LA PRIMAVERA DE LAS VIUDAS

Mil mujeres han desafiado la cruel tradición india que las desprecia y han celebrado el Holi, el festival de los colores.

Mil mujeres han desafiado la cruel tradición india que las desprecia y han celebrado el Holi, el festival de los colores.

Durante siglos, en la India existió el “sati”, la costumbre terrible de que las viudas se inmolasen en la pira funeraria del marido. Se entendía que sus vidas ya no tenían sentido y que resultaba preferible que las devorasen las llamas. Esta práctica, de la que todavía se ha registrado algún caso esporádico en los últimos años, es la manifestación extrema de una cultura que desprecia, arrincona y maltrata a las viudas. Según la tradición, cuando muere el esposo, la mujer debe abandonar para siempre los saris de colores y vestir solo de blanco, prescindir de pulseras y adornos y renunciar a alimentos como la carne, el pescado, la cebolla o el ajo. Muchas también se ven obligadas a afeitarse la cabeza, para que quede clara su condición de mujeres incompletas.

La práctica del "sati" es la manifestación extrema de una cultura que desprecia, arrincona y maltrata a las viudas.

La práctica del “sati” es la manifestación extrema de una cultura que desprecia, arrincona y maltrata a las viudas.

En la India, donde abundan los matrimonios con gran diferencia de edad, hay más de cuarenta millones de viudas -algunas, que se casaron de niñas, adquieren esa condición con solo 9 o 10 años- y su situación se suele describir como un “sati” en vida. Automáticamente quedan excluidas de la sociedad, ya que se les suele culpar del fallecimiento del marido y se considera que dan mala suerte. Un antiguo texto hinduista las describe, de hecho, como “más perjudiciales que cualquier otra cosa perjudicial”, de manera que se impide su presencia en bodas o su proximidad a recién nacidos. Solo el 11% recibe una pensión, y para ello tienen que ir sorteando las trampas de la burocracia india. “Cuando no cuentan con fuentes de ingresos, las suelen echar de la casa de su familia política, incluso de casa de sus padres. Muchas de estas viudas acaban mendigando por las calles. Las llaman brujas y sus propios allegados las atormentan. Las tratan como si fuesen malas, impuras”, explica Bindeshwar Pathak, fundador de la ONG Sulabh.

Algunas viudas, que se casaron de niñas, adquieren esa condición con solo 9 o 10 años. Automáticamente quedan excluidas de la sociedad, ya que se las suele culpar del fallecimiento del marido y se considera que dan mala suerte.

Algunas viudas, que se casaron de niñas, adquieren esa condición con solo 9 o 10 años. Automáticamente quedan excluidas de la sociedad, ya que se las suele culpar del fallecimiento del marido y se considera que dan mala suerte.

Un refugio habitual para estas mujeres desesperadas es Vrindavan, conocida como “la ciudad de las viudas”, un lugar santo con 5.000 templos en el que, según la mitología india, nació y creció el dios Krishna. Algunas emprenden un viaje de más de mil kilómetros para alcanzar este destino. Su existencia sigue siendo triste y miserable una vez allí, pero al menos no se mueren de hambre y escapan en alguna medida del hostigamiento: se alojan en las habitaciones comunales de los monasterios y pueden ganarse unas monedas y un cuenco de arroz cantando himnos durante horas, aunque también es verdad que las más jóvenes acaban a menudo en manos de las redes de explotación sexual. Se estima que se han asentado en la ciudad unas 15.000 viudas.

Cuando no cuentan con fuentes de ingresos, las suelen echar de la casa de sus padres. Muchas de estas viudas acaban mendigando por las calles. Las llaman brujas y sus propios allegados las atormentan. Las tratan como si fuesen malas, impuras".

Cuando no cuentan con fuentes de ingresos, las suelen echar de la casa de sus padres. Muchas de estas viudas acaban mendigando por las calles. Las llaman brujas y sus propios allegados las atormentan. Las tratan como si fuesen malas, impuras”.

Y allí, en Vrindavan, es donde se produjo la semana pasada una pequeña revolución. Se celebraba el Holi, el festival que sirve para dar la bienvenida a la primavera: se trata de una jornada de gozo desenfrenado e infantil, en la que los indios se dedican a ponerse perdidos unos a otros a base de polvos de colores y agua teñida. Este año, mil viudas de Vrindavan decidieron que ellas también iban a sumarse a la locura colectiva, rebelándose contra el rol de sombras que les asigna la costumbre. El año pasado ya habían dado una primera señal de sus intenciones transgresoras, aunque solo se atrevieron a celebrar el Holi con pétalos de flores, pero en esta ocasión estaban dispuestas a hacerlo por todo lo alto, embadurnándose de naranja, rojo, amarillo y todos los demás colores que habitualmente tienen vedados.

Para estas mujeres, celebrar el Holi es una forma de protesta. Quieren ser tratadas como seres humanos y que les permitan vivir sus vidas tal como ellas decidan.

Para estas mujeres, celebrar el Holi es una forma de protesta. Quieren ser tratadas como seres humanos y que les permitan vivir sus vidas tal como ellas decidan.

Para ello, contaron con la colaboración de Sulabh, una de las organizaciones que luchan por mejorar sus condiciones de vida: las viudas que están bajo su protección reciben un estipendio mensual de dos mil rupias -unos 25 euros-, asistencia médica y clases de lectura, costura y fabricación de bastoncillos de incienso.
“Para estas mujeres, celebrar el Holi es una forma de protesta. Quieren ser tratadas como seres humanos y que les permitan vivir sus vidas tal como ellas decidan”, resumió Bindeshwar Pathak en declaraciones a “The Times Of India”. El día de la fiesta, las viudas desafiaron a la sociedad con saris de tonos vivos y, bien provistas de “gulal” y “pichkaris” -el polvo de colores y las pistolas de agua-, disfrutaron como niñas de la jornada. Cantaron, bailaron y acabaron hechas un cuadro, exhaustas y radiantes, en una reivindicación inequívoca de su derecho a la alegría. Una de ellas logro sintetizar sus sentimientos en una breve frase: “¡Ojalá estos colores no se fuesen nunca!”.

Cantaron, bailaron y acabaron hechas un cuadro, exhaustas y radiantes, en una reivindicación inequívoca de su derecho a la alegría. Una de ellas logró sintetizar sus sentimientos en una breve frase: "¡Ojalá estos colores no se fuesen nunca!".

Cantaron, bailaron y acabaron hechas un cuadro, exhaustas y radiantes, en una reivindicación inequívoca de su derecho a la alegría. Una de ellas logró sintetizar sus sentimientos en una breve frase: “¡Ojalá estos colores no se fuesen nunca!”.

Fuente: Carlos Benito en “El Correo Vasco” del domingo 23 de marzo del 2014.

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