¿Por qué cada vez tenemos menos sexo?

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Alarma en Occidente: el sexo está en crisis

Alarma en Occidente: el sexo está en crisis

Todo el mundo quiere tener más sexo. ¿O no? En los países occidentales, a los jóvenes de hoy les da más pereza el tema que a sus antecesores. Y todos los datos apuntan a que los demás adultos… quieren, pero topan con el estrés, la presión del mercado laboral, el miedo al rechazo, los individualismos… La asexualidad gana terreno y ha entrado ya en la agenda de algunos gobiernos.

En Annie Hall, Woody Allen hacía decir a uno de sus personajes: “El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír”. Aquella era una frase que resumía una visión despreocupada y placentera del asunto carnal que está desapareciendo. Las señales de alarma que lo indican llegan de muchos lugares del planeta.

Un simpático anuncio danés les recuerda a los ciudadanos que, aunque sigan viviendo bajo presión todo el año, aprovechen el relax de las vacaciones para tener relaciones sexuales. Los creadores de la campaña saben que las hormigas obreras estresadas no abandonan su tarea para, simplemente, divertirse. Así que usan una excusa productiva para fomentar la relación entre el descanso laboral y la líbido. Las imágenes de momentos de tensión erótica en la playa, en la piscina del hotel y en las visitas a monumentos van acompañadas de un texto que recuerda la importancia de hacer hijos para ayudar a sostener las pensiones.

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En Annie Hall, Woody Allen hacía decir a uno de sus personajes: “El sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír”. Aquella era una frase que resumía una visión despreocupada y placentera del asunto carnal que está desapareciendo.

En otra parte del planeta, una encuesta realizada en el 2011 por el gobierno japonés desvelaba que el 36% de los chicos entre 16 y 19 años desprecia completamente el sexo. A algunos de ellos les resulta indiferente y les da vaguería. A otros les produce asco -podemos citar nuevamente a Woody Allen: “¿Es sucio el sexo? Sólo si se practica correctamente”-. Otras investigaciones del país nipón llegan a la conclusión de que tres cuartas de la población consideran el sexo “una molestia para una vida ordenada centrada en objetivos laborales” (una respuesta que asumiría cualquier hormiga obrera que pudiera hablar).

En Argentina, la coincidencia de algunos datos indirectos (disminución en la venta de preservativos, menor ocupación de los hoteles que se alquilan por horas, etcétera) hizo que muchos analistas hablaran de “crisis de sexo”. En EE.UU, una encuesta de los Centros de Control de Enfermedades (CDC) concluyó que el porcentaje de adolescentes que habían tenido sexo en el 2015 era del 41% (en 1191 era del 54%)…

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Podemos citar nuevamente a Woody Allen: “¿Es sucio el sexo? Sólo si se practica correctamente”.

…Y en nuestro país, a falta de datos longitudinales, podemos inferir a través de los indirectos que el fenómeno está aterrizando. Los psicoterapeutas reciben, cada vez más a menudo, a parejas que han dejado de mantener relaciones sin tener ningún motivo particular para abandonar el sexo más allá del estrés de la logística cotidiana. Una investigación llevada a cabo por la farmaceútica Lilly en el 2011 aportaba un dato inquietante: el número de españoles que sufren de impotencia había aumentado un 20% por culpa del estrés laboral.  En Catalunya, otra encuesta (esta, realizada por La Maleta Roja, una empresa de productos íntimos) arrojó unos resultados muy significativos: el 43% de las mujeres catalanas desearía tener el sexo con más asiduidad. La razón más citada para no hacerlo era, nuevamente, el esfuerzo de la logística cotidiana.

El abandono del disfrute de la sensualidad parece que se acelera. Y lo hace con el ritmo frenético de plazos cada vez más breves con el que estresamos nuestras vidas. Una investigación británica llegaba a la conclusión de que en 1990 las parejas tenían relaciones sexuales cinco veces al mes, en el año 2000 la media ya sólo era de cuatro veces…y en el 2010 ya era de tres.

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Las hormigas obreras estresadas no abandonan su tarea para, simplemente, divertirse (…) El abandono del disfrute de la sensualidad parece que se acelera. Y lo hace con el ritmo frenético de plazos cada vez más breves con el que estresamos nuestras vidas.

La revolución mental es silenciosa. Los intelectuales -esas personas que se definen, según Huxley, como “individuos que creen haber encontrado algo que es más interesante que el sexo”- no hablan de ella porque habitualmente están de acuerdo con el anhedonismo social. Como siempre, los cambios sociales suelen llegar mientras nos preocupamos de otros asuntos. Y más aún una transformación como esta, que coincide con una crisis económica que nos ha convertido a casi todos (los de arriba, no, ellos siguen a lo suyo) en ciudadanos preocupados por lo material. De hecho, la precariedad es una de las causas de esta disminución mundial de la libido.

“Cuando el dinero entra por la puerta, el amor sale por la ventana”, reza un viejo adagio popular. Las cuestiones económicas son la principal causa que dan los ciudadanos para este olvido del placer erótico. En Japón, por ejemplo, una encuesta realizada en el 2015 por el Japan Times mostraba que la principal causa de la sequía en jóvenes es la obsesión por un objetivo que consideran más importante: encontrar un trabajo. Los estudios y la esclavitud de un primer empleo (que obliga a dedicar mucho tiempo y energía para ganar poco dinero) les dejan sin tiempo para pensar en juegos carnales.

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De hecho, la precariedad es una de las causas de esta disminución mundial de la libido. “Cuando el dinero entra por la puerta, el amor sale por la ventana”, reza un viejo adagio popular. Las cuestiones económicas son la principal causa que dan los ciudadanos para este olvido del placer erótico.

A esto se une la dificultad que plantean las relaciones personales en una sociedad cada vez más individualista. Los datos sobre menor frecuencia de relaciones contrastan con otros que hablan de un aumento de ventas de los juguetes sexuales. Esta paradoja tiene una causa: en una cultura competitiva que fomenta el postureo narcisista, la seducción requiere cada vez más inversión de esfuerzo y valentía. Establecer conexiones entre egos es cada vez más complicado. La presión por alcanzar el éxito, el estrés continuo y rutinario, el miedo al rechazo, la dificultad para negociar egoísmos o la inseguridad a la que nos exponemos cuando los demás ven nuestros cuerpos imperfectos son impedimentos para la sexualidad desinhibida que surgen continuamente en las encuestas.

Esos factores son, por ejemplo, los más citados en una de las investigaciones que han disparado esta alarma pro nuestra progresiva asexualidad. Se trata de un estudio publicado recientemente en la revista Journal Archives of Sexual Behavior: el 15% de los jóvenes entre 20 y 24 años llevan años sin tener relaciones. El porcentaje duplica al de la década anterior. Los titulares con los que se presentaba la investigación reflejan la perplejidad que produce el fenómeno: “A pesar de ser una generación libre de prejuicios y etiquetas, los millennials (la generación nacida en los noventa) están perdiendo las ganas de hacerlo”.

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Establecer conexiones entre egos es cada vez más complicado. La presión por alcanzar el éxito, el estrés continuo y rutinario, el miedo al rechazo, la dificultad para negociar egoísmos o la inseguridad a la que nos exponemos cuando los demás ven nuestros cuerpos imperfectos son impedimentos para la sexualidad desinhibida.

Durante todo el siglo XX, los movimientos de liberación asumieron que la única razón para frenar la motivación sexual era la represión. Se asumía que cuando estuviéramos libres de tabúes disfrutaríamos del placer erótico. Por eso convirtieron el sexo en un asunto doctrinario que servía para hablar de otras cuestiones ideológicas. Olvidaron que la motivación sexual implica también un estado de ánimo y unas ganas. Para ponerse al tema no basta con eliminar lo negativo (miedos y prejuicios). Hace falta, además, añadir variables positivas. La ideología no es suficiente. “Si el sexo es un fenómeno tan natural, ¿cómo es que hay tantos libros sobre cómo hacerlo”, se preguntaba la actriz Bette Midler.

Las “ganas de” requieren disposición a compartir, desconexión del estrés cotidiano, hedonismo y facilidad para el disfrute y renuncia a ideales de logro autoexigentes. Y esas variables son un bien cada vez más escaso.

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Olvidaron que la motivación sexual implica también un estado de ánimo y unas ganas (…) Las “ganas de” requieren disposición a compartir, desconexión del estrés cotidiano, hedonismo y facilidad para el disfrute y renuncia a ideales de logro autoexigentes. Y esas variables son un bien cada vez más escaso.

La estrategia de la educación sexual higienista (centrada en prevención de problemas y liberación de tabúes) no ha sido suficiente. Ha servido para desinhibirnos en la búsqueda de gratificación inmediata con la masturbación en internet, pero no para disfrutar del contacto sexual. Una reciente investigación de la Universidad de Wageningen, en Holanda, ponía en cifras esa sexualidad onanista propia del siglo XXI. Preguntando a cientos de adictos a las autofotos, los investigadores descubrieron que el 83% carecía de vida sexual. Los modernos individualistas y competitivos solamente disfrutan de autosexo mental puntuado de orgasmos mediáticos de autoestima.

Nuestra sociedad de retos y postureo no fomenta el disfrute. Ignora la motivación hedonista, la capacidad de disfrutar de placeres como la coyunda carnal que no sirven para alcanzar ningún objetivo. El filósofo Michael Onfray, autor del Manifiesto hedonista, nos recuerda que nuestra cultura silencia el tipo de placeres no productivos que se basan en “la intersubjetividad serena, alegre, feliz; la paz del alma y el espíritu; la tranquilidad de ser; las buenas relaciones con el prójimo y la comodidad entre las personas”. Al igual que el disfrute gastronómico o las risas practicando deportes (sustituidos por dietas y gimnasio), el goce erótico desaparece porque se considera “innecesario”.

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La estrategia de la educación sexual higienista (centrada en prevención de problemas y liberación de tabúes) no ha sido suficiente. Ha servido para desinhibirnos en la búsqueda de gratificación inmediata con la masturbación en internet, pero no para disfrutar del contacto sexual.

David Lodge, uno de los últimos escritores que buscan divertir, afirmaba en los años ochenta en The Guardian:  “Como es cada vez más difícil escribir sobre sexo, quizá tendremos novelas sobre el trabajo a partir de ahora”. La amenaza se ha cumplido: las novelas llevadas al cine a partir de los noventa hablan, casi siempre, del mundo laboral. Quizás porque describir el placer y cuantificar los logros del hedonismo es más difícil que hablar de los que buscan fama, poder o dinero.

La antropóloga Ruth Benedict clasificó a las culturas en función de su propensión a fomentar la motivación hedonista. Unas buscan que sus miembros tiendan a ser responsables y actuar siempre en función de objetivos: a esto le llamó culturas apolíneas. Otras intentan hacer de sus miembros personas despreocupadas que viven en función del placer y la diversión (culturas donisíacas). La diferencia entre unas y otras a la hora de fomentar placeres básicos como el erotismo se pone de manifiesto en muchos estudios. En la encuesta Durex del 2012, por ejemplo, los países con menor número de relaciones sexuales cotidianas eran sociedades apolíneas, como Japón o EE.UU. Y en el top 10 de frecuencia se encontraban culturas dionisíacas como Grecia, Brasil… o España, que estaba en el octavo lugar.

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Nuestra sociedad de retos y postureo no fomenta el disfrute. Ignora la motivación hedonista, la capacidad de disfrutar de placeres como la coyunda carnal que no sirven para alcanzar ningún objetivo (…) el goce erótico desaparece porque se considera “innecesario”.

Pero no nos debemos confiar por estar en el lado gozoso de esta dicotomía. El planeta se encamina, progresivamente, hacia una aldea colectiva apolínea. Lo dionisiaco (el disfrute sin objetivos ni motivación de logro) está cada vez peor visto. Necesitamos más excusas (como la necesidad de fabricar hijos que paguen las pensiones) para pasárnoslo bien sin sentirnos culpables. Y sólo nos permitimos gozar en tiempos restringidos: las vacaciones se plantean como un pequeño periodo de desfogue… para luego volver a ser hormigas obreras. Es como si empezáramos a creer que el sexo es sólo una sublimación del instinto de trabajo que sólo debe aparecer cuando no tenemos algo productivo que hacer.

Gabriel Wikström, ministro de Sanidad sueco, ha creado una comisión para averiguar las causas de la apatía sexual. Cuando se entregue el informe, en el 2019, ha prometido tomar medidas porque considera que “se trata de un problema de gran magnitud”. Es inevitable preguntarse qué hará si la comisión concluye que la principal causa es la falta de hedonismo del mundo actual. ¿Restaurará las Saturnales y las hará obligatorias?

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Lo dionisíaco (el disfrute sin objetivos ni motivación de logro) está cada vez peor visto. Necesitamos más excusas (como la necesidad de fabricar hijos que paguen las pensiones) para pasárnoslo bien sin sentirnos culpables.

Por suerte, el placer no necesita el visto bueno de los poderosos ni de la masa social. Sin esperar al 2019 podemos liberarnos del papel de hormigas obreras y gozar de la sexualidad en cualquier momento y sin ningún objetivo. Depende de nosotros.

Rubens, Hokusai, Rodin, Flaubert, Debussy, Buñuel, Nabokov, Polanski, Lennon…. La cultura ha ofrecido siempre puntuales dosis de sexualidad entendida como uno más de los placeres de los sentidos. Durante siglos, siguiendo una tradición que viene del mundo clásico, pintores, escritores, músicos (y después directores de cine) han salpicado con erotismo sus expresiones artísticas. Y esa sexualidad alegre y desenfadada que muestran el Decamerón, los cuadros de Tiziano o las novelas de D.H. Lawrence fueron parte de su éxito de público.

De hecho, en ciertas épocas, se criticaba a la cultura comercial por abusar de este recurso. En el cine, sin ir más lejos, los taquillazos tipo Instinto básico eran menospreciados por usar el fácil impacto del morbo erótico. Que un cruce de piernas sin ropa interior se convirtiera en una escena icónica del cine parecía demostrar que los espectadores, en el fondo, éramos los mismos cavernícolas de siempre…

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En una sociedad de hormigas trabajadoras sólo son aceptables los instintos básicos que nos mueven a la lucha productiva. La sexualidad hedonista ya no llama nuestra atención.

Pero algo está cambiando en los usuarios de productos culturales. El gancho sexual ya no funciona. Un ejemplo: un informe reciente de la empresa de análisis de mercado Ipsos llegaba a la conclusión de que cada vez atraen menos las relaciones sexuales en el cine. De hecho, desde Titanic (1997) ningún gran éxito incluye escenas tórridas.

¿Es menos básico el espectador actual? Parece que no es el caso: el mismo informe aseguraba que el gancho ya no es el sexo, porque ahora lo que atrae es… la violencia. Muchas películas y series actuales son policíacas o cine de acción (terror, fantasía heroica con grandes dosis de sangre…) Incluso las que parecen hablar de sexo (50 sombras de Grey) hablan de poder y parecen protagonizadas por psicópatas corporativos con ansia de control. El manga, el producto cultural cuyo consumo más ha subido entre la juventud, es una muestra de este sí a la violencia, no al sexo.

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Por suerte, el placer no necesita el visto bueno de los poderosos ni de la masa social (…) podemos liberarnos del papel de hormigas obreras y gozar de la sexualidad en cualquier momento y sin ningún objetivo. Depende de nosotros.

En una sociedad de hormigas trabajadoras sólo son aceptables los instintos básicos que nos mueven a la lucha productiva. La sexualidad hedonista ya no llama nuestra atención.

 

Fuente: Luis Muiño, “Alarma en Occidente: el sexo está en crisis” en el Magazine del 23 de abril de 2017

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