Rosa María Calaf

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El periodismo es la oportunidad de dar voz a quien no la tiene y contar lo que ves a la gente que no puede verlo.

Hablar con Rosa María Calaf es como ponerse ante un mapa mundi humano que te invita a recorrer a través de su biografía. Se apasiona y te cuenta sus vivencias sacándolas de su archivo en donde guarda cuarenta años de profesión periodística, treinta y siete de corresponsal por el mundo, millones de kilómetros, cientos de países y sobre todo, gentes: gentes distintas de todas las razas, de todas las latitudes, de todas las creencias…

La gente la mira conociéndolas de “toda la vida”, con su pelo rojizo y su mechón de pelo blanco que la caracteriza e identifica allá donde vaya.

Es un ejemplo vivo del mejor periodismo y ahora reflexiona y trata de llevar ese espíritu a charlas y conferencias para decirle a los futuros profesionales que no podemos frivolizar esta profesión que tiene el sagrado deber de trasladar la información sana, real, clara y verídica a los ciudadanos para que estos, puedan elaborar su opinión. Y asiste con pena a la banalización de esa información, de chispazo, de superficie, de titular, de espectáculo…

La charla con la Calaf -como se la llama entre colegas- es larga y profunda. Ojalá podamos transmitir toda la humanidad que respira.

De los orígenes

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Realmente era yo la que quería ser exploradora.

Al parecer tu abuelo era o quería ser explorador y ya a principios del siglo pasado viajaba a la India. ¿Te quedaron los genes de los viajes y de la aventura?

– Realmente era yo la que quería ser exploradora. Mi abuelo, no. Mi abuelo era un empresario brillante que importaba y exportaba porcelanas y cristal y por eso viajaba muchísimo. Recuerdo haber ido a despedirle al puerto de Barcelona. Veo, como si fuera hoy, un barco enorme; yo era muy pequeña, pero veo nítida aquella despedida. Mi abuelo tenía la aventura de los empresarios. En un momento de su vida se dedicó a importar azafrán, que después exportaba a Cuba. Yo congeniaba muy bien con mi abuelo, porque era la única nieta. Y me contaba, como se puede suponer, cientos de aventuras que no eran fantasías, sino realidades. Quizá de ahí me viene el espíritu viajero; o, mejor, la pasión viajera.

No pasa nunca desapercibida. Su imagen es conocida y su voz, singular.

– El periodismo es la oportunidad de dar voz a quien no la tiene y contar lo que ves a la gente que no puede verlo.

Perdón, Rosa: ¿Cuál es la génesis de ese mechón de pelo blanco?

– Desde siempre busqué una forma personal de pelo. Es una de las normas del periodismo anglosajón que dice que hay que buscar una seña que te identifique. Llevé el pelo de muchas maneras. Hasta que un día, Llongueras me puso el mechón. No lo llevaba tan marcado al principio; pero poco a poco fui haciéndolo más pronunciado y así lo llevo desde hace más de quince años. Y conste que a veces no es fácil, porque vas por países donde no es del todo normal.

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Yo quería salir al exterior, ver lo de fuera, vivir lo de fuera. Por otra parte, me gustaba escribir y hablar.-

¿Cómo llegas a la vocación periodística?

– Se dan una serie de circunstancias que me van encaminando hacia ella. Antes de periodismo, hice Derecho con idea de hacer la carrera diplomática, que es una constante en mi familia. Yo quería salir al exterior, ver lo de fuera, vivir lo de fuera. Por otra parte, me gustaba escribir y hablar. Ya en el colegio era la encargada de hacer el parlamento de final de curso… Estando en la Facultad nos ofrecieron en Radio Barcelona hacer un programa que se llamó “Antena Universitaria”. Y viví aquello de una manera muy intensa. Luego me fui a Estados Unidos a estudiar Relaciones Internacionales, siempre orientada hacia la diplomacia. Pero el gusanillo de la radio empezó a picarme. Y primero Radio Barcelona, luego Radio Peninsular… Tuve claro que la mejor manera de influir en España era dedicarme a la información de lo que ocurría fuera: quería contar aquí lo que pasaba más allá de nuestras fronteras. Y siempre viajando.

Y recuerda un viaje singular, en 1973…

– Fue precioso. Desde Barcelona a Ciudad del Cabo en coche, recorriendo 22 países africanos.

¿Para hacer algo en la radio?

– No, no, no. Para conocer ese mundo. Luego, es verdad que iba grabando cosas y cuando volví tuve un espacio en “Protagonistas”, con Luís del Olmo, en donde contaba cada día algo de lo vivido…

Hablando de periodismo

¿Qué es para ti el periodismo, aparte de esa pasión con la que te expresas?

– Conocer al otro. Acercarte a lo distinto y aprender de conocer al otro. Acercarte a lo distinto y aprender de lo que es diferente. Todo lo contrario de lo que se ve ahora, que tenemos miedo al diferente. Es una oportunidad hermosa poder dar voz a quien no la tiene y contar lo que ves a la gente que no puede verlo. Éso es el periodismo. Intentar mostrar la realidad para que la gente la conozca. Una oportunidad y, sobre todo, es una responsabilidad.

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Periodismo es conocer al otro. Acercarte a lo distinto y aprender de conocer al otro. Acercarte a lo distinto y aprender de lo que es diferente. Todo lo contrario de lo que se ve ahora, que tenemos miedo al diferente. Es una oportunidad hermosa poder dar voz a quien no la tiene y contar lo que ves a la gente que no puede verlo.

Después de casi 40 años en TVE recibes una carta en que te dicen adiós, y te anuncian la jubilación obligada.

– Conmigo se portaron bien, pero me pareció una aberración. No se puede permanecer en una empresa que no valora en absoluto si estás o no estás. Es decir, no es agradable trabajar en un sitio donde les da igual lo que hagas. Me parece indignante; pero no por mí. Porque había gente de 52, 53, 54 años… me parece una malversación de fondos públicos. Una empresa que se gasta un montón de dinero en formarte, no puede prescindir de tí cuando puedes rendir mejor que nadie. Es bueno que entre gente joven, pero no que haya una ruptura; en todos los sitios hay un respeto a los “seniors” porque son los que tienen la experiencia y la memoria. Borrarlos de un plumazo me parece casi un delito. Yo lo comparo con la sanidad. Pregúntale a una persona que va a operarse del corazón si prefiere que la opere un chico de veintitantos años o una de cincuenta y tantos… La experiencia es un valor. Y la gente que recibe la información tiene derecho a esa experiencia. Los años te dan ese sexto sentido para saber si una fuente es fiable o no. Por otra parte, no se puede permitir es contratación precaria de jóvenes que están obligados a aceptar todos los preceptos que les impongan precisamente por su precariedad. Los mayores y experimentados somos más incómodos, porque somos más libres… Se está frivolizando la información para evitar espíritu crítico; y así se logra una sociedad de consumidores en vez de una sociedad de ciudadanos.

Has hecho del periodismo tu vida, de manera que se ha convertido en una forma de vivir. ¿O es que el periodismo sólo puede vivirse así?

– Yo no sé otra manera de hacerlo. Quizá la haya; pero no la conozco. No puedo separar mi vida de mi profesión. El periodismo tiene tanto que ver con la vida, que no se puede separar.

¿Y qué sientes cuando personajillos del mundo del corazón se auto-titulan “periodistas”?

– Me pone muy nerviosa y me da mucha tristeza. Creo que se está engañando a la gente. Y matizo: no es que la prensa del corazón sea mala, ni mucho menos. Hay periodistas de este sector que hacen un trabajo muy digno y respetable. El problema es que empieza a ser rehén de ese otro llamado “periodismo basura” que se disfraza de tal. En vez de información, vomita cotilleo. Y corremos el riesgo de que al periodismo general le suceda lo mismo.

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Se está frivolizando la información para evitar espíritu crítico; y así se logra una sociedad de consumidores en vez de una sociedad de ciudadanos.

A lo mejor es que también la prensa en Internet obliga sólo a ver titulares y por tanto a frivolizar toda la información, sin profundizar.

– Es un círculo vicioso. De lo que se trata es de eliminar el espíritu crítico. Se busca la frivolización, la falta de profundidad, la falta de contextualización. Y esto es serio. Sólo se trata de dar el chispazo, sin antecedentes ni consecuentes, sin contexto: la superficie. Así no hay información. Y todo va impregnándose de esa superficialidad. Porque lo que interesa es una sociedad de consumidores, no de ciudadanos. Ésa es la clave. No somos conscientes de que ese privilegio que tenemos de poder consumir es a base de la pobreza de otros mundos. Se va a lo rápido, al titular, a la prisa… Hemos invertido los valores. Las nuevas tecnologías son una maravilla al servicio de la información, pero hace falta un periodismo más relajado, menos de impacto. Mira, cuando fui corresponsal en Nueva York, una crónica del telediario ocupaba 3 minutos. Cuando estaba en Roma pasó a minuto y medio, como máximo. Y en la última etapa dese Asia aún menos.

Si tuvieras que hacer un resumen de tu vida periodística, ¿qué es lo que echarías en falta?

– La verdad es que creo que he hecho más de lo que nunca soñé. Nunca soñé con poder estar donde estuve, y hacer lo que hice. Ten en cuenta que cuando yo empecé la cosa no era fácil. Y, además era mujer. He podido desarrollar una labor apasionante. ¿Echar de menos? Ahora que lo pienso, hubiera necesitado más tiempo. Porque para hacer buen periodismo hay que dedicarle mucho tiempo. Pero estoy muy agradecida a mi profesión y a todos mis compañeros. La gente debe saber que para hacer televisión uno solo no basta, que hay un equipo que hace posible que lo que estás diciendo en el lugar más apartado de China llegue hasta los hogares españoles.

La familia

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Los mayores y experimentados somos más incómodos, porque somos más libres.

Debes de estar harta de que siempre te pregunten por la familia; sobre si no echas de menos haber formado una familia, haber tenido una casa, unos hijos…

– No. Yo nunca quise tener una familia. La tuve maravillosa con mis padres y mis hermanos, pero nunca imaginé formar mi familia. Ya de niña, cuando jugaba a las mamás, yo no quería tener hijos. Yo quería salir, viajar, vivir aventuras. El trabajo que yo proyectaba era incompatible con formar una familia. Hubiera sido una irresponsabilidad por mi parte. Otra cosa son tus parejas, porque cada uno sabe dónde está, qué pretende, qué quiere. Y de hecho mis parejas han sido y son grandes amigos. Pero no he sacrificado nada. Si hubiera tenido hijos habría tenido que sacrificar cosas. Yo creo que en la vida hay que optar. Y esa fue una opción.

¿Y ahora? ¿Cómo va a ser tu tiempo sin tener la maleta continuamente preparada? ¿O vas a seguir viajando?

– ¡Claro! De hecho, no paro. Mira, he estado recorriendo Australia. Tres meses, en coche, en un todo terreno viviendo el país, 13.000 kilómetros. Y ahora tengo montones de cosas que hacer: charlas, clases, conferencias… casi siempre ligadas a la docencia, podríamos decir. Hablando de periodismo, que me apasiona. Y estoy muy metida en la divulgación y concienciación del envejecimiento activo. Mira, yo estoy encantada de ser mayor, pero no pienso hacerme vieja. Y que se entienda bien el matiz. En lo que de mi dependa, estaré siempre activa. Y si no puedo, pues no puedo. Pero mi tiempo es para viajar, para moverme, para ayudar a ONGs…

Me veo mayor, pero activa; no vieja. Lo importante es que no se arrugue la mente. Y para eso hay que -además de tener curiosidad- gozar de buena salud.

Viajes y más viajes

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Mira, yo estoy encantada de ser mayor, pero no pienso hacerme vieja. Y que se entienda bien el matiz. En lo que mi dependa, estaré siempre activa. Y si no puedo, pues no puedo. Pero mi tiempo es para viajar, para moverme, para ayudar a ONGs… Me veo mayor, pero activa; no vieja. Lo importante es que no se arrugue la mente. Y para eso hay que -además de tener curiosidad- gozar de buena salud.

Después de tantos años viviendo fuera del país y conociendo la realidad de otras culturas, ¿no sientes haber perdido contacto con España? ¿Cómo la ves ahora?

– Sí, éso es verdad; se nota la pérdida de contacto, aunque se recupera enseguida. Hay cosas que no entiendo, como el consumismo exacerbado. También observo que se ha perdido la calidez en el trato. No sé, me parece que se está dando prioridad constante a tener cosas frente al trato personal. Se ha perdido educación, no en el sentido académico, que quizá también, sino en el plano humano. Y sobre todo, creo que estamos cayendo en un concepto antinormativo de la libertad, como si fuera válido hacer lo que a cada uno le da la gana. Ese concepto que se abre paso de que todo vale, me parece terrible. Dicho esto, tengo que añadir que seguimos teniendo cosas muy buenas: todavía se cultiva el barrio, se puede hablar con la gente… Y tenemos un país precioso.

¿Cuántos países has conocido?

– Los contamos el otro día con motivo de una conferencia: 170.

¿ Y es verdad que te planteaste, ahora que tienes tiempo, conocer los otros 22 que completan los 192 que tiene registrados la ONU?

– Así es. Espero recorrerlos y conocerlo antes de que sea tarde.

¿ Y cuantos idiomas hablas?

– En ruso podría sobrevivir; pero no puedo decir que lo hablo. Sí el francés, el inglés, el italiano, un poco de portugués; y por supuesto, el catalán y el castellano.

– ¿Y el chino?

– Ni lo intenté. Allí en inglés y con traductor…

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Hay cosas que no entiendo, como el consumismo exacerbado. También observo que se ha perdido la calidez en el trato. No sé, me parece que se está dando prioridad constante a tener cosas frente al trato personal.

¿Qué te ha llamado la atención en China?

– Lo primero, que allí todo es inmenso, enorme. Todo hay que multiplicarlo por millones. Mira, para poder dar vivienda a toda la gente que emigra del campo a la ciudad tendría que construirse cada semana una ciudad como Barcelona. Éso sólo para dar una idea. Hay continuamente entre 200 y 300 millones de personas en movimiento. De ahí su capacidad de progresar; pero a costa de derechos fundamentales y sin respeto a la libertad individual. Todo lo que hacen y todo lo que han hecho no sería posible sin esa forma rígida de gobierno.

Cuéntame algún truco para hacer información en China sin tener problemas.

– Es difícil, porque si quieren fastidiarte, lo hacen. Es verdad que hay cientos de millones de usuarios de Internet; pero no es menos cierto que hay miles de funcionarios vigilando. En nuestro caso pasábamos muchas cosas, porque en el fondo no les importábamos mucho. Controlaban mucho más a los corresponsales de Estados Unidos, Inglaterra o Alemania. Los demás no importábamos tanto. El truco es emplear siempre la ironía y el doble sentido, ya que para captarlo hay que tener un dominio muy amplio del idioma.

También te impresionó mucho la Antártida.

– La recomiendo vivamente. Allí me pasó como cuando estás en un desierto. Te da idea de tu propia medida. Te miras y tienes la sensación real de que no eres nada y que puedes hacer muy poco por ti mismo ante aquella inmensidad. Allí calibras la importancia de la comunidad y del sentido social del ser humano. Es grandioso, sobrecogedor. Todo es distinto: los colores, la luz…

Nunca eché de menos formar una familia propia. Yo quería salir, viajar, vivir aventuras; y en esas condiciones formar una familia hubiera sido una irresponsabilidad.

¿Viajar es la mejor escuela?

– Sin duda. No hay nada que te enseñe tanto como ver, mirar, oír y escuchar a otras gentes, a otras culturas, a otras costumbres.

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¿Viajar es la mejor escuela? Sin duda. No hay nada que te enseñe tanto como ver, mirar, oír y escuchar a otras gentes, a otras culturas, a otras costumbres.

¿Has vivido momentos de peligro físico?

– Sí; pero créeme: no tiene ninguna importancia. Es como el peligro del bombero: se lleva en la profesión. Eso sí, necesitas preparación para ello y medios para evitarlo. Es decir, necesitas ir con el equipo adecuado, porque se trata de una profesión, no de una aventura temeraria. No es cuestión de valor, sino de sentido común.

¿Dónde lo pasaste peor?

– En Chechenia. O en Timor Oriental. Allí se estaba librando una auténtica guerra civil y el objetivo podíamos ser todos. Eras parte del conflicto. También pasé miedo en Beirut en el 82.

¿Un país para vivir?

– España, sin duda. Pero fuera de aquí, Italia y Argentina… Buenos Aires, que fue mi segunda patria. En general, se vive muy bien en los países mediterráneos, por su cultura, por su clima, por su gastronomía.

– ¿Y para trabajar?

– Seguramente Estados Unidos. O Canadá.

La desigualdad de la mujer

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“Allí me pasó como cuando estás en un desierto (…) Te miras y tienes la sensación real de que no eres nada y que puedes hacer muy poco por tí mismo ante aquella inmensidad. Allí calibras la importancia de la comunidad y del sentido social del ser humano”.

Una de tus preocupaciones constantes ha sido la desigualdad de la mujer. ¿Qué has visto, qué has vivido?

– Iniciar la carrera en aquello años, queriendo irme por el mundo, era una aventura; no sólo por ser periodista, sino por ser mujer. Cuando abrí la delegación en Buenos Aires, viví la primera anécdota: esperaban al corresponsal y creyeron que yo era la secretaria. Pero la verdad es que ser mujer no me ha impedido desarrollar mi labor, salvo en momentos concretos y en países también muy concretos, como en alguno islámico donde tenías que hablar a través de otro, por ejemplo.

¿Es verdad que Japón está por detrás de Namibia en cuanto a la igualdad de la mujer?

– Sí, parece increíble, pero es cierto. Poca gente es consciente de que, un país tan desarrollado como Japón ocupa el lugar 43 en discriminación hacia la mujer, por detrás de Namibia. En algunos países sería una anécdota divertida sino fuera tan dramática. Lo digo siempre, pero habrás visto fotos de las adolescentes japonesas vestidas con un estilo que aquí llamaríamos gótico. Bueno, pues estas niñas pasan el fin de semana paseando por las calles más caras de Tokio y siendo una pesadilla para sus familias. Otras veces ves a la juventud entristecida, apagada, sin salir de casa. Y todo porque hay un choque tremendo con la tradición, entre la costumbre y la novedad. Hay, por ejemplo, mucha violencia en la ciudad más segura del mundo. Y el índice de suicidios es altísimo; incluso hay en las librerías un manual para saber cómo suicidarse mejor… Los suicidas van al monte Fuji para acabar sus días. Y lo planifican todo. En invierno toman el metro, después un taxi, van al bosque y se pierden y se dejan morir de frío. En primavera, la patrulla especializada peina los bosques recogiendo cadáveres. Es impresionante. Todas las paradas de metro están protegidas por vallas para impedir que la gente se arroje al paso de los trenes.

23 Rosa María Calaf. Periodista

“Hay que saber también que en Irán una mujer vale la mitad que un varón. En un juicio puede ir un testigo si es hombre; pero tienen que ir dos si son mujeres. O un atropello conlleva una multa si la víctima es varón, pero la mitad de multa si es mujer…”

Y cuenta también que la mujer japonesa tiene pocas posibilidades de llegar a un puesto importante en la sociedad, y si lo hace, no se casa. Sorprende también que la píldora anticonceptiva estuvo prohibida hasta 1999. Y como ejemplo más claro, Aiko, la primogénita de los emperadores, no llegará al trono, ya que es mujer y accederá sin embargo un primo lejano.

Hay que saber también que en Irán una mujer vale la mitad que un varón. En un juicio puede ir un testigo si es hombre; pero tienen que ir dos si son mujeres. O un atropello conlleva una multa si la víctima es varón, pero la mitad de la multa si es mujer…

Y el drama de las niñas camboyanas…

Tienen la mala suerte de ser protagonistas de una tremenda superstición. Los vietnamitas creen que violar a una chiquilla camboyana trae suerte en los negocios y en la salud. Como consecuencia, son raptadas y violadas. Si sobreviven, las venden a burdeles por unos 40 euros. Y en Sri Lanka las niñas tenían prohibido asistir a clase; pero podían ser usadas como terroristas suicidas.

¿Y la mujer en China, siempre tan tradicional?

– Desde la llegada de Mao cambió mucho su situación. Antes no tenían ni nombre; y no es broma. Se llamaban por el orden de nacimiento: primera, segunda, tercera… Les destrozaban los pies, como sabes, para satisfacer a su futuro marido. Pero la llegada de Mao mejoró muchísimo su estatus. Y con Deng Xiaoping se ha modernizado. El 42 por cien de licenciados son mujeres; aunque es verdad que nunca una mujer ha ocupado un alto cargo.

– ¿Y sigue la ley del hijo único?

– Hay 118 niños por cada 100 niñas y hay regiones en las que no hay suficientes mujeres, por lo que se llega al rapto. La política de natalidad de China es férrea y sólo permitía un hijo por pareja; ahora permite más de uno si son familias que pertenecen a minorías étnicas o son rurales. Si son urbanas, si el primer hijo es niña, se permite tener un segundo hijo. Si no fuese así, se recurriría al aborto.

El paso y el peso del tiempo

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“Me veo activa, como ahora, con más años, pero activa. Guardo una enorme curiosidad. No quiero dejar de viajar, de ver… Las arrugas están por fuera y lo importante es que no se arrugue la mente. Y para eso hay que -además de tener curiosidad- gozar de buena salud, claro”.

¿No piensas escribir todas tus experiencias, todos tus viajes… una especie de revisión vital?

– Lo de escribir me da mucho respeto. Y para ello necesito calma, parar, meditar; porque no he anotado nada, ni he guardado nada. Siempre he mirado hacia delante. Ahora prefiero actuar. Estoy apasionada con todo lo que hago, tocando temas que me obligan a un reciclado intelectual muy interesante. Las memorias me obligarían a parar. Y de momento, ni puedo, ni quiero.

¿Cómo ves el paso del tiempo? ¿Te angustia, te agobia?

– En absoluto. No me asusta. Lo que me agobia es pensar que a lo mejor no me da tiempo a hacer todo lo que quiero. Tengo muchas cosas que hacer, quizá demasiadas…

Te ves viejecita…¿haciendo qué?

– Me veo activa, como ahora, con más años, pero activa. Guardo una enorme curiosidad. No quiero dejar de viajar, de ver… Las arrugas están por fuera y lo importante es que no se arrugue la mente. Y para eso hay que -además de tener curiosidad- gozar de buena salud, claro.

¿Temes la soledad o ya te has acostumbrado a ella como periodista desplazada siempre por el mundo?

– Quizá me acostumbré a la soledad por la profesión. Pero por otro lado me gusta la convivencia, me gusta el barrio, la charla. Aunque íntimamente tímida, soy bastante sociable.

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“Lo que me agobia es pensar que a lo mejor no me da tiempo a hacer todo lo que quiero. Tengo muchas cosas que hacer, quizá demasiadas…”

¿Temes la enfermedad?

– Sí, la temo, porque eso es algo que se escapa a tu voluntad y que te condiciona plenamente. Anula tu capacidad de decisión. Es lo que más miedo me ha dado siempre, en las estancias en países lejanos o en los viajes.

¿Cómo resuelven los países que has conocido la asistencia a los mayores?

– Depende mucho de los países y de su desarrollo. Hay una organización en los países que podríamos considerar “civilizadísimos” como los Estados Unidos o los nórdicos en donde el individuo va organizando su propia vejez, en lugares apartados donde tiene su apartamento y sus hobbies. Y los hay -coincide con los que tienen una vida más dura y difícil- que tienen una seguridad “comunitaria”. No se plantean qué va a ser de mi vida cuando sea mayor, porque esa vida es de la comunidad. Y si no tiene hijos, pues se hace cargo el vecino porque tiene mucho que enseñar. Pero me temo que no va a ser así por mucho tiempo, porque se están impregnando de las teorías de occidente.

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“Temo la enfermedad porque es algo que se escapa a tu voluntad y que te condiciona plenamente. Anula tu capacidad de decisión. Es lo que más miedo me ha dado siempre, en las estancias en países lejanos o en los viajes”.

¿Hay alguna cultura que no tema a la muerte?

– Si, si, si… En general, quienes tienen una vida dura y que conviven con la naturaleza tienen una idea de la muerte más serena y lógica: la ven como una consecuencia natural de la vida. En zonas de India, Japón o China les parece una cosa normal. Creo que nuestra cultura es la única que rechaza la idea de la muerte, que la oculta y hace todo lo posible por huir de ella.

¿Tú la temes, o eres de las que habla con ella para no tenerle miedo?

– No la temo. Hablo de ella. No me preocupa nada. Bien es verdad que no tengo ningún interés en verla y me gustaría retrasarla todo lo posible; pero no me preocupa. Por cierto, que siempre que hablo de este tema, me acuerdo de que me tengo que ocupar del testamento vital…

Rosa María es un archivo de culturas y vivencias. Hablar con ella es como tener a mano un atlas de la geografía humana, tamizada por su experiencia y por la habilidad de saber contarlo. No pudo perder más tiempo con nosotros. Tras nuestra charla se iba al aeropuerto. Primero, Galicia; luego, Barcelona; y más tarde a cualquiera de esos 22 países que todavía tiene que conocer…

Fuente: Ramón Sánchez-Ocaña, en http://www.revista-ballesol.es

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