Anita Nair, Un hombre mejor

 

"Todas las cosas tienen la capacidad de encenderse, explotar y cambiar la cara de la vida. Sólo hace falta prenderles fuego."

“Todas las cosas tienen la capacidad de encenderse, explotar y cambiar la cara de la vida. Sólo hace falta prenderles fuego.”

” (…) Bajo un entoldado de hojas de palma secas sujetas sobre postes de bambú, trescientas personas asistían a la última fiesta en honor de Achuthan Nahir. Para calmar a su alma viajera había que llenar mil estómagos y ganar su agradecimiento de manera que le franquearan la entrada por las puertas del cielo. Seiscientos ya habían comido y cuatrocientos más, incluidos los cocineros, los ayudantes y los mendigos que se alineaban en el muro del huerto, esperaban para hacerlo.
Montones de suculento arroz integral; inmensos curries: blanco cremoso, marrón oscuro, amarillo brillante. Vainas de marango, berenjenas, ñames, calabazas, judías, melones, plátanos, lentejas, cocinados juntos y por separado, de manera que había siete curries diferentes para elegir. Encurtidos, chutneys y dos payasams hechos con azúcar de palma y con leche de coco. Ningún payasam de leche. Los de leche eran para los nacimientos, las bodas y las inauguraciones.

Mukundan estaba acurrucado en una silla, preguntándose quién era toda aquella gente. Nunca antes la había visto. Sin embargo, Krishnan Nair parecía conocer a todo el mundo.

-Parientes lejanos, incondicionales de tu padre, gente que le admiraba. Nunca había visto una concurrencia así a un funeral -dijo en un susurro de admiración-. Achuman no era un hombre corriente. Inspiraba respeto. Nunca volverá a haber otro como él.

-Nunca volverá a haber otro como él -la amargura de Mukundan se desbordó-. Era el peor padre que se haya podido tener.

-Baja la voz, Mukundan -le dijo el viejo administrador agobiado-. Los hijos de Devayani están en el cuarto de al lado. Quieren hablar contigo antes de irse.

-Yo he sido un buen hijo. Hice todo lo que esperaba de mí y más. Ni siquiera me he casado porque quería que mi mujer fuera de su agrado. Me pasé la vida intentando complacer a mi padre. Y no lo conseguí nunca.

" El cuerpo humano tiene una capacidad natural intrínseca para curarse a sí mismo. Para protegerse del trauma y la enfermedad. Lo único que yo hago es reforzar esa vitalidad natural. No hago milagros. No mato las enfermedades sacudiendo una varita mágica. Sencillamente encuentro un remedio para que el cuerpo luche contra ellas."

” El cuerpo humano tiene una capacidad natural intrínseca para curarse a sí mismo. Para protegerse del trauma y la enfermedad. Lo único que yo hago es reforzar esa vitalidad natural. No hago milagros. No mato las enfermedades sacudiendo una varita mágica. Sencillamente encuentro un remedio para que el cuerpo luche contra ellas.”

Krishnan Nair se secó la frente con su toalla y suspiró.

-¿Alguna vez te dijo eso?

-No -dijo Mukundan-. Pero ya sabes cómo era. Nunca decía nada. Se limitaba a bufar disgustado.

Krishnan Nair tocó a Mukundan en el codo. Desde debajo del entoldado, los sonidos de la gente comiendo, bebiendo, sorbiendo, eructando y charlando impregnaba la habitación. Los sonidos de mil hombres, mujeres y niños reunidos para impulsar a Achuthan Nair en aquel último tramo hacia la eternidad.

-Mukundan -dijo Krishnan Nair con una voz que solo había utilizado una vez en su vida, casi cuarenta y siete años antes, en la cima del monte Pulmooth, cuando entendió que la decepción de Mukundan era el resultado de su propia incapacidad de ver más allá de lo que quería ver-. Nunca he querido decirte esto. No me corresponde a mí hacerlo, ni es éste el mejor momento para decirlo, pero me pones enfermo. Fíjate en ti mismo. ¿Tienes alguien con quien compartir tu dolor? ¿Alguien que puedas considerar tuyo? ¿Una esposa? ¿Un amigo? Y sin embargo te permites juzgar a un hombre cuya muerte lloran cientos de personas. No estoy diciendo que fuera perfecto. Tenía sus defectos. Unos cuantos, para ser sincero. Era inflexible, brutal y tiránico. Pero también tenía el valor de defender sus convicciones. Si creía en algo no permitía que nada se interpusiera entre él y sus propósitos. Defendía su postura sin importarle lo que la gente pensara de él. ¿Tienes tú ese valor, Mukundan? ¿Tienes fuerza para buscar la felicidad? Te aferras a tus viejas lamentaciones como alguien que sumara las mismas cifras un día detrás de otro y esperara un resultado diferente. Espabila, Mukundan. Llora por tu padre, lamenta su muerte. Luego retoma tu vida y haz algo con ella. Si crees que eres mejor hombre que él, demuéstranoslo. Ya no puedes seguir utilizándole para justificar tu ineptitud.

Mukudan se quedó sentado con la cabeza entre las manos. Se sentía alterado y avergonzado. Krishnan Nair no había usado nunca aquel tono de voz con él. ni le había hecho nunca un reproche.

"-Mukundan -añadió eligiendo las palabras con mucho cuidado-, creo que tu padre tuvo más éxito con tu educación de lo que habéis creído tanto tú como él. ¿Recuerdas lo que te decía un día tras otro cuando eras pequeño? Si quieres sobrevivir tienes que pensar en ti primero. En cuanto empieces a pensar en los demás es imposible que llegues a ningún sitio. En este mundo nadie puede ser responsable de otro. Protégete a ti primero. Luego, si no supones riesgo para tu vida, puedes ayudar a los demás. El superviviente es un egoísta. Eso no es cierto, Mukundan. ¿Qué sentido tiene sobrevivir si no tienes a nadie con quien compartir la felicidad y el dolor? No cometas el error que cometí yo.  No malgastes tu vida.

“-Mukundan -añadió eligiendo las palabras con mucho cuidado-, creo que tu padre tuvo más éxito con tu educación de lo que habéis creído tanto tú como él. ¿Recuerdas lo que te decía un día tras otro cuando eras pequeño? Si quieres sobrevivir tienes que pensar en ti primero. En cuanto empieces a pensar en los demás es imposible que llegues a ningún sitio. En este mundo nadie puede ser responsable de otro. Protégete a ti primero. Luego, si no supones riesgo para tu vida, puedes ayudar a los demás. El superviviente es un egoísta. Eso no es cierto, Mukundan. ¿Qué sentido tiene sobrevivir si no tienes a nadie con quien compartir la felicidad y el dolor? No cometas el error que cometí yo. No malgastes tu vida.

 

En todos aquellos años no había hecho nada con su vida. “¿Qué he conseguido por mí mismo?” Este pensamiento giraba y revoloteaba por la cabeza de Mukundan. Se sentía completamente solo. E insignificante. “¿Qué voy a hacer?”, se preguntaba una y otra vez. Ya no sabía quién era. Había llegado el momento de enfrentarse a la verdad sobre sí mismo. No podía seguir escondiéndose detrás de las capas de mentiras que habían constituido el disfraz que llevaba para ajustarse al papel que creía que le habían asignado. ¿Quién era él? ¿Un hombre mejor que su padre o una mera extensión de lo que había sido éste? Eso era lo que tenía que descubrir.

Mukundan fue al cuarto de baño y se observó en el espejo. Fijó la mirada en su reflejo, espantado. La desnudez de su esencia le desafiaba desvergonzadamente. Una criatura que había ocultado sus incapacidades utilizando los comportamientos dominantes de su padre como excusa para explicar su debilidad de carácter. Un ser egoísta cuyo mundo y felicidad giraban alrededor de la satisfacción y la nutrición de su frágil ego. Un hombre tímido que utilizaba su amabilidad como fachada para desviar la atención de que, en realidad, no había hecho nada de su vida. No era mejor de lo que había sido su padre. Egoísta, insensible, brutal, incapaz de sentir lealtad o amor…

“¿Y ahora qué hago?”, se preguntó Mukudan desesperanzado. ¿Cómo puede un hombre progresar hacia lo que quiere ser? ¿Cómo puede sentirse orgulloso de su padre y aceptar un nuevo punto de vista sobre él? ¿Cómo puede liberarse de la presencia de su padre?

Todavía le quedaba vida por vivir. ¿Con quién debería compartirla? Había traicionado a las dos únicas personas que le habían amado y se habían entregado a él: Bashi y Anjana. Les había utilizado y se había deshecho de ellos porque así le convenía.

No era mejor de lo que había sido su padre. Tal vez fuera un hombre peor (…)”

“(…) Por última vez, recurrió al interior de la urna de barro de la buhardilla. Acurrucado en su quietud invocó al hombre que sabía que habitaba dentro de él. Aquel ser que le había eludido todos aquellos años. “Puedo ser quien quiera ser”, repitió una y otra vez rodeado de oscuridad. La confusión de su espíritu atormentado le desesperaba, hasta que salió a la superficie el medio para su liberación: poner fin a la repugnancia que sentía por sí mismo. Y cuando salió de la urna le dio una patada y se hizo mil pedazos contra el suelo.

Mukudan sabía que no volvería a necesitarla. En este mundo, en esta vida, sólo había sitio para un hombre. El que acababa de nacer en la urna (…)”.

"Acurrucado en su quietud invocó al hombre que sabía que habitaba dentro de él. Aquel ser que le había eludido todos aquellos años. "Puedo ser quien quiera ser", repitió una y otra vez rodeado de oscuridad. La confusión de su espíritu atormentado le desesperaba, hasta que salió a la superficie el medio para su liberación: poner fin a la repugnancia que sentía por sí mismo".

“Acurrucado en su quietud invocó al hombre que sabía que habitaba dentro de él. Aquel ser que le había eludido todos aquellos años. “Puedo ser quien quiera ser”, repitió una y otra vez rodeado de oscuridad. La confusión de su espíritu atormentado le desesperaba, hasta que salió a la superficie el medio para su liberación: poner fin a la repugnancia que sentía por sí mismo”.

 

Fuente: Anita Nair, Pago de deudas (capítulo 28). Un hombre mejor, 2000.

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