Enteramente vivos día tras día

Y así, al igual que es bueno hacer gimnasia todos los días para mantener en forma tu cuerpo, también hay que practicar esa otra gimnasia del pensamiento, de la curiosidad y de las emociones.

Y así, al igual que es bueno hacer gimnasia todos los días para mantener en forma tu cuerpo, también hay que practicar esa otra gimnasia del pensamiento, de la curiosidad y de las emociones.

Un amigo mío muy querido, ya cincuentón, me decía el otro día que se consideraba un superviviente de sí mismo. Que a los cuarenta años ya lo había vivido todo (y la suya ha sido, además, una existencia especialmente intensa, con amores tormentosos y aventureros trabajos en el África negra) y que sabía que, a partir de entonces, no le quedaba sino repetirse, una tediosa ausencia de sorpresas, un acomodarse en la rutina, un lento e imparable decaer hacia la nada.

Me pareció una observación muy triste y además inquietante, porque en ella resuena un eco cercano y reconocible. Es verdad que, a medida que vas haciéndote mayor, parece rondarte cierto debilitamiento de la vitalidad y de la curiosidad. Es verdad que, al frisar los cincuenta, el mundo amenaza con cubrirse de una pátina polvorienta que apaga su brillo. Y es verdad, sobre todo, que corres el peligro de ceder a la tentación de lo rutinario. A la derrota de no volver a arriesgarte y no ser capaz de aprender nada más. Y así, a mucha gente cincuentona le cuesta bastante hacer nuevos amigos, intentar nuevos retos profesionales y vitales, cultivar aficiones diferentes. Tendemos a echar raíces muy leñosas, a criar alma de seta, y por lo general salimos menos, no sólo de nuestras casas, sino también de las viejas ideas y de las emociones ya conocidas.

Tendemos a echar raíces muy leñosas, a criar alma de seta, y por lo general salimos menos, no sólo de nuestras casas, sino también de las viejas ideas y de las emociones ya conocidas.

Tendemos a echar raíces muy leñosas, a criar alma de seta, y por lo general salimos menos, no sólo de nuestras casas, sino también de las viejas ideas y de las emociones ya conocidas.

Tal vez haya en todo esto un ingrediente puramente biológico. Desde la época de las cavernas hasta el siglo XX, la media de la vida de los seres humanos ha estado en torno de los cuarenta años. Sin embargo, ahora, en el último medio siglo de bienestar y desarrollo tecnológico, la esperanza de vida en los países industriales se ha disparado y, por primera vez en la historia, duplicamos la longevidad habitual de nuestra especie. Somos una anormalidad orgánica, una excepción biológica, y tal vez aún no sepamos asumirlo.

Tal vez en lo más recóndito de nuestras células no estemos programados para mantener el impulso vital durante tanto tiempo.

Pero es obvio que los seres humanos no somos sólo ciega biología. Somos también animales culturales capaces de influir en el entorno y en nosotros mismos con nuestra voluntad, nuestros conocimientos y nuestros actos.

Me parece que a veces la gente intenta escapar de esa pesadumbre de la edad utilizando los recursos más elementales. Seguramente en el tópico del cincuentón que abandona a su familia, se enamora de una veinteañera y tiene un hijo/nieto, late esa angustia ante el decaimiento de la propia existencia; y puede que detrás de las operaciones de estética más locas esté el deseo imposible de reestrenar la vida.

Es verdad, que al frisar los cincuenta, el mundo amenaza con cubrirse de una pátina polvorienta que apaga su brillo. Y es verdad, sobre todo, que corres el peligro de ceder a la  tentación de lo rutinario. A la derrota de no volver a arriesgarte y de no ser capaz de aprender nada más.

Es verdad, que al frisar los cincuenta, el mundo amenaza con cubrirse de una pátina polvorienta que apaga su brillo. Y es verdad, sobre todo, que corres el peligro de ceder a la tentación de lo rutinario. A la derrota de no volver a arriesgarte y de no ser capaz de aprender nada más.

Personalmente, no creo que renegar de la propia edad sea el buen camino. De lo que hay que huir es de los vicios mortecinos que la edad conlleva. Y así, al igual que es bueno hacer gimnasia todos los días para mantener en forma tu cuerpo, también hay que practicar esa otra gimnasia del pensamiento, de la curiosidad y de las emociones. Hay que obligarse a probar, a salir, a mirar, a aprender, a escuchar, a sentir.

El mundo está lleno de personas que han sabido vivir con intensidad y atrevimiento hasta el final. Graham Greene tenía 78 años cuando hizo un valiente libro-reportaje sobre la Mafia en Niza. El gran Lampedusa escribió su primera y maravillosa novela, El Gatopardo, a los 60 años (también fue la última: el pobre no vivió para verla publicada). La británica Minna Keal, que había estudiado música de niña pero después pasó toda su vida trabajando como secretaria, regresó al piano tras su jubilación y desarrolló una brillantísima carrera como compositora de música clásica contemporánea desde los 73 años hasta los 93, edad a la que murió. Y permítanme el pequeño orgullo de alardear de la vitalidad de mi madre, que aprendió a nadar a los 60 años y ahora, a los 86, ha comenzado a estudiar inglés. ¿Por qué vamos a ceder a la mortecina tentación del ensimismamiento y la costumbre?

Mi amigo cincuentón se equivoca cuando dice que ya no le queda nada nuevo por vivir. No creo que haya un desafío mayor, un reto más aventurero y novedoso que el de seguir estando enteramente vivo día tras día.

Personalmente, no creo que renegar de la propia edad sea el buen camino. De lo que hay que huir es de los vicios mortecinos que la edad conlleva. Hay que obligarse a probar, a salir, a mirar, a aprender, a escuchar, a sentir. El mundo está lleno de personas que han sabido vivir con intensidad y atrevimiento hasta el final.

Personalmente, no creo que renegar de la propia edad sea el buen camino. De lo que hay que huir es de los vicios mortecinos que la edad conlleva. Hay que obligarse a probar, a salir, a mirar, a aprender, a escuchar, a sentir. El mundo está lleno de personas que han sabido vivir con intensidad y atrevimiento hasta el final.

Fuente: Rosa Montero, Enteramente vivos día tras día, Diario El País, SL

 

 

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Un pensamiento en “Enteramente vivos día tras día

  1. Me ha echo pensar mucho y, ¡claro que podemos hacer muchas cosas! Pero es el miedo, lo que no nos deja hacer todo lo que nos gustaría ¿quizás, el ser cobarde? Eso es lo que nos impide ser nosotros mismos.

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