Carmen

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Era apasionada, entusiasta, cariñosa, muy culta, muy capaz, muy feminista.

Era tan guapa que enseguida empezaron a decir que era tonta. Era tan amable que decían que no se enteraba de nada. Era apasionada, entusiasta, cariñosa, muy culta, muy capaz, muy feminista. Fue la ministra de nuestros sueños, la pesadilla de quienes se cansaron de atacarla cuando comprendieron que no iban a poder con ella. Por muchos ministros, muchas ministras de Cultura que llegue a conocer en mi vida, Carmen Alborch siempre será la mía, la figura que encarnó los anhelos de quienes aspirábamos a una gestión cultural progresista, diversa, radicalmente nueva. Y sin embargo, a pesar de la importancia de su labor, Carmen fue mucho más que lo que hizo en el ministerio. Precursora de un modelo de mujer destinado a triunfar, su ejemplo se fue agrandando con el paso tiempo, mientras demostraba que se podía trabajar con la misma convicción en el poder y en la oposición. Pienso en los años difíciles de sus derrotas electorales, cuando Barberá parecía destinada a convertirse en la eterna alcaldesa de Valencia, y la recuerdo con la sonrisa y las fuerzas intactas, tan tenaz, tan luchadora como siempre. Entonces me pareció aún más admirable. La última foto que compartió con sus amigas es un montaje en el que aparece, esplendorosa como una estrella de cine de los años dorados de Hollywood, envuelta en una capa roja y abrazando a un Paul Newman muy joven, en albornoz. Mientras luchaba a brazo partido con la muerte, se aferraba a la vida con la conmovedora determinación de las mujeres valientes, y ni siquiera la enfermedad logró detenerla. Su última iniciativa fue pedir, hace menos de veinte días, que el feminismo fuera declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Sin ella, todas estamos un poco más solas.

Fuente: Almudena Grandes, Carmen, El País, 29 de octubre de 2018

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Carmen Alborch, Agua muy clara.

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Carmen Alborch era una verbena, pero una verbena muy seria. Llegaba, estallaba, iluminaba, escuchaba, decidía, animaba. Y era profunda. Luminosa y profunda.

Quiero despedir a Carmen Alborch citando, adaptado al personaje, al gran poeta valenciano Andrés Vicent Estellés: “No hi havia a València una llum com la teua, car de llums com la teua, a tot arreu i ara, en son parides ben poques” (“No había en Valencia una luz como la tuya, porque luces como la tuya, en todas partes y ahora, son paridas muy pocas”).
Carmen Alborch era una verbena, pero una verbena muy seria. Llegaba, estallaba, iluminaba, escuchaba, decidía, animaba. Y era profunda. Luminosa y profunda.

De sus tiempos como ministra de Cultura recuerdo, sobre todo, el profundo contraste establecido con su sucesora en el cargo, Esperanza Aguirre, ética y estéticamente, pero sobre todo éticamente. Era, para qué os lo voy a decir, todo lo contrario. Culta, socialista sin caspa, llena de savia y fecundidad, frutal. Pienso en ella y solo se me ocurren imágenes relacionadas con la madre tierra y con el mar. La tierra que ahora la acoge y que será mejor porque ella la abona. Carmen Alborch fue exactamente lo que necesitaba este país: lo contrario de Bernarda Alba (que sería Aznar, si también me lo permiten).

Era agua muy clara.

Fuente: Maruja Torres, Agua muy clara, El País, jueves 25 de octubre de 2018

“El intenso calor de la luna” de Gioconda Belli. LA IDENTIDAD FEMENINA EN LA MENOPAUSIA.

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Cuanta energía dedicamos a lamentarnos de lo que dejamos de ser

El intenso calor de la luna es una novela tan elocuente que merece la pena escuchar las voces de los personajes. Y es tan vivencial que, en ocasiones, se quiebra el hilo argumental. “Emma no logra hilvanar una narrativa coherente de lo que ha sucedido” (p. 298). Así pues, me limitaré a servir de hilo conductor para evitar que estas páginas se conviertan en un guirigay.

REESCRIBIENDO A FLAUBERT

De un momento a otro puede cambiarle a uno la vida. Todo lo que nos parece seguro y sólido puede desaparecer en un instante. Tomemos el caso de Emma (p.9)

Con este arranque tan novelesco, sabemos que la protagonista va a entrar en conflicto consigo misma y con Emma Bovary. Desde el primer momento sospechamos que irá más allá y trascenderá el modelo femenino de Flaubert. Nuestra Emma, a sus cuarenta y ocho años, se enfrenta a la menopausia y sufre una transformación interior. Se cuestiona su posición en la vida y lo que se espera de ella como mujer. Su lucha no la lleva al suicidio, como a su homónima, porque ya ha pasado el tiempo de inmolación para las mujeres y hemos roto muchos tabúes: “Este es un tránsito hacia vos misma, hacia esa persona que existe fuera de esos esquemas heredados de lo que es la feminidad” (p.96).

No en vano, esta novela es una reescritura de los patrones heredados. Gioconda Belli se arriesga a reescribir al mismo Flaubert: “Si Madame Bovary, su tocaya, pensaba que la luna existía para brillar por su ventana, ella piensa que el sol está en el cielo para alumbrarla a ella” (p.100).

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“Este es un tránsito hacia vos misma, hacia esa persona que existe fuera de esos esquemas heredados de lo que es la feminidad” (p.96).

Emma, después de su proceso catártico, siente conmiseración por las otras mujeres, por las otras emmas que “terminaron aplastadas por la obligación de matrimonios áridos” (p.299).

EL CONTENIDO NARRATIVO

El tema principal es el impacto que produce la menopausia en Emma, una mujer burguesa, tan insatisfecha como la de Flaubert. Y que vive la retirada de la menstruación como una amenaza contra su feminidad. Mientras va conduciendo por Managua, absorta por el retraso de la regla, atropella al joven Ernesto. Este accidente es el detonante de la acción de la novela y despierta nuevos sentimientos en la protagonista, Emma, que no supo rebelarse a tiempo contra los estereotipos que la atenazaban, y que lo hace ahora contra el papel de mujer madura.

La trama novelesca se convierte en una excusa para permitir que Emma supere los mitos que se han atribuido a las mujeres jóvenes, bellas y fértiles: “Los rostros jóvenes son como cuadernos bellamente empastados con las páginas en blanco. Solo el tiempo pone palabras en los rostros, historias, carácter” (p.77).

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Emma, que no supo rebelarse a tiempo contra los estereotipos que la atenazaban, y que lo hace ahora contra el papel de mujer madura.

Sabe que su hija Elena y sus amigas siguen atrapadas en prejuicios atávicos: “Las mujeres jóvenes hacían alarde de no necesitar a los hombres. Pero luego, a los treinta y cinco, cuando el reloj biológico sonaba su alarma, se desesperaban por encontrar padre para los hijos” (p.76). Ella misma se ha sentido asfixiada por las viejas creencias que condenaban a las mujeres menopáusicas: “Si hasta existe un código sobre cómo debe vestir la mujer madura, un claro empeño en invisibilizar la sexualidad femenina cuando ya no cumple la función reproductora” (p.89).

Toda la trama está construida para rendir un homenaje a esta heroína. Los episodios narrativos nos muestran cómo va descubriendo un nuevo erotismo y la posibilidad de llegar a ser ella misma, sin justificarse a través de su marido ni de sus hijos: “Que no le tema a la menopausia, que es la época donde una se pertenece a sí misma y puede alcanzar la plenitud” (p. 109).

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“Que no le tema a la menopausia, que es la época donde una se pertenece a sí misma y puede alcanzar la plenitud” (p. 109).

EL FEMINISMO

Impregna todas las capas de la novela. Diana le confiesa a su amiga Emma: “Una se da cuenta de las falsedades de la historia que nos han contado sobre nosotras mismas. No me quiero sentir víctima, pero a veces no puedo evitarlo ¡Dios mío! Desde Eva nos han mentido” (p. 163).

Emma conquista su nueva conciencia con ayuda de las grandes madres del feminismo: “Que el cuerpo femenino es complicado lo comprendo más que en los libros de texto, leyendo El segundo sexo de Simone de Beauvoir (p. 69). Sonrío recordando una novela de Erica Jong, Paracaídas y besos, en la que la escritora narraba sin tapujos una escena sexual, donde un hombre hacía el amor a una mujer en medio de su ciclo menstrual” (p. 147).

La ginecóloga Jeanine Piñeiro, una especie de alter ego de la autora, deja que se asome su feminismo en las digresiones que va intercalando: “Algunas mujeres pioneras del feminismo, como Betty Friedan, han intentado cambiar la tónica: “La fuente de la edad se llama el libro que esta escribió, donde celebra la edad de la sabiduría y la madurez” (p. 92).

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“Si hasta existe un código sobre cómo debe vestir la mujer madura, un claro empeño en invisibilizar la sexualidad femenina cuando ya no cumple la función reproductora” (p. 89).

En una entrevista que Gioconda Belli concedió a la revista Cultura, sobre El intenso calor de la luna, insistía en la conciencia feminista de su literatura. “Creo que es una novela política, en el sentido de que lo personal es político”. Y descifró algunas claves de su feminismo. A propósito de la relación de Emma con el joven Ernesto decía:

Tiene que ver con la reproducción. El hombre se puede reproducir hasta una edad avanzada, pero la mujer no, tiene un límite. Eso tiene que ver con algo casi atávico, pero es un gran error. Pero es cierto que es totalmente injusta la mirada de la sociedad sobre la mujer que está con un hombre más joven. A las mujeres nos dan un tiempo útil muy corto, entre los veinte y los treinta. Ese es el auge, el tiempo en que la mujer puede ser “miss tal cosa”, la mujer trofeo. Después de eso, una va perdiendo valor, se va depreciando a medida que pasa el tiempo.

Es el tema central que condiciona la trama. Emma atropella a Ernesto porque anda trastornada con un retraso menstrual, y descubre las relaciones de su marido con Margarita por un sofoco inesperado (p. 238).

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Al final, la temida menopausia se convierte en una nueva oportunidad para que Emma se encuentre consigo misma y entienda que el fin de la fertilidad no significa dejar de ser mujer.

LA MENOPAUSIA

Gioconda Belli se atreve con un tema tabú y reivindica una liberación. Intenta romper con un tópico que arrebata la sexualidad de las mujeres:

Este personaje no existía todavía en la literatura. La menopausia es un período en la vida de una mujer que está muy oculto. Se ha hablado más de la menstruación en la literatura, pero de la menopausia solo se habla en revistas científicas. Yo quería tocar el tema de una manera diferente a partir de una mujer que tiene una relación muy especial con su belleza y le dedica tiempo. Como les pasa a muchas mujeres, se ha quedado en mantener la juventud y la belleza a falta de otra cosa que hacer. Ella ya terminó su período maternal, sus hijos se han ido a vivir solos, entonces tiene lo que llaman “el síndrome del nido vacío”.

Al final, la temida menopausia se convierte en una nueva oportunidad para que Emma se encuentre consigo misma y entienda que el fin de la fertilidad no significa dejar de ser mujer.

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Emma piensa en el cuerpo de una mujer desprendiéndose de la luna, desprendiéndose del influjo con que esta ha marcado su vida de hembra de la especie; la sangre menstrual y el calendario de los partos. Ahora solo brillará para ella, como para Emma Bovary (p. 317).

AMOR NO ROMÁNTICO

A Emma la redime el amor que nace de la sensación de que otro ser humano la ama de igual a igual, sin paternalismo ni arrogancia (p. 291). Tiene que romper con el estereotipo romántico de la autonegación y el sacrificio. “Nos han condicionado para que el amor se comporte como debilidad, no como fuerza” (p.97).

EL FINAL

El párrafo final de la novela anuncia el paroxismo del poema con que se cierra el texto.

Emma piensa en el cuerpo de una mujer desprendiéndose de la luna, desprendiéndose del influjo con que esta ha marcado su vida de hembra de la especie; las sangre menstrual y el calendario de los partos. Ahora solo brillará para ella, como para Emma Bovary (p. 317).

Una vez acabada la novela, cuando los actores han salido del escenario, entra un poema, como los ditirambos de los coros de las tragedias griegas, para celebrar el exorcismo con la hoguera de compresas que Emma y Nora, su criada, encienden en el jardín.

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A Emma la redime el amor que nace de la sensación de que otro ser humano la ama de igual a igual, sin paternalismo ni arrogancia (p. 291). Tiene que romper con el estereotipo romántico de la autonegación y el sacrificio. “Nos han condicionado para que el amor se comporte como debilidad, no como fuerza” (p. 97).

En el fondo, la rebelión de Emma era un tema de tragedia porque perturbaba el orden familiar. Los autores clásicos, representantes de la garantía del mundo patriarcal, hubieran condenado a esta heroína a expiar el pecado que no había cometido. Gioconda Belli, una mujer moderna, nos trae un nuevo mensaje a las mujeres.

 

Fuente: ROMEO PEMÁN, Carmen (2016). “La identidad femenina en la menopausia. El intenso calor de la luna, de Gioconda Belli”. Filanderas. Revista interdisciplinar de Estudios Feministas (1), 89-92

“Francine se desarregla” o cómo empatizar con una mujer menopáusica.

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La autora cuenta de forma autobiográfica su experiencia con el proceso del cambio hormonal

La menopausia sigue siendo uno de los grandes temas tabú de la sociedad. En medio de la lucha universal por conservar la juventud, el cambio de ciclo hormonal recuerda a todas las mujeres, antes o después, que el tiempo pasa sin piedad.

Francine se desarregla es un libro en el que la autora, Francine Oomen, cuenta a través de ilustraciones cómo se enfrentó a ella cuando a los 52 años le llegó la hora de experimentarla.

El proceso fue largo y angustioso. Oomen tuvo que enfrentarse a sus miedos y al sentimiento de culpa, y libró su batalla interior en medio de los sofocos y cambios bruscos de humor. Pero salió victoriosa.

La autora canalizó toda la frustración del trámite dibujando y plasmó su experiencia paso a paso en forma de viñetas.

El resultado son estas memorias gráficas en las que muestra su lucha personal con el objetivo de demostrar a todas las mujeres que la menopausia solo es una etapa más de la vida y que hay que asumirla sin miedo.

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Un buen día, Francine empezó a experimentar síntomas extraños, desconocidos para ella. No era capaz de trabajar, sentía angustia y miedo. Pensó que estaba perdiendo la cabeza o que padecía alguna enfermedad grave.

Después de unas semanas de muchas dudas, la pareja de Francine le abrió los ojos. No tenía ninguna enfermedad, había empezado la menopausia.

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Con la causa de sus males ya identificada, Francine primero se relajó. Era una buena noticia saber que no se enfrentaba a un ictus o al Alzheimer.

Sin embargo, superado el alivio inicial, comprendió lo que se avecinaba y volvió a sentir miedo.

Se sintió al borde del abismo cuando le cayó encimo de golpe la conciencia del paso del tiempo.

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Viviendo en una sociedad que se aferra como puede a la juventud y que espera que las mujeres sean siempre jóvenes y perfectas, la menopausia se convierte en el enemigo. Francine se sintió vieja de repente.

Después de una intensa lucha consigo misma, se dejó llevar por lo irremediable y empezó a buscar la forma de asumir el cambio de la mejor forma posible.

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Francine comprendió que la única que podía sacarla de aquel agujero era ella misma.

El momento de enfrentarse al cambio hormonal fue decisivo.

Fue entonces cuando tomó las decisiones necesarias para afrontar esta nueva etapa.

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Dejó de trabajar, hizo terapia y empezó a tener citas. Pensó en lo que de verdad quería hacer con su vida y empezó a dedicarse tiempo a sí misma.

Finalmente, a pesar del duro trance al que le sometieron las hormonas, Francine empezó a aprovechar sus nuevas circunstancias para desprenderse de los miedos y de la autoexigencia con la que había convivido toda la vida.

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Francine superó su desarreglo y comprendió que la menopausia solo es una etapa más de la vida que hay que superar como otra cualquiera.

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El proceso fue largo y angustioso. Oomen tuvo que enfrentarse a sus miedos y al sentimiento de culpa, y libró su batalla interior en medio de los sofocos y cambios bruscos de humor. Pero salió victoriosa.

Fuente: Marya González, “Estas ilustraciones ayudan a entender lo que vive una mujer cuando le llega la menopausia” Huffpost a 01 de junio 2018

Orna Donath: “El instinto maternal no existe”

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La tesis de fondo que desarrolla Donath es que a las mujeres se les marca el camino; que, a pesar de que se supone que decidimos ser madres libremente, la presión social para tener hijos es enorme, y que el resultado es que algunas acaban arrepintiéndose.

Con ella llegó el escándalo. Esta socióloga israelí se aventuró un buen día a preguntar a varias madres si habían lamentado tener hijos. Las reveladoras respuestas forman parte de “Madres arrepentidas”, un polémico libro que ha levantado un nuevo debate en torno a la maternidad y los derechos de las mujeres.

La socióloga israelí Orna Donath sabía que tocaba nervio cuando se aventuró a preguntar a un grupo de madres si se arrepentían de haber tenido hijos. Pero nunca imaginó que iba a provocar un revuelo global que se resiste a remitir. Su libro Madres arrepentidas (Random House Mondadori) se acaba de publicar en España y en él recoge el testimonio de 23 mujeres que sí, adoran a sus hijos, pero que, si tuvieran que decidirlo ahora, sabiendo lo que significa e implica, optarían por no tenerlos. La tesis de fondo que desarrolla Donath es que a las mujeres se les marca el camino; que, a pesar de que se supone que decidimos ser madres libremente, la presión por tener hijos es enorme, y que el resultado es que algunas acaban arrepintiéndose.

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Hay una percepción de que este debate es peligroso para el Estado y para el orden social, que establece que la esencia de las mujeres en la vida es ser madre.

Donath es una mujer joven (1976), menuda y amable, que investiga sobre la maternidad y el papel de las mujeres en la sociedad en la Universidad Ben-Gurion del Néguev, en Beerseba, desde hace años. Vive a las afueras de Tel Aviv y es una feminista que ha trabajado con mujeres víctimas de abusos. Por su manera de estar en la vida, recuerda a los miles de israelíes y cosmopolitas que poco tienen que ver con las minorías ultrarreligiosas y nacionalistas que perfilan el futuro de un país en eterno conflicto con los palestinos. Su lucha es otra. En 2008, cansada de que durante el curso de sus trabajos no pararan de advertirle que un día se arrepentiría de no querer tener hijos. Donath se lanzó a la investigación que la ha convertido en el rostro global de las madres arrepentidas. Su atrevimiento con un tema altamente espinoso le ha proporcionado fama y reconocimiento internacional, pero también acusaciones e insultos despiadados. Donath parece haber despertado alguna bestia.

A usted le han llamado de todo. Me han llamado niña mimada, narcisista y egoísta por no querer tener hijos. Hay gente que ha escrito comentarios en la Red que decían que sin hijos sería una mujer vacía, que sería una vieja solitaria rodeada de gatos.

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Si sufres y no sabes identificar qué te ocurre, puedes acabar culpando a los hijos en lugar de a la circunstancia de ser madre. La gente suele decir: entierra tus sentimientos y sigue adelante, pero yo creo que reconocer las emociones puede ser un alivio.

Su libro se centra en el arrepentimiento maternal. ¿Sirve para algo lamentarse? Sí. Desde un punto de vista personal es importante. Reconocer lo que te pasa alivia. Si sufres y no sabes identificar qué te ocurre, puedes acabar culpando a los hijos en lugar de a la circunstancia de ser madre. La gente suele decir: entierra tus sentimientos y sigue adelante, pero yo creo que reconocer las emociones puede ser un alivio. Desde un punto de vista social, que las mujeres reconozcan que se arrepienten puede ser una señal de alarma para que se deje de empujarlas a ser madres, para dejar de vender la idea de que la maternidad le va a valer la pena a todas y cada una de ellas. Puede que las mujeres seamos biológicamente iguales, pero somos distintas. Unas quieren ser madres y otras no.

Usted ha entrevistado a 23 mujeres para su libro, una mínima muestra de la que no conviene extrapolar. ¿Cómo de extendido calcula que está el arrepentimiento maternal? Nunca lo sabremos. Desde luego, no afecta a la mayoría de las mujeres, pero es más común de lo que pensamos. En Alemania han hecho una encuesta recientemente en la que el 8% de las participantes decían que se arrepentían. Pero aunque fueran solo las 23 mujeres a las que entrevisté, habría merecido la pena el debate social.

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(…) para que se deje de empujarlas a ser madres, para dejar de vender la idea de que la maternidad le va a valer la pena a todas y cada una de ellas. Puede que las mujeres seamos biológicamente iguales, pero somos distintas. Unas quieren ser madres y otras no.

¿Por qué cree que su trabajo ha generado tanto ruido? Porque hay una percepción de que este debate es peligroso para el Estado y para el orden social, que establece que la esencia de las mujeres en la vida es ser madre. Y yo planteo que es posible no ser madre y también serlo y después arrepentirse. El problema es que no hay un guion alternativo. La gente no puede imaginar otras opciones porque la imaginación está tomada por un discurso único que dice que para ser feliz hay que tener hijos. Yo no digo que la vida sin hijos vaya a ser perfecta. Puede ser una vida difícil, pero suficientemente buena.

El revuelo en Alemania ha sido descomunal. Sí, fue una gran sorpresa. Mi plan era publicar el libro primero en Israel, pero a raíz de una entrevista en Alemania hace año y medio estalló un debate muy fuerte. Es curioso porque tenemos la imagen de Alemania como un país en el que las mujeres no tienen por qué ser madres si no quieren, pero la realidad social es mucho más compleja. Allí se me acercaron jóvenes y me explicaron que se sentían presionadas para ser madres. Puede que en Alemania sea frecuente no tener hijos, pero hay una jerarquía social entre ser madre y no serlo. La presión no es tan evidente como en Israel, pero, si rascas, existe.

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La gente no puede imaginar otras opciones porque la imaginación está tomada por un discurso único que dice que para ser feliz hay que tener hijos. Yo no digo que la vida sin hijos vaya a ser perfecta. Puede ser una vida difícil, pero suficientemente buena.

Es muy difícil decidir sobre si ser madre o no cuando no puedes saber de antemano cómo te vas a sentir una vez que nazca tu hijo. Es cierto. Es una apuesta que se puede ganar o perder. El problema es que la sociedad promete a todas las mujeres que ganarán siendo madres, las empuja asegurándoles la victoria.

Puede que una determinada etapa de la maternidad resulte cuesta arriba, pero que los sentimientos cambien a medida que los niños crecen. En mi estudio participaron abuelas que aún se arrepienten. Puede que la relación cambie, pero en el fondo saben que no quieren tenerla. Ser madre es una manera de estar en el mundo; aunque los hijos se independicen, siempre los tienes en la cabeza.

¿Existe el instinto maternal? No necesariamente. Sí, tratamos de proteger la vida del bebé, le alimentamos, es una criatura indefensa, pero eso no tiene por qué sr equivalente al instinto maternal. Y en todo caso, si existiera, no es dominio exclusivo de las mujeres. Las parejas gais que adoptan hijos son una prueba evidente.

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Parece que el parto, la lactancia y la crianza han de ser experiencias maravillosas. La maternidad es una relación humana como otras, no el reino mítico que venden.

¿Por qué cree que se embellece la maternidad? Parece que el parto, la lactancia y la crianza han de ser experiencias maravillosas. La maternidad es una relación humana como otras, no el reino mítico que venden. Cuando la experiencia maternal no es lo maravillosa que se supone que debería ser, muchas mujeres se sienten monstruos. Rebajar las expectativas haría que se considerasen menos culpables. Es como el amor, no siempre es de color de rosa.

A menudo es difícil disfrutar cuando el reparto de tareas en casa es desigual y los horarios laborales interminables. ¿Hasta qué punto pueden las condiciones contribuir al arrepentimiento? Las condiciones son importantes, pero no lo explican todo. Hay muchas madres que tienen de todo: tiempo, dinero…, y aun así se arrepienten de serlo. Yo misma, aunque tuviera las condiciones ideales, aunque fuera millonaria, no querría tener hijos y punto.

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Se les pide que sea la madre perfecta o que sean como un hombre, una gran profesional, pero hay muchas identidades de mujeres, que no quieren ser madres ni tener éxito laboral (…) No quiero que lo que importe sea lo que hago, sino lo que soy.

Sí, pero cuando las condiciones son hostiles, muchas tiran la toalla, renuncian a sus carreras profesionales para dedicarse a la maternidad. Con el tiempo, esa decisión les genera una enorme frustración. Pero es que para mí no es una cuestión de madres versus carrera profesional. No todas las mujeres anhelan tener una carrera profesional. Se les pide que sean la madre perfecta o que sean como un hombre, una gran profesional, pero hay muchas identidades de mujeres, que no quieren ser madres ni tener éxito laboral. Deseo vivir en una sociedad en la que pueda no ser madre y marcharme a mi casa después del trabajo a tirar aviones de papel. No tengo por qué ser doctora ni escritora. No quiero que lo que importe sea lo que hago, sino lo que soy.

¿Están las mujeres mejor preparadas para cuidar? No. No tiene nada que ver con la naturaleza, es una cuestión política. Hay mujeres incapaces de cuidar a alguien y al revés, pero nos han vendido que es una cuestión de sexo. Los hombres pueden cuidar muy bien, pero para la sociedad este sistema es muy útil. Nosotras lo hacemos todo sin cobrar, mientras que ellos ganan dinero, viajan y entran y salen del cuidado de los hijos a su antojo.

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Los hombres pueden cuidar muy bien, pero para la sociedad este sistema es muy útil. Nosotras lo hacemos todo sin cobrar, mientras que ellos ganan dinero, viajan y entran y salen del cuidado de los hijos a su antojo.

No se trata, insiste Donath, a la defensiva, de posiciones hostiles o viscerales, que algunos pretenden endosarle: “Mire, a menudo me malinterpretan. Hacen ver que mis estudios son propaganda en contra de la maternidad o de los niños, y eso es falso. Hay mujeres que quieren ser madres y que lo disfrutan, pero me gustaría que tuvieran más libertad para decidir”.

Fuente: Ana Carbajosa, Orna Donath: “El instinto maternal no existe”, en El País Semanal del  26 de octubre de 2016

“El amor es un espacio de desigualdad” Irantzu Valera

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Irantzu Varela es periodista especializada en feminismo. El amor es para Irantzu Varela (Vizcaya, 1974) “el gran espacio de desigualdad para la mujer”

¿Por qué hay que deconstruir el amor romántico?

Porque aún hoy el amor romántico es un espacio de desigualdad para las mujeres. A la mitad de las mujeres asesinadas en el mundo las mata su pareja o expareja hombre. Lo que debería ser un espacio de cuidado y respeto se convierte en un espacio de control y violencia. Tenemos que aprender a querernos de forma igualitaria.

¿Es posible darle la vuelta?

Sí, está clarísimo que vamos avanzando. No creo que ahora haya más violencia, hay más conciencia, se denuncia más y se tolera mucho menos. Antes teníamos una cultura que legitimaba aún más la violencia contra las mujeres, eran los trapos sucios que se lavaban en casa. Ahora hay más conciencia en la sociedad, las mujeres ni aguantamos ni toleramos lo que no se debe y cada vez hay una comunidad mayor de mujeres que luchan por derechos de todas.

¿No se le ponen los pelos de punta al ver que los adolescentes reproducen los mismos roles?

Sí. Que la desigualdad y el machismo están relacionados con la edad y generaciones pasadas es un falso mito. El machismo es una forma de pensar que se adapta a los tiempos. Por eso tratamos el tema del amor, porque ahora es el gran espacio de desigualdad de las mujeres. Hemos conquistado cierta igualdad legal y formal, pero en la vida privada sigue habiendo mecanismos para mantenernos en segundo plano, sumisas. Me llama la atención que la gente muy joven piense que el control o los celos son amor. Pero también encuentro gente muy joven con pensamientos avanzados. Son muestra de que se están logrando muchas cosas.

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Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran tenemos que ganárnoslo: cuidar gratis, ser monas y agradables, estar calladitas… Ser mujer es la búsqueda constante de la aprobación ajena. Y el amor es la gran búsqueda de aprobación.

Es usted optimista, veo.

Si no, no sería feminista. Tiene que haber una transformación social y la va a liderar el feminismo.

¿Por qué nos aferramos a esa idea del amor romántico?

Se nos impone constantemente que el amor sea nuestro proyecto vital fundamental. Hay que estudiar y trabajar, pero lo que de verdad se espera es que encontremos un marido, un hombre más alto, que gane más dinero que nosotras, con el que tengamos criaturas y nos hagamos fotos en Navidad. Eso está mucho más inoculado en nuestro interior de lo que pensamos. Se nos ha enseñado a querernos en función de lo que nos quieran. Y para que nos quieran tenemos que ganárnoslo: cuidar gratis, ser monas y agradables, estar calladitas… Dichas así, esas ideas suenan fatal, producen rechazo, pero las tenemos muy interiorizadas. Ser mujer es la búsqueda constante de la aprobación ajena. Y el amor es la gran búsqueda de aprobación. El gran trabajo es buscar el amor propio, que es la historia de amor más bonita y gratificante que puedes tener. Pero eso no se nos enseña a las mujeres.

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Se convence a los hombres de que vienen al mundo a satisfacer sus deseos y necesidades y a nosotras de que venimos a satisfacer los ajenos. Nosotras tenemos que gustar por nuestro aspecto, por cuánto nos adaptemos a lo que se espera de nosotras y por cuántas expectativas ajenas cumplamos.

La sociedad es más cruel con nosotras que con ellos. Con las exigencias del físico, por ejemplo.

Sí. Se convence a los hombres de que vienen al mundo a satisfacer sus deseos y necesidades y a nosotras de que venimos a satisfacer los ajenos. Nosotras tenemos que gustar por nuestro aspecto, por cuánto nos adaptemos a lo que se espera de nosotras y por cuántas expectativas ajenas cumplamos. De los hombres se espera que tengan sus propias expectativas y que las consigan. Por eso aún funciona una sociedad que mantiene a la mitad de la población en desigualdad: cobramos menos por el mismo trabajo, empleo más precarizado, no estamos en espacios de decisión, pasamos miedo cuando volvemos solas a casa… Y esto se vive con normalidad porque nos han hecho creer que la desigualdad es el estado natural.

Así que el poder de cambiar lo tenemos nosotras.

Sí. La buena noticia es que cada una de nosotras tiene la oportunidad de desobedecer el mandato de gustar a todos, de cubrir las expectativas de los demás, de preocuparnos por la aprobación ajena… Cuestionarnos qué queremos cuidarnos a nosotras las primeras. Ahí comienzan muchos cambios. Es fundamental la organización colectiva. Hay una movilización feminista sin precedentes en la calle. Las mujeres nos hemos dado cuenta de que no queremos seguir viviendo así. Cada una en su casa y en su vida tiene que hacer cambios, pero la lucha es colectiva.

Desobedecer… Las niñas debíamos ser obedientes, la rebeldía sólo se les permitía a ellos.

Sí, claro. Una mujer desobediente descoloca y genera un precedente peligroso. Imagina que nos ponemos todas a desobedecer, a despreocuparnos de nuestro aspecto y ocuparnos de nuestra vida interior, a preocuparnos menos de lo que esperan los demás y más lo que esperamos nosotras… El día que hagamos eso las cosas van a cambiar, el sistema lo sabe, por eso nos quiere obedientes y nos necesita sumisas.

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Imagina que nos ponemos todas a desobedecer, a despreocuparnos de nuestro aspecto y ocuparnos de nuestra vida interior, a preocuparnos menos de lo que esperan los demás y más de lo que esperamos nosotras… El día que hagamos eso las cosas van a cambiar, el sistema lo sabe, por eso nos quiere obedientes y nos necesita sumisas.

¿Por qué feminista se usa como insulto?

La palabra feminista no es un insulto, el insulto es decir “yo no soy feminista”. El feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas y lo único que buscamos es tener los mismos derechos y oportunidades que los hombres. Quien no es feminista está a favor de la desigualdad, del machismo y de la violencia contra las mujeres. La propaganda machista se ha preocupado de que suene a insulto, pero no lo es. Estás a favor de los derechos de las mujeres o en contra. No hay otra.

Muchas famosas, cuando se les pregunta si son feministas responden que ni feministas ni machistas. ¿Qué les diría?

Decir eso es un error, decir que el feminismo es como el machismo pero al revés es tan de cuñado, tan antiguo… No es que no hayan leído a Simone de Beauvoir, es que no se han molestado en hablar con una feminista dos minutos. El machismo, y lo dice hasta la RAE, es la idea de que los hombres son superiores y por tanto deben tener más derechos que las mujeres. Feminismo es la lucha por la igualdad de las mujeres. Ese paralelismo es absurdo y deja en evidencia a quien lo hace, es como cuestionar que la Tierra es redonda.

Pero lo hacen…

Si eres una mujer con proyección pública decir que eres feminista te significa mucho, te vuelves incómoda. Dejas claro que eres consciente de tus derechos y de que vas a pelear por conseguirlos. Los tuyos y los de todas.

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El gran trabajo es buscar el amor propio, que es la historia de amor más bonita y gratificante que puedes tener.

¿Para ser feminista también hay que salir del armario?

Sí, llevamos tiempo saliendo del armario. Hace unos años Beyoncé o Lady Gaga no querían ni hablar del tema y ahora lo ponen con luces de neón en sus conciertos. Han entendido que estaban haciendo el tonto, que hay millones de mujeres y de hombres, que entienden que la única manera de estar en el mundo es estando a favor de la igualdad. Feminista se puede acabar convirtiendo en un piropo en breve.

¿De verdad lo cree?

Para mí ya lo es y creo que sí, que esta batalla la estamos ganando.

No cobramos lo mismo, no estamos representadas como toca en política ni ocupamos altos cargos en empresas en la misma proporción que los hombres. ¿En esta situación no es peligroso hablar de que existe una igualdad formal?

Sí, hay mucha gente, sobre todo jóvenes, que han crecido en una sociedad sin diferenciaciones muy obvias, que creen que viven en lo que llamamos el espejismo de la igualdad. Podemos estudiar, conducir, tener pasaporte y cuenta corriente. Eso hace que mucha gente crea que la desigualdad es algo del pasado. Hasta que no tienen una experiencia de violencia contra las mujeres, entran en el mercado laboral, entablan una pareja heterosexual o se quedan embarazadas no ven que no es así. El feminismo es una cuestión de tiempo, las que no se hacen feministas por decisión propia al final la vida las hace feministas. Hay un momento en que te das cuenta de que ahí fuera no somos iguales, por mucho que lo diga la ley.

Dos mujeres asesinadas por semana. ¿Cómo se puede parar esto?

¿Sabes cómo sería muy diferente? Si en vez de dos mujeres fueran dos hombres. Se solucionará el día que admitamos que las muertes son sólo la punta del iceberg.

Fuente: Marta Torres Molina, “El amor es un espacio de desigualdad” en La Provincia del 04 de abril de 2017

“La sociedad todavía cree que la mujer sólo será feliz si sigue el orden tradicional”. Maritxel Esquirol

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“… ¿ el empoderamiento de la mujer tiene que venir realmente de mostrarnos sexualmente activas?, ¿es una liberación o una cosificación de la mujer? “.

Maritxel Esquirol, profesora y doctora en Sociología de la Comunicación, concluye que la feminidad ha pasado de la sumisión a la hipersexualización, como reclamo comercial y publicitario. “Otra vez estamos estereotipadas”, concluye. Y es que en opinión de la experta en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual, hoy en día se está volviendo a copiar en la publicidad y en la mayoría de los `reality shows´ “la cultura pornográfica, el deseo tradicional masculino”, afirma.

– ¿Estamos viviendo una democratización y liberación de la sexualidad femenina?

– Nos tenemos que plantear cómo están tratando a la mujer productos de nuestro entorno que utilizan la sexualidad femenina como reclamo publicitario y comercial, como 50 sombras de Grey y muchos otros. Analizar si están dando voz a todas las mujeres y a todas las experiencias o si estamos delante de un imaginario retrosexista y preguntarnos: ¿el empoderamiento de la mujer tiene que venir realmente de mostrarnos sexualmente activas?, ¿es una liberación o una cosificación de la mujer?

– ¿Vivimos una liberación o una cosificación de la mujer?

– Acabamos observando, sobre todo con las imágenes, que otra vez estamos estereotipadas como un objeto sexual. Lo que pasa es que hay una diferencia. Años atrás éramos realmente objetos sexuales y ahora la publicidad da a entender que nosotras pasamos de sujetas a agentes activos sexualmente; porque nosotras queremos, porque ya nos hemos liberado, porque ya somos iguales, etc.

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– “…Años atrás éramos realmente objetos sexuales y ahora la publicidad da a entender que nosotras pasamos de sujetas a agentes activos sexualmente; porque nosotras queremos, porque ya nos hemos liberado, porque ya somos iguales, etc.”.

– ¿Es una trampa?

– Sí, porque no es una liberación femenina. Nos siguen tratando igual, como objetos sexuales, lo que pasa que se expresa con otro discurso. Ahora parece que puedes ser una mujer superlibre, superindependiente, tener mucho trabajo, ganar mucho dinero pero la presencia de la mujer en la sociedad tiene que pasar por esta hipersexualización y no por las otras capacidades que pueda tener la mujer. A la mujer se la empodera a través de la sexualidad.

– ¿Qué reproduce el imaginario femenino contemporáneo?

– El retrato de un objeto sexual. Mientras la mujer se siente como una mujer liberada, que puede trabajar, que tiene dinero, que puede participar votando, que puede ocupar diferentes espacios socioculturales, políticos, de empoderamiento, mientras todo esto se está celebrando también se está diciendo que la única forma en que la mujer puede ser visible es a través de su hipersexualización. Puede ser que las mujeres en un momento determinado lo entendamos como que se nos está empoderando, pero después nos damos cuenta de que dentro de lo que es el discurso o la esfera pública existe una desigualdad.

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” Nos siguen tratando igual, como objetos sexuales, lo que pasa que se expresa con otro discurso. Ahora parece que puedes ser una mujer superlibre, superindependiente (…) pero la presencia de la mujer en la sociedad tiene que pasar por esta hipersexualización y no por las otras capacidades que pueda tener la mujer. A la mujer se la empodera a través de la sexualidad”.

– ¿Cómo afecta esta idea a las adolescentes?

– Implica que tengan estos referentes y terminen copiando el modelo de agente sexual. Después tienen otros problemas, como es la incapacidad de gestionar el consentimiento sexual y ya cuando las mujeres en general intentamos evolucionar en la vida nos encontramos muchísimos espacios sexistas como  la discriminación salarial o no tener un trabajo que no sea demasiado precario.

– ¿Hemos avanzado como sociedad en temas de género?

– Ahora la publicidad lo que hace es instrumentalizar todos nuestros reclamos feministas para incorporarlos a la cultura del consumo: una vida autónoma, una vida propia, derecho sobre el propio cuerpo, a decidir la reproducción. Pero lo hace desde una mirada masculina, copiando el imaginario sexual tradicional. Sí que hay un acceso cultural sexual femenino que no se tenía y ahora se tiene. Lo celebramos y esto está bien. Lo que pasa es que la comercialización de esta propuesta de la sexualidad femenina al final se acaba normativizando de una forma muy sexista. Sin mencionar que solo podemos hablar de sexualidad femenina con una determinada visión: heteronormalizada, occidentalizada, pornográfica. Por lo tanto no hay un avance sustancial.

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” Ahora la publicidad lo que hacLe es instrumentalizar todos nuestros reclamos feministas para incorporarlos a la cultura del consumo; (…). Pero lo hace desde una mirada masculina, copiando el imaginario sexual tradicional”.

– ¿Cómo se representa hoy en día la feminidad en los medios de comunicación?

– Hoy en día están copiando la cultura pornográfica. Toda la publicidad, los realityshows, todos estos programas de entretenimiento añaden el ingrediente de la sexualidad desde una herencia de las narraciones pornográficas, copiando el deseo tradicional, el deseo masculino. Por más que las mujeres seamos agentes sexuales activas, nos enseñan a copiar el imaginario cultural pornográfico.

– ¿A qué series de entretenimiento se refiere?

– Por ejemplo, Sexo en Nueva York. Mujeres poderosas, superatractivas que tenían un buen trabajo, dinero. Ellas cuando salían hablaban de su sexualidad pero en el fondo lo que hacía la serie es decir: si no tienes un novio no serás feliz. Esto no es un buen ejemplo ni un mal ejemplo, es un síntoma de lo que nosotros estamos normalizando en la sociedad. La sociedad todavía hoy cree que las mujeres solo serán felices y consecuentes con su destino siempre y cuando sigan el orden tradicional, que es el orden melodramático. Al final esta serie no es una evolución de la liberación de la mujer porque estas cuatro mujeres solo son felices cuando consiguen un príncipe azul.

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” ¿Cómo se representa hoy en día la feminidad en los medios de comunicación? Hoy en día están copiando la cultura pornográfica. (…) Por más que las mujeres seamos agentes sexuales activas, nos enseñan a copiar el imaginario cultural pornográfico”.

– ¿Hacia dónde vamos como sociedad en perspectivas de género?

– Todos y todas tenemos que aprender a vivir de otra forma. Tenemos que mirar la cultura en perspectiva de género y plantearnos cómo queremos resolver todos los estereotipos. Se supone que la cultura del consumo nos da una liberación pero no es una liberación, en el fondo nos dice que tenemos que consumir una norma. Por mucho que haya una industria pornográfica y luego venga una mujer y diga que hace pornografía en femenino. ¿Qué quiere que le diga? Si tiene que haber un cambio tiene que ser un cambio completo y esto es complicado.

– ¿En que consistiría el cambio?

– En que se hablara de las mujeres sin enfocarse tanto en su sexualidad, en su condición de madres y sus condiciones domésticas. También hay que dejar esta visión de que las mujeres deben morir por amor. Que se deje de representar a las mujeres como mujeres dependientes. También que las instituciones, la familia, la religión, el gobierno y las escuelas pensaran de forma diferente y actuaran unidas, porque si una actúa en contra de la otra no funciona.

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” ¿En que consistiría el cambio? En que se hablara de las mujeres sin enfocarse tanto en su sexualidad, en su condición de madres y sus condiciones domésticas. También hay que dejar esta visión de que las mujeres deben morir por amor”.

Lo que debemos hacer es pensar el mundo de forma diferente. A mí no me vale que hasta hoy nos quejáramos de que las mujeres siempre salíamos desnudas en la publicidad y ahora pongan hombres desnudos. ¿Se supone que esto es igualdad? Esto no es igualdad. La verdadera igualdad viene con unos cambios mucho más profundos que tienen que ver con la sintonía de todas las instituciones.

 

Fuente: María Antonia Crespí, “La Provincia”, 06 de mayo de 2015