Mi vida sexual nunca ha cabido en 140 caracteres.

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Los tiempos actuales son los tiempos del nómada. Pero no los del nómada que regresa al hogar tras una larga temporada de caza, sino los de quien no regresa porque no tiene hogar al que volver, por muy cargado que vaya con el ajuar completo de IKEA. Es el nómada que no tiene nada que contar porque no tiene a quien contárselo, aunque en su Facebook figuren diez mil “amigos”.

“No me esperes a cenar, Penélope”. Así resumía La Odisea -nada más y nada menos- una ingeniosa tuitera en un concurso de sinopsis de obras clásicas convocado en Twitter. Como todo el mundo sabe -e incluyo a los niños lactantes y a los Golden retriever-, es condición básica de esta plataforma no exceder de 140 caracteres, “inocente” requisito del que podemos sacar una conclusión: se trata de mirar pero sin fijar la atención. El objetivo es que la actualidad borre cualquier vestigio del pasado y que el único compromiso no sea con lo dicho o lo leído, sino con la propia plataforma, a la que hay que ser ferozmente leal.

En realidad, Twitter es una plataforma virtual para relacionarse, un canal erótico (poco a poco iremos abordando y desarrollando el concepto de “lo erótico”), un medio tecnológico para establecer vínculos con otros seres humanos. Pero su éxito reside en que permite -y potencia y consolida y aclama- una nueva manera de interrelacionarse, y de construir el mundo. En definitiva, una nueva forma de ser humanos.

Por muy ingeniosa que sea la sinopsis antes citada, lo primero que revela es que hay prisa, un tiempo acelerado que tan solo permite la insistencia, no la existencia. Y para ilustrarlo, tomo prestada la siguiente idea de Jorge de los Santos:

En la serie y en las más recientes películas hollywoodienses de Misión imposible siempre me ha resultado sorprendente cómo al protagonista una voz le dicta lo que va a conformar su porvenir (es decir, la misión), sin posibilidad para el diálogo, para la matización, para la crítica, para negarse, sin siquiera tener tiempo para asumir lo que debe hacer. La celebérrima sentencia “esta grabación se autodestruirá en cinco segundos” siempre me ha puesto los pelos de punta (…). Al pobre protagonista, si haber tenido tiempo de retener la dirección de Praga (…), donde debe reunirse con no se sabe quién del KGB (…), a no se sabe qué hora (…), para no se sabe qué (…) Al pobre tipo, digo, nada más destruirse la trascendental grabación, ya le están metiendo otra y luego otra y luego otra (…). Y todo eso ¿por qué? Porque “la voz” en realidad no quería que el superhéroe salvara al mundo; lo que de verdad quería era que el tío la escuchara atentamente, continuamente, sin descanso (como hace el esclavo con la voz de su amo). Tan solo eso, escuchar la voz. Esa es la misión, la misión imposible.

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Ya no hay tierra firme bajo nuestros pies. Todo pasa con excesiva rapidez, y el compromiso, ya sea social, político o amoroso, se desvanece en décimas de segundo. En este medio, el porvenir no es más que una quimera, una cosa del pasado, pues el porvenir exige compromiso, análisis crítico, planificación y pausa. Pisamos un terreno sobre el que hay que pasar deprisa, como si fueran arenas movedizas, porque si nos detenemos a mirar el paisaje, a “experimentar” el paisaje, corremos el riesgo de hundirnos y de perder el tren… aunque lo que perdemos sin darnos cuenta es el tiempo. El exceso de novedades sepulta lo importante: por ejemplo, la conciencia del tiempo, de nuestro tiempo.

Tanto el prota como el resto de los mortales pisamos un terreno cada vez más frágil, blando, flexible, adaptativo y fluido. Ya no hay tierra firme bajo nuestros pies. Todo pasa con excesiva rapidez, y el compromiso, ya sea social, político o amoroso, se desvanece en décimas de segundo. En este medio, el porvenir no es más que una quimera, una cosa del pasado, pues el porvenir exige compromiso, análisis crítico, planificación y pausa. Pisamos un terreno sobre el que hay que pasar deprisa, como si fueran arenas movedizas, porque si nos detenemos a mirar el paisaje, a “experimentar” el paisaje, corremos el riesgo de hundirnos y de perder el tren… aunque lo que perdemos sin darnos cuenta es el tiempo. El exceso de novedades sepulta lo importante: por ejemplo, la conciencia del tiempo, de nuestro tiempo. Esto me recuerda al chiste de aquel que salta desde lo alto de una azotea de un edificio de diez plantas. Cuando pasa por el tercer piso, alguien desde la ventana le pregunta “¿Qué tal?”. A lo que el otro responde: “De momento, bien”. En este mundo todo es precipitarse y obcecarse en lo inmediato. No hay porvenir. Estoy segura de que cuando Horacio dijo aquello de Carpe diem no se estaba refiriendo precisamente a esto.

Los tiempos actuales -los últimos catorce años- son los tiempos del nómada. Pero no los del nómada que regresa al hogar tras una larga temporada de caza, sino los de quien no regresa porque no tiene hogar al que volver, por muy cargado que vaya con el ajuar completo de IKEA. Es el nómada que no tiene nada que contar porque no tiene a quien contárselo, aunque en su Facebook figuren diez mil “amigos”. Vivimos en el tiempo creado por esa voz de la cinta que se autodestruye en cinco segundos.

Pero ¿qué nos dice la voz? Y, sobre todo,  ¿cómo nos lo dice?

Recuerdo que, cuando era niña y estudiaba en el liceo (…), nos obligaron a leer 1984, de Georges Orwell. El libro me causó una gran impresión, pues precisamente acabábamos de dejar atrás ese año y temí que la situación descrita por Orwell se hiciera realidad, que el Gran Hermano o la policía del pensamiento tomaran nuestras ciudades y que la neolengua se acabara imponiendo. A quienes no conozcan o no recuerden la obra de Orwell les diré que uno de los mecanismos que emplea el Sistema para controlar, subyugar y debilitar a los humanos es la creación de una nueva lengua -la neolengua frente a la viejalengua- que, a partir de simplificaciones y traslaciones semánticas, se convierte en un instrumento ideológico a disposición del régimen. Por ejemplo, se crean palabras como facecrime (“caradelito”), para designar a aquel individuo en cuyo rostro se aprecia la duda o el escepticismo ante alguna de las verdades del Sistema (¿no os recuerda a Facebook, que literalmente significa “caralibro”?) o goodsex (“buensexo”), que no hace referencia a esas interacciones sexuales en las que nos ponen mirando a Cuenca y nos corremos más que un equipo de jamaicanos en los cien metros lisos, sino a aquellas que se basan en la castidad (es decir, inexistentes, o promovidas por el bendito Gobierno de George W. Bush). O una de mis favoritas: el neologismo creado a partir de “Ministerio de la Verdad” Miniver, con el que se consigue que nadie tenga la tentación de preguntarse qué es un ministerio o, lo que sería aún más grave, qué es la verdad. Al empobrecer el lenguaje se empobrece la capacidad simbólica del individuo, que deja de ser crítico y se vuelve pueril, incapaz de pensar por sí mismo pero cada vez más preparado para ser adoctrinado. Por eso, abreviaturas como “Qtl” (“¿qué tal?”) o “Tkm” (“te quiero mucho”) son síntomas de un estado relacional débil o poco instruido, aunque más inquietantes resultan los discursos imbéciles presentados como doctos, pues hacen que el aspirante a docto acabe siendo otro imbécil y no un docto. Así, cuando, por ejemplo, un supuesto conocedor de algo me alecciona como si yo fuera idiota (y sus opiniones son las de un completo idiota), pero yo repito esas idioteces como si estuviera diciendo algo interesante, en realidad, la idiota soy yo porque estoy contribuyendo a crear un mundo de idiotas. Y la cosa se agrava cuando este mecanismo de “idiotización” lo utiliza el Sistema -como ocurre en 1984– para transformar una ciudadanía crítica -con capacidad de razonamiento- en una muchedumbre domesticada de corderitos (por más que berreen, siempre serán mudos, pues no tienen palabras) que compiten dentro del rebaño por ver quién obedece mejor al perro.

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A quienes no conozcan o no recuerden la obra de Orwell les diré que uno de los mecanismos que emplea el Sistema para controlar, subyugar y debilitar a los humanos es la creación de una nueva lengua -la neolengua frente a la viejalengua- que, a partir de simplificaciones y traslaciones semánticas, se convierte en un instrumento ideológico a disposición del régimen. Al empobrecer el lenguaje se empobrece la capacidad simbólica del individuo, que deja de ser crítico y se vuelve pueril, incapaz de pensar por sí mismo pero cada vez más preparado para ser adoctrinado. Por eso, abreviaturas como “Qtl” (“¿qué tal?”) o “Tkm” (“te quiero mucho”) son síntomas de un estado relacional débil o poco instruido, aunque más inquietantes resultan los discursos imbéciles presentados como doctos, pues hacen que el aspirante a docto acabe siendo otro imbécil y no un docto. Así, cuando, por ejemplo, un supuesto conocedor de algo me alecciona como si yo fuera idiota (y sus opiniones son las de un completo idiota), pero yo repito esas idioteces como si estuviera diciendo algo interesante, en realidad, la idiota soy yo porque estoy contribuyendo a crear un mundo de idiotas. Y la cosa se agrava cuando este mecanismo de “idiotización” lo utiliza el Sistema -como ocurre en 1984- para transformar una ciudadanía crítica -con capacidad de razonamiento- en una muchedumbre domesticada de corderitos (por más que berreen, siempre serán mudos, pues no tienen palabras) que compiten dentro del rebaño por ver quién obedece mejor al perro.

En los documentales de animalitos, una de mis escenas favoritas es la del guepardo persiguiendo a la gacela. A la tremenda velocidad del guepardo (rapidez, siempre rapidez) se contrapones la de la gacela, como una ejemplificación de la relación de poder que hay entre ambos. Pero si le preguntamos a un biólogo, este nos dirá que, en la naturaleza, la inmensa mayoría de las relaciones que se establecen son de simbiosis y no de depredación; relaciones de cooperación, no de competencia.

La base de la competencia entre los humanos es el ego. Cuando el individuo se cree único, el fucking master of the universe, todos los demás pasamos a ser sus vasallos, las herramientas para alcanzar sus propios fines. Como sexóloga y terapeuta conozco muy pocos -o ninguno- narcisistas histéricos/as cuyos trastornos no hayan sido forjados por la cultura del egoísmo. Es decir, uno no nace egoísta, sino que se hace egoísta. Pero ¿por qué al Sistema puede interesarle “producir” individuos egoístas que solo se preocupen de abastecerse a sí mismos? Pues porque de ese modo no dan la lata, no se colectivizan, no forman comunidad, no hacen política ciudadana… Son, como dirían los antiguos griegos, “idiotas” (etimológicamente, aquel que no se preocupa por lo público). Junta a dos idiotas y lo único que obtendrás es una relación de poder, una competencia, un “¿quién de los dos la tiene más larga?”, pero nada que beneficie a la comunidad o a la pareja. Construir “idiotas” es hoy el juego preferido del poder. Y bastante éxito ha tenido en estos últimos años.

Entre los perfiles del egoísta hay uno que llega especialmente alto en los organigramas de las empresas o de la clase política. Me estoy refiriendo al psicópata, al insensible, al incapaz de generar simpatía y de sentir la menor empatía, compasión o afecto, sentimientos que considera cargas del pasado, debilidades que no sirven de nada mientras el crédito de la American Express se mantenga alto.

Pondré un ejemplo: cuando oigáis hablar de la autoayuda, la autosuperación, la autoconsciencia, el autoemprendimiento, recordad que ese “auto” significa uno mismo, “yo, me, mí, conmigo”, por lo que os pido que os detengáis un segundo -si el guepardo os lo permite- y os hagáis las siguientes preguntas: ¿de verdad quiero “autoayudarme”? ¿Acaso no sería mejor que todos nos ayudáramos unos a otros?

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Es decir, uno no nace egoísta, sino que se hace egoísta. Pero ¿por qué al Sistema puede interesarle “producir” individuos egoístas que solo se preocupen de abastecerse a sí mismos? Pues porque de ese modo no dan la lata, no se colectivizan, no forman comunidad, no hacen política ciudadana… Son, como dirían los antiguos griegos, “idiotas” (etimológicamente, aquel que no se preocupa por lo público). Junta a dos idiotas y lo único que obtendrás es una relación de poder, una competencia, un “¿quién de los dos la tiene más larga?”, pero nada que beneficie a la comunidad o a la pareja. Construir “idiotas” es hoy el juego preferido del poder. Y bastante éxito ha tenido en estos últimos años.

Nuestra economía de mercado -basada en el consumo incesante- sabe bien que cuantos más individuos compitan entre sí y más objetos compitan por “satisfacer” los deseos de un mayor número de personas, más se consume. Así, a la sobreoferta de psicópatas e idiotas se añade la oferta brutal de recambios. ¿Para qué reparar tu ordenador si hay cuatrocientos mil nuevos, flamantes y relucientes entre los que elegir? Y, del mismo modo, ¿para qué reparar tu pareja?… La oferta de “sustitutos”, programados según ciertos condicionantes de  obsolescencia, es infinita. ¿Que tu mujer tiene las tetas pequeñas y la lengua muy larga? No te preocupes, porque en nuestra plataforma te ofrecemos cien mil tetonas calladitas por la módica cantidad de treinta euritos al mes. ¿Que tu marido es un cincuentón y está en el paro? Tranquila, porque los que nosotros te ofrecemos son todos jóvenes y están ocupadísimos, siempre dispuestos a proporcionarte el mejor de los futuros posibles…, al menos hasta que, por ejemplo, descubran que tienes la lengua muy larga y las tetas pequeñas.

Una cosa es tener un affaire y otra muy distinta institucionalizar el affaire como único vínculo posible entre humanos.

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Nuestra economía de mercado -basada en el consumo incesante- sabe bien que cuantos más individuos compitan entre sí y más objetos compitan por “satisfacer” los deseos de un mayor número de personas, más se consume. Así, a la sobreoferta de psicópatas e idiotas se añade la oferta brutal de recambios. ¿Para qué reparar tu ordenador si hay cuatrocientos mil nuevos, flamantes y relucientes entre los que elegir? Y, del mismo modo, ¿para qué reparar tu pareja?… La oferta de “sustitutos”, programados según ciertos condicionantes de  obsolescencia, es infinita.

Se cuenta la anécdota (no sé hasta qué punto es una historia verdadera, pero poco importa) de un cocinero japonés que, tras muchísimos años de esfuerzo y sacrificios, consiguió su mayor deseo: una estrella Michelin. Al día siguiente del gran logro, abrió la ventana de su piso y saltó al vacío. Afortunadamente, una marquesina logró parar su caída, evitando así el suicidio. Cuando, a los pocos días, recuperó la consciencia, un periodista le preguntó: “¿Por qué, si ha conseguido usted el éxito, ha intentado suicidarse?” . Su respuesta fue bastante simple y lacónica: “Porque no tenía a quién contárselo”.

Contar las cosas y saber cómo contarlas, además de entenderlas y, en muchas ocasiones, ponerlas en cuestión, forma parte de eso que llamamos “cultura”. Decía Nietzsche (la última vez que mencioné a Nietzsche, en la presentación de un libro, por poco me llevan presa) que “el hombre es un animal no fijado” ¿Qué quería decir con esto el filósofo alemán? Pues supongo que se refería a que el hombre es un animal no acabado, un animal que está en continuo proceso de formación, siempre “haciéndose” a partir no solo de su biología, sino de algo más. Y ese “algo más” es la cultura. Porque la cultura no es haber leído el Quijote, escuchar la Sexta de Mahler o asistir a una función teatral en lugar de ir a un campo de fútbol. Ese es un concepto decimonónico que más tiene que ver con el abundante tiempo de ocio del que disponían las clases pudientes en épocas pasadas que con el verdadero significado de la palabra “cultura”, que es algo mucho más amplio, pues abarca todo aquello que, como humanos, hacemos los unos con los otros.

El objetivo de la cultura no es otro que el de aprender a gestionar lo humano. Una persona culta es, por ejemplo, aquella que sabe dar un pésame o un consejo, o comer en una mesa con otras personas sin que nadie se avergüence -los antiguos lo llamaban “decoro”-. Cultura es saber esculpirse y saber interpretarse, saber crecer y madurar, poder ser otro pero sin dejar de ser uno mismo… Pero no para ser el más lanudo de los borregos, sino para vivir con sabiduría en la colectividad. Es indudable que para hacer bien todo eso es aconsejable asistir a alguna representación de Antígona, leer la definición de Dostoievski de un perdedor o escuchar a Bach. Pero saber solo eso, aunque sea con muchísimo detalle, ni mucho menos es garantía de cultura. A mi entender, hoy día hay un sinfín de eruditos tremendamente incultos, pues cada vez existen más personas dispuestas a soltarte un discurso de la leche (lo saben todo de casi nada) y más personas aún preparadas para soltarte dos leches en cuanto te escuchan (saben nada de casi todo). En definitiva, cada vez hay más personas incapaces de vivir en comunidad, de conformar ciudadanía y de construir colectividad. Lo que implica que cada vez hay más personas que follan fatal (…).

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El objetivo de la cultura no es otro que el de aprender a gestionar lo humano. Una persona culta es, por ejemplo, aquella que sabe dar un pésame o un consejo, o comer en una mesa con otras personas sin que nadie se avergüence -los antiguos lo llamaban “decoro”-. Cultura es saber esculpirse y saber interpretarse, saber crecer y madurar, poder ser otro pero sin dejar de ser uno mismo… Pero no para ser el más lanudo de los borregos, sino para vivir con sabiduría en la colectividad. Cada vez hay más personas incapaces de vivir en comunidad, de conformar ciudadanía y de construir colectividad. Lo que implica que cada vez hay más personas que follan fatal.

Fuente: Valerie Tasso, Sexo 4.0 ¿Un nuevo (des)orden amoroso?, Introducción: Mi vida sexual nunca ha cabido en 140 caracteres.

 

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