Carmen

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Era apasionada, entusiasta, cariñosa, muy culta, muy capaz, muy feminista.

Era tan guapa que enseguida empezaron a decir que era tonta. Era tan amable que decían que no se enteraba de nada. Era apasionada, entusiasta, cariñosa, muy culta, muy capaz, muy feminista. Fue la ministra de nuestros sueños, la pesadilla de quienes se cansaron de atacarla cuando comprendieron que no iban a poder con ella. Por muchos ministros, muchas ministras de Cultura que llegue a conocer en mi vida, Carmen Alborch siempre será la mía, la figura que encarnó los anhelos de quienes aspirábamos a una gestión cultural progresista, diversa, radicalmente nueva. Y sin embargo, a pesar de la importancia de su labor, Carmen fue mucho más que lo que hizo en el ministerio. Precursora de un modelo de mujer destinado a triunfar, su ejemplo se fue agrandando con el paso tiempo, mientras demostraba que se podía trabajar con la misma convicción en el poder y en la oposición. Pienso en los años difíciles de sus derrotas electorales, cuando Barberá parecía destinada a convertirse en la eterna alcaldesa de Valencia, y la recuerdo con la sonrisa y las fuerzas intactas, tan tenaz, tan luchadora como siempre. Entonces me pareció aún más admirable. La última foto que compartió con sus amigas es un montaje en el que aparece, esplendorosa como una estrella de cine de los años dorados de Hollywood, envuelta en una capa roja y abrazando a un Paul Newman muy joven, en albornoz. Mientras luchaba a brazo partido con la muerte, se aferraba a la vida con la conmovedora determinación de las mujeres valientes, y ni siquiera la enfermedad logró detenerla. Su última iniciativa fue pedir, hace menos de veinte días, que el feminismo fuera declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Sin ella, todas estamos un poco más solas.

Fuente: Almudena Grandes, Carmen, El País, 29 de octubre de 2018

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Carmen Alborch, Agua muy clara.

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Carmen Alborch era una verbena, pero una verbena muy seria. Llegaba, estallaba, iluminaba, escuchaba, decidía, animaba. Y era profunda. Luminosa y profunda.

Quiero despedir a Carmen Alborch citando, adaptado al personaje, al gran poeta valenciano Andrés Vicent Estellés: “No hi havia a València una llum com la teua, car de llums com la teua, a tot arreu i ara, en son parides ben poques” (“No había en Valencia una luz como la tuya, porque luces como la tuya, en todas partes y ahora, son paridas muy pocas”).
Carmen Alborch era una verbena, pero una verbena muy seria. Llegaba, estallaba, iluminaba, escuchaba, decidía, animaba. Y era profunda. Luminosa y profunda.

De sus tiempos como ministra de Cultura recuerdo, sobre todo, el profundo contraste establecido con su sucesora en el cargo, Esperanza Aguirre, ética y estéticamente, pero sobre todo éticamente. Era, para qué os lo voy a decir, todo lo contrario. Culta, socialista sin caspa, llena de savia y fecundidad, frutal. Pienso en ella y solo se me ocurren imágenes relacionadas con la madre tierra y con el mar. La tierra que ahora la acoge y que será mejor porque ella la abona. Carmen Alborch fue exactamente lo que necesitaba este país: lo contrario de Bernarda Alba (que sería Aznar, si también me lo permiten).

Era agua muy clara.

Fuente: Maruja Torres, Agua muy clara, El País, jueves 25 de octubre de 2018

“Francine se desarregla” o cómo empatizar con una mujer menopáusica.

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La autora cuenta de forma autobiográfica su experiencia con el proceso del cambio hormonal

La menopausia sigue siendo uno de los grandes temas tabú de la sociedad. En medio de la lucha universal por conservar la juventud, el cambio de ciclo hormonal recuerda a todas las mujeres, antes o después, que el tiempo pasa sin piedad.

Francine se desarregla es un libro en el que la autora, Francine Oomen, cuenta a través de ilustraciones cómo se enfrentó a ella cuando a los 52 años le llegó la hora de experimentarla.

El proceso fue largo y angustioso. Oomen tuvo que enfrentarse a sus miedos y al sentimiento de culpa, y libró su batalla interior en medio de los sofocos y cambios bruscos de humor. Pero salió victoriosa.

La autora canalizó toda la frustración del trámite dibujando y plasmó su experiencia paso a paso en forma de viñetas.

El resultado son estas memorias gráficas en las que muestra su lucha personal con el objetivo de demostrar a todas las mujeres que la menopausia solo es una etapa más de la vida y que hay que asumirla sin miedo.

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Un buen día, Francine empezó a experimentar síntomas extraños, desconocidos para ella. No era capaz de trabajar, sentía angustia y miedo. Pensó que estaba perdiendo la cabeza o que padecía alguna enfermedad grave.

Después de unas semanas de muchas dudas, la pareja de Francine le abrió los ojos. No tenía ninguna enfermedad, había empezado la menopausia.

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Con la causa de sus males ya identificada, Francine primero se relajó. Era una buena noticia saber que no se enfrentaba a un ictus o al Alzheimer.

Sin embargo, superado el alivio inicial, comprendió lo que se avecinaba y volvió a sentir miedo.

Se sintió al borde del abismo cuando le cayó encimo de golpe la conciencia del paso del tiempo.

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Viviendo en una sociedad que se aferra como puede a la juventud y que espera que las mujeres sean siempre jóvenes y perfectas, la menopausia se convierte en el enemigo. Francine se sintió vieja de repente.

Después de una intensa lucha consigo misma, se dejó llevar por lo irremediable y empezó a buscar la forma de asumir el cambio de la mejor forma posible.

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Francine comprendió que la única que podía sacarla de aquel agujero era ella misma.

El momento de enfrentarse al cambio hormonal fue decisivo.

Fue entonces cuando tomó las decisiones necesarias para afrontar esta nueva etapa.

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Dejó de trabajar, hizo terapia y empezó a tener citas. Pensó en lo que de verdad quería hacer con su vida y empezó a dedicarse tiempo a sí misma.

Finalmente, a pesar del duro trance al que le sometieron las hormonas, Francine empezó a aprovechar sus nuevas circunstancias para desprenderse de los miedos y de la autoexigencia con la que había convivido toda la vida.

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Francine superó su desarreglo y comprendió que la menopausia solo es una etapa más de la vida que hay que superar como otra cualquiera.

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El proceso fue largo y angustioso. Oomen tuvo que enfrentarse a sus miedos y al sentimiento de culpa, y libró su batalla interior en medio de los sofocos y cambios bruscos de humor. Pero salió victoriosa.

Fuente: Marya González, “Estas ilustraciones ayudan a entender lo que vive una mujer cuando le llega la menopausia” Huffpost a 01 de junio 2018

Orna Donath: “El instinto maternal no existe”

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La tesis de fondo que desarrolla Donath es que a las mujeres se les marca el camino; que, a pesar de que se supone que decidimos ser madres libremente, la presión social para tener hijos es enorme, y que el resultado es que algunas acaban arrepintiéndose.

Con ella llegó el escándalo. Esta socióloga israelí se aventuró un buen día a preguntar a varias madres si habían lamentado tener hijos. Las reveladoras respuestas forman parte de “Madres arrepentidas”, un polémico libro que ha levantado un nuevo debate en torno a la maternidad y los derechos de las mujeres.

La socióloga israelí Orna Donath sabía que tocaba nervio cuando se aventuró a preguntar a un grupo de madres si se arrepentían de haber tenido hijos. Pero nunca imaginó que iba a provocar un revuelo global que se resiste a remitir. Su libro Madres arrepentidas (Random House Mondadori) se acaba de publicar en España y en él recoge el testimonio de 23 mujeres que sí, adoran a sus hijos, pero que, si tuvieran que decidirlo ahora, sabiendo lo que significa e implica, optarían por no tenerlos. La tesis de fondo que desarrolla Donath es que a las mujeres se les marca el camino; que, a pesar de que se supone que decidimos ser madres libremente, la presión por tener hijos es enorme, y que el resultado es que algunas acaban arrepintiéndose.

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Hay una percepción de que este debate es peligroso para el Estado y para el orden social, que establece que la esencia de las mujeres en la vida es ser madre.

Donath es una mujer joven (1976), menuda y amable, que investiga sobre la maternidad y el papel de las mujeres en la sociedad en la Universidad Ben-Gurion del Néguev, en Beerseba, desde hace años. Vive a las afueras de Tel Aviv y es una feminista que ha trabajado con mujeres víctimas de abusos. Por su manera de estar en la vida, recuerda a los miles de israelíes y cosmopolitas que poco tienen que ver con las minorías ultrarreligiosas y nacionalistas que perfilan el futuro de un país en eterno conflicto con los palestinos. Su lucha es otra. En 2008, cansada de que durante el curso de sus trabajos no pararan de advertirle que un día se arrepentiría de no querer tener hijos. Donath se lanzó a la investigación que la ha convertido en el rostro global de las madres arrepentidas. Su atrevimiento con un tema altamente espinoso le ha proporcionado fama y reconocimiento internacional, pero también acusaciones e insultos despiadados. Donath parece haber despertado alguna bestia.

A usted le han llamado de todo. Me han llamado niña mimada, narcisista y egoísta por no querer tener hijos. Hay gente que ha escrito comentarios en la Red que decían que sin hijos sería una mujer vacía, que sería una vieja solitaria rodeada de gatos.

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Si sufres y no sabes identificar qué te ocurre, puedes acabar culpando a los hijos en lugar de a la circunstancia de ser madre. La gente suele decir: entierra tus sentimientos y sigue adelante, pero yo creo que reconocer las emociones puede ser un alivio.

Su libro se centra en el arrepentimiento maternal. ¿Sirve para algo lamentarse? Sí. Desde un punto de vista personal es importante. Reconocer lo que te pasa alivia. Si sufres y no sabes identificar qué te ocurre, puedes acabar culpando a los hijos en lugar de a la circunstancia de ser madre. La gente suele decir: entierra tus sentimientos y sigue adelante, pero yo creo que reconocer las emociones puede ser un alivio. Desde un punto de vista social, que las mujeres reconozcan que se arrepienten puede ser una señal de alarma para que se deje de empujarlas a ser madres, para dejar de vender la idea de que la maternidad le va a valer la pena a todas y cada una de ellas. Puede que las mujeres seamos biológicamente iguales, pero somos distintas. Unas quieren ser madres y otras no.

Usted ha entrevistado a 23 mujeres para su libro, una mínima muestra de la que no conviene extrapolar. ¿Cómo de extendido calcula que está el arrepentimiento maternal? Nunca lo sabremos. Desde luego, no afecta a la mayoría de las mujeres, pero es más común de lo que pensamos. En Alemania han hecho una encuesta recientemente en la que el 8% de las participantes decían que se arrepentían. Pero aunque fueran solo las 23 mujeres a las que entrevisté, habría merecido la pena el debate social.

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(…) para que se deje de empujarlas a ser madres, para dejar de vender la idea de que la maternidad le va a valer la pena a todas y cada una de ellas. Puede que las mujeres seamos biológicamente iguales, pero somos distintas. Unas quieren ser madres y otras no.

¿Por qué cree que su trabajo ha generado tanto ruido? Porque hay una percepción de que este debate es peligroso para el Estado y para el orden social, que establece que la esencia de las mujeres en la vida es ser madre. Y yo planteo que es posible no ser madre y también serlo y después arrepentirse. El problema es que no hay un guion alternativo. La gente no puede imaginar otras opciones porque la imaginación está tomada por un discurso único que dice que para ser feliz hay que tener hijos. Yo no digo que la vida sin hijos vaya a ser perfecta. Puede ser una vida difícil, pero suficientemente buena.

El revuelo en Alemania ha sido descomunal. Sí, fue una gran sorpresa. Mi plan era publicar el libro primero en Israel, pero a raíz de una entrevista en Alemania hace año y medio estalló un debate muy fuerte. Es curioso porque tenemos la imagen de Alemania como un país en el que las mujeres no tienen por qué ser madres si no quieren, pero la realidad social es mucho más compleja. Allí se me acercaron jóvenes y me explicaron que se sentían presionadas para ser madres. Puede que en Alemania sea frecuente no tener hijos, pero hay una jerarquía social entre ser madre y no serlo. La presión no es tan evidente como en Israel, pero, si rascas, existe.

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La gente no puede imaginar otras opciones porque la imaginación está tomada por un discurso único que dice que para ser feliz hay que tener hijos. Yo no digo que la vida sin hijos vaya a ser perfecta. Puede ser una vida difícil, pero suficientemente buena.

Es muy difícil decidir sobre si ser madre o no cuando no puedes saber de antemano cómo te vas a sentir una vez que nazca tu hijo. Es cierto. Es una apuesta que se puede ganar o perder. El problema es que la sociedad promete a todas las mujeres que ganarán siendo madres, las empuja asegurándoles la victoria.

Puede que una determinada etapa de la maternidad resulte cuesta arriba, pero que los sentimientos cambien a medida que los niños crecen. En mi estudio participaron abuelas que aún se arrepienten. Puede que la relación cambie, pero en el fondo saben que no quieren tenerla. Ser madre es una manera de estar en el mundo; aunque los hijos se independicen, siempre los tienes en la cabeza.

¿Existe el instinto maternal? No necesariamente. Sí, tratamos de proteger la vida del bebé, le alimentamos, es una criatura indefensa, pero eso no tiene por qué sr equivalente al instinto maternal. Y en todo caso, si existiera, no es dominio exclusivo de las mujeres. Las parejas gais que adoptan hijos son una prueba evidente.

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Parece que el parto, la lactancia y la crianza han de ser experiencias maravillosas. La maternidad es una relación humana como otras, no el reino mítico que venden.

¿Por qué cree que se embellece la maternidad? Parece que el parto, la lactancia y la crianza han de ser experiencias maravillosas. La maternidad es una relación humana como otras, no el reino mítico que venden. Cuando la experiencia maternal no es lo maravillosa que se supone que debería ser, muchas mujeres se sienten monstruos. Rebajar las expectativas haría que se considerasen menos culpables. Es como el amor, no siempre es de color de rosa.

A menudo es difícil disfrutar cuando el reparto de tareas en casa es desigual y los horarios laborales interminables. ¿Hasta qué punto pueden las condiciones contribuir al arrepentimiento? Las condiciones son importantes, pero no lo explican todo. Hay muchas madres que tienen de todo: tiempo, dinero…, y aun así se arrepienten de serlo. Yo misma, aunque tuviera las condiciones ideales, aunque fuera millonaria, no querría tener hijos y punto.

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Se les pide que sea la madre perfecta o que sean como un hombre, una gran profesional, pero hay muchas identidades de mujeres, que no quieren ser madres ni tener éxito laboral (…) No quiero que lo que importe sea lo que hago, sino lo que soy.

Sí, pero cuando las condiciones son hostiles, muchas tiran la toalla, renuncian a sus carreras profesionales para dedicarse a la maternidad. Con el tiempo, esa decisión les genera una enorme frustración. Pero es que para mí no es una cuestión de madres versus carrera profesional. No todas las mujeres anhelan tener una carrera profesional. Se les pide que sean la madre perfecta o que sean como un hombre, una gran profesional, pero hay muchas identidades de mujeres, que no quieren ser madres ni tener éxito laboral. Deseo vivir en una sociedad en la que pueda no ser madre y marcharme a mi casa después del trabajo a tirar aviones de papel. No tengo por qué ser doctora ni escritora. No quiero que lo que importe sea lo que hago, sino lo que soy.

¿Están las mujeres mejor preparadas para cuidar? No. No tiene nada que ver con la naturaleza, es una cuestión política. Hay mujeres incapaces de cuidar a alguien y al revés, pero nos han vendido que es una cuestión de sexo. Los hombres pueden cuidar muy bien, pero para la sociedad este sistema es muy útil. Nosotras lo hacemos todo sin cobrar, mientras que ellos ganan dinero, viajan y entran y salen del cuidado de los hijos a su antojo.

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Los hombres pueden cuidar muy bien, pero para la sociedad este sistema es muy útil. Nosotras lo hacemos todo sin cobrar, mientras que ellos ganan dinero, viajan y entran y salen del cuidado de los hijos a su antojo.

No se trata, insiste Donath, a la defensiva, de posiciones hostiles o viscerales, que algunos pretenden endosarle: “Mire, a menudo me malinterpretan. Hacen ver que mis estudios son propaganda en contra de la maternidad o de los niños, y eso es falso. Hay mujeres que quieren ser madres y que lo disfrutan, pero me gustaría que tuvieran más libertad para decidir”.

Fuente: Ana Carbajosa, Orna Donath: “El instinto maternal no existe”, en El País Semanal del  26 de octubre de 2016

Jhumpa Lahiri, “Me moría por integrarme porque odiaba sentirme diferente”

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Y la transformación constante, asegura, se ha convertido en su verdadero refugio: “No hay otra manera de entender la vida”.

Tras cosechar un éxito fulgurante -ganó el Pulitzer con su primera colección de relatos-, esta escritora estadounidense de origen bengalí se sentía como una cantante a la que todos los conciertos le piden la misma canción. Decidió cambiar de música. Abandonó Nueva York, se mudó a Roma con su familia. Hoy solo escribe en italiano. Y la transformación constante, asegura, se ha convertido en su verdadero refugio: “No hay otra manera de entender la vida”.

Hace un lustro la exitosa escritora Jhumpa Lahiri (Londres, 1967) decidió convertir un año sabático en Roma en una transformación vital. Se quedó tres años con su marido y sus dos hijos y pasó a escribir en italiano. Hoy no quiere volver a hablar de los bengalíes que protagonizan El intérprete del dolor, En tierra desacostumbrada o La hondonada, publicados en España por Salamandra. La suya es la historia de una renuncia al éxito, al dinero y a la lengua para mantener las riendas de su vida.

La grandiosidad de la vista desde su ático en lo alto del Gianicolo contrasta con la sencillez con la que está amueblado el piso, como si lo importante quedara a los pies de su casa. Habla un italiano perfecto. “Ciao, amore”, saluda a su marido, el periodista neoyorquino de origen guatemalteco Alberto Vourvoulias. Y ofrece cerezas y agua con gas. Dulce, menuda, firme y con una fortaleza de junco, relata la historia del éxito que amenazó con devorarla. Y explica cómo le plantó cara.

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Dulce, menuda, firme y con una fortaleza de junco, relata la historia del éxito que amenazó con devorarla. Y explica cómo le plantó cara.

La entrevista transcurre en la terraza, como si no pudiera separarse de las vistas al Aventino romano. Cuenta que Jhumpa, su seudónimo, no remite a nada, “no es como el nombre de mi padre, Amar, que significa inmortal”. Se lo puso su madre, igual que los de nacimiento, Nilanjana Sudeshna. “Los eligió confundida en el hospital de Londres. Tuvo que decidir en un momento lo que en India uno reflexiona durante un tiempo, hasta que el carácter del bebé termina por decidirlo”.

Empezó sin prisas pero imparable. Con 34 años logró el Pulitzer con su primer libro de cuentos, El intérprete del dolor. Luego siguieron ventas astronómicas y una película a partir de su primera novela… ¿Necesito huir de tanto éxito? Tengo una relación difícil con esa identidad, la del éxito.

No es la primera vez que está incómoda en su piel. Mi primera incomodidad nació de mi relación con Estados Unidos. Pero el problema siempre ha sido el mismo: que mi identidad esté en manos de otras personas. He necesitado levantar barreras para construirme a mí misma.

Pero el problema siempre ha sido el mismo: que mi identidad esté en manos de otras personas. He necesitado levantar barreras para construirme a mí misma.

Hace una década decidió estudiar italiano obsesivamente. Hoy ha abandonado el inglés y ha publicado dos pequeños ensayos en italiano. ¿Otra lengua consolidará su identidad? El italiano ha sido una pasión, una fuga y también una cura. Es lo que me ha permitido poco a poco llegar a ser otra.

¿Por qué necesitaba ser otra? ¿Por qué arriesgarse a expresarse en un idioma que no controla cuando se gana la vida escribiendo? Uno debe correr riesgos. Incluso en inglés crear era para mí un juego peligroso. Era ir contra las experiencias de mi familia.

Creí que su padre era bibliotecario. Pero eso tiene poco que ver con ser artista. Asumieron, y yo casi también, que tras el doctorado me convertiría en catedrática. Querían para mí la seguridad de la vida americana que ellos habían logrado. Irónicamente, ahora doy clase en Princeton, pero he llegado por otro camino: porque soy escritora, no por mis estudios. Y eso es lo que quiero ser.

Una autora en perpetua transformación. Aunque Beckett, Nabokov o Agota Kristof cambiaran de idioma, sorprende que escriba ahora en italiano. Para mí es una esquina más. Ya me pasó cuando decidí que quería escribir. Tenía mucho miedo, pero por costoso que sea, y lo es, se decide una vez si uno quiere ser libre o no. El resto son matices.

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Uno debe correr riesgos (…) Tenía mucho miedo, pero por costoso que sea, y lo es, se decide una vez si uno quiere ser libre o no. El resto son matices.

¿De dónde sacó el valor para intentar ser quien quería ser? Me volví loca de amor por la persona con la que supe que tenía que estar. Eso da fuerza. Mi vida parecía hecha, iba directa hacia una carrera académica. Pero tenía un secreto, escribía. Sentirme amada abrió ese secreto cerrado con llave.

Su marido le apoyó. Mi suegra era escultora. Alberto venía de un mundo en el que uno podía plantearse la vida ampliamente. En el momento oportuno, al borde de los 30, por fin encontré un buen hombre.

¿Conoció a muchos malos? Los suficientes para valorar al bueno.

Su primera decisión libre fue convertirse en escritora, la segunda hacer del italiano su lengua, ¿cada cuánto va a necesitar cambiar para sentirse dueña de su vida? ¿Quién sabe? Pero creo que este último cambio bastará. Variar de lengua con 45 años es bastante serio.

Particularmente si involucra a su familia. ¿Es posible reinventarse como persona sin sacrificarlo todo? Cualquier cambio requiere no solo sacrificio, también traición. [Cita en italiano: Ogni cambiamento richiere un tradimento]. Creo que es cierto incluso biológicamente. Para que mi hija sea quien es ha tenido que perderse la que fue hace tres años. Uno gana y pierde. Coge y suelta. Así nos alimentamos: tomamos y dejamos, de lo contrario no funcionaría. Creo que la identidad es eso.

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Cualquier cambio requiere no solo sacrificio, también traición. Creo que es cierto incluso biológicamente. Para que mi hija sea quien es ha tenido que perderse la que fue hace tres años. Uno gana y pierde. Coge y suelta. Así nos alimentamos: tomamos y dejamos, de lo contrario no funcionaría. Creo que la identidad es eso.

¿Cree que sus editores hubieran publicado In altre parole, su memoria en italiano, si no hubiera sido una escritora famosa? No lo sé. Nunca lo había pensado.

Paradójicamente, ha sido el éxito del que quería escapar lo que la ha permitido escapar. No era el olvido ni ignorancia, era distancia lo que necesitaba. Aprender italiano era completamente necesario para mi viaje personal. Si el objetivo es ser feliz y sentir armonía con el mundo, eso solo lo logré después de esta segunda decisión.

¿Cómo afectó esa decisión a su familia? Mi marido escribe y traduce, un trabajo privilegiado, pero pésimamente pagado. Ahora vivo de dar clases porque ya no cobro casi de lo que escribo. De los textos en italiano obtengo poco dinero.

¿No va a volver a escribir en inglés? De momento, no. Ha sido un sacrificio económico importante. Aunque encuentro liberador ganarme la vida con un trabajo que requiere energía pero le permite a uno irse a casa. Prefiero eso a la presión exagerada de tener que hacer un libro que se venda bien. No quiero escribir para complacer a nadie. Para eso preferiría convertirme en jardinera.

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Si uno está dispuesto a arriesgar no hay vuelta atrás. Lo menos que podemos hacer en la vida es tratar de ser felices. No es ser egoísta, sino entender lo necesario. Lo que quiero transmitir a mis hijos es que se beban la vida hasta el final del vaso.

Cuando decidió mudarse a Italia, ¿se enfrentó más a sus padres o a sus editores? Pensábamos que tendríamos una pequeña aventura, nadie anticipó que transformaría nuestra vida. Pero un año no fue suficiente. Mi hija Noor era muy niña. Pero mi hijo Octavio se enfadó. No entendía lo que estábamos haciendo. Traté de explicárselo y siguió enfadado, pero escuchó. Si uno está dispuesto a arriesgar no hay vuelta atrás. Lo menos que podemos hacer en la vida es tratar de ser felices. No es ser egoísta, sino entender lo necesario. Lo que quiero transmitir a mis hijos es que se beban la vida hasta el final del vaso.

¿Qué crea las raíces? ¿Los lugares, la educación, la familia? El amor hacia otras personas, hacia la literatura -en mi caso- o hacia el barrio. Yo amo este lugar. Me gusta todo sobre mi vida cotidiana. Cuando me fui de Nueva York no eché  de menos la ciudad. Alberto y mis hijos, sí, pero yo no. Estudié, trabajé y tuve hijos allí. Tengo recuerdos muy bonitos, pero no tenía raíces. En Roma me siento segura. Y valiente. Eso es lo que debe ser una casa: un lugar donde uno se siente protegido y alentado.

Sus relatos cuentan lo que se gana y se pierde con las elecciones vitales. Creo que siempre escribo sobre huidas. La desubicación y la metamorfosis están en mi trabajo desde el principio.

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Eso es lo que debe ser una casa: un lugar donde uno se siente protegido y alentado.

En italiano parece otra escritora. No me gusta sentirme responsable como creadora. Creo que es un error. Si fuera piloto de avión afrontaría mi trabajo con gran sentido de la responsabilidad. Pero cuando escribo solo quiero ser responsable ante mí misma. Y creo que hemos perdido esa noción del creador. Hoy los artistas dan explicaciones. Tienen que aclarar lo que significan las cosas… Ahora que trabajo en italiano muchos indoamericanos me han dicho: “¿Ya no vas a escribir de nosotros?”. ¡Mi intención nunca fue escribir sobre ustedes!

No quiere ser la voz de los bengalíes emigrantes. No puedo serlo. Yo me enamoré de la literatura sin encontrar jamás un personaje que ni remotamente se pareciera a mí o a mis experiencias. Crecí leyendo a Shakespeare, Thomas Hardy o Tolstoi no porque me hablaran sus personajes, sino porque son obras de arte. Y las obras de arte tienen el poder de ir más allá de los mundos estrechos. ¿Si mis padres son inmigrantes solo debo leer historias de gente cuyos padres son inmigrantes? ¡Per carità! Si es literatura, debe ser capaz de hablar a todos.

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Y las obras de arte tienen el poder de ir más allá de los mundos estrechos (…) El arte y la literatura sirven para ampliar, no para limitar nuestros pequeños mundos.

Vivimos en un mundo de consumo a la carta. Todo el mundo online se basa en eso. Amazon envía continuamente mensajes: “Si compraste esas sillas te gustarán estas”. De modo que nunca te gustarán sillas completamente diferentes porque ni sabrás que existen. La vida está empobreciéndose por las simplificadoras herramientas del marketing. El arte y la literatura sirven para ampliar, no para limitar nuestros pequeños mundos.

¿Cuándo era joven sentía deseo de pertenecer a una cultura? Sentía desesperación. pero me liberé de eso. Era doloroso, un sentimiento de inferioridad y fracaso.

¿Por qué se sentía inferior? Porque no soy estadounidense. América para mi madre era el enemigo. Y yo me moría por integrarme porque odiaba sentirme diferente. Detestaba todo sobre mí misma: mi nombre, mi aspecto… Y ese es un sentimiento devastador.

¿Salió de todo eso sin ayuda? No. Tuve mucha ayuda. Me he psicoanalizado durante años.

¿A su hermana le pasó lo mismo? No puedo hablar por ella, pero creo que no vivió tan atormentada. Es siete años más joven, nació en América y para entonces mis padres llevaban una década fuera de India. Cuando yo nací mi madre se pasó años negando nuestras vidas. No quería que nada de lo que nos rodeaba nos tocara. Y eso es imposible. No confiaba en el lugar donde había ido a vivir. Todo para ella era una amenaza. Tuve que lidiar con eso. Cuando mi hermana nació, el hielo ya estaba roto.

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Sentía desesperación. Pero me liberé de eso. Era doloroso, un sentimiento de inferioridad y fracaso (…) Y yo me moría por integrarme porque odiaba sentirme diferente. Detestaba todo sobre mí misma: mi nombre, mi aspecto… y ese es un sentimiento devastador.

Pasaban los veranos en Calcuta. Creo que es imposible ir y no reaccionar ante lo que ves. Me interesaba mucho habiendo crecido en un lugar tan estéril como Nueva Inglaterra. Me estimulaba. Es un lugar visceral, como Roma elevado a la enésima potencia, un sitio que te hace pensar. Pero lo que no me gustaba era sentirme diferente también allí. Allí éramos los americanos: que si éramos ricos, que si teníamos máquinas que nos limpiaban la casa. Creo que pensaban que vivíamos en la Casa Blanca. Yo sentía la presión por tener allí una experiencia que no era mía: la de volver a casa. Aquello no era mi casa. Con todo, había algunas cosas por las que podía dejar de preocuparme. Por ejemplo, mi nombre. Parece poco, pero es mucho. Allí mis padres eran gente en un contexto. En América eran criaturas aisladas.

Pero todavía viven en Estados Unidos. Mi padre decidió que se quedaban. Su cultura es así, son los hombres los que deciden.

Sin embargo, como sucede con algunos de sus personajes, era su madre quien le buscaba a usted un marido. Sí.

¿De Calcuta? Eso era lo ideal, pero podía ser también un inmigrante indio, alguien como yo.

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Mi insistencia en refugiarme en el cambio es una reacción a mi madre, que, básicamente, se negó a cambiar y rechazó la realidad porque la realidad es cambio. Todo se transforma. No hay otra manera de entender la vida. Mi madre estaba en contra de la vida. Y eso es una batalla perdida: garantiza tu propia infelicidad y la de quienes te rodean.

¿Qué dijo cuando apareció con su marido? No sabían qué hacer. Pero lo quieren mucho. Uno tiene que evolucionar. Mi insistencia en refugiarme en el cambio es una reacción a mi madre, que, básicamente, se negó a cambiar y rechazó la realidad porque la realidad es cambio. Todo se transforma. No hay otra manera de entender la vida. Mi madre estaba en contra de la vida. Y eso es una batalla perdida: garantiza tu propia infelicidad y la de quienes te rodean. Quiero a mi madre y me angustia que naciera en un tiempo y una cultura que esperaba de ella que se adaptara a los deseos de los demás. Ella tuvo una boda arreglada. Se casó con mi padre, que vivía en Londres. Como mi padre quería ir a América, ella fue; como quiso quedarse, ella se quedó. ¿Dónde queda una persona en una vida así? Creo que le aterrorizaba dejar de ser lo que era. Con sus fijaciones sobre cómo teníamos que vivir, vestir o comer nos enviaba el mensaje de que no podíamos dejar que el enemigo se colara en nuestra casa. He conseguido que mi vida no sea así y estoy agradecida.

¿Cómo es su madre hoy? Igual y distinta. Tiene 77 años y puede conducir un coche o irse a comer un trozo de pizza. Eso hubiera sido impensable en India. Sin embargo, tiene vivo el recuerdo de la chica que fue, de cómo durmió entre sus padres hasta que se casó.

¿De dónde se sienten sus hijos? Son americanos, pero espero que se sientan del mundo. Han aprendido a adaptarse. A lo mejor les hago daño. Pero asumo esa responsabilidad. Les pido que sean ellos mismos. Que estén cómodos en sus huesos. Que sean lo que quieran ser.

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Les pido que sean ellos mismos. Que estén cómodos en sus huesos. Que sean lo que quieran ser.

¿En el mundo ha encontrado más racismo, clasismo o sexismo? Todo eso. Toda mi vida he sido muy consciente de la intolerancia y los prejuicios.

¿Sus hijos no los han vivido? En parte sí y en parte no. Los humanos estamos más programados para defendernos que para mezclarnos. Podría decir que hoy hay menos sexismo: soy una mujer que da clase en Princeton. Lo mismo sucede con los estudiantes. Hace dos generaciones eran todos blancos. El mundo, mi mundo, parece haber cambiado. Pero en algunos aspectos nada se ha modificado y los cambios no van a mejor. La política lo refleja. Solo la ciencia me da esperanza en el mundo.

¿Cómo educar sin optimismo? Todo cambia. Si no aceptas ese principio básico, estás eligiendo una vida de infelicidad continua. Si no miramos hacia fuera para tratar de entender y escogemos obsesionarnos con nuestro pequeño mundo, al final lo que hacemos es construir miedos.

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Todo cambia. Si no aceptas ese principio básico, estás eligiendo una vida de infelicidad continua. Si no miramos hacia fuera para tratar de entender y escogemos obsesionarnos con nuestro pequeño mundo, al final lo que hacemos es construir miedos.

¿La visión del mundo que describe no precisa cierta posición económica? ¿Cualquiera puede permitirse esa apertura mental? Hay millones de personas con todo el dinero del mundo y cero innovadoras. Quiero creer que la apertura mental no depende del dinero. Depende de la lucidez más que de las oportunidades. La razón por la que pienso que uno puede abrir su mente sin dinero es porque creo en la literatura. Cualquiera que tiene acceso a una biblioteca puede hacerlo.

¿Qué libro abrió la suya? Leer. Ningún libro en concreto.

En sus obras hay miedo a la tecnología. Los teléfonos inteligentes nos hacen estúpidos. Han acaparado nuestra atención.

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En el mundo humano, incluso si alguien se cambia de sexo, no puede dejar atrás todo su pasado. Cargamos con lo que hemos sido.

Ha escrito sobre cómo en el mundo animal para convertirse en mariposa debe desaparecer el gusano. En el mundo humano, incluso si alguien se cambia de sexo, no puede dejar atrás todo su pasado. Cargamos con lo que hemos sido. Podemos alterar, pero no deshacer. ¿Cuál es entonces la realidad? Eso es lo que me fascina y aterroriza a la vez: lo que nos hacemos a nosotros mismos para dejar de ver lo que tenemos delante.

Fuente: Anatxu Zabalbeascoa, en El país semanal, 17 de septiembre de 2017

“El amor es un espacio de desigualdad” Irantzu Valera

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Irantzu Varela es periodista especializada en feminismo. El amor es para Irantzu Varela (Vizcaya, 1974) “el gran espacio de desigualdad para la mujer”

¿Por qué hay que deconstruir el amor romántico?

Porque aún hoy el amor romántico es un espacio de desigualdad para las mujeres. A la mitad de las mujeres asesinadas en el mundo las mata su pareja o expareja hombre. Lo que debería ser un espacio de cuidado y respeto se convierte en un espacio de control y violencia. Tenemos que aprender a querernos de forma igualitaria.

¿Es posible darle la vuelta?

Sí, está clarísimo que vamos avanzando. No creo que ahora haya más violencia, hay más conciencia, se denuncia más y se tolera mucho menos. Antes teníamos una cultura que legitimaba aún más la violencia contra las mujeres, eran los trapos sucios que se lavaban en casa. Ahora hay más conciencia en la sociedad, las mujeres ni aguantamos ni toleramos lo que no se debe y cada vez hay una comunidad mayor de mujeres que luchan por derechos de todas.

¿No se le ponen los pelos de punta al ver que los adolescentes reproducen los mismos roles?

Sí. Que la desigualdad y el machismo están relacionados con la edad y generaciones pasadas es un falso mito. El machismo es una forma de pensar que se adapta a los tiempos. Por eso tratamos el tema del amor, porque ahora es el gran espacio de desigualdad de las mujeres. Hemos conquistado cierta igualdad legal y formal, pero en la vida privada sigue habiendo mecanismos para mantenernos en segundo plano, sumisas. Me llama la atención que la gente muy joven piense que el control o los celos son amor. Pero también encuentro gente muy joven con pensamientos avanzados. Son muestra de que se están logrando muchas cosas.

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Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran tenemos que ganárnoslo: cuidar gratis, ser monas y agradables, estar calladitas… Ser mujer es la búsqueda constante de la aprobación ajena. Y el amor es la gran búsqueda de aprobación.

Es usted optimista, veo.

Si no, no sería feminista. Tiene que haber una transformación social y la va a liderar el feminismo.

¿Por qué nos aferramos a esa idea del amor romántico?

Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Hay que estudiar y trabajar, pero lo que de verdad se espera es que encontremos un marido, un hombre más alto, que gane más dinero que nosotras, con el que tengamos criaturas y nos hagamos fotos en Navidad. Eso está mucho más inoculado en nuestro interior de lo que pensamos. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran tenemos que ganárnoslo: cuidar gratis, ser monas y agradables, estar calladitas… Dichas así, esas ideas suenan fatal, producen rechazo, pero las tenemos muy interiorizadas. Ser mujer es la búsqueda constante de la aprobación ajena. Y el amor es la gran búsqueda de aprobación. El gran trabajo es buscar el amor propio, que es la historia de amor más bonita y gratificante que puedes tener. Pero eso no se nos enseña a las mujeres.

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Se convence a los hombres de que vienen al mundo a satisfacer sus deseos y necesidades y a nosotras de que venimos a satisfacer los ajenos. Nosotras tenemos que gustar por nuestro aspecto, por cuánto nos adaptemos a lo que se espera de nosotras y por cuántas expectativas ajenas cumplamos.

La sociedad es más cruel con nosotras que con ellos. Con las exigencias del físico, por ejemplo.

Sí. Se convence a los hombres de que vienen al mundo a satisfacer sus deseos y necesidades y a nosotras de que venimos a satisfacer los ajenos. Nosotras tenemos que gustar por nuestro aspecto, por cuánto nos adaptemos a lo que se espera de nosotras y por cuántas expectativas ajenas cumplamos. De los hombres se espera que tengan sus propias expectativas y que las consigan. Por eso aún funciona una sociedad que mantiene a la mitad de la población en desigualdad: cobramos menos por el mismo trabajo, empleo más precarizado, no estamos en espacios de decisión, pasamos miedo cuando volvemos solas a casa… Y esto se vive con normalidad porque nos han hecho creer que la desigualdad es el estado natural.

Así que el poder de cambiar lo tenemos nosotras.

Sí. La buena noticia es que cada una de nosotras tiene la oportunidad de desobedecer el mandato de gustar a todos, de cubrir las expectativas de los demás, de preocuparnos por la aprobación ajena… Cuestionarnos qué queremos cuidarnos a nosotras las primeras. Ahí comienzan muchos cambios. Es fundamental la organización colectiva. Hay una movilización feminista sin precedentes en la calle. Las mujeres nos hemos dado cuenta de que no queremos seguir viviendo así. Cada una en su casa y en su vida tiene que hacer cambios, pero la lucha es colectiva.

Desobedecer… Las niñas debíamos ser obedientes, la rebeldía sólo se les permitía a ellos.

Sí, claro. Una mujer desobediente descoloca y genera un precedente peligroso. Imagina que nos ponemos todas a desobedecer, a despreocuparnos de nuestro aspecto y ocuparnos de nuestra vida interior, a preocuparnos menos de lo que esperan los demás y más lo que esperamos nosotras… El día que hagamos eso las cosas van a cambiar, el sistema lo sabe, por eso nos quiere obedientes y nos necesita sumisas.

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Imagina que nos ponemos todas a desobedecer, a despreocuparnos de nuestro aspecto y ocuparnos de nuestra vida interior, a preocuparnos menos de lo que esperan los demás y más de lo que esperamos nosotras… El día que hagamos eso las cosas van a cambiar, el sistema lo sabe, por eso nos quiere obedientes y nos necesita sumisas.

¿Por qué feminista se usa como insulto?

La palabra feminista no es un insulto, el insulto es decir “yo no soy feminista”. El feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas y lo único que buscamos es tener los mismos derechos y oportunidades que los hombres. Quien no es feminista está a favor de la desigualdad, del machismo y de la violencia contra las mujeres. La propaganda machista se ha preocupado de que suene a insulto, pero no lo es. Estás a favor de los derechos de las mujeres o en contra. No hay otra.

Muchas famosas, cuando se les pregunta si son feministas responden que ni feministas ni machistas. ¿Qué les diría?

Decir eso es un error, decir que el feminismo es como el machismo pero al revés es tan de cuñado, tan antiguo… No es que no hayan leído a Simone de Beauvoir, es que no se han molestado en hablar con una feminista dos minutos. El machismo, y lo dice hasta la RAE, es la idea de que los hombres son superiores y por tanto deben tener más derechos que las mujeres. Feminismo es la lucha por la igualdad de las mujeres. Ese paralelismo es absurdo y deja en evidencia a quien lo hace, es como cuestionar que la Tierra es redonda.

Pero lo hacen…

Si eres una mujer con proyección pública decir que eres feminista te significa mucho, te vuelves incómoda. Dejas claro que eres consciente de tus derechos y de que vas a pelear por conseguirlos. Los tuyos y los de todas.

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El gran trabajo es buscar el amor propio, que es la historia de amor más bonita y gratificante que puedes tener.

¿Para ser feminista también hay que salir del armario?

Sí, llevamos tiempo saliendo del armario. Hace unos años Beyoncé o Lady Gaga no querían ni hablar del tema y ahora lo ponen con luces de neón en sus conciertos. Han entendido que estaban haciendo el tonto, que hay millones de mujeres y de hombres, que entienden que la única manera de estar en el mundo es estando a favor de la igualdad. Feminista se puede acabar convirtiendo en un piropo en breve.

¿De verdad lo cree?

Para mí ya lo es y creo que sí, que esta batalla la estamos ganando.

No cobramos lo mismo, no estamos representadas como toca en política ni ocupamos altos cargos en empresas en la misma proporción que los hombres. ¿En esta situación no es peligroso hablar de que existe una igualdad formal?

Sí, hay mucha gente, sobre todo jóvenes, que han crecido en una sociedad sin diferenciaciones muy obvias, que creen que viven en lo que llamamos el espejismo de la igualdad. Podemos estudiar, conducir, tener pasaporte y cuenta corriente. Eso hace que mucha gente crea que la desigualdad es algo del pasado. Hasta que no tienen una experiencia de violencia contra las mujeres, entran en el mercado laboral, entablan una pareja heterosexual o se quedan embarazadas no ven que no es así. El feminismo es una cuestión de tiempo, las que no se hacen feministas por decisión propia al final la vida las hace feministas. Hay un momento en que te das cuenta de que ahí fuera no somos iguales, por mucho que lo diga la ley.

Dos mujeres asesinadas por semana. ¿Cómo se puede parar esto?

¿Sabes cómo sería muy diferente? Si en vez de dos mujeres fueran dos hombres. Se solucionará el día que admitamos que las muertes son sólo la punta del iceberg.

Fuente: Marta Torres Molina, “El amor es un espacio de desigualdad” en La Provincia del 04 de abril de 2017

Aviso a navegantes

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Ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta.

Esto es una advertencia: ayer mismo me acosté teniendo 16 años y hoy me he despertado con más de sesenta. Quiero decir que la vida vuela. Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera. Lo que acabo de decir es una boutade, lo sé; pero, al mismo tiempo, es cierto que, con los años, llegas a un territorio, el de la vejez y la Parca merodeante, que antes nunca habías visto con verdadera claridad. Y entonces te dices: ah, cuánto tiempo perdido. Y no porque mi existencia me desagrade, al contrario, creo que ha sido y es muy intensa y que he hecho todo cuanto he querido hacer. Pero con qué nervios, de qué forma tan atormentada o tan aturullada, cuántas veces he vivido con el cuerpo aquí y la cabeza en otra parte. Por no hablar de la cantidad de tiempo y de energía perdidos en tonterías, como, por ejemplo, en creerme fea a los 18 años (cuando estaba más guapa que nunca), o en reconcomerme de angustia temiendo no estar a la altura en algún trabajo. Por eso, repito: si yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, hubiera vivido de otra manera.

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En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro.

Todo esto viene al hilo, claro está, del cambio de año. Esto del calendario no es más que una convención, pero cómo remueve y cómo escuece. En estas fechas es imposible no dedicar siquiera un minuto a sentir el viento del tiempo contra la cara, a revisar someramente el pasado, a preguntarte sobre tu futuro. Acabo de leer un libro extraordinario que viene bien para acompañas estas congojas. Se trata de Instrumental: memorias de música, medicina y locura, de James Rhodes (Blackie Books). El británico Rhodes tiene una biografía totalmente improbable. Por ejemplo, es pianista, un buen concertista. Sin embargo, empezó a estudiar piano mal y tarde, y luego lo dejó por completo durante 10 años hasta retomar la música en sus veintimuchos. No creo que haya habido en el mundo un caso así. Si abandonas un instrumento de ese modo, simplemente no es posible ser un músico de esa calidad. Pero él lo es. He aquí su primer milagro.

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El libro de Rhodes es un grito indignado a esa pasividad tan común ante los abusos infantiles. Como las pequeñas víctimas no se atreven a denunciar, es muy cómodo ignorar un horror que se queda escondido, como los malvados ogros de los cuentos, en los cuartos oscuros y en las pesadillas de los niños.

Tiene varios más, algunos espeluznantes. El libro de Rhodes cuenta con una crudeza que yo no había visto la experiencia de una víctima de pedofilia. A los seis años recién cumplidos, James fue violado por su profesor de boxeo del colegio. Y el tipejo lo siguió haciendo durante cinco años impune y sistemáticamente hasta que Rhodes cambió de escuela. El niño, amenazado por el pedófilo, avergonzado y amedrentado, no dijo nunca a nadie; pero otros profesores lo veían llorar, lo veían salir con las piernas sangrando del despacho del monstruo y no hicieron nada. El libro de Rhodes es un grito indignado a esa pasividad tan común ante los abusos infantiles. Como las pequeñas víctimas no se atreven a denunciar, es muy cómodo ignorar un horror que se queda escondido, como los malvados ogros de los cuentos, en los cuartos oscuros y en las pesadillas de los niños.

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James es la prueba de que el arte y la belleza ayudan. En el caso de James, es la música lo que amansó su fiera interior. Todos podemos y debemos recurrir a ello: cuanta más belleza en nuestras vidas, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

Y otra enseñanza más de este tremendo libro: las violaciones dejan secuelas. En primer lugar, graves secuelas físicas, porque es una brutalización continuada de un cuerpo muy pequeño (el músico tuvo que ser operado varias veces); y, por supuesto, una catarata de catástrofes psíquicas. Prostitución en la adolescencia, un año de internamiento en un psiquiátrico, tres intentos de suicidio, cortes autoinfligidos con una cuchilla, drogas, furia y dolor. Y este es el segundo milagro: ha sobrevivido a todo eso.

Tercer milagro: James es la prueba de que el arte y la belleza ayudan. En el caso de James, es la música lo que amansó su fiera interior. Todos podemos y debemos recurrir a ello: cuanta más belleza en nuestras vidas, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

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O sea, que se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Se puede recomenzar una y otra vez. Aviso a navegantes: (…) siempre hay futuro. Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día.

Pero aún queda por contar un cuarto milagro. Aunque la existencia de Rhodes parece larguísima y convulsa, sólo tiene 40 años. Guau, eso es vivir deprisa. Como decía Lou Reed: mi día equivale a tu año. Pues bien, al final el autor apuesta por su segunda esposa, Hattie, y se atreve a dar unos consejos para el bien amar. Antes, al leer el libro, Rhodes me había parecido un hombre conmovedor y admirable, pero también furioso y herido, demasiado intenso como para tenerlo muy cerca. Pero en estas páginas finales habla de la convivencia con tan modesta, honda sabiduría que me ha dejado admirada. Como, por ejemplo: “Lo que más deteriora una relación es tratar de salir ganando”. Pequeña gran verdad. Hace falta vivir mucho y pensar mucho para llegar a tan poco. O sea, que se puede aprender, aunque vengas con las heridas más crueles. Se puede recomenzar una y otra vez. Aviso a navegantes para sortear los escollos de este año: recordemos que, como prueba Rhodes, siempre hay futuro. Nunca seremos tan jóvenes como hoy y la vida se conquista día a día.

Fuente: Rosa Montero, 03 enero 2016, El país Semanal