cultura; si no me gusta o me es indiferente, no pierdo mi tiempo…doy media vuelta y me voy. Es por eso que a excepción de los vuelos de ida y vuelta y el hotel de la primera noche, no me gusta reservar nada con antelación. De este modo mis viajes resultan una aventura y  así es como disfruto.
En sus inicios la hoja de ruta de este Camino de Santiago era la siguiente: León-Santiago a pié; pausa en Santiago; Santiago-Finisterre a pié y de ahí y según el tiempo restante, pasar unos cuantos días mimándome en Oporto o Lisboa. Planes, planes, planes… afortunadamente, la vida siempre se impone.

Plaza del Grano, León.

Plaza del Grano, León.

La víspera del viaje casi no dormí, fiebre, estornudos, mucosidades. A primera hora de la mañana al salir cargada con la mochila en dirección a la estación de guaguas, me sentía muy débil. De hecho, pasé todo el trayecto Barcelona-León sonándome las narices y dormitando, me pesaba la cabeza y me molestaba todo; estaba altamente irascible. Después de doce interminables horas de guagua, transbordo en Burgos incluido, llegué a León. Eran las siete de la tarde pero el sol todavía calentaba, la ciudad estaba alegre y yo me animé…eso sí, me sentía demasiado vulnerable como para compartir dormitorio con un montón de extraños en un albergue. Lo tenía claro, no quería compartir mi intimidad con nadie; necesitaba un dormitorio propio, un baño propio y mi tranquilidad. Encontré lo que buscaba, una habitación amplia y tranquila con un baño muy limpio en la Pensión Orejas. Por si fuera poco, los propietarios amabilísimos y simpáticos. Me alegré tanto con mi hallazgo que se me abrió el apetito y decidí darme un homenaje en el barrio gótico de León. Cené maravillosamente bien en el restaurante Sevilla.

Restaurante Sevilla. La cena me alegró el estómago y el corazón.

Restaurante Sevilla. La cena me alegró el estómago y el corazón.

A la mañana siguiente me levanté bastante tarde, sintiéndome mejor pero no lo bastante como para recorrer 25 kilómetros con la mochila a cuestas. Así que después de desayunar me dirijo al albergue de las Carbajalas para recoger mi credencial. Esperando conmigo están dos chicos madrileños de unos veintipocos; cuando la hospitalera nos sienta a los tres para cumplimentar la credencial, uno de los chicos le pregunta si cuesta algo ya que no llevan ni un euro encima. Por otra parte, entienden y aceptan que no se les facilité la credencial si no la pagan. La hospitalera les mira atónita y empieza a preguntarles dónde piensan dormir y cómo piensan comer. Ellos le responden que están dispuestos a dormir al aire libre y pedir comida. A simple vista, estos jóvenes parecen no tener problemas económicos por lo que la hospitalera no acaba de entender por qué pretenden hacer el camino sin dinero. Le explican que no llevar dinero es un ejercicio de confianza. Quieren sentirse peregrinos y confían en que el Camino les traerá lo que necesitan. No me hace falta observarlos demasiado para saber que van a llegar a Santiago con todas sus necesidades cubiertas. Unos cuantos días más tarde me los encontraría de nuevo y me ratificarían que no habían dejado de dormir bajo cubierto ni de comer caliente. Me encantaría confiar de igual manera en la vida y no preocuparme tanto por todo. Saber que la vida me traerá lo que necesito y que no debo tener miedo ni darle tantas vueltas a las cosas, que todo es más simple en cuanto damos el primer paso.

Plaza de las Carbajalas, León

Plaza de las Carbajalas, León

Con mi credencial en el bolsillo seguí disfrutando de León y la simpatía de su gente. Tengo que resaltar el buen trato, la amabilidad y cordialidad de los leoneses que hacen mucho más fácil el día a día. Aproximadamente a las cuatro de la tarde llegué a Astorga, el centro de la ciudad estaba plagada de peregrinos…por las cholas y las tiritas los conoceréis. La mayor parte eran peregrinos extranjeros fotografiando la catedral, el palacio de Gaudi o extasiados delante de las pastelerías. No tenía ningunas ganas de pertenecer a ese colectivo, ni a ningún otro. Me entró un agobio tal que dejé la mochila en el albergue y me escapé del centro de la ciudad. Por el camino encontré la capilla del Convento de clausura Sancti Spiritus. Entré; la soledad, el frescor y el silencio me sentaron bien. Siempre me han fascinado las capillas o pequeñas iglesias solitarias. Seguí paseando sin rumbo y poco a poco se hizo la hora de cenar. Había visto un montón de restaurantes turísticos pero me apetecía cenar casero, rico, económico y sobretodo alejada de la dinámica peregrina. Por el camino vi a tres abueletes que salían de jugar la partida y estaban discutiendo. Me encantó la viveza de sus rostros. Les interrumpí para que me aconsejaran dónde ir a cenar, sabía que la opción que me dieran sería la adecuada. A estos tres les encanta discutir; se enzarzaron en otra disputa para decidir que restaurante era el más adecuado hasta que la opción de uno de ellos se impuso y me explicó, muy claramente, cómo llegar al Bar Restaurante CubaSol. Como siempre que me indican cómo llegar a un lugar, mi expresión facial es de pura concentración pero realmente me cuesta mucho seguir las indicaciones; mi atención se dispersa fácilmente y me pierdo en las musarañas. Esta vez no fue la excepción, me había enterado de la media la mitad.

Mantecadas de Astorga. Me gustaría no tener miedo ni dar tantas vueltas a las cosas. Todo es más simple en cuanto damos el primer paso.

Mantecadas de Astorga. Me gustaría no tener miedo ni dar tantas vueltas a las cosas. Todo es más simple en cuanto damos el primer paso.

Me despedí de ellos e intenté seguir las indicaciones que me habían dado. Al poco tiempo ya me había perdido. Mientras intentaba ubicarme, alguien me estiró del brazo; era el abuelo que me había explicado cómo llegar al restaurante. La cara le sonreía y la picardía también, se había dado cuenta que no me había enterado de nada. Se ofreció a acompañarme y le agradecí su amabilidad; con el nombre de Amable me bautizaron mis padres, contestó. Me sentía cómoda a su lado, su expresión era inteligente y agradable; sus maneras firmes a la vez que delicadas, su compañía un placer. Llegamos al restaurante CubaSol y le pedí que me permitiera invitarle a un vino; aunque algo reacio, finalmente aceptó. Nos acodamos a la barra y empezamos a charlar. Amable había nacido en una aldea de Galicia y siendo muy joven emigrado a Alemania. Siempre le había gustado aprender, de hecho se define como una persona inquieta y curiosa. Gracias a su curiosidad, aprecio al trabajo bien hecho y paciencia, consiguió ascender en una empresa alemana. Empezó a hablarme en alemán y cual fue mi sorpresa al ver que su alemán era muy correcto. La mayor parte de los emigrantes de su generación aprendieron un alemán rudimentario que les permitía relacionarse a nivel básico y sin matices con su entorno. Este no fue el caso de Amable, él se esforzó en aprender la lengua y conocer la cultura de su país de acogida. Aprovechó todos los recursos que estaban a su alcance para especializarse y así, poco a poco, se construyó un buen nombre dentro de su profesión. Con los años la melancolía le fue arrastrando a su país de origen y fue así que decidió retirarse a tierras leonesas; ya que, según él, el clima de León es mucho más sano que el de Galicia. Amable es un hombre hecho a sí mismo. Ha tenido que luchar duro para llegar a ser quien es, pero con inteligencia y sin embrutecerse. A sus setenta y tantos su mirada es limpia, serena, sabia, prudente y cálida. Antes de despedirse, me dice que la clave del éxito es saber reinventarse; es muy importante estar abierto a las nuevas tendencias e innovar en todo lo que se haga; hay que crear. Gracias Amable.

La clave del éxito es saber reinventarse. Es muy importante estar abiertos a las nuevas tendencias e innovar en todo lo que se haga. Creatividad.

La clave del éxito es saber reinventarse. Es muy importante estar abiertos a las nuevas tendencias e innovar en todo lo que se haga. Creatividad.

Son las cinco y media de la mañana y mis compañeros de habitación ya se están poniendo en marcha. Oficialmente ya soy una peregrina así que remolonearé un poquito más y tendré que levantarme… ¡que pereza! Son las seis y media y ya estoy caminando. Las calles de Astorga, a excepción de los peregrinos y los barrenderos, están vacías… es un placer caminar por ellas. Como necesito un café con leche para acabar de desperezarme, entro en un bar donde suena la cálida voz de Cesarea Evora y allí me encuentro con mis tres padrinos oficiales del camino. Me preguntan algo, no sé qué, y esa primera pregunta va derivando en una conversación fresca y simpática. Compartir mi tiempo con ellos no me hace sentir incómoda, al contrario, estoy a gusto, por lo que no me importa seguir mi camino a su lado. El día es largo por lo que tenemos tiempo para charlar, reír, compartir, hacernos confidencias. Sigrun y Peter Ersching son una pareja austríaca de sesenta años, poseen un negocio relacionado con los deportes de invierno; se conocieron cuando tenían cuarenta años y entre los dos suman seis hijos. Siempre soñaron ser padres de familia numerosa y mira por dónde… lo consiguieron. Es la segunda vez que hacen el camino desde  S. Jean Pied de Port; van a su ritmo, se toman aproximadamente unas siete semanas para recorrerlo. Aunque de trato sencillo, cercano y agradable, son unos peregrinos sibaritas. Apuestan por el placer; se hospedan en hoteles o casas rurales y disfrutan de la gastronomía local. Se nota que su vínculo es muy fuerte, se tratan con respeto y cariño, se cuidan y cuando se miran hay complicidad y picardía entre ambos. Klaudia Zehetgruber, austríaca, está recorriendo el camino desde S. Jean Pied de Port. Es socia de una importante consultoría de Recursos Humanos en Austria. Cuando tenía cuarenta años la empresa en la que trabajaba decidió hacer recortes de personal y Klaudia fue una de las personas de las que prescindieron. Divorciada y con una hija a su cargo no tuvo más remedio que cambiar de rumbo y reinventarse. Necesitó valentía, creer en si misma, luchar contra el miedo al fracaso, paciencia y perseverancia. Lo consiguió, a sus cincuenta y tantos puede permitirse el lujo de trabajar tan sólo seis meses al año.

Roble del peregrino.  Agradecer a la vida todo lo que nos brinda y creer en su magia.

Roble del peregrino. Agradecer a la vida todo lo que nos brinda y creer en su magia.

Al enterarse que este era mi primer día como peregrina caminante, los tres austríacos decidieron adoptarme, serían mis padrinos del camino y, como padrinos que eran, tenían que iniciarme en el arte del peregrinaje. Durante todo el día y sutilmente, fueron aconsejándome cómo disfrutar del Camino de Santiago. Aquí resumo su decálogo:

  • El ritmo tiene que ser lento para observar y no perder la belleza que nos rodea. El ritmo lento nos permite apreciar los regalos con los que nos obsequia la vida.
  • Debemos agradecer y disfrutar de todo lo que va sucediendo.
  • De vez en cuando, tenemos que darnos la vuelta, observar lo que ha quedado a nuestras espaldas y felicitarnos por lo que llevamos recorrido.
  • Debemos intentar dejar de racionalizar y controlar lo que nos sucede. Tomar la vida tal como se va presentando sin dar demasiadas vueltas a las cosas.
  • Escuchar al cuerpo y dejar que sea él quien decida qué ritmo es el que nos conviene, qué queremos hacer y con quién queremos estar.
  • Debemos aprender a compartir y ser amables.
  • Debemos aceptar que todas las cosas ocurren por algo aunque en este momento no entendamos el porqué. Debemos confiar en que el camino, la vida, siempre nos da lo que necesitamos.
  • Debemos aprender a decir “me gustaría” en vez de “exijo” para que nuestros deseos se cumplan.
  • En definitiva, todo se resume en agradecer a la vida y creer en su magia.
El peregrino no exige, agradece.

El peregrino no exige, agradece.

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