MIEDO A SER, LAS IMPOSTURAS DE LA FEMINIDAD

Las mujeres nos colocamos en el mundo con miedo a no ser queridas, con miedo a no ser aceptadas, de ahí parte la impostura. Para tratar de evitar el rechazo impostamos  nuestra identidad, nuestros deseos, nuestra voz, para así corresponder en cada momento a "lo que se espera de nosotras".

Las mujeres nos colocamos en el mundo con miedo a no ser queridas, con miedo a no ser aceptadas, de ahí parte la impostura. Para tratar de evitar el rechazo impostamos nuestra identidad, nuestros deseos, nuestra voz, para así corresponder en cada momento a “lo que se espera de nosotras”

Cómo decirte,
Que el cielo está en el suelo,
Que el bien es el espejo del mal,
Que al tren del desconsuelo,
Si subes no es tan fácil bajar.
Cómo decirte,
Que el cuerpo está en el alma,
Que Dios le paga un sueldo a Satán.
Cómo contarte,
Que nadie va a ayudarte
Si no te ayudas tú un poco más.

Joaquín Sabina

ESTAFADAS

” (…) Las mujeres se sienten estafadas y enfadadas; ¿en qué nos hemos equivocado? Como tantas otras revoluciones, el feminismo se equivocó por entender que la condición humana era lo que no es. El feminismo estaba lleno de buenas intenciones, pero, visto lo visto, me pregunto: ¿lo inventamos realmente nosotras o fueron ellos?

En estos últimos 20 años, el mercado se ha visto saturado de mujeres preparadas, buenas, dóciles y guapas. Este producto excelente, pero no escaso, ha permitido que accedan a él compradores de perfil bajo, muy bajo o deplorable, tanto en la demanda sentimental como profesional. Los unos, accediendo a un mercado de mujeres que otrora no hubieran imaginado; los otros, los del mercado profesional, disfrutando de las habilidades de unas mujeres profesionales que, mal pagadas, están capacitadas para ofrecer un servicio de primera calidad.
Este es el marco en el que nos encontramos las mujeres profesionales. Si a esto le añadimos nuestra histórica manera de estar en el mundo, complacientes, bondadosas, dóciles y la perversa igualdad que siguen proclamando, también desde el feminismo institucional, nos convertimos en personas/productos que se ven devaluadas. Lo peor es que, para poder adaptarnos a ese mercado (no hay otro), nos vemos abocadas a perder nuestra identidad. A veces, algunas veces, como dice la canción de Serrat, “la vida te besa en la boca”, y nos coloca en una situación favorable. Incómodas por ese desconocido bienestar, lo arruinamos para volver a ese lugar conocido de abnegación, compasión, igualdad, pobreza y falta de respeto.

Las mujeres de hoy tienen miedo a Ser. Como Verónica Franco, la protagonista de Más fuerte que el destino (Dangerouse Beauty, de Marshall Herskovitz, 1988), que cuando es presentada frente a la Inquisición y va a ser condenada a muerte por su capacidad de seducción, acusada de brujería, se plantea si mentir ante el tribunal y aceptar su condición de bruja y arrepentirse, lo que probablemente le salvaría la vida. Pero no lo hace. “Viviría, pero siendo otra, no puedo traicionar mi identidad”, declara entre sollozos. Y decide presentarse ante el tribunal orgullosa de Ser, asumiendo las consecuencias.

Así, hoy, miles de mujeres sofocan su identidad para salvar la vida. Viven en la impostura para que en esa sociedad igualitaria a la medida masculina, las dejen sobrevivir a cambio de NO SER. Y este es el resultado: enfermedades físicas y mentales y el negocio de la sumisión que cotiza en bolsa en forma de muchos productos y servicios que tienen su mercado en la sumisión de las mujeres.

Así hoy, miles de mujeres sofocan su identidad para salvar la vida. Viven en la impostura para que en esa sociedad igualitaria a la medida masculina, las dejen sobrevivir a cambio de NO SER.

Así hoy, miles de mujeres sofocan su identidad para salvar la vida. Viven en la impostura para que en esa sociedad igualitaria a la medida masculina, las dejen sobrevivir a cambio de NO SER.

SER O NO SER; LA IMPOSTURA DE LA FEMINIDAD

El dilema shakesperiano es hoy el dilema de las mujeres profesionales. Impostar la identidad es vivir, parafraseando esta vez a santa Teresa de Jesús, quien seguro sublimó su poderosa identidad para vivir en la Tierra como mujer con talento del siglo XVI. ¿Recuerdan?

Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.

Está claro que a la revolucionaria Teresa de Jesús le quedaba pequeño el reducido territorio que le dejaban como mujer y proyectaba en su compromiso con Dios un poder que de otra manera no hubiera podido expresar. La historia de santa Teresa es común a la de otras místicas, como sor Juana Inés de la Cruz o Isabel de Villena, que proyectaron su talento en el territorio de la religión; ¿qué otra posibilidad les quedaba? Encerradas entre muros y con un objetivo permitido, Dios, pudieron expresar su identidad.

La mujeres han construido una cultura diferente y diferenciada de la masculina y ante las necesidades, los intereses y los sentimientos de los hombres, se sienten convidadas de piedra, intrusas en un mundo que no comparten, no entienden y se construye sin su visión, sus deseos y sus expectativas, y, lo que es peor, las tiene a su servicio. La construcción del mundo femenino es otra, es otro el poder, otros son los deseos, otras las prioridades, etc. Por este motivo, las mujeres se encuentran en una disyuntiva: vivir en la impostura para ser adecuadas al mundo construido por la mirada del hombre o salir de la impostura y atreverse a mostrar su propio poder.

SUJETO-OBJETO

La dicotomía sujeto-objeto está presente en todas las áreas del conocimiento. El psicoanálisis la utilizó para ubicarnos socialmente. Sujeto es el que ve, el que tiene identidad, el que explica las cosas. Objeto es lo visto, lo explicado, lo construido, lo mirado. Las mujeres, en este binomio, somos el objeto. Las mujeres somos en tanto que somos vistas, descritas y ubicadas por el sujeto, que es la mirada masculina. Y por esta razón vivimos en la impostura. La impostura de negar, de impostar nuestra auténtica identidad, para acercarnos, muchas veces con dolor, al objeto que ellos crearon con su visión, con su voz, con sus creencias y, lo que es peor, para responder a sus necesidades.

Las mujeres se encuentran en una disyuntiva: vivir en la impostura para ser adecuadas al mundo construido por la mirada del hombre o salir de la impostura y atreverse a mostrar su propio poder.

Las mujeres se encuentran en una disyuntiva: vivir en la impostura para ser adecuadas al mundo construido por la mirada del hombre o salir de la impostura y atreverse a mostrar su propio poder.

Hoy las mujeres profesionales han creado una nueva cultura con una identidad propia; no se definen, como nuestras abuelas, por el hombre con quien se casaron, por el nombre de la familia donde nacieron, por la ciudad, el pueblo o el entorno donde crecieron y, sobre todo, por los estereotipos que soportaron. Las mujeres occidentales tienen su propia identidad porque ya se han autorizado a construirse a sí mismas. Pero la mayoría vive compartiendo su vida entre ámbitos de identidad y ámbitos de impostura. Por ello, las mujeres, a pesar de tener cada vez más valores (formación, dinero, autonomía, etc.) no tienen más poder. Para que esto ocurra deben tomar conciencia, individual y colectiva, de la capacidad de ser sujetos de su momento, su historia, su patrimonio y su identidad.

TODAS LAS IMPOSTURAS

Las mujeres somos una cultura diferenciada y, por ello, tenemos una manera de ver y una manera de no ver, y unos miedos incorporados a esas percepciones. Las mujeres nos colocamos en el mundo con miedo a no ser queridas, con miedo a no ser aceptadas, de ahí parte la impostura. Para tratar de evitar el rechazo impostamos nuestra identidad, nuestros deseos, nuestra voz, para así corresponder en cada momento a “lo que se espera de nosotras”. Tenemos miedo a mostrar nuestra identidad porque la identidad podría suponer el rechazo de aquellos que no pertenecen a nuestro target, entendiendo por tal el grupo de pertenencia cultural, en sentido amplio. Deformamos, encogemos, impostamos, en suma, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestro ser, para caber en el pequeño zapatito de cristal en el que entró el pie de Cenicienta para ser elegida por el príncipe, quien, naturalmente, la redimió de las durezas de la vida. ¿No busca nuestra impostura esa protección? Pero este no es el camino. La impostura es sólo la pérdida de identidad y, con ella, la pérdida de poder. Los impostores, ya se sabe, se ven descubiertos y castigados a la nada. Y eso es lo que nos puede ocurrir a nosotras. Esta es todavía hoy, y desde hace siglos, nuestra manera de vivir; pero ya basta, la sociedad nos necesita íntegras, poderosas y sanas.

Las mujeres profesionales practicamos tres tipos de impostura, todos inconscientes, adaptativos, fruto del miedo a no ser adecuadas y para intentar cumplir todos los estereotipos. Así nos impostamos en la mediocridad, en la insignificancia, que es el lugar que percibimos seguro, donde no resultamos amenazantes y desde donde, creemos, evitamos la agresión.
Las mujeres tienden a interpretar el entorno, también el profesional, en términos de amor/aceptación: “Si lo hago bien, me quieren, me aceptan”.

Deformamos, encogemos, impostamos, en suma, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestro ser, para caber en el pequeño zapatito de cristal en el que entró el pie de Cenicienta para ser elegida por el príncipe, quien, naturalmente, la redimió de las durezas  de la vida. ¿No busca nuestra impostura protección? Pero este no es el camino. La impostura es sólo pérdida de identidad y,  con ella, la pérdida de poder.

Deformamos, encogemos, impostamos, en suma, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestro ser, para caber en el pequeño zapatito de cristal en el que entró el pie de Cenicienta para ser elegida por el príncipe, quien, naturalmente, la redimió de las durezas de la vida. ¿No busca nuestra impostura protección? Pero este no es el camino. La impostura es sólo pérdida de identidad y, con ella, la pérdida de poder.

La otra impostura es la que nos lleva a imitar a los hombres. En el entorno profesional, los modelos masculinos más radicales son los que alcanzan la cima, por tanto, trataremos de imitarlos. Entendemos que es el código de conducta adecuado. Si a ellos les va tan bien, a nosotras también nos funcionará. Pero actuar como un hombre en el lugar de trabajo no puede aportarte ningún beneficio. Se trata de hacer de nosotras mismas pero ampliando los espacios que nos atribuyen. Nuestras diferencias con los hombres no las debemos ocultar, al revés, ese es nuestro auténtico poder. Si alguien quiere hacernos sentir que nuestro comportamiento es equivocado, que es femenino, está tratando de ponernos en “nuestro lugar”. No hay que morder el anzuelo. Hoy las características femeninas aportan tanto valor a las estructuras empresariales y a la sociedad en general que deben ser reconocidas. En realidad, el liderazgo femenino es una tendencia que crea tendencias en el mundo, tanto en la empresa como en la política. Es la innovación de la que tanto se habla.

La tercera impostura es el deseo de responder a cómo somos vistas las mujeres según la mirada del hombre; esta es la construcción de los estereotipos. Al tratar de responder a esta idea, también somos impostoras. Los hombres entienden la igualdad como el comportamiento de las mujeres tal como ellos los desean. Lo que supone para los hombres otra ventaja. Asumida la igualdad, deben dejar de hacer aquello que suponían les hacía deseables a las mujeres. Todos iguales: vosotras sois como yo os deseo y nosotros somos como somos, que para algo somos iguales. Nuestro esfuerzo por responder a esa visión, negándonos nuestros auténticos deseos, también nos niega nuestra seducción.

La igualdad será para nosotras el día que ellos se esfuercen por parecerse a la construcción mental que tenemos de ellos, a como deseamos que sean.

Las mujeres somos en tanto que somos vistas, descritas y ubicadas por el sujeto, que es la mirada masculina. Y por esta razón vivimos en la impostura. La impostura de negar, de impostar nuestra auténtica identidad, para acercarnos, muchas veces con dolor, al objeto que ellos crearon con su visión, con su voz, con sus creencias y, lo que es peor, para responder a sus necesidades.

Las mujeres somos en tanto que somos vistas, descritas y ubicadas por el sujeto, que es la mirada masculina. Y por esta razón vivimos en la impostura. La impostura de negar, de impostar nuestra auténtica identidad, para acercarnos, muchas veces con dolor, al objeto que ellos crearon con su visión, con su voz, con sus creencias y, lo que es peor, para responder a sus necesidades.

NUESTRA VIDA EN LA IMPOSTURA

Las mujeres han incorporado exigencias nuevas, nuevos estereotipos sin desprenderse de los antiguos, que centraban la identidad de las mujeres en el ámbito familiar. Este capítulo plantea las dificultades que tienen las mujeres profesionales para abordar las diferentes situaciones en las que desean ser adecuadas, a menudo contradictorias con un satisfactorio desarrollo de su propia vida y que las colocan en una situación de fragilidad que difícilmente pueden superar. Los afectos, y con ellos las exigencias “propias de mujeres”, fragilizan su vida cotidiana hasta llevarlas en muchos casos a situaciones de desesperación. Las madres, los hijos, la pareja, la vida familiar en general son a la vez deseos y servidumbres que las llevan a la culpa permanente, un sentimiento casi exclusivo de las mujeres.

CONCILIAR ES SUMISIÓN

La famosa conciliación no es más que una forma novedosa de exigirles a las mujeres que cumplan con los estereotipos más arcaicos para autorizarse a tener un espacio en la vida profesional. Esto, en sí mismo perverso, es aún más dañino porque llevamos a nuestra vida profesional los modelos convencionales de relación familiar, basados en las redes de protección-sumisión. A las mujeres se les autoriza la proyección social siempre y cuando tengan en orden el espacio del hogar. Este es el objetivo de la conciliación.

Las mujeres profesionales se autorizan si cumplen con los requisitos domésticos. El cumplimiento de los mandatos “propios de mujeres”, lejos de ser un logro, supone en muchos casos doblegarse a la sumisión históricamente exigida a las mujeres para gozar de la protección no sólo de los hombres sino de los entornos que las quieren así, sumisas y dóciles. Las mujeres profesionales, en sus actividades públicas suelen hablar de maridos e hijos, es una especie de mensaje-conjuro: “No crean que porque soy mujer de éxito he fracasado en mi vida privada”.

La famosa conciliación no es más que una forma novedosa de exigirles a las mujeres que cumplan con los estereotipos más arcaicos para autorizarse a tener un espacio en la vida profesional.

La famosa conciliación no es más que una forma novedosa de exigirles a las mujeres que cumplan con los estereotipos más arcaicos para autorizarse a tener un espacio en la vida profesional.

Para la mayoría de mujeres profesionales, las dependencias emocionales con todo ese universo que llamamos feminidad e un auténtico martirio. Desean el amor y la armonía del entorno familiar, y para ello tratan de responder a lo que se espera de ellas dese el mandato de los estereotipos más antiguos, pero no por ello menos vigentes, con las otras demandas, las de la vida social y la profesional. Y lo que es peor, llevan los modelos de conducta, y los códigos de comunicación, del ámbito privado al ámbito profesional y no acaban de relacionarse “profesionalmente”. He aquí las madres, los hijos y los hombres. No se trata de conciliar, el lema debe ser autorizarse. Identificar la sumisión y autorizarse a Ser.

En Occidente vemos con asombro lo que les sucede a las mujeres islámicas. Muchas de ellas han sido obligadas a inmolarse “para salvar el honor de la familia”, al haberse divorciado o haber mantenido relaciones fuera del matrimonio. Han sido sus propios maridos, amantes o parientes los que las llevan a la muerte “por haber fracasado en su vida familiar”. Las cosas por aquí, aun siendo muy diferentes, beben de las mismas fuentes. Se suele atribuir el fracaso matrimonial a la mujer, quien “no supo adaptarse al marido o porque eligió mal”, lo que la conduce a la marginación “.

No se trata de conciliar, el lema debe ser autorizarse. Identificar la sumisión y autorizarse a Ser. Estás en casa. Confía. Atrévete. Respira y sonríe.

No se trata de conciliar, el lema debe ser autorizarse. Identificar la sumisión y autorizarse a Ser. Estás en casa. Confía. Atrévete. Respira y sonríe. 

 

Fuente: Carmen García Ribas, Identificación de la situación (Capítulo 1). Miedo a ser, las imposturas de la feminidad, 2008.

 

 

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