Carmen Alborch. Mujeres para un cambio de siglo.

El origen de soltera no es sola o desolada, sino la palabra latina solvere, v.: soltar, soltarse, soltería, soltura, suelta. Sin riendas, sin ataduras.

El origen de soltera no es sola o desolada, sino la palabra latina solvere, v.: soltar, soltarse, soltería, soltura, suelta. Sin riendas, sin ataduras*. * Del Diccionario del uso del español de María Moliner.

Hace calor y Carmen está perezosa. Para celebrar ambas cosas (es decir, que hace calor y encima, reina la pereza) decidimos brindar con daiquiri y recrearnos en la vagancia. Es una actitud decididamente agradable, voluptuosa: hablar de la pereza y abandonarse a ella contemplando las obligaciones con el distanciamiento de quien no piensa hacer nada por atenderlas. Carmen había pensado aprovechar la tarde para arreglar armarios y poner al día algunos asuntos domésticos. Pero ya digo: hace calor y reina la pereza. Así que, abandonadas ambas a la flacidez, retrasamos la entrevista mientras las horas pasan y los armarios siguen. El frescor de hielo pilé cruje en la conversación y el aire se llena al fin de palabras frescas.

Carmen ha venido a la cita con los labios pintados, y eso me hace pensar dos cosas. Una: que pertenece a esa clase de mujeres que cuando no llevan los labios pintados se sienten un poco desnudas. Y dos: que le gusta sonreír con boca roja y explosiva porque hace juego con su personalidad. El carmín, las encías y la risa. Todo se mezcla en la hora decadente de la tarde anónima. Y es que a Carmen le sale el alma por la boca.

¿Qué le parece si no hablamos de su libro?
Perfecto. Aunque no lo crea, no tengo ningún interés en seguir dando la tabarra. Considero que ya he cumplido mi misión de promocionar… Puede estar usted tranquila.

Se lo digo porque a fuerza de repetir el mismo discurso habrá terminado creyéndoselo.
Y me lo creo. Yo hablo de las ventajas de vivir sola, pero no nos engañemos: tener un chico fantástico al lado es estupendo.

Ya, pero después de tanto proselitismo a favor de la soledad, difícilmente podrá permitirse el lujo de proclamar que le va bien la vida sentimental.
¿Cree que me cierro puertas? No fastidie.

Es que se ha atrincherado tanto en una postura…
En la introducción del libro escribí que estoy orgullosamente sola, pero que me siento cálidamente acompañada. Y a partir de ahí que cada cual interprete lo que quiera.

Se cura usted en salud, pero ese discurso de la soledad como opción vital es la reivindicación de un modelo de vida que excluye la convivencia.
A mí me resultaría muy difícil volver a vivir con alguien. Pero eso no significa que si en un momento determinado me llevo muy bien con un señor, y a ese señor le apetece muchísimo estar conmigo, no haya posibilidad de plantearse la convivencia respetando unos principios básicos.

A veces no sólo te ves invadida por fuera sino por dentro.

A veces no sólo te ves invadida por fuera sino por dentro.

No siga:usted es de las que viviría en el piso A y le propondría a su novio vivir en el B, puerta con puerta…
O en una casa muy grande con dos alas. Es una cuestión de espacio y también de actitud. Porque después de vivir tanto tiempo a mi aire es difícil compartir las baldas del cuarto de baño y los territorios interiores. A veces no sólo te ves invadida por fuera sino por dentro.

Alguien me comentaba, a propósito de su libro, que a la soledad se llega por eliminación. Es decir, que no se trata de una opción en primera instancia. Usted misma, cuando era jovencita deseó casarse, y de hecho se casó.
Existen muchas formas de llegar a la soledad, y una de ellas es después de haberse casado, divorciado, y vivido otras relaciones. Es el resultado de un proceso de agotamientos. En ese sentido, pues sí, caba hablar de eliminación o de exclusión. Hay historias que dan de sí lo que dan de sí. No siempre se puede reciclar una relación. Tampoco olvidemos que a veces te quedas sola porque la otra parte contratante te abandona.

¿El amor tiene fecha de caducidad?
No…

Muy romántica la veo.
Mientras haya gente que vive toda la vida un amor, no me toca más remedio que pensar así. Conozco parejas que se casaron a los 20 años y que al cabo del tiempo, después de superar crisis y relaciones alternativas, siguen juntas.

¿Que hacía usted a los veinte años? ¿Tenía un novio para casarse?
Tenía un novio, si, pero no hablábamos de matrimonio. Era un compañero de facultad.

Se casó con él, claro.
No. Me casé con otro. Lo del primer novio se diluyó una vez terminada la carrera, cuando la profesión nos llevó en direcciones opuestas.

Seguro que en aquella época no contemplaba usted la opción de la soledad voluntaria.
No, pero tampoco veía muy clara la figura de esposa y madre aplicada a mí. Soy muy afectuosa, me importa mucho el amor y realmente he dedicado muchísimo tiempo a cultivarlo, sin embargo desde muy joven quise tener mi autonomía, mi independencia económica, mi profesión.

Y ahora se ha convertido en una llanera solitaria.
No soy autosuficiente. Conozco mis carencias y mis limitaciones, pero me he acostumbrado a apañarme sola. Una pareja no sólo es alguien para ir del bracete a los sitios. Una pareja es para soñar, para construir proyectos, para disfrutar… Yo no soy una llanera solitaria, aunque me defiendo. A fuerza de experiencias dolorosas las mujeres hemos desarrollado un instinto de protección frente al sufrimiento. Las tías de mi generación estamos marcadas por la idea del amor como entrega. Es lo de siempre: te enamoras y allá vas, pones pocos frenos y te dejas llevar por esa seducción que despliegan los hombres para conquistar. Luego, cuando estás más embalada, él se para en seco y…

Arrancada de caballo y parada de burro, que dice una amiga mía.
Es una frustración horrible, sí. Entonces te dices: “Dios mío, pero si yo no quería llegar hasta aquí. Ha sido él quien me ha liado…”. Y claro, surge el desconcierto. De modo que con el tiempo te vuelves más exigente y precavida. Es como una especie de blindaje.

Otra cosa: ¿Por qué esconde a su novio?
Porque no es un novio, claro… Y además tampoco lo escondo. Compartimos unos espacios y unos momentos. A veces se nota su presencia porque salimos y otras veces no se nota porque no necesitamos salir. Cuando andas mal de tiempo tiendes a crear una burbuja con la otra persona, no para ocultarte, sino para protegerte. En cualquier caso, yo no me reprimo ni me escondo por mi condición de mujer política.

Pero su novio, el periodista José Luís Gutiérrez, y usted, han aparecido retratados en la prensa del corazón haciendo lo que hacen los famosos: taparse la cara.
Sí… Yo no busco la clandestinidad, pero tampoco me gusta que manoseen mi vida.

¿Reprimiría la tentación de pedirle a un hombre (su actual novio, sin ir más lejos) que viva con usted?
No, siempre y cuando se dieran unas condiciones. Por ejemplo: que respetará mis espacios reservados, no solo físicos, sino psíquicos. Ya sé que esto queda fatal, como de mujer privilegiada, pues mientras yo pido mi cuarto de baño y mi territorio libre de invasión, hay mujeres que no se pueden separar de sus maridos porque no pueden mantenerse económicamente. La economía marca muchas pautas. A mi exmarido lo depuraron en la universidad por razones políticas y durante un año vivimos de mi sueldo. Por la misma razón tampoco me importaría que transitoriamente alguien tuviera que mantenerme a mí. Nunca he querido ser una mantenida, pero si no queda más remedio, hay que aceptarlo… Hummm, ¿por qué le cuento esto?

No, pero tampoco veía muy clara la figura de madre y esposa aplicada a mí. Soy muy afectuosa, me importa mucho el amor y realmente he dedicado muchísimo tiempo a cultivarlo, sin embargo desde muy joven quise tener mi autonomía, mi independencia económica, mi profesión.

No, pero tampoco veía muy clara la figura de madre y esposa aplicada a mí. Soy muy afectuosa, me importa mucho el amor y realmente he dedicado muchísimo tiempo a cultivarlo, sin embargo desde muy joven quise tener mi autonomía, mi independencia económica, mi profesión.

 
 

Usted sabrá. Hablábamos de su novio.
No. Hablábamos de que yo puedo permitirme hacer estos planteamientos de pareja porque tengo independencia económica.

¿La frivolidad es un arte?
¿Y a que viene eso…?

Es que quiero preguntarle cosas frívolas
A ver.

¿Le gustan los escotes?
Están bien, pero no soy muy adicta al escote. Siempre he preferido enseñar las piernas.

¿Cuántas veces ha entrado en un sex-shop?
Dos o tres.

¿En el extranjero?
No. En Valencia, con los amigos. Tengo amigos muy divertidos. Bueno, yo también soy divertida. Me lo he pasado muy bien en la vida.

¿Se cura la neura comprando trapos?
Ahora mismo no, pero lo he hecho, aunque no de forma muy consciente. Me he dado cuenta después, a la vista de los resultados. De pronto encuentro algunas cosas en el armario que no tienen mucho sentido y que son producto de la convulsión de una tarde ansiosa, desasosegada, incierta. Contra lo que pueda parecer, sin embargo, no siempre compro trapos. Me encanta comprar comida.

Cuando toma el sol en topless, ¿mira antes a su alrededor para ver si hay paparazzi?
Ya no tomo el sol en topless. Pero no es una medida contra los paparazzi. Vestida me siento más protegida, más sujetita… Eso sí: prefiero el biquini al bañador de una pieza.

¿Le gustan los hombres de gimnasio?
No mucho. Un amigo mío me recriminaba que las mujeres no valorásemos el músculo masculino. Según él, siempre nos quedamos prendadas de las barriguitas.

A lo mejor es verdad.
Sí lo es. No somos nada exigentes en eso. En cambio ellos se permiten con nosotras unas insolencias terribles. A veces te dicen unas cosas que…

¿Qué?
Supongo que usted también lo habrá comprobado: son muy críticos. Pero bueno, te preguntas entonces, ¿y éste? ¿Es que no se ha mirado al espejo?

Ya se que esto queda fatal, como de mujer privilegiada, pues mientras yo pido mi cuarto de baño y mi territorio libre de invasión, hay mujeres que no se pueden separar de sus maridos porque no pueden mantenerse económicamente. La economía marca muchas pautas.

Ya se que esto queda fatal, como de mujer privilegiada, pues mientras yo pido mi cuarto de baño y mi territorio libre de invasión, hay mujeres que no se pueden separar de sus maridos porque no pueden mantenerse económicamente. La economía marca muchas pautas.

¿Recuerda cuándo se puso por primera vez tacones?
Tacones no sé, pero fui bastante precoz y puedo decirle que me gustaban mucho las medias negras y como no tenía edad, me cambiaba en un portal próximo a casa. Allí me quitaba los calcetines y me ponía las medias. Tendría unos 14 años.

¿Suele quedarse quieta ante el armario suspirando aquello tan clásico de “no tengo nada que ponerme”?
¡Sí! Yo misma ironizo mucho sobre eso. Hay días en los que te encuentras rarita y aunque el armario esté lleno, crees que no tienes nada.

¿A quién soporta mejor, a un hombre que ronca o a otro que ejerce el poder con el mando a distancia?
Hay algunos que roncan y encima ejercen el poder con el mando. Pero, puesta a elegir, el que controla el mando me parece un mal menor. Siempre hay posibilidad de arrebatárselo o hacerle cambiar de idea. Con los ronquidos, en cambio, no hay forma.

¿Se siente insegura si no lleva los labios pintados?
Más que insegura, extraña. Gilo Pontecorvo me preguntó en cierta ocasión por qué me pintaba los labios si mi fuerza estaba en los ojos. Y yo le contesté: para disimular.

¿Es llorona?
Bastante. Llorar está muy bien.

¿Se confiesa por teléfono con sus amigas?
Sí. Desde que vivó en Madrid, no me queda más remedio que colgarme al teléfono para hablar con mis amigos y amigas de Valencia.

Estoy orgullosamente sola, pero me siento cálidamente acompañada.

Estoy orgullosamente sola, pero me siento cálidamente acompañada.

¿Hace trampas con la edad?
No. Tengo 51 años.

¿Cuáles son sus ídolos?
Me he quedado con los clásicos: Paul Newman, por ejemplo, o Gary Cooper, del que recuerdo una escena en la que cogía a la chica de una forma tan especial, tan contundente, que yo pensaba “ay, cómo se debe estar ahí…”. Siempre me han gustado los hombres-lápiz: delgados, esbeltos, tiernos. Es verdad que, por educación, a las mujeres de mi época también nos han atraído los chicos malos, pero los chicos malos te hacen la vida imposible y no puedes llevártelos a casa. Y la mezcla de chico bueno y malo, es decir, de machote y tierno, no existe. Al menos no lo he conocido.

Fuente: Carmen Rigalt, La Revista num 198, “El Mundo”

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