Santiago – La Meca. Calibrando mi sombra.

Amo mis pies imperfectos: grandes, fuertes, estables, irreverentes, juguetones, cariñosos, valientes,  curiosos, delicados, bellos muy bellos. Os quiero chiquitines.

Amo mis pies imperfectos: grandes, fuertes, estables, irreverentes, juguetones, cariñosos, valientes, curiosos, delicados, bellos muy bellos.

  • Cuarta etapa, 20 de septiembre del 2013, Foncebadon-Ponferrada. El orgullo, las apariencias… el miedo.
  • Quinta etapa, 21 de septiembre del 2013, Ponferrada-Cacabelos. En la orilla del río comparto sol y sombra con los gitanos. Bienvenido otoño.
  • Sexta etapa, 22 de septiembre del 2013, Cacabelos-Ambasmestas. El holandés errante.

Cuando llegué a Foncebadon ya no había plazas en ninguno de los dos albergues. A la entrada de uno de éstos había unos cuantos alemanes indignados ya que o dormían en el suelo del albergue o caminaban ocho kilómetros hasta la próxima localidad. Yo lo tenía claro,  estaba demasiado cansada para caminar ocho kilómetros y tampoco estaba dispuesta a dormir en el suelo. Entré y cuando me confirmaron que ya no había literas disponibles pero sí habitaciones, no lo dudé, reservé una habitación. Fue la mejor decisión. La habitación acogedora y lo mejor su baño, ducha con hidromasaje. Todo un regalo a precio muy asequible.
A la mañana siguiente, desayunando en el bar del albergue, coincidí con dos de los alemanes indignados y cuando me vieron empezaron a comentar:
-Por ser española seguro que ha recibido un trato de favor y ha conseguido una litera, mientras nosotros hemos tenido que dormir en el suelo. Los españoles discriminan a los peregrinos extranjeros, no se dan cuenta que somos los que les damos de comer y luego se quejan que están en crisis y bla,bla,bla,bla,bla…
Aquel discurso ridículo, aburrido y previsible a hora tan intempestiva sacó lo peor de mí. Con una sonrisa afilada y arrogante,  me acerqué a su mesa y en un correcto alemán les dí los buenos días.  Acto seguido, les aclaré que no había recibido ningún trato de favor si no que había reservado una habitación y si ellos lo hubiesen deseado también podrían haber dormido cómodamente. Con las mismas, les deseé un buen día y me despedí.
Fue el desprecio con el que hablaban de los españoles que activó un resorte en mi interior. Me sentí menospreciada. Mi inteligencia quedó relegada a un muy último plano para ceder espacio al orgullo. En algunas ocasiones, los miedos me hacen reaccionar a la defensiva y acabo matando moscas a cañonazos.

Los miedos me hacen reaccionar a la defensiva y acabo matando moscas a cañonazos.

Los miedos me hacen reaccionar a la defensiva y acabo matando moscas a cañonazos.

Malhumorada seguí mi camino. Enseguida me animé, a los quince minutos ya estaba imbuida en la belleza del paisaje y me había olvidado del incidente. Iba a mi ritmo, disfrutando, sacando fotografías, parando a descansar y a escribir lo que se me iba ocurriendo. En uno de mis descansos se sentó a mi lado un brasileño con quien ya me había cruzado anteriormente. Desde un principio me llamó la atención su magnetismo. Iba acompañado por un amigo pero como tenían ritmos diferentes, caminaba en solitario. Américo parecía agradable y me apetecía conocer un poco más de él, así que le permití acompañarme un tramo del camino. Tiene cuarenta y tantos, es ingeniero y desde hace unos años vive en China ya que decidió expandir su empresa por territorio asiático. Sigue contándome que su negocio no acaba de responder a las expectativas depositadas; que en los últimos siete años su vida se resume en una palabra, trabajo;  que vive anestesiado,  aparta las emociones incómodas o dolorosas que le puedan asaltar y se impulsa hacia delante; que el ritmo frenético y despiadado es su tónica; que está haciendo el Camino de Santiago para obligarse a parar un poco y reflexionar hacia dónde va; que está “recalibrando” el rumbo de su vida.

Todas esas confesiones me abruman por lo intensas y porque contradicen la imagen que Américo transmite.  Es cierto que detrás de la aparente suavidad y cortesía con la que me envuelve, se percibe un carácter firme y dominante pero para nada desequilibrado como él me explica. Al contrario, transmite seguridad y autoridad envueltas en cortesía y buenas formas. Así se lo hago saber. Me escucha, medio sonríe y me replica que me equivoco. Según él, lo que yo defino como autoridad y seguridad no es más que el aplomo que da el tener suficiente dinero para no preocuparse por su ausencia, te ahorras infinitas preocupaciones de carácter práctico; te da una tranquilidad que se traduce en aparente seguridad. Pero sólo aparente ya que el dinero no resuelve los conflictos emocionales, las inseguridades, las angustias, los miedos… Continúa contándome que el dinero que posee no le ayuda, entre otras cosas,  a disfrutar y relajarse, a tomarse las cosas con la ligereza y el placer que ha visto en otras personas… 

El dinero que posee no le ayuda, entre otras cosas, a disfrutar y relajarse, a tomarse las cosas con la ligereza y el placer que ha visto en otras personas.

El dinero que posee no le ayuda, entre otras cosas, a disfrutar y relajarse, a tomarse las cosas con la ligereza y el placer que ha visto en otras personas.

Américo me confesó que la ligereza y capacidad de disfrute que su expareja transmitía era lo que le había impulsado a acercarse a ella. Le atraían esas cualidades porque él carecía de ellas y siempre tenía la esperanza que acercándose a personas que las poseyeran, quizá podría hacerlas propias. Aunque el tiempo y la experiencia le habían demostrado que al no poder disfrutar y sentir como la otra persona, poco a poco la fascinación acababa convirtiéndose en resentimiento y envidia. Sentía envidia por las personas que eran capaces de sentir lo que él no podía y aunque en un tiempo las hubiese apreciado, finalmente acababa por no soportarlas, necesitando ridiculizarlas y herirlas. Tan brutal confesión me golpeó en la boca del estómago haciéndome sentir muy incómoda. Américo con calma y como quien no quiere la cosa,  me había dejado entrever aspectos perversos y crudos de su naturaleza. Me sentí muy inquieta, sabía que me estaba hablando en serio y sabía, también, que estaba frente a alguien que a la vez que despertaba mi curiosidad, me repelía profundamente. Al llegar a Acebo, el pueblo más cercano, encontré cualquier excusa para  despedirme y salir huyendo de él.

Me sentí muy inquieta, sabía que me estaba hablando en serio y sabía, también, que estaba frente a un depredador.

La conversación con Américo me había afectado sobremanera, necesitaba caminar a ritmo vivo para calmarme y poner distancia entre ambos.  La abierta y descarnada exposición de su lado oscuro, me golpeó casi físicamente.
Al poco rato ya estaba comiendo moras por el camino… desde que era una niña no las recogía directamente. Disfruté pringándome los dedos y comiéndolas a manos llenas, que placer. A esas estaba cuando escuché que alguien me preguntaba qué estaba comiendo, me giré y me encontré frente a mí a un hombre enorme, alto, gordo, con un gorro que aún pronunciaba más su cara de luna y con un barra de cortina a modo de bordón. Pedro, en el momento que le conocí, tenía una imagen un tanto chocante: un hombre de sesenta y ocho años enorme, con expresión de niño chico, vestido con varias tallas menos que la suya, sudando la gota gorda y con la citada barra de cortina haciendo las veces de vara. Desde el primer momento me cayó bien. Pedro es malagueño y últimamente trabaja como hospitalero; es la sexta vez que hace el camino y, antes que él mismo me lo confirme, me doy cuenta que le está resultando muy duro el pronunciado descenso de esta etapa. Se nota que no está muy habituado a caminar, pisa con mucha inseguridad y su exceso de peso no le ayuda. Me explica que éste es su último camino pero que necesita  terminarlo, probarse a sí mismo que aún es capaz de hacerlo. Aunque no acabo de entender sus argumentos, me despierta ternura. Es por eso que cuando me pide que camine a su lado hasta Molinaseca, no me puedo negar. Me confiesa que le tiemblan las piernas, que tiene miedo, que le está resultando muy duro. Pedro, en ningún momento me permite cogerle del brazo pero necesita saber que estoy a su lado. Mientras caminamos a ritmo muy lento hablamos, reímos, comemos moras e incluso cantamos a voz en grito cualquier canción que nos sea familiar. La conversación de Pedro es muy amena y tiene una habilidad especial a la hora de contar historias lo que hace que nuestro camino esté resultando muy divertido. Riéndonos estábamos cuando Américo nos adelantó; mi cuerpo instintivamente se tensó y la ligereza de la que hasta ahora estaba disfrutando, desapareció. Aminoró su ritmo para entablar conversación con nosotros y después de algunas frases de cortesía se acercó a mí y me susurro “mala elección” para acto seguido, despedirse de los dos y alejarse. Su comentario me pareció de muy mal gusto pero lo que más me enfadó fue mi reacción interna. En cuanto vi a Américo me sentí vulnerable, insegura y lo que es peor me sentí enfadada conmigo misma por sentir lo que estaba sintiendo. A vueltas con mi sombra…

A vueltas con mi sombra... tengo que admitir que todavía me sigue afectando lo que cierta gente piense de mí.

A vueltas con mi sombra…

Pedro y yo seguimos caminando a nuestro ritmo y gracias a su incontenible y divertida verborrea mi malestar desapareció. Con risas, canciones, chuflas y ternura llegamos a Molinaseca. Al llegar a la fuente nos abrazamos. Me agradece haber permanecido a su lado, yo le agradezco haberme hecho sentir tan bien. Instintivamente, notó que algo me había afectado y sin preguntar, sutilmente y con alegría, logró que mi mirada recuperase la sonrisa.  Pedro se quedó en el albergue de Molinaseca, yo seguí hasta Ponferrada; no lo volví a ver. Deseo de todo corazón que haya podido acabar el camino y que conserve siempre esa maravillosa alegría. Ay… se me olvidaba… que pueda cumplir el sueño de viajar a Cuba y que allí le mimen una cohorte de mulatas. Gracias Pedro.

Pedro se quedó en el albergue de Molinaseca, yo seguí hasta Ponferrada; no lo volví a ver. Deseo de todo corazón que haya podido acabar el camino y que conserve siempre esa maravillosa alegría.

Pedro se quedó en el albergue de Molinaseca, yo seguí hasta Ponferrada; no lo volví a ver. Deseo de todo corazón que haya podido acabar el camino y que conserve siempre esa maravillosa alegría.

A la mañana siguiente estaba muy cansada, no dormí bien en el albergue de Ponferrada y mi cuerpo necesitaba descansar. Lo tenía claro hoy no pensaba caminar demasiado. Me apetecía relajarme, disfrutar del sol y si podía zambullirme en el agua… En alguna otra vida he tenido que ser un pez ya que me gusta el agua más que a un niño un chupa chups. Bien, ahora sólo me faltaba encontrar el lugar que me permitiese relajarme y disfrutar. El día era precioso, el camino estaba lleno de moras y de vez en cuando te encontrabas a algún abuelo que estaba vendiendo fruta de su huerto. Le compré a un viejito encantador unos higos que eran pura miel, uva negra que se deshacía en mi boca y unas ciruelas riquísimas. Después de aquel festín, ya me podía morir en paz. El viejito estuvo charlando un rato conmigo, me explicó que ya no labraba sus tierras puesto que lo que cobraba por sus productos era menos que nada. Lo único que todavía cultivaba era su huerto y destinaba la producción al consumo propio. El excedente intentaba venderlo a los peregrinos. Estaba indignado con las cooperativas agrarias, según él, dejaban al pequeño agricultor completamente desprotegido… siendo así no le merecía la pena labrar sus campos.
Después de nuestra charla seguí caminando y disfrutando de la belleza del Bierzo, una tierra fértil, generosa y llena de diferentes tonalidades. Me gustan sus contrastes ocres, rojizos, naranjas, marrones y verdes y la dignidad, sencillez y accesibilidad de su gente. Hasta tu nombre tiene una sonoridad rotunda… Bierzo. De repente y mientras estaba disfrutando increíblemente de mi paseo, apareció el lugar que estaba buscando: Cacabelos. En ese acogedor y bello pueblo me iba a quedar. Cumplía todos mis requisitos, incluso tiene un maravilloso río de aguas frías cuya orilla está bordeada de un mullido prado con árboles de copa ancha. Un lugar maravilloso para celebrar la llegada del otoño, veintiuno de septiembre.
Me faltó tiempo para dejar mi mochila en el albergue, ponerme el bikini y dirigirme a la orilla del río. Allí me encontré algo inesperado y bello por lo inusual, una gitana lavando la colada a orillas del río. Eran dos parejas, una más madura que la otra. Debajo de un árbol frondoso habían extendido una especie de colcha enorme, tenían una maleta medio abierta de donde sacaban ropa que estaba esperando ser lavada. Mientras ellas estaban arrodilladas lavando la colada, ellos estaban tumbados disfrutando de la sombra que dispensaba el árbol. Yo también me tumbé a la sombra del mismo árbol; lo suficientemente lejos para respetar su intimidad y lo suficientemente cerca para poder disfrutar de su compañía. Gocé bañándome, tomando el sol, escribiendo, sesteando, siendo feliz. Empecé a fotografiar mis pies y parece ser que a mis vecinos de sombra les pareció gracioso ya que empezaron a sonreír y a intentar entablar conversación conmigo. Me explicaron en una mezcla de italiano y español que acababan de llegar y por ahora y hasta que encontraran algún otro lugar, estaban instalados bajo el árbol. Me preguntaron si vivía en Cacabelos, les expliqué que era peregrina e iba camino de Santiago. Entonces tú, como nosotros, también viajas con la casa a cuestas, me respondieron y continuaron riéndose.

Cacabelos, un lugar maravilloso para celebrar  la llegada del otoño.

Cacabelos, un lugar maravilloso para celebrar la llegada del otoño.

Aquella noche dormí muy bien, me desperté descansada y llena de energía. Todavía era temprano y el cielo estaba estrellado, no podía apartar los ojos de aquella bella cúpula. Me sentía muy bien, en paz. Lo único que necesitaba para ser completamente feliz era un café con leche bien caliente. Así que caminando bajo la bóveda estrellada busqué un bar que estuviera abierto a tan temprana hora y lo encontré. No sólo pude beber una taza de café con leche, también pude disfrutar de un zumo de naranja natural y riquísimo pan con mantequilla… no podía haber empezado mejor el día.

Todavía era temprano y el cielo estaba estrellado, no podía apartar los ojos de aquella bella cúpula. Me sentía muy bien, en paz.

Todavía era temprano y el cielo estaba estrellado, no podía apartar los ojos de aquella bella cúpula. Me sentía muy bien, en paz.

Bien desayunada me puse en marcha. Para llegar a ese bello conjunto histórico nacional que es Villafranca del Bierzo, en vez de seguir por la carretera elegí tomar el desvío que discurre a través de viñedos con tonalidades otoñales que contrastan con el intenso azul del cielo.  Vale la pena dejar la carretera y desviarse, aunque se tarde un poco más. La belleza del paisaje compensa el par de kilómetros extra. Los campos de viñedos desembocan en la señorial Villafranca del Bierzo. Recomiendo vivamente detenerse en esta monumental población. Visitando la Iglesia de San Francisco, la Plaza Mayor con sus soportales, el Convento de San Nicolás, la Colegiata de Santa María, la Iglesia de Santiago con su Puerta del Perdón. Por no hablar del Castillo de los Marqueses de Villafranca, el Jardín de la Alameda, el Puente Medieval o la Calle del Agua. Me entretuve bastante en Villafranca; callejeé extasiándome con el señorío y carácter de esta bella población. 
Hacía la una y media de la tarde decidí continuar mi camino. De nuevo se me plantea una elección, sigo por la carretera o opto por la montaña. Al inicio del camino que atraviesa la montaña hay un cartel que recomienda escoger este sendero sólo a los buenos caminantes. El día es precioso, estoy descansada y me gusta caminar por el monte… así que ni corta ni perezosa, elijo el sendero que asciende por la montaña. Fue precioso pero muy duro; hay una gran diferencia entre ascender sin carga a hacerlo cargada con una mochila de ocho kilos. No me arrepiento, lo volvería a hacer. Fue una experiencia agotadora pero hermosa. Casi como una metáfora de mi vida. Nunca escojo los caminos directos y trillados, mi curiosidad acostumbra a dirigirme por senderos no tan transitados y mucho más sinuosos. Al final llego a la misma meta que todo el mundo pero, eso sí, con un amplio y diverso bagaje de experiencias obsequiadas por el camino. Cada uno es como es.

Me entretuve bastante en Villafranca; callejeé extasiándome con el señorío y carácter de esta bella población. Recomiendo vivamente detenerse en esa monumental población.

Me entretuve bastante en Villafranca; callejeé extasiándome con el señorío y carácter de esta bello lugar. Recomiendo vivamente detenerse en esa monumental población.

Además de ser duro, el camino a través de la montaña es muy solitario; tan sólo me crucé con tres personas, todos desfallecidos por el calor y la pronunciada pendiente. Una vez culminada la cumbre me senté a la sombra y agradecí las uvas que tenía guardadas en la mochila. Estaba comiendo sentada a la sombra cuando llegó agotado y sudando la gota gorda un peregrino; estaba derrengado. Hacía menos de diez minutos que yo había estado en su situación y no pude evitar ponerme en su piel. Le ofrecí uvas y que se sentase a mi lado. No lo dudó un segundo, necesitaba azúcar. Se llama Jaap, es holandés y tiene cincuenta y dos años. Empezamos a hablar y entre grano y grano de uva, no sé si debido al esfuerzo físico o a qué, comenzamos a hacernos confidencias. De las uvas pasamos a la naranja que él me ofreció. Es curioso pero ese completo desconocido me transmitía confianza y no tuve ningún reparo en explicarle cuestiones delicadas que normalmente no cuento a nadie. Lo mismo le ocurrió a Jaap, empezó a hablarme de sus miedos, de sus heridas, con total lucidez y valentía. Todavía no me explico cómo llegamos a mostrarnos las heridas sin ningún apuro o vergüenza. En menos de dos horas, nos habíamos hecho confidencias que no las saben ni nuestros más íntimos y el confesárnoslas nos alivió. No voy a entrar en lo que nos contamos, eso nos pertenece a ambos, pero resaltaré el análisis lúcido, profundo y elaborado que Jaap me hizo de sus miedos. Lo único que comentaré, por lo mucho que me sorprendió, es que siendo una persona tan brillante e inteligente, dejara que los preceptos de la religión católica tuviesen tanto peso a la hora de tomar decisiones vitales. Su espíritu crítico lúcido y agudo, desaparece frente a los preceptos religiosos y se aviene sumisamente a ellos por ridículos que sean.
Seguimos caminando juntos y charlando, charlando nos perdimos. Acabamos en la Pradela, un pueblo en medio de la montaña y con muy pocos habitantes. Nos habíamos quedado sin agua y no sabíamos cuál era el camino de regreso a la vía jacobea. Tuvimos mucha suerte ya que nos encontramos con un viejito que estaba a la puerta de su casa y nos obsequió con agua y conversación. Nos relató fragmentos de su vida, una vida nada fácil pero de la que estaba orgulloso. Siendo viudo y analfabeto -firmaba con la yema del dedo- había criado a sus hijas y les había dado formación. Una de ellas es profesora y la otra cartera. Había luchado duro para que sus hijas fueran independientes. Ahora se siente muy orgulloso al ver a sus hijas, a sus nietos y la vida que se han construido. Su deseo es mantenerse sano y con la mente clara hasta el final de sus días. Le gusta vivir sólo, a su aire y en el pueblo. Además reconoce que tiene un carácter complicado y vivir con más personas, aunque sean familia, no le sería fácil. Deseo de todo corazón que su deseo se convierta en realidad.

Es curioso pero ese completo desconocido me transmitía confianza y no tuve ningún reparo en explicarle cuestiones delicadas e íntimas que normalmente no cuento a nadie.

Es curioso pero ese completo desconocido me transmitía confianza y no tuve ningún reparo en explicarle cuestiones delicadas e íntimas que normalmente no cuento a nadie.

Jaap, por otra parte, empezó a hacerle preguntas que a mí me incomodaba traducir. Si él cocinaba, si lavaba la ropa, qué hacía por las noches, cómo hacía la compra… sólo faltaba que le pidiera permiso para hacerle una foto. Sé que sus preguntas no tenían ninguna mala intención, pero en la cara del viejito se estaba dibujando una expresión de estupefacción. Cuando finalmente nos marchamos del pueblo, Jaap me preguntó cómo era posible que una persona tan humilde hubiese sido consciente de la importancia de dar educación a sus hijas. Me quedé con ganas de preguntarle si en Holanda los campesinos no aspiran a que sus hijas estudien.  Esta pregunta acabó de confirmarme que la gran mayoría de los extranjeros tienen una imagen muy distorsionada de los españoles.

Seguimos caminando, estábamos cansados y Jaap quería dormir en el albergue de Trabadelo. Aunque yo ya había reservado en Ambasmestas, tenía ganas de ducharme y descansar; no me apetecía nada caminar cinco kilómetros más. Así que llamé para cancelar mi reserva, pero cuando llegamos a Trabadelo la fealdad del lugar hizo que cambiara de decisión. Continué caminando hacia Ambasmestas. Jaap, aunque muy cansado, quiso acompañarme. Los últimos kilómetros se me hicieron larguísimos pero valió la pena, el pueblo es precioso y el albergue “Das Animas”… una delicia. Situado frente al río, el albergue es pequeño, coqueto y muy acogedor. Tiene apenas catorce literas, te facilitan una sábana bajera. Elegí una litera situada frente una ventana que da al río, mi litera con vistas. Los cuartos de baño son individuales, coquetos y están muy limpios. Por si fuera poco, Ángel, el hospitalero, resulta ser una persona amable, de trato cercano y cálido; su perra Irati, la reina de la casa, inteligente y muy activa. Me sentía tan bien en aquel lugar que esa misma noche, medio en broma medio en serio, le pregunté a Ángel si podría quedarme algún día más. El albergue “Das Animas” es uno de esos lugares en los que enseguida te sientes a gusto, como en casa. Un lugar con carácter propio y mucho encanto.

El albergue "Das Animas" es uno de esos lugares en los que enseguida te sientes a gusto, como en casa. Un lugar con carácter propio y mucho encanto.

El albergue “Das Animas” es uno de esos lugares en los que enseguida te sientes a gusto, como en casa. Un lugar con carácter propio y mucho encanto.

Jaap me invitó a cenar y después de todo lo compartido, para mí fue un placer aceptar su invitación. Ya en el restaurante me llamó la atención el protocolo y formalismo de Jaap que contrastaba con el comportamiento distendido y sencillo que habíamos mantenido hasta ese momento. Sus modales eran exquisitos pero desentonaban con la situación y el lugar. Que conste que no resto mérito al restaurante que tiene una buena cocina y un servicio inmejorable. Sólo que después de una jornada larga, física y emocionalmente extenuante, vestida con leggins, sudadera y cholas, me incomodaba sobremanera esa etiqueta tan protocolaria. Lo único que me apetecía era disfrutar de la cena manteniendo una conversación agradable y distendida. Así se lo hice saber y me sorprendió su contestación, le era extremadamente difícil abandonar el protocolo en público. El rígido formalismo era un modo de autoprotección. En escenarios sociales tenía la necesidad de ceñirse a patrones muy definidos y pautados; le era muy difícil adaptarse y  cambiar de registro si se encontraba en entornos diferentes al habitual. Me conmovió su sinceridad y pude presuponer la rigidez en la que seguramente habría sido educado.
Al regresar al albergue y después de habernos bebido una botella de vino, algo achispados los dos, Jaap se dejó llevar e intentó seducirme. Lo rechacé delicadamente, entendí que necesitaba compartir intimidad física al igual que aquella tarde habíamos sentido la necesidad de compartir fragilidades. Sólo que yo no sentía ningún deseo físico hacia Jaap. Él pareció entenderlo.

Jaap me invitó a cenar y después de todo lo compartido, para mí fue un placer aceptar su invitación.

Jaap me invitó a cenar y después de todo lo compartido, para mí fue un placer aceptar su invitación.

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