¡SOY GORDA! Caitlin Moran

"GORDA, GORDA, GORDA, GORDA, GORDA"

“GORDA, GORDA, GORDA, GORDA, GORDA”

(…) Pero dar tanto poder a la palabra “gorda” no es bueno en absoluto. Del mismo modo que antes pedí que te subieras a una silla y gritaras: “SOY UNA FEMINISTA RADICAL”, ahora te pido que subas a una silla y repitas la palabra “GORDA”. “GORDA, GORDA, GORDA, GORDA, GORDA.”
Repítela hasta quitarle toda la tensión, hasta que parezca normal -como la palabra “bandeja”- y acabe perdiendo su significado. Señala cosas y llámalas “gordas”. “Esa baldosa es gorda.” “La pared es gorda.” “Creo que Jesús es gordo.” Hay que reducir drásticamente la temperatura de la palabra “gordo”, como la fiebre de un niño. Tenemos que ser capaces de mirar, con claridad y sosiego, justo en el centro de la gordura, y hablar de lo que es, de lo que significa y de por qué ha llegado a ser el gran tema para las mujeres occidentales del siglo XXI. GORDA, GORDA, GORDA, GORDA.
En primer lugar, creo que deberíamos ponernos de acuerdo sobre lo que es “gorda” realmente. Es obvio que los patrones de belleza van y vienen, y que hay metabolismos y físicos extremos (…) Así que, teniendo en cuenta todo esto, no merece la pena ser demasiados estrictos con el término “normal”.

Después de estar toda la vida dándole vueltas, creo que he encontrado una definición sensata de lo que es un peso correcto, recomendable, “normal”. Qué significa “gorda” y “no gorda”. Y es:
“Con forma humana.”
Si tienes un aspecto clara y reconociblemente humano -el tipo de figura que pintaría un niño de diez años si le pidieran que dibujara a una persona en menos de un minuto- entonces estás bien. “Un cuerpo razonablemente sano y limpio es un cuerpo bello”, como dice la diosa Greer.
Podrías pasar el resto de tu vida obsesionándote por las almenas de la parte trasera de tus muslos, por tu barriga cervecera, o por el hecho de que al correr sientes tus glúteos chocar, uno contra otro, como un par de bolas. Pero hacerlo sería actuar bajo el supuesto subconsciente de que en algún momento te verás obligada a desnudarte delante de otras personas, que te puntuarán del 1 a 10, y, como ya hemos dicho antes, ESTO NO OCURRIRÁ A NO SER QUE PARTICIPES EN EL PROGRAMA LA PRÓXIMA TOP MODEL DE AMÉRICA. Lo que ocurre dentro de tu sujetador y de tus bragas SE QUEDA dentro de tu sujetador y de tus bragas. Si puedes encontrar algún vestido con el que estés mona y puedas subir tres tramos de escaleras corriendo, no estás gorda.

Un cuerpo razonablemente sano y limpio es un cuerpo bello.

Un cuerpo razonablemente sano y limpio es un cuerpo bello.

La idea de que tienes que estar mejor que una simple “forma humana” -esa armonía perfecta en cada centímetro, en la que incluso un exceso de grasa del tamaño de una cucharilla en la rodilla es inaceptable, por no hablar de un mundo en el que la talla 40 es “XL” -es otro ejemplo que las feministas exaltadas pueden técnicamente rechazar como una “gilipollez total”.
Mis años de gorda fueron aquellos en los que no tenía “forma humana”. Era un triángulo de cien kilos, con triángulos invertidos por piernas, y sin un verdadero cuello. Y eso era porque no hacía cosas humanas. No andaba, ni corría, ni bailaba, ni nadaba, ni subía las escaleras; no comía lo que en teoría comen los humanos. Se supone que nadie come medio kilo de patatas cocidas cubiertas de margarina, o un trozo de queso del tamaño de un puño pinchado en un tenedor como si fuera una piruleta. No estaba conectada a mi cuerpo ni lo entendía. Era sólo un cerebro en un tarro. No era una mujer (…).
(…) Pero ¿por qué llegué a ser gorda? ¿Por qué seguí comiendo hasta hacerme daño, y considerar mi cuerpo algo tan lejano y antipático como, por ejemplo, el mercado inmobiliario de Buenos Aires? ¿Y por qué (aunque es obvio que no es muy aconsejable inflarse hasta el punto de quedar atascada, un día horrible, en un asiento envolvente de la feria local, y tener que recurrir a la ayuda de tu antiguo director del colegio, el señor Thompson, para que tire de ti), por qué se trata la gordura como un cruce entre la vergüenza más terrible y la tragedia más absoluta? Algo que, en una mujer, está entre tener la cara cruzada por una enorme cicatriz y acostarse con nazis. ¿Por qué las mujeres son capaces de bromear alegremente sobre lo mucho que gastan (“… y entonces mi asesor bancario cogió mi tarjeta de crédito y ¡LA ROMPIÓ POR LA MITAD CON UNA ESPADA!”), lo mucho que beben (“… y entonces me quité el zapato y ¡LO TIRÉ POR ENCIMA DE LA PARADA DEL AUTOBÚS!”), lo duro que trabajan (“… estaba tan cansada que me dormí sobre el panel de control y, cuando me desperté, me di cuenta de que ¡HABÍA VUELTO A APRETAR EL BOTÓN DEL LANZAMIENTO NUCLEAR! ¡OTRA VEZ!”), pero jamás de los jamases sobre lo mucho que comen? ¿Por qué es la desventurada comida el secreto más inútil -no es fácil esconder mucho tiempo el hábito de comer seis KitsKats diarios- de todas nuestras miserias? (…).

¿Por qué seguí comiendo hasta hacerme daño, y considerar mi cuerpo algo tan lejano y antipático como, mi peor enemigo?

¿Por qué seguí comiendo hasta hacerme daño, y considerar mi cuerpo algo tan lejano y antipático como, mi peor enemigo?

(…) Porque la gente se atiborra de comida exactamente por la misma razón por la que beben, fuman, follan sin parar o se drogan. Tengo que dejar claro que no estoy hablando de los que se atiborran empujados por la sencilla y alegre gula, como los personajes de Rabelais o la figura de Falstaff, que ven el mundo como una serie de placeres sensoriales, y disfrutan al máximo del vino, del pan y de la carne. Alguien que se aleja de una mesa, ahíto, gritando “¡HA SIDO MAGNÍFICO!” antes de sentarse junto al fuego, beber oporto y comer trufas, no sufre ninguna neurosis con la comida. Tiene una relación consensual con el comer y, casi indefectiblemente, le da lo mismo engordar unos cuantos kilos. Intenta llevar su peso con gracia, exuberantemente, como un abrigo de piel o un fajín de diamantes, en vez de intentar esconderlo con nerviosismo, o pedir perdón por él. Las personas así no son “gordas”, simplemente son… opulentas. No tienen problemas con la alimentación, a menos que se les acabe el aceite de trufas, o encuentren muy decepcionante un plato de navajas preparado con demasiada antelación.
No, estoy hablando de aquellos para los que la idea de comer no es un placer sino una compulsión. Para los que la comida, y los efectos de la comida son el trasfondo estático y deprimente de cualquier otro pensamiento normal. Aquellos que piensan en el almuerzo mientras desayunan, y en el postre mientras comen patatas fritas; aquellos que entran en la cocina en un estado muy cercano al pánico, y, casi sin respirar, comen una rebanada tras otra de pan con mantequilla, sin saborearla, sin masticarla siquiera, hasta que el pánico puede ser ahogado en una rutina casi meditativa de meterse la cucharada y tragar, meterse la cucharada y tragar.
En ese estado similar al trance, puedes quedarte placentera, temporalmente, sin pensar en nada unos diez, veinte minutos, hasta que, finalmente, una nueva avalancha de sensaciones -malestar físico y un terrible arrepentimiento- te obligan a detenerte, del mismo modo que el whisky o la droga te dejan inconsciente. Comer en exceso o en busca de consuelo es la opción más barata y humilde para llegar a la autodestrucción. Consigues la liberación temporal que te producen la bebida, el sexo y las drogas, pero, y creo que ése es el quid de la cuestión, te deja siempre en un estado en el que sigues siendo responsable y dueño de tus actos.

Aquellos que entran en la cocina en un estado muy cercano al pánico, y, casi sin respirar, comen una rebanada tras otra de pan con mantequilla, sin saborearla, sin masticarla siquiera, hasta que el pánico puede ser ahogado.

Aquellos que entran en la cocina en un estado muy cercano al pánico, y, casi sin respirar, comen una rebanada tras otra de pan con mantequilla, sin saborearla, sin masticarla siquiera, hasta que el pánico puede ser ahogado.

En pocas palabras, al elegir la comida como tu droga -los subidones de azúcar o la calma profunda y soporífera de los carbohidratos, el Valium de la clase obrera-, puedes seguir preparando la comida, llevando a tus hijos al colegio, atendiendo al bebé, pasando por casa de tu madre y cuidando toda la noche a tu hijo enfermo de cinco años, algo que no es posible si estás todo el día fumando cannabis, o te encaramas con regularidad a la alacena que hay debajo de la escalera para beberte una botella de whisky.
Comer compulsivamente es la adicción que eligen las personas que tienen que cuidar de otros, y ése es el motivo de que se considere la adicción de menor rango. Es una manera de joderte a ti misma mientras te mantienes completamente operativa, porque no te queda más remedio. La gente gorda no se permite el “lujo” de que su adicción les convierta en alguien inútil, caótico, o en una carga. En vez de eso, se autodestruyen poco a poco sin molestar a nadie. Y esto explica que sea con tanta frecuencia una adicción elegida por las mujeres. Todas las mamás que comen sin hacer ruido. Todos los KitsKats en el cajón de la oficina. Todos los momentos de infelicidad, a altas horas de la noche, captados sólo por la luz de la nevera.

Comer compulsivamente es la adicción que eligen las personas que tienen que cuidar a otros, y ése es el motivo de que se considere la adicción de menor rango. Es una manera de joderte a ti misma mientras te mantienes completamente operativa, porque no te queda más remedio.

Comer compulsivamente es la adicción que eligen las personas que tienen que cuidar a otros, y ése es el motivo de que se considere la adicción de menor rango. Es una manera de joderte a ti misma mientras te mantienes completamente operativa, porque no te queda más remedio.

A veces me pregunto si sólo nos tomaremos en serio los trastornos alimenticios el día que tengan el mismo glamour perverso de rock and roll que caracteriza al resto de las adicciones. Quizá haya llegado el momento de que las mujeres, al fin, dejen de ser tan reservadas con sus vicios y empiecen a tratarlos como los demás adictos tratan los suyos. Aparecer en la oficina con las huellas del cansancio en el rostro, diciendo con un suspiro: “Tío, anoche me enganché al pastel de carne, no puedes ni imaginártelo. A las diez estaba HASTA LAS CEJAS de PURÉ DE PATATA. ¡Tenía un colocón de carne picada!”
O entrar en casa de una amiga, arrojando el bolso sobre la mesa y gritando: “He tenido un día horrible con los niños. Necesito seis chutes de galletas saladas con queso AHORA MISMO, o se me irá completamente la olla.”
Entonces la gente reaccionaría ante tus disfunciones con la misma naturalidad que con otras adicciones. Podrían responder: “Bueno, tía. Quizá deberías relajarte un poco con la dieta de hidratos de carbono. Te has pasado tres pueblos. Yo estoy igual. Anoche tuve una sesión de tres horas de lasaña de microondas. Quizá deberíamos irnos al campo por un tiempo. Enfrentarnos juntos a esto. Poner en orden nuestros actos.”
Porque en este momento no puedo evitar darme cuenta de que en nuestra sociedad obsesionad por la gordura -tan vehemente en su denominación, tan elocuente en su desaprobación- las únicas personas que no hablan del tema son las que se ven realmente afectadas.

Quizá haya llegado el momento de que las mujeres, al fin, dejen de ser tan reservadas con sus vicios y empiecen a tratarlos como los demás adictos tratan los suyos.

Quizá haya llegado el momento de que las mujeres, al fin, dejen de ser tan reservadas con sus vicios y empiecen a tratarlos como los demás adictos tratan los suyos.

Fuente: Caitlin Moran.¡Soy Gorda!(Capítulo 6). Cómo ser mujer. Anagrama

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