Caitlin Moran. CÓMO SER MUJER

Aceptar que sólo eres una mujer normal, que vas a tener que espabilarte, trabajar duro y ser amable para conseguir las cosas es, una vez superada la dolorosa desilusión de tu apabullante normalidad, increíblemente liberador.

Aceptar que sólo eres una mujer normal, que vas a tener que espabilarte, trabajar duro y ser amable para conseguir las cosas es, una vez superada la dolorosa desilusión de tu apabullante normalidad, increíblemente liberador.

(…) Al final, casi todo lo que pensaba sobre mi futuro el día que cumplí trece años resultó una pérdida total de tiempo. Cuando me imaginaba de adulta, lo único que veía era un ser delgado, competente y tranquilo, para el que las cosas… se limitaban a ocurrir. Una especie de princesa sofisticada con tarjeta de crédito. No sabía lo que era el desarrollo personal, o seguir mis intereses, o aprender grandes lecciones de la vida o, lo más importante, descubrir qué se me daba bien para intentar ganarme la vida con ello. Suponía que esas cosas vendrían acompañadas de otros adultos que, llegado el momento, me explicarían qué hacer, y que no debía preocuparme realmente por ellas. No me preocupaba lo que iba a hacer.
Lo que sí me preocupaba, y pensaba que tendría que trabajar duro para conseguirlo, era cómo debía ser. Creía que todos mis esfuerzos tenían que centrarse en ser fabulosa, más que en hacer cosas fabulosas. Pensaba que mis grandes tareas eran descubrir mi “Modo de Amar” a través de cuestionarios del Cosmopolitan, hacerme con un buen fondo de armario, aprender a pasar el día con tacones y pintalabios, encontrar un perfume que me definiera, planificar cuándo tener un hijo, y aprender a ser una fascinante reina del sexo, pero sin adquirir fama de putilla. Teniendo al mismo tiempo que perder, de algún modo, un montón de rasgos de mi carácter que habrían acabado con mi manto de “fingir ser una mujer ideal”: hablar demasiado rápido, caerme, discutir, emitir olores, enfadarme, emocionarme con la idea de la revolución, y querer ser estrella invitada en El show de los teleñecos, con un guión en el que Gonzo se enamorara de mí. Aunque El show de los teleñecos se hubiera acabado siete años antes.

Pensaba que mis grandes tareas eran descubrir mi "Modo de Amar", hacerme con un buen fondo de armario, aprender a pasar el día con tacones y pintalabios, encontrar un perfume que me definiera y aprender a ser una fascinante reina del sexo.

Pensaba que mis grandes tareas eran descubrir mi “Modo de Amar”, hacerme con un buen fondo de armario, aprender a pasar el día con tacones y pintalabios, encontrar un perfume que me definiera y aprender a ser una fascinante reina del sexo.

Creía que en cuanto fuera delgada, bella, elegante, serena y refinada, todo lo demás vendría solo. Que el verdadero trabajo de mi vida no era una carrera profesional, sino yo misma. Que si me esforzaba en ser agradable, el mundo me adoraría, y entonces sería recompensada.
Por supuesto, esta presunción de que las mujeres deben sólo “ser”, mientras que los hombres salen y “hacen”, ha sido considerada un rasgo perjudicialmente ligado al sexo. Los hombres salen y hacen cosas -libran guerras, descubren países nuevos, conquistan el espacio, siguen las giras de Use Your Illusion I y II-, mientras que las mujeres les animan a hacer cosas más importantes, y luego hablan largo y tendido de lo ocurrido: como Ena Sharples y Minnie Caldwell frente a una botella de cerveza negra.
Pero no estoy segura de que “ser” sea algo innato en la mujer, de que vengamos así programadas. Volviendo a mi anterior argumento, el de las conjeturas sobre “lo femenino” llegando hasta nosotras después de haber sido “perdedoras” durante mucho tiempo, se me ocurre que, cuando has pasado milenios sin que te permitan hacer nada, tiendes a ser autocrítica, analítica y reflexiva porque es lo único que puedes hacer realmente, aparte de a) estar buena y b) encerrarte en ti misma.
¿Se habrían pasado los personajes de Jane Austen hablando páginas y páginas sobre las relaciones de su círculo social si hubieran tenido un poquito más de control sobre sus propios destinos? ¿Se preocuparían las mujeres tanto de su aspecto, y de a quién le gustan, si éste no continuara siendo el principal punto para valorarlas? ¿Le daríamos tanta importancia a nuestros muslos sin nosotras, como sexo, en lugar de los hombres tuviéramos casi toda la riqueza del mundo?

Cuando has pasado milenios sin que te permitan hacer nada, tiendes a ser autocrítica, analítica y reflexiva porque es lo único que puedes hacer realmente, aparte de a) estar buena y b) encerrarte en ti misma.

Cuando has pasado milenios sin que te permitan hacer nada, tiendes a ser autocrítica, analítica y reflexiva porque es lo único que puedes hacer realmente, aparte de a) estar buena y b) encerrarte en ti misma.

Cuando pienso qué era lo que me aterraba de ser mujer a los trece años, todo se reducía a las princesas. No creía que me fuera a costar mucho ser mujer; algo que da miedo, pero que obviamente se acaba consiguiendo. Lo malo es que pensaba que de algún modo, por arte de magia, mediante un esfuerzo psíquico sobrehumano, tendría que transformarme en una princesa. Así es como me enamoraría. Así es como tendría amigos. Así es como el mundo me trataría bien. Los libros; las películas de Disney; la mujer más famosa del mundo cuando yo era niña: la princesa Diana; aunque hubiera otros modelos a mi alrededor, el ataque directo de princesitis del que es objeto cada niña se abre camino hasta su corazón de un modo silencioso y dañino.
En la última década, la reacción posfeminista contra las princesas ha sido la creación de princesas “alternativas”: las valerosas chicas de Shrek y de las nuevas películas de Disney, que llevan pantalones, hacen kung-fu y salvan al príncipe. Es posible que, como reacción a la vida y muerte de Diana, las princesas hayan tenido que volver a ser configuradas, y ahora todas sepamos que ser una verdadera princesa no sólo tiene que ver con deambular por castillos, siendo muy hermosa y muy noble. Tiene que ver con trastornos alimenticios, soledad, mixtapes de Wham!, follar por ahí, comenzar una batalla campal contra la familia real y, finalmente, ejercer una increíble fascinación sobre los que conspiran para matarte.
Es interesante señalar que, desde la muerte de Diana, ha disminuido el interés de las mujeres por llegar a ser princesas de verdad. Las princesas han perdido gran parte de su aceptación. Cuando el Príncipe Carlos estaba en edad casadera, las mujeres de todo el mundo le dirigían miradas pervertidas: como si fuera un cruce entre James Bond y el Príncipe Azul. Y cuando Diana se casó con él, mujeres de todo el mundo suspiraron por su vestido, su anillo, sus diamantes y su vida de ensueño.

Lo malo es que pensaba que de algún modo, por arte de magia, mediante un esfuerzo psíquico sobrehumano, tendría que transformarme en una princesa. Así es como el mundo me trataría bien. El ataque directo de princesitis del que es objeto cada niña se abre camino hasta su corazón de un modo silencioso y dañino.

Lo malo es que pensaba que de algún modo, por arte de magia, mediante un esfuerzo psíquico sobrehumano, tendría que transformarme en una princesa. Así es como el mundo me trataría bien. El ataque directo de princesitis del que es objeto cada niña se abre camino hasta su corazón de un modo silencioso y dañino.

Cuando el Príncipe Guillermo anunció su matrimonio con Kate Middleton, por el contrario, las mujeres coincidieron en sus sentimientos: “Pobrecilla. ¡Santo Dios!, ¿sabrá dónde se mete? Una vida de escrutinio, maledicencia, parapazzi haciendo fotos de sus muslos y especulando sobre su estado mental. Te lo regalo, querida.”
No, ahora el sueño de las mujeres que siguen asentadas en el “ser”, más que en el “hacer”, es convertirse en una WAG. Cásate con un futbolista y tendrás la riqueza, el glamour y los privilegios de una princesa (además de la aceptación implícita de que tu poderoso marido va a engañarte y te tienes que aguantar), pero sin que nadie espere de ti que seas además recatada, honorable y exquisita en un banquete. Las WAG son las princesas del siglo XXI.
Pero, ya seas una WAG vestida de Dolce & Gabbana en Mahiki, o Ariel con su cola de pez en el fondo del mar, las metáforas sobre “princesas mujeres” siguen siendo las mismas. El control residual que tienen sobre la capacidad femenina para imaginarse su futuro es subrepticialmente dañino.
¿Y qué tienen de malo las princesas? Bueno, sé por propia experiencia que mi mayor alivio al hacerme adulta fue abandonar de una vez por todas la idea de que podría ser o llegar a ser una princesa algún día. Aceptar que sólo eres una mujer normal, que vas a tener que espabilarte, trabajar duro y ser amable para conseguir las cosas es, una vez superada la doloras desilusión de tu apabullante normalidad, increíblemente liberador (…).

¿Se preocuparían las mujeres tanto de su aspecto, y de a quién le gustan, si éste no continuara siendo el principal punto para valorarlas? ¿Le daríamos tanta importancia a nuestros muslos si nosotras, como sexo, en lugar de los hombres tuviéramos casi toda la riqueza del mundo?

No, ahora el sueño de las mujeres que siguen asentadas en el “ser”, más que en el “hacer”, es convertirse en una WAG. Cásate con un futbolista y tendrás la riqueza, el glamour y los privilegios de una princesa, pero sin que nadie espere de ti que seas además recatada, honorable y exquisita en un banquete. Las WAG son las princesas del siglo XXI.

(…) En cualquier caso, a los dieciséis años se me ocurrió una nueva idea. No quería ser una princesa. Las princesas eran aburridas. Me encantaban los artistas, en cambio. Eran los tipos con los que había que salir. Quería ser una musa. Me moría por ser una musa. Ser tan increíble que alguna banda compusiera un tema sobre mía; o algún escritos escribiera un personaje basado en mí; o algún pintor me pintara en un lienzo tras otro, con mis diferentes estado de ánimo, que colgaran en todos los museos del mundo. O incluso un bolso. Jane Birkin inspiró un bolso. Yo, sin embargo, me habría conformado con ver mi nombre en una bolsa de plástico del Superdrug.
No era la primera chica ambiciosa que pensaba que ésta era la manera de abrirse camino en la vida. En una entrevista en Please Kill Me, Patti Smith, sin lugar a dudas diosa feminista, contó cómo, cuando crecía en New Jersey, “lo más fascinante del mundo era llegar a ser la amante de un gran artista. Lo primero que hice cuando me marché de casa (mudarme a Nueva York) fue hacerme amante de (legendario fotógrafo) Robert Mapplethorpe”.
Por supuesto, al final, cuando Mapplethorpe resultó ser muy gay, a Smith no le quedó otra opción que ponerse a escribir Horses, y convertirse en la mujer con bigote que más ha influido en el mundo. No tuvo más remedio que empezar a producir (…).
(…) Con el paso de los años -y mis amigos negándose insistentemente a escribir una novela o un musical del West End sobre mí-, fui haciéndome a la idea de que no era ninguna musa. Las chicas como yo no inspiran a la gente.
No tengo pasta de musa, me dije, tristemente, el día que cumplía dieciocho años, mirando a un mundo en el que nada estaba inspirado por mí. “No soy una princesa. No soy una musa. Si voy a cambiar el mundo, no va a ser por apoyar a una organización benéfica contra las minas antipersonas con una diadema, o por inspirar el próximo Revolver. Sólo “ser” no es suficiente. Voy a tener que hacer algo.”

¿Se preocuparían las mujeres tanto de su aspecto, y de a quién le gusta, si éste no continuara siendo el principal punto para valorarlas? ¿Le daríamos tanta importancia a nuestros muslos si nosotras, como sexo, en lugar de los hombres tuviéramos casi toda la riqueza del mundo?

¿Se preocuparían las mujeres tanto de su aspecto, y de a quién le gusta, si éste no continuara siendo el principal punto para valorarlas? ¿Le daríamos tanta importancia a nuestros muslos si nosotras, como sexo, en lugar de los hombres tuviéramos casi toda la riqueza del mundo?

Y en el siglo XXI, ser una mujer que quiere hacer algo no es difícil. En cualquier otro momento de la historia, las mujeres occidentales que hacían campaña en favor de algún cambio se arriesgaban a acabar en la cárcel, al ostracismo social, a la violación y la muerte. Ahora, sin embargo, las mujeres podemos sacar a la luz cualquier cambio que deseemos escribiendo unas cuantas cartas un poco fastidiosas mientras escuchamos Radio 4 y nos tomamos una taza de té.
Cualquiera que sea el futuro que queramos, nadie tendrá que morir por ello. Aunque sigamos gritando en esencia “¡Arriba el morado, el blanco y el verde!”, ahora podemos vestirnos del color que elijamos, aunque el morado, el blanco y el verde “desentonen”. No tenemos que arrojarnos a los pies de ese caballo.
Únicamente con ser sinceras sobre quienes somos realmente, tenemos media batalla ganada. Si lo que lees en revistas y periódicos te hace sentirte incómoda o una mierda, ¡no los compres! Si te sientes vejada por la diversión colectiva que ocurre en un topless, ¡avergüenza a tus compañeros! Si te sientes presionada por la idea de una boda muy cara, ¡ignora a tu suegra y vete corriendo al registro civil! Y si piensas que un bolso de seiscientas libras es algo indecente, en vez de decirte como una valiente “sólo tengo que fundir mi tarjeta de crédito”, di tranquilamente “la verdad es que no me lo puedo permitir”.

No soy una princesa. No soy una musa. Sólo "ser" no es suficiente. Voy a tener que hacer algo.

No soy una princesa. No soy una musa. Sólo “ser” no es suficiente. Voy a tener que hacer algo.

Hay tantas cosas, en todos los sentidos, que no nos podemos permitir y a las que, sin embargo, nos resignamos para estar integrados y sentirnos “normales”. Pero, desde luego, si todo el mundo está, de algún modo, demasiado preocupado para decir cuál es su situación real, entonces hay una nueva experiencia comunal que todo el mundo mantiene en secreto demasiado avergonzado para decir: “No penséis que soy un friki, pero…”
En cualquier caso, todo esto no sólo es sobre y para las señoras. Si la liberación de la mujer llega a hacerse realidad -como la lenta e imparable gravedad de los cambios sociales y económicos lo sugiere-, será también estupenda para los hombres. Si yo fuera el patriarcado, estaría francamente entusiasmado con la idea de que las mujeres consiguieran al fin la igualdad de oportunidades. Seamos sinceros, el patriarcado tiene que estar hecho polvo a estas alturas. Han sido cien mil años sin tener poco más que un descanso para merendar: los hombres se han agotado gobernando el mundo. Han llevado sus fuerzas al límite.
Ante la opción, entonces, de algún tipo de horario flexible -las mujeres dirigiendo el mundo la mitad del tiempo-, el patriarcado podría finalmente levantar un poco el pie del acelerador; tomarse esas vacaciones de las que lleva años hablando; acabar de ordenar el cobertizo de una vez por todas. El patriarcado podría pasar algún duro fin de semana jugando al paint-ball.

Únicamente con ser sinceras sobre quienes somos realmente, tenemos media batalla ganada (...) Hay tantas cosas, en todos los sentidos, que no nos podemos permitir y a las que, sin embargo, nos resignamos suspirando para estar integrados y sentirnos "normales".

Únicamente con ser sinceras sobre quienes somos realmente, tenemos media batalla ganada (…) Hay tantas cosas, en todos los sentidos, que no nos podemos permitir y a las que, sin embargo, nos resignamos suspirando para estar integrados y sentirnos “normales”.

Porque no es que el feminismo exaltado quiera quitar el control a los hombres. No nos estamos peleando por el mundo entero. Solamente por nuestra parte. Los hombres no tienen que cambiar ni una sola cosa. Por lo que a mí respecta, los hombres pueden seguir haciendo lo que quieran. No tienen que dejar nada. Mucho de lo que están haciendo -iPads, los Artic Monkeys, esos nuevos acuerdos sobre armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia- es genial. Y son divertidos, y soy amiga de muchos, y son buenos para acostarse con ellos, y están guapísimos con uniformes de la Segunda Guerra Mundial, o dando marcha atrás en estrechas plazas de aparcamiento.
No quiero que los hombres se marchen. No quiero que dejen lo que están haciendo.
Lo que quiero, en vez de eso, son algunas leyes de mercado drásticas. Quiero ALTERNATIVAS. Quiero VARIEDAD. Quiero MÁS. Quiero MUJERES. Quiero que las mujeres tengan más del mundo, no sólo porque el mundo sería más justo, sino también porque sería mejor. Más emocionante. Reordenado. Reinventado. Tenemos que conseguir que los ovarios digan: “Siií, me gusta este mundo. Llevo mucho tiempo aquí, mirando. Pero… lo retocaría un poco así. Porque estamos juntos en esto. Todos somos, ya sabes, los Muchachos.” (…)
(…) Pero, con el paso de los años, me he dado cuenta de que lo que realmente quiero ser, en resumidas cuentas, es un ser humano. Sólo un ser humano productivo, honrado, tratado con cortesía. Uno de “los Muchachos”. Pero con un pelo realmente asombroso.

Quiero ALTERNATIVAS. Quiero VARIEDAD. Quiero MÁS. Quiero MUJERES. Quiero que las mujeres tengan más del mundo, no sólo porque el mundo sería más justo, sino también porque sería mejor.

Quiero ALTERNATIVAS. Quiero VARIEDAD. Quiero MÁS. Quiero MUJERES. Quiero que las mujeres tengan más del mundo, no sólo porque el mundo sería más justo, sino también porque sería mejor.

Fuente: Caitlin Moran. Epílogo. Cómo ser mujer. Anagrama.

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