La sexualidad de los inmigrantes de origen musulmán en los suburbios europeos.

Más allá de la miseria cultural, una auténtica miseria sexual hace estragos en los suburbios, y esta frustración ha alimentado la violencia.

Más allá de la miseria cultural, una auténtica miseria sexual hace estragos en los suburbios, y esta frustración ha alimentado la violencia.

“La sexualidad en las barriadas obreras siempre ha sido un tema tabú y, precisamente por ello, se ha convertido en una cuestión fundamental: el sexo ha pasado a ser objeto de todas las conversaciones, de todos los fantasmas, pero sin referencias y sin libertad.

Cuando yo era adolescente, no se hablaba de ello con los adultos y ni siquiera se abordaban las cuestiones relacionadas con la pubertad, como por ejemplo la primera regla. Una chica descubría su cuerpo y sus transformaciones por sí misma. Afortunadamente, en el instituto nos daban clase de educación sexual y allí podíamos hacer preguntas, entre dos ataques de risa tonta. Cuando ya tenían la regla, las cosas se hacían más difíciles para las chicas. Lo único que sus madres les decían podría resumirse en los siguientes términos: “¡Se acabaron los chicos!”. Una joven decente no podía andar por la calle, porque corría el riesgo de quedarse embarazada. Era el único discurso vinculado con la sexualidad que las chicas oían. De lo demás, de todo lo referente al acto sexual o a la vida amorosa, era imposible hablar.

LA MISERIA SEXUAL, FUENTE DE VIOLENCIA

Veinte años más tarde, la situación ha empeorado. En las barriadas obreras, no existe prácticamente otra educación sexual que la que se recibe a través de las cintas de vídeo porno que pasan de mano en mano. Una vez más, estoy convencida de que el papel de la educación pública francesa es fundamental. Para paliar las carencias, la escuela ha de desempeñar un papel motor en la educación, en su sentido más amplio, de los futuros ciudadanos. Por eso las clases de educación sexual que se imparten en los centros escolares han de ampliarse para abarcar cuestiones como el deseo, el placer, el respeto al compañero o a la compañera, cualquiera que éste o ésta sean, y no abordar sólo la prevención del SIDA, por muy importante que la cuestión siga siendo hoy.

La presión moral que se ejerce sobre las chicas es increíblemente fuerte y cualquier relación amorosa queda adulterada. El imperativo de la virginidad pesa en la vida diaria de las chicas, que saben que más les vale que no las desfloren, pues de lo contrario pagarán un altísimo precio.

La presión moral que se ejerce sobre las chicas es increíblemente fuerte y cualquier relación amorosa queda adulterada. El imperativo de la virginidad pesa en la vida diaria de las chicas, que saben que más les vale que no las desfloren, pues de lo contrario pagarán un altísimo precio.

Más allá de la miseria cultural, una auténtica miseria sexual hace estragos en los suburbios, y esta frustración ha alimentado la violencia. Para seducir a otra persona, para construir una relación, al menos hay que poder acercarse a ella, que se produzca un intercambio en un ambiente sosegado. Esto se ha vuelto imposible en las barriadas obreras, donde la mixidad ha desaparecido. La presión moral que se ejerce sobre las chicas es increíblemente fuerte y cualquier relación amorosa queda adulterada. El imperativo de la virginidad pesa en la vida diaria de las chicas, que saben que más les vale que no las desfloren, pues de lo contrario pagarán un altísimo precio. Una chica que se ha “acostado” pierde su reputación. Toda la barriada se entera y la chica lleva la infamia como si fuera una marca impresa con un hierro candente. No es una “chica decente”, sino una chica fácil, a la que llaman “guarra” y a la que tratan como si lo fuera. A partir de ahí los tíos de la barriada pueden permitírselo todo con ella.

En semejante sistema de relaciones, entre chicos y chicas sólo puede haber historias de amor cojas, llenas de malestar y de prejuicios. Lo que debería ser una relación natural, espontánea, se vive como una trasgresión, un “pecado” susceptible de provocar una sanción por parte del tribunal social. ¡A lo que se suma el rechazo de los demás y la amenaza de un castigo divino! A las relaciones amorosas les cuesta desarrollarse en las barriadas obreras. A los chicos tampoco les resulta sencillo vivirlas. Cuando un chico está enamorado -aquí decimos que esta quécro– los demás lo consideran como un bufón, por eso hará todo lo posible para ocultarlo. Y es que en la tribu masculina, los sentimientos se consideran signos de debilidad y sólo priman los valores viriles. Un chico enamorado puede ser muy tierno con su compañera en la intimidad y tratarla como un felpudo en público. Para una chica, salir con un chico que pertenece a una pandilla puede convertirse enseguida en un infierno, porque los demás chicos siempre se entrometen.

Paliza colectiva a un chico gay. Cuando los hombres están en grupo, la agresividad vuelve a dominar. Para demostrar su conformidad con el modelo de macho, los chicos se hacen los duros, durísimos. Esta actitud en ocasiones va acompañada de actos vandálicos.

Paliza colectiva a un chico gay. Cuando los hombres están en grupo, la agresividad vuelve a dominar. Para demostrar su conformidad con el modelo de macho, los chicos se hacen los duros, durísimos. Esta actitud en ocasiones va acompañada de actos vandálicos.

He podido observar esta transformación con ocasión de discusiones cara a cara con chicos jóvenes. Cuando están solos saben mostrarse tranquilos, dulces, atentos. Algunos pueden hacer declaraciones extraordinarias, recitar poemas, escribir cartas que parecen de Alfred de Musset en la jerga de los suburbios. Pero en cuanto se les unen los amigos, sufren una metamorfosis: cambian de lenguaje y de actitud frente a las chicas e inmediatamente integran la violencia como forma de expresión. Cuando los hombres están en grupo, la agresividad vuelve a dominar. Un chico también procurará no salir con las hermanas de sus amigos, porque esa relación se percibiría como una traición. A veces se producen historias del tipo Romeo y Julieta al pie de las torres de pisos: una chica y un chico del mismo barrio, criados juntos, se enamoran pero no pueden vivir su historia porque el chico no puede hacerle “eso” a su colega.

Para demostrar su conformidad con el modelo de macho, los chicos se hacen los duros y se jactan de “consumir amiguitas”. Algunos, claro está, no comparten este modelo pero, para que les dejen en paz, hacen gala de un comportamiento idéntico. Por consiguiente, un ligue nunca dura mucho. Los más duros durísimos tratan a las chicas como objetos que se pueden pasar de unos a otros. Algunos incluso llegan a “compartir” a su amiguita y a urdir auténticas trampas para ganarse la aprobación del grupo. Son los fenómenos de las violaciones colectivas, que en ocasiones van acompañadas de actos vandálicos. Samira Bellil lo explica perfectamente en su libro y también recogimos, con ocasión de la Marcha, algunos testimonios terribles, como el de una directora de instituto que nos contó que, unos años atrás, dos de sus alumnos, hermano y hermana, habían muerto la misma noche. El chico tenía quince años y su hermana trece. “Aquella noche -nos explicó- unos amigos vinieron a buscarlo a casa, porque organizaban una violación colectiva en unas chabolas que había no muy lejos de allí. Eran tíos de otro barrio, a los que no conocía demasiado, pero se fue con ellos. Cuando llegaron al lugar, la violación ya había empezado. Y ella era su hermana. Entonces perdió los estribos, corrió a casa, cogió el arma de su padre, volvió al lugar y se puso a dispararles a todos, empezando por su hermana, y luego a los demás. Por último volvió el arma hacia sí y se pegó un tiro”. Pero no ocultaremos la verdad: las violaciones colectivas no son ninguna novedad y no se producen únicamente en las barriadas obreras. También existen en los buenos barrios, sólo que se habla menos de ellas.

En semejante sistema de relaciones, entre chicos y chicas sólo puede haber historias de amor cojas, llenas de malestar y de prejuicios. Lo que debería ser una relación natural, espontánea, se vivie como una trasgresión, un "pecado" susceptible de provocar una sanción por parte del tribunal social. ¡A lo que se suma el rechazo de los demás y la amenaza de un castigo divino!

En semejante sistema de relaciones, entre chicos y chicas sólo puede haber historias de amor cojas, llenas de malestar y de prejuicios. Lo que debería ser una relación natural, espontánea, se vivie como una trasgresión, un “pecado” susceptible de provocar una sanción por parte del tribunal social. ¡A lo que se suma el rechazo de los demás y la amenaza de un castigo divino!

 

O sea, que en los suburbios, nunca es fácil vivir una historia de amor. Nunca se ven parejas abrazadas al pie de los edificios. Eso hace sufrir mucho, tanto a las chicas como a los chicos. Los jóvenes de las barriadas obreras revientan por falta de amor, de consideración y de respeto. Esto es muy perceptible en la cultura rap. En principio, esa música y esa danza, con su fraseología y sus gestos machistas, pueden parecer muy duras, máxime porque se ha observado una auténtica deriva hacia el machismo en esta cultura, en la que la presencia femenina se toleraba exclusivamente en los coros musicales o en videoclips dudosos. Pero cuando se escucha con atención la letra, enseguida se advierte que lo que esos muchachitos desean es sencillamente que les quieran y se deduce que llevan demasiadas cosas sobre sus espaldas. Además, aunque a las chicas no les sea fácil despuntar en este medio. Princess Aniès, Diam´s y muchas otras contribuyen, gracias a la calidad de su trabajo artístico, a que el rap evolucione en el buen sentido.

LA OBLIGACIÓN DE LA VIRGINIDAD Y LAS ESTRATEGIAS DE LAS CHICAS PARA ELUDIRLA

Para poder vivir su vida sentimental, las chicas se las arreglan como pueden. Por lo general, evitan salir con un chico de su barrio y buscan amigos en otra parte, pero entonces la relación ha de permanecer oculta. Tiene un solo lema: “Para vivir felices, vivamos a escondidas”. Cualquier ligue ha de llevarse en secreto. Incluso fuera de la barriada, mostrarse en público de la mano de un hombre significa exponerse a mucho riesgo.

Esta recrudecida opresión que viven las mujeres ha cambiado profundamente las prácticas amorosas y sexuales. Se trata de la implantación de un nuevo orden moral que toma a las chicas como rehenes.

Esta recrudecida opresión que viven las mujeres ha cambiado profundamente las prácticas amorosas y sexuales. Se trata de la implantación de un nuevo orden moral que toma a las chicas como rehenes.

Hemos tenido numerosos testimonios de este infierno en la Maison des potes. Historias de hermanos que le ajustan las cuentas al chico y luego le dan una paliza a su hermana. Y para verificar que la chica no ha “tenido un desliz”, el padre solicita un certificado de virginidad. Parece de otros tiempos, pero es una amarga realidad. En los barrios, hoy en día, hay médicos especializados en la emisión de certificados de virginidad. Algunos lo practican por convencimiento, pero la mayoría lo hacen sobre todo porque saben que firmar falsos certificados de virginidad es la única manera de librar a las chicas de unas represalias que pueden ser terribles. Sin embargo, esta verificación no absuelve totalmente a la joven, que deberá pagar un precio, al igual que su madre, a quién incumbía la tarea de vigilarla. Entonces llegan los golpes, la reclusión en casa y a veces el envío al “pueblo” o un matrimonio forzoso. Los hombres de la familia hacen todo lo preciso para “salvar el honor” de ésta y de su apellido. El castigo puede llegar hasta el caso extremo del asesinato.

Porque la obligación de la virginidad mata a las chicas en las barriadas obreras, tanto en sentido literal como figurado, porque también sofoca toda libertad. El himen se ha convertido en el símbolo de un cuerpo reservados sobre el que gravita el honor de una familia, de una comunidad. Los hombres se han apropiado del cuerpo de las chicas, han pasado a ser sus cancerberos (…)”.

El himen se ha convertido en el símbolo de un cuerpo reservado sobre el que gravita el honor de una familia, de una comunidad. Los hombres se han apropiado del cuerpo de las chicas, han pasado a ser sus cancerberos.

El himen se ha convertido en el símbolo de un cuerpo reservado sobre el que gravita el honor de una familia, de una comunidad. Los hombres se han apropiado del cuerpo de las chicas, han pasado a ser sus cancerberos.

 

UNA SEXUALIDAD OCULTA Y SOPORTADA

“(…) Esta opresión que viven las mujeres ha cambiado profundamente las prácticas amorosas y sexuales. Hemos asistido a una auténtica vuelta atrás y los comportamientos machistas se imponen nuevamente en el seno de las parejas. Se trata de la implantación de un nuevo orden moral que toma a las chicas como rehenes. Ello no impide que haya relaciones sexuales -muchas chicas, con velo o sin él, las tienen- pero éstas han de plegarse a determinadas condiciones. Como han de conservar su virginidad para preservar el honor de la familia y del barrio en general, las jóvenes se ven obligadas a vivir una sexualidad oculta, que desgraciadamente pasa a menudo, sobre todo en las primeras relaciones por la sodomía. Y si empleo la palabra “desgraciadamente” no es por establecer un juicio moral, sino porque ellas lo viven muy mal.

Es muy duro oír a una chica de dieciséis o diecisiete años, muy enamorada de su chico, hablar de su temor de que éste la deje si ella se resiste a hacer el amor con él. Es contradictorio, pero la vida en las barriadas obreras también se compone de esas cosas. La mayoría de las chicas aceptan tener relaciones sexuales a condición de preservar su virginidad y se dejan sodomizar con regularidad. Nos cuentan que esta forma de sexualidad no les proporciona ningún placer y que lo viven como una obligación. Lo único que hacen es someterse para satisfacer el deseo de su compañero.

La mayoría de las chicas aceptan tener relaciones sexuales a condición de preservar su virginidad y se dejan sodomizar con regularidad. Lo único que hacen es someterse para satisfacer el deseo de su compañero. Lo soportan para conformarse a un modelo -el de llegar vírgenes al matrimonio- y al deseo masculino.

La mayoría de las chicas aceptan tener relaciones sexuales a condición de preservar su virginidad y se dejan sodomizar con regularidad. Lo único que hacen es someterse para satisfacer el deseo de su compañero. Lo soportan para conformarse a un modelo -el de llegar vírgenes al matrimonio- y al deseo masculino.

Lo soportan para conformarse a un modelo -el de llegar vírgenes al matrimonio- y al deseo masculino. Pero sin placer, esas relaciones no tardan en hacerse insoportables. Cuando consiguen hablarnos de ello, cara a cara, lo hacen con el rostro arrasado en lágrimas. Y en sus confidencias, se oye un grito, un quejido indecible: su imposibilidad para vivir cargando con esa virginidad, sin la cual ya no son nada.

Lo más duro es que saben que semejante sumisión no impedirá que el joven las abandone. Cualquier mal de amores produce dolor, particularmente durante la adolescencia; pero, para estas chicas, el hecho de que las abandonen es tanto más violento cuanto que tienen la impresión de haber ido hasta el límite de lo admisible, de lo soportable. Dicen que lo han dado todo y que, a fin de cuentas, el tipo se ha burlado de ellas. Entonces se casan cada vez más jóvenes, con diecisiete o dieciocho años, con la esperanza de ser más libres una vez fuera del círculo familiar. No hacen más que librarse de unas obligaciones para someterse a otras: a menudo las encontramos, con veintiún o veintidós años, divorciadas y con un niño al que han de críar solas”.

Se casan cada vez más jóvenes con la esperanza de ser más libres una vez del círculo familiar. No hacen más que librarse de unas obligaciones para someterse a otras: a menudo las encontramos, con veintiún o veintidós años, divorciadas y con un niño al que han de críar solas.

Se casan cada vez más jóvenes con la esperanza de ser más libres una vez del círculo familiar. No hacen más que librarse de unas obligaciones para someterse a otras: a menudo las encontramos, con veintiún o veintidós años, divorciadas y con un niño al que han de críar solas.

Fuente: Fadela Amara, La sexualidad en las barriadas obreras (Capítulo 4). Ni putas Ni sumisas, 2004.

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