¿Tienes sentimientos contradictorios ante tus padres? Es posible que hayas crecido junto a unos padres tóxicos.

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Los propios hijos de estas familias prefieren autoengañarse y pensar que no les está ocurriendo nada en realidad y acaban descartando o filtrando de la la realidad todas las pruebas, situaciones o conductas que les hacen daño, para no tener que aceptar que en realidad, sienten que tienen grandes problemas emocionales causados por la relación con sus propios padres.

Los padres tóxicos, son así llamados por las sensaciones fisiológicas que poco a poco van produciendo en la interacción con sus hijos, además de los problemas emocionales, psicológicos y conductuales que afloran de esa relación en la que los hijos, acaban siendo “intoxicados” por los propios problemas de sus padres. Fueron denominados así por la psicóloga estadounidense Susan Forward, existen y además es un fenómeno que se esconde en el trasfondo de muchos hogares que en apariencia no parecen tener ningún problema. Los propios hijos de estas familias prefieren autoengañarse y pensar que no les está ocurriendo nada en realidad y acaban descartando o filtrando de la realidad todas las pruebas, situaciones o conductas que les hacen daño, para no tener que aceptar que en realidad, sienten que tiene grandes problemas emocionales causados por la relación con sus propios padres. Muchas personas han crecido junto a padres y madres egoístas, narcisistas, que sólo piensan en ellos mismos, que incluso envidian los logros de sus propios hijos e intentan rebajarles a través de todo tipo de chantajes emocionales, criticarles, humillarles minimizando sus éxitos, con tal de quedar ellos siempre por encima.

Podemos detectar algunas conductas tóxicas como la de machacar a los hijos imponiéndoles un ritmo de estudio que ellos no desean o para el que no están preparados o capacitados. Son esos padres que les dicen a sus hijos que no valen nada, que sin ellos no son nadie, que critican cada paso que sus hijos dan o que nunca demuestran su apoyo incluso aunque hagan lo que ellos les dictan. En casos extremos son los padres que golpean o insultan gravemente por cualquier tontería al niño, justificándose con excusas como que no le quedaba otra salida, que el niño es insoportable o que se lo merecía.

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Muchas personas han nacido junto a padres y madres egoístas, narcisistas, que solo piensan en ellos mismos (…). Puede parecer una barbaridad, pero lo cierto es que este tipo de relaciones tóxicas fácilmente se salen de control y están detrás de muchos hogares, enfermedades y problemas de conducta que provienen en apariencia por otras causas, por lo que es fundamental detectar el problema a tiempo.

Son padres tóxicos también aquellos que no están disponibles emocionalmente para sus hijos, ya sea mediante una marcada ausencia o porque parecen estar presentes, pero en realidad nunca preguntan a sus hijos, ni los abrazan, besan o les preguntan sobre sus emociones, miedos o inquietudes. En el polo opuesto tenemos también a los padres que se desviven por sus hijos, los sobreprotegen y no les dejan respirar, para los que cualquier posibilidad de independencia se convierte en algo negativo y las personas externas como otros amigos, parejas o incluso otros familiares, se convierten en enemigos de ese vínculo simbiótico que el padre o la madre intentará mantener durante toda la vida, llevando a cabo comportamientos que acaben aislando a sus hijos, como involucrarse en sus relaciones de pareja, criticar a sus amigos o impedirles relacionarse con libertad. Estos padres tratan al adulto como si fuera un niño pequeño eternamente.

Son también padres y madres que proyectan sus frustraciones y deseos de tener éxito personalmente a través de sus hijos y por ello, necesitan que el hijo o la hija triunfen para sentirse ellos triunfadores/as. Por lo que desde pequeños motivan, manipulan e incluso exigen de forma neurótica a sus hijos que deben ser los números uno en la escuela, en el fútbol, en la universidad, en el trabajo o profesión, en música o en cualquier cosa en las que ellos/ellas mismos/as les hubiera gustado triunfar. Por otra parte, también pueden utilizarles para satisfacer sus propias necesidades de ser “mejores” que los demás y por eso, pueden manipularles para querer ser mejores que sus amigos, que sus vecinos, que sus primos y en general, “mejores” que el resto; depositando así en sus hijos gérmenes de la vanidad, el perfeccionismo, la ansiedad, intolerancia a la frustración o la necesidad de llamar la atención de los demás, convirtiéndose en niños o incluso adultos que pueden llegar a ser “triunfadores/as” pero incapaces de escuchar, trabajar en equipo o empatizar con otros.

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Los padres tóxicos, son así llamados por las sensaciones fisiológicas que poco a poco van produciendo en la interacción con sus hijos, además de los problemas emocionales, psicológicos y conductuales que afloran de esa relación en la que los hijos, acaban siendo “intoxicados” por los propios problemas de sus padres.

Susan Forward señala haber elegido la palabra toxicidad, para designar el efecto que esos padres ejercen sin pausa en sus hijos. Un padre o una madre tóxica va a serlo seguramente, desde el principio al final de sus días; a no ser que tome conciencia de su comportamiento y realmente decida cambiar con ayuda profesional, pero lo más común es que su conducta tóxica continúe sucediendo aunque su hijo/a tenga 50 años.

Los padres tóxicos usualmente provienen también de vínculos parentales negligentes o tóxicos e inconscientemente van repitiendo el mismo patrón de conducta con sus hijos/as, otros al darse cuenta a través de su propia experiencia del coste emocional que estas conductas negativas traen consigo, intentan hacer lo contrario que hicieron con ellos, convirtiéndose también en padres tóxicos por ser por ejemplo, demasiado protectores o dependientes emocionales.

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Son padres tóxicos también aquellos que no están disponibles emocionalmente para sus hijos, ya sea mediante una marcada ausencia o porque parecen estar presentes, pero en realidad nunca preguntan a sus hijos, ni los abrazan, besan o les preguntan sobre sus emociones, miedos o inquietudes.

Este tipo de relaciones tóxicas, junto con otros problemas de personalidad y patologías a las que suelen estar asociadas, pueden llegar a tener graves consecuencias; por ejemplo, uno de los casos extremos sería El Síndrome de Münchhausen por poder (MSBP), llamado en inglés Münchhausen Syndrome by power, es un término acuñado por un médico de origen inglés, el Dr. Samuel Roy Meadow, al referirse a lo que él consideró un trastorno en el que una persona, generalmente el cuidador o la madre del niño/a, causa una enfermedad, trastorno o lesión a otra persona, generalmente el hijo/a generalmente para tener que cuidarlo y obtener ciertas ventajas psicológicas y económicas de ello. En algunos casos esta conducta se produce gracias a una disociación de la realidad y a trastornos graves de la personalidad que hacen que la persona llegue a sentir que no está haciendo nada malo y pueda llegar incluso a envenenar poco a poco con pequeñas cantidades de medicación a su propio hijo/a; en España existen varios casos en los que generalmente madres, han llegado a matar a varios hijos por esta causa y la realidad es que es más común de lo que parece. Estas madres suelen buscar un entorno en el que sean protagonistas y protegidas, aunque sea el de un hospital y podríamos decir que son el punto máximo de una escala gradual que existe en muchas familias. Por ejemplo, en consulta he visto varios casos en los que la madre o el padre ha invalidado a sus hijos de forma inconsciente haciendo por ejemplo que sus hijos tengan que depender de ell@s económicamente durante toda la vida y de esta forma poder seguir siendo toda la vida imprescindibles para sus hijos, ser los que han de tomar las decisiones importantes de la familia o simplemente desempeñar eternamente el rol de madres o padres por haber concentrado durante años su vida psicológica en este aspecto y haber ignorado las otras áreas de su vida; por lo que se sienten incapaces de volver a generar su propia identidad sin ese rol de ser padres o madres y sienten un profundo miedo a tener que perder ese rol, esa zona de protagonismo y reafirmación personal que creen que les identifica como personas y gracias al que creen tener una función o un sentido en sus vidas. Su idea inconsciente en muchos casos es: “Quiero que me necesites (aunque sea porque no tienes pareja, trabajo, amigos, dinero o aunque te tenga que destruir)”.

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Son también padres y madres que proyectan sus frustraciones y deseos de tener éxito personalmente a través de sus hijos y por ello, necesitan que el hijo o la hija triunfen para sentirse ellos triunfadores/as. Por lo que desde pequeños motivan, manipulan e incluso exigen de forma neurótica a sus hijos que deben ser los números uno en la escuela…(…). Por otra parte, también pueden utilizarles para satisfacer sus propias necesidades de ser “mejores” que los demás y por eso, pueden manipularles para querer ser mejores que sus amigos, que sus vecinos, que sus primos y en general “mejores” que el resto; depositando así en sus hijos gérmenes de la vanidad, el perfeccionismo, la ansiedad, intolerancia a la frustración o la necesidad de llamar la atención de los demás.

Puede parecer una barbaridad, pero lo cierto es que este tipo de relaciones tóxicas fácilmente se salen de control y están detrás de muchos hogares, enfermedades y problemas de conducta que provienen en apariencia por otras causas, por lo que es fundamental detectar el problema a tiempo.

Susan Forward detectó varias categorías de padres y madres tóxicos: Controladores, manipuladores, negligentes, competitivos, perfeccionistas, los que insultan y un largo etcétera. Algunos son más de una categoría a la vez. Algunos actúan de manera muy sutil, con frases como: “Esto te lo digo por tu bien” o te dicen que era una broma tras haber pronunciado una frase hiriente, otros que realizan amenazas de forma indirecta o chantajes emocionales de tipo “si me dejas me muero”, otros que simulan enfermedades para que los tengas que cuidar, otros que investigan y rebuscan en las cosas de sus hijos, invadiendo su privacidad si no se hace lo que ellos quieren y acaban seleccionando, quiénes son sus amigos o sus parejas. Todo ello a través de conductas y comentarios sutiles y contradictorias que hacen que este tipo de toxicidad pase inadvertida a nivel racional; por ejemplo, realizan grandes sacrificios económicos y luego te piden que hagas lo que ellos dictan a cambio; o están las madres que de día te llevan el desayuno a la cama y de noche se enfadan si no te quedas con ella en casa y al final acaban por decirte “¡Con todo lo que yo hago por ti!” y también aquellos que si consigues mucho más que ellos, te sabotean por pura rivalidad inconsciente y de repente, deciden no pagarte los estudios o te invitan a trabajar en el negocio familiar en el que ellos serán tus eternos jefes/as.

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Podemos detectar algunas conductas tóxicas como la de machacar a los hijos imponiéndoles un ritmo de estudio que ellos no desean o para el que no están preparados o capacitados. Son esos padres que les dicen a sus hijos que no valen nada, que sin ellos no son nadie, que critican cada paso que sus hijos dan o que nunca demuestran su apoyo incluso aunque hagan lo que ellos les dicen.

Este tipo de vínculos parentales tóxicos puede hacer que el adulto, por ejemplo tenga tendencia a involucrarse en relaciones emocionales abusivas, de maltrato o de dependencia emocional o por el contrario, que se conviertan en personas incapaces de vincularse afectivamente, desapegadas y con profundos miedos al compromiso o el sentimiento de incapacidad ante la posibilidad de convertirse algún día en madres o padres. Según el carácter y las situaciones del contexto, este tipo de vínculos pueden hacer que los adultos se conviertan por ejemplo, en personas conflictivas, sumisas, con grandes sentimientos de culpa e inseguridad.

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Los padres tóxicos usualmente provienen también de vínculos parentales negligentes o tóxicos e inconscientemente van repitiendo el mismo patrón de conducta con sus hijos/as, otros al darse cuenta a través de su propia experiencia del coste emocional que estas conductas negativas traen consigo, intentan hacer lo contrario que hicieron con ellos, convirtiéndose también en padres tóxicos por ser, por ejemplo, demasiado protectores o dependientes emocionales.

A las personas que quieran superar este tipo de vínculos, se les recomienda confrontar y hacer un esfuerzo por hablar sobre estos sentimientos con sus padres de forma asertiva y aprender a expresar sus emociones hasta llegar a pequeños acuerdos con ellos. Lamentablemente, hay casos que son muy extremos y se torna casi imposible razonar con padres o madres que se resisten a reconocer un problema en su conducta y que siempre justifican sus actos. A veces la solución pasa por “poner tierra de por medio” y separarse de esos padres y madres que sientes que te están haciendo la vida imposible. Otra opción sería simplemente, aceptar que nunca podrás llegar a tener una relación sana con ellos. En muchas ocasiones, la gran necesidad psicológica de permanecer a su lado hace que quizás la decisión más aceptable a nivel emocional; en la mayoría de los casos, sea comprender las causas y carencias que les llevan a comportarse así, dedicar tiempo a realizarles preguntas y expresarles emociones aunque las rechacen o no las escuchen; trabajar para poder llegar a empatizar con su situación personal y generar sentimientos de compasión y aprender a poner límites; comenzar a decir que “no”, aprender a analizar las intenciones inconscientes de las conductas y frases tóxicas; como la búsqueda de atención o la demanda de cariño y poder satisfacer esas necesidades de forma racional y saludable. Trabajar con uno mismo para no tomarse las cosas tan personalmente o demasiado en serio, aceptando las limitaciones de tus propios padres o madres; construir una “coraza” ante ellos o círculo psicológico de protección ante sus ataques para que no lleguen a afectarle realmente sus palabras y aprender a proteger su autonomía emocional, psicológica y económica y su propia capacidad individual en la toma de decisiones. No se trata de criminalizar, juzgar o victimizar; sino de aprovechar los aprendizajes y retos que esas vivencias nos puedan plantear en nuestras vidas, mirarnos a nosotros mismos y aprender a responsabilizarnos de nuestras reacciones ante esas circunstancias. Podemos pasarnos la vida compadeciéndonos de nosotros mismos, repitiendo patrones de conducta o podemos darnos permiso para reinterpretar lo sucedido, aprender de nosotros mismos y despojarnos de nuestra propia parte tóxica, egoíca y plagada de miedo y autoengaño. Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio para la reflexión, la consciencia, la interpretación y la libre elección y ese espacio es responsabilidad de cada uno de nosotros.

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Podemos pasarnos la vida compadeciéndonos de nosotros mismos repitiendo patrones de conducta o podemos darnos permiso para reinterpretar lo sucedido, aprender de nosotros mismos y despojarnos de nuestra propia parte tóxica, egoíca y plagada de miedo y autoengaño.

 

Fuente: Angela Fernández, “¿Tienes sentimientos contradictorios ante tus padres? Es posible que hayas crecido junto a unos PADRES TÓXICOS”, La Opinión de Murcia.

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“Francine se desarregla” o cómo empatizar con una mujer menopáusica.

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La autora cuenta de forma autobiográfica su experiencia con el proceso del cambio hormonal

La menopausia sigue siendo uno de los grandes temas tabú de la sociedad. En medio de la lucha universal por conservar la juventud, el cambio de ciclo hormonal recuerda a todas las mujeres, antes o después, que el tiempo pasa sin piedad.

Francine se desarregla es un libro en el que la autora, Francine Oomen, cuenta a través de ilustraciones cómo se enfrentó a ella cuando a los 52 años le llegó la hora de experimentarla.

El proceso fue largo y angustioso. Oomen tuvo que enfrentarse a sus miedos y al sentimiento de culpa, y libró su batalla interior en medio de los sofocos y cambios bruscos de humor. Pero salió victoriosa.

La autora canalizó toda la frustración del trámite dibujando y plasmó su experiencia paso a paso en forma de viñetas.

El resultado son estas memorias gráficas en las que muestra su lucha personal con el objetivo de demostrar a todas las mujeres que la menopausia solo es una etapa más de la vida y que hay que asumirla sin miedo.

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Un buen día, Francine empezó a experimentar síntomas extraños, desconocidos para ella. No era capaz de trabajar, sentía angustia y miedo. Pensó que estaba perdiendo la cabeza o que padecía alguna enfermedad grave.

Después de unas semanas de muchas dudas, la pareja de Francine le abrió los ojos. No tenía ninguna enfermedad, había empezado la menopausia.

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Con la causa de sus males ya identificada, Francine primero se relajó. Era una buena noticia saber que no se enfrentaba a un ictus o al Alzheimer.

Sin embargo, superado el alivio inicial, comprendió lo que se avecinaba y volvió a sentir miedo.

Se sintió al borde del abismo cuando le cayó encimo de golpe la conciencia del paso del tiempo.

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Viviendo en una sociedad que se aferra como puede a la juventud y que espera que las mujeres sean siempre jóvenes y perfectas, la menopausia se convierte en el enemigo. Francine se sintió vieja de repente.

Después de una intensa lucha consigo misma, se dejó llevar por lo irremediable y empezó a buscar la forma de asumir el cambio de la mejor forma posible.

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Francine comprendió que la única que podía sacarla de aquel agujero era ella misma.

El momento de enfrentarse al cambio hormonal fue decisivo.

Fue entonces cuando tomó las decisiones necesarias para afrontar esta nueva etapa.

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Dejó de trabajar, hizo terapia y empezó a tener citas. Pensó en lo que de verdad quería hacer con su vida y empezó a dedicarse tiempo a sí misma.

Finalmente, a pesar del duro trance al que le sometieron las hormonas, Francine empezó a aprovechar sus nuevas circunstancias para desprenderse de los miedos y de la autoexigencia con la que había convivido toda la vida.

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Francine superó su desarreglo y comprendió que la menopausia solo es una etapa más de la vida que hay que superar como otra cualquiera.

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El proceso fue largo y angustioso. Oomen tuvo que enfrentarse a sus miedos y al sentimiento de culpa, y libró su batalla interior en medio de los sofocos y cambios bruscos de humor. Pero salió victoriosa.

Fuente: Marya González, “Estas ilustraciones ayudan a entender lo que vive una mujer cuando le llega la menopausia” Huffpost a 01 de junio 2018

Mi vida sexual nunca ha cabido en 140 caracteres.

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Los tiempos actuales son los tiempos del nómada. Pero no los del nómada que regresa al hogar tras una larga temporada de caza, sino los de quien no regresa porque no tiene hogar al que volver, por muy cargado que vaya con el ajuar completo de IKEA. Es el nómada que no tiene nada que contar porque no tiene a quien contárselo, aunque en su Facebook figuren diez mil “amigos”.

“No me esperes a cenar, Penélope”. Así resumía La Odisea -nada más y nada menos- una ingeniosa tuitera en un concurso de sinopsis de obras clásicas convocado en Twitter. Como todo el mundo sabe -e incluyo a los niños lactantes y a los Golden retriever-, es condición básica de esta plataforma no exceder de 140 caracteres, “inocente” requisito del que podemos sacar una conclusión: se trata de mirar pero sin fijar la atención. El objetivo es que la actualidad borre cualquier vestigio del pasado y que el único compromiso no sea con lo dicho o lo leído, sino con la propia plataforma, a la que hay que ser ferozmente leal.

En realidad, Twitter es una plataforma virtual para relacionarse, un canal erótico (poco a poco iremos abordando y desarrollando el concepto de “lo erótico”), un medio tecnológico para establecer vínculos con otros seres humanos. Pero su éxito reside en que permite -y potencia y consolida y aclama- una nueva manera de interrelacionarse, y de construir el mundo. En definitiva, una nueva forma de ser humanos.

Por muy ingeniosa que sea la sinopsis antes citada, lo primero que revela es que hay prisa, un tiempo acelerado que tan solo permite la insistencia, no la existencia. Y para ilustrarlo, tomo prestada la siguiente idea de Jorge de los Santos:

En la serie y en las más recientes películas hollywoodienses de Misión imposible siempre me ha resultado sorprendente cómo al protagonista una voz le dicta lo que va a conformar su porvenir (es decir, la misión), sin posibilidad para el diálogo, para la matización, para la crítica, para negarse, sin siquiera tener tiempo para asumir lo que debe hacer. La celebérrima sentencia “esta grabación se autodestruirá en cinco segundos” siempre me ha puesto los pelos de punta (…). Al pobre protagonista, si haber tenido tiempo de retener la dirección de Praga (…), donde debe reunirse con no se sabe quién del KGB (…), a no se sabe qué hora (…), para no se sabe qué (…) Al pobre tipo, digo, nada más destruirse la trascendental grabación, ya le están metiendo otra y luego otra y luego otra (…). Y todo eso ¿por qué? Porque “la voz” en realidad no quería que el superhéroe salvara al mundo; lo que de verdad quería era que el tío la escuchara atentamente, continuamente, sin descanso (como hace el esclavo con la voz de su amo). Tan solo eso, escuchar la voz. Esa es la misión, la misión imposible.

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Ya no hay tierra firme bajo nuestros pies. Todo pasa con excesiva rapidez, y el compromiso, ya sea social, político o amoroso, se desvanece en décimas de segundo. En este medio, el porvenir no es más que una quimera, una cosa del pasado, pues el porvenir exige compromiso, análisis crítico, planificación y pausa. Pisamos un terreno sobre el que hay que pasar deprisa, como si fueran arenas movedizas, porque si nos detenemos a mirar el paisaje, a “experimentar” el paisaje, corremos el riesgo de hundirnos y de perder el tren… aunque lo que perdemos sin darnos cuenta es el tiempo. El exceso de novedades sepulta lo importante: por ejemplo, la conciencia del tiempo, de nuestro tiempo.

Tanto el prota como el resto de los mortales pisamos un terreno cada vez más frágil, blando, flexible, adaptativo y fluido. Ya no hay tierra firme bajo nuestros pies. Todo pasa con excesiva rapidez, y el compromiso, ya sea social, político o amoroso, se desvanece en décimas de segundo. En este medio, el porvenir no es más que una quimera, una cosa del pasado, pues el porvenir exige compromiso, análisis crítico, planificación y pausa. Pisamos un terreno sobre el que hay que pasar deprisa, como si fueran arenas movedizas, porque si nos detenemos a mirar el paisaje, a “experimentar” el paisaje, corremos el riesgo de hundirnos y de perder el tren… aunque lo que perdemos sin darnos cuenta es el tiempo. El exceso de novedades sepulta lo importante: por ejemplo, la conciencia del tiempo, de nuestro tiempo. Esto me recuerda al chiste de aquel que salta desde lo alto de una azotea de un edificio de diez plantas. Cuando pasa por el tercer piso, alguien desde la ventana le pregunta “¿Qué tal?”. A lo que el otro responde: “De momento, bien”. En este mundo todo es precipitarse y obcecarse en lo inmediato. No hay porvenir. Estoy segura de que cuando Horacio dijo aquello de Carpe diem no se estaba refiriendo precisamente a esto.

Los tiempos actuales -los últimos catorce años- son los tiempos del nómada. Pero no los del nómada que regresa al hogar tras una larga temporada de caza, sino los de quien no regresa porque no tiene hogar al que volver, por muy cargado que vaya con el ajuar completo de IKEA. Es el nómada que no tiene nada que contar porque no tiene a quien contárselo, aunque en su Facebook figuren diez mil “amigos”. Vivimos en el tiempo creado por esa voz de la cinta que se autodestruye en cinco segundos.

Pero ¿qué nos dice la voz? Y, sobre todo,  ¿cómo nos lo dice?

Recuerdo que, cuando era niña y estudiaba en el liceo (…), nos obligaron a leer 1984, de Georges Orwell. El libro me causó una gran impresión, pues precisamente acabábamos de dejar atrás ese año y temí que la situación descrita por Orwell se hiciera realidad, que el Gran Hermano o la policía del pensamiento tomaran nuestras ciudades y que la neolengua se acabara imponiendo. A quienes no conozcan o no recuerden la obra de Orwell les diré que uno de los mecanismos que emplea el Sistema para controlar, subyugar y debilitar a los humanos es la creación de una nueva lengua -la neolengua frente a la viejalengua- que, a partir de simplificaciones y traslaciones semánticas, se convierte en un instrumento ideológico a disposición del régimen. Por ejemplo, se crean palabras como facecrime (“caradelito”), para designar a aquel individuo en cuyo rostro se aprecia la duda o el escepticismo ante alguna de las verdades del Sistema (¿no os recuerda a Facebook, que literalmente significa “caralibro”?) o goodsex (“buensexo”), que no hace referencia a esas interacciones sexuales en las que nos ponen mirando a Cuenca y nos corremos más que un equipo de jamaicanos en los cien metros lisos, sino a aquellas que se basan en la castidad (es decir, inexistentes, o promovidas por el bendito Gobierno de George W. Bush). O una de mis favoritas: el neologismo creado a partir de “Ministerio de la Verdad” Miniver, con el que se consigue que nadie tenga la tentación de preguntarse qué es un ministerio o, lo que sería aún más grave, qué es la verdad. Al empobrecer el lenguaje se empobrece la capacidad simbólica del individuo, que deja de ser crítico y se vuelve pueril, incapaz de pensar por sí mismo pero cada vez más preparado para ser adoctrinado. Por eso, abreviaturas como “Qtl” (“¿qué tal?”) o “Tkm” (“te quiero mucho”) son síntomas de un estado relacional débil o poco instruido, aunque más inquietantes resultan los discursos imbéciles presentados como doctos, pues hacen que el aspirante a docto acabe siendo otro imbécil y no un docto. Así, cuando, por ejemplo, un supuesto conocedor de algo me alecciona como si yo fuera idiota (y sus opiniones son las de un completo idiota), pero yo repito esas idioteces como si estuviera diciendo algo interesante, en realidad, la idiota soy yo porque estoy contribuyendo a crear un mundo de idiotas. Y la cosa se agrava cuando este mecanismo de “idiotización” lo utiliza el Sistema -como ocurre en 1984– para transformar una ciudadanía crítica -con capacidad de razonamiento- en una muchedumbre domesticada de corderitos (por más que berreen, siempre serán mudos, pues no tienen palabras) que compiten dentro del rebaño por ver quién obedece mejor al perro.

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A quienes no conozcan o no recuerden la obra de Orwell les diré que uno de los mecanismos que emplea el Sistema para controlar, subyugar y debilitar a los humanos es la creación de una nueva lengua -la neolengua frente a la viejalengua- que, a partir de simplificaciones y traslaciones semánticas, se convierte en un instrumento ideológico a disposición del régimen. Al empobrecer el lenguaje se empobrece la capacidad simbólica del individuo, que deja de ser crítico y se vuelve pueril, incapaz de pensar por sí mismo pero cada vez más preparado para ser adoctrinado. Por eso, abreviaturas como “Qtl” (“¿qué tal?”) o “Tkm” (“te quiero mucho”) son síntomas de un estado relacional débil o poco instruido, aunque más inquietantes resultan los discursos imbéciles presentados como doctos, pues hacen que el aspirante a docto acabe siendo otro imbécil y no un docto. Así, cuando, por ejemplo, un supuesto conocedor de algo me alecciona como si yo fuera idiota (y sus opiniones son las de un completo idiota), pero yo repito esas idioteces como si estuviera diciendo algo interesante, en realidad, la idiota soy yo porque estoy contribuyendo a crear un mundo de idiotas. Y la cosa se agrava cuando este mecanismo de “idiotización” lo utiliza el Sistema -como ocurre en 1984- para transformar una ciudadanía crítica -con capacidad de razonamiento- en una muchedumbre domesticada de corderitos (por más que berreen, siempre serán mudos, pues no tienen palabras) que compiten dentro del rebaño por ver quién obedece mejor al perro.

En los documentales de animalitos, una de mis escenas favoritas es la del guepardo persiguiendo a la gacela. A la tremenda velocidad del guepardo (rapidez, siempre rapidez) se contrapones la de la gacela, como una ejemplificación de la relación de poder que hay entre ambos. Pero si le preguntamos a un biólogo, este nos dirá que, en la naturaleza, la inmensa mayoría de las relaciones que se establecen son de simbiosis y no de depredación; relaciones de cooperación, no de competencia.

La base de la competencia entre los humanos es el ego. Cuando el individuo se cree único, el fucking master of the universe, todos los demás pasamos a ser sus vasallos, las herramientas para alcanzar sus propios fines. Como sexóloga y terapeuta conozco muy pocos -o ninguno- narcisistas histéricos/as cuyos trastornos no hayan sido forjados por la cultura del egoísmo. Es decir, uno no nace egoísta, sino que se hace egoísta. Pero ¿por qué al Sistema puede interesarle “producir” individuos egoístas que solo se preocupen de abastecerse a sí mismos? Pues porque de ese modo no dan la lata, no se colectivizan, no forman comunidad, no hacen política ciudadana… Son, como dirían los antiguos griegos, “idiotas” (etimológicamente, aquel que no se preocupa por lo público). Junta a dos idiotas y lo único que obtendrás es una relación de poder, una competencia, un “¿quién de los dos la tiene más larga?”, pero nada que beneficie a la comunidad o a la pareja. Construir “idiotas” es hoy el juego preferido del poder. Y bastante éxito ha tenido en estos últimos años.

Entre los perfiles del egoísta hay uno que llega especialmente alto en los organigramas de las empresas o de la clase política. Me estoy refiriendo al psicópata, al insensible, al incapaz de generar simpatía y de sentir la menor empatía, compasión o afecto, sentimientos que considera cargas del pasado, debilidades que no sirven de nada mientras el crédito de la American Express se mantenga alto.

Pondré un ejemplo: cuando oigáis hablar de la autoayuda, la autosuperación, la autoconsciencia, el autoemprendimiento, recordad que ese “auto” significa uno mismo, “yo, me, mí, conmigo”, por lo que os pido que os detengáis un segundo -si el guepardo os lo permite- y os hagáis las siguientes preguntas: ¿de verdad quiero “autoayudarme”? ¿Acaso no sería mejor que todos nos ayudáramos unos a otros?

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Es decir, uno no nace egoísta, sino que se hace egoísta. Pero ¿por qué al Sistema puede interesarle “producir” individuos egoístas que solo se preocupen de abastecerse a sí mismos? Pues porque de ese modo no dan la lata, no se colectivizan, no forman comunidad, no hacen política ciudadana… Son, como dirían los antiguos griegos, “idiotas” (etimológicamente, aquel que no se preocupa por lo público). Junta a dos idiotas y lo único que obtendrás es una relación de poder, una competencia, un “¿quién de los dos la tiene más larga?”, pero nada que beneficie a la comunidad o a la pareja. Construir “idiotas” es hoy el juego preferido del poder. Y bastante éxito ha tenido en estos últimos años.

Nuestra economía de mercado -basada en el consumo incesante- sabe bien que cuantos más individuos compitan entre sí y más objetos compitan por “satisfacer” los deseos de un mayor número de personas, más se consume. Así, a la sobreoferta de psicópatas e idiotas se añade la oferta brutal de recambios. ¿Para qué reparar tu ordenador si hay cuatrocientos mil nuevos, flamantes y relucientes entre los que elegir? Y, del mismo modo, ¿para qué reparar tu pareja?… La oferta de “sustitutos”, programados según ciertos condicionantes de  obsolescencia, es infinita. ¿Que tu mujer tiene las tetas pequeñas y la lengua muy larga? No te preocupes, porque en nuestra plataforma te ofrecemos cien mil tetonas calladitas por la módica cantidad de treinta euritos al mes. ¿Que tu marido es un cincuentón y está en el paro? Tranquila, porque los que nosotros te ofrecemos son todos jóvenes y están ocupadísimos, siempre dispuestos a proporcionarte el mejor de los futuros posibles…, al menos hasta que, por ejemplo, descubran que tienes la lengua muy larga y las tetas pequeñas.

Una cosa es tener un affaire y otra muy distinta institucionalizar el affaire como único vínculo posible entre humanos.

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Nuestra economía de mercado -basada en el consumo incesante- sabe bien que cuantos más individuos compitan entre sí y más objetos compitan por “satisfacer” los deseos de un mayor número de personas, más se consume. Así, a la sobreoferta de psicópatas e idiotas se añade la oferta brutal de recambios. ¿Para qué reparar tu ordenador si hay cuatrocientos mil nuevos, flamantes y relucientes entre los que elegir? Y, del mismo modo, ¿para qué reparar tu pareja?… La oferta de “sustitutos”, programados según ciertos condicionantes de  obsolescencia, es infinita.

Se cuenta la anécdota (no sé hasta qué punto es una historia verdadera, pero poco importa) de un cocinero japonés que, tras muchísimos años de esfuerzo y sacrificios, consiguió su mayor deseo: una estrella Michelin. Al día siguiente del gran logro, abrió la ventana de su piso y saltó al vacío. Afortunadamente, una marquesina logró parar su caída, evitando así el suicidio. Cuando, a los pocos días, recuperó la consciencia, un periodista le preguntó: “¿Por qué, si ha conseguido usted el éxito, ha intentado suicidarse?” . Su respuesta fue bastante simple y lacónica: “Porque no tenía a quién contárselo”.

Contar las cosas y saber cómo contarlas, además de entenderlas y, en muchas ocasiones, ponerlas en cuestión, forma parte de eso que llamamos “cultura”. Decía Nietzsche (la última vez que mencioné a Nietzsche, en la presentación de un libro, por poco me llevan presa) que “el hombre es un animal no fijado” ¿Qué quería decir con esto el filósofo alemán? Pues supongo que se refería a que el hombre es un animal no acabado, un animal que está en continuo proceso de formación, siempre “haciéndose” a partir no solo de su biología, sino de algo más. Y ese “algo más” es la cultura. Porque la cultura no es haber leído el Quijote, escuchar la Sexta de Mahler o asistir a una función teatral en lugar de ir a un campo de fútbol. Ese es un concepto decimonónico que más tiene que ver con el abundante tiempo de ocio del que disponían las clases pudientes en épocas pasadas que con el verdadero significado de la palabra “cultura”, que es algo mucho más amplio, pues abarca todo aquello que, como humanos, hacemos los unos con los otros.

El objetivo de la cultura no es otro que el de aprender a gestionar lo humano. Una persona culta es, por ejemplo, aquella que sabe dar un pésame o un consejo, o comer en una mesa con otras personas sin que nadie se avergüence -los antiguos lo llamaban “decoro”-. Cultura es saber esculpirse y saber interpretarse, saber crecer y madurar, poder ser otro pero sin dejar de ser uno mismo… Pero no para ser el más lanudo de los borregos, sino para vivir con sabiduría en la colectividad. Es indudable que para hacer bien todo eso es aconsejable asistir a alguna representación de Antígona, leer la definición de Dostoievski de un perdedor o escuchar a Bach. Pero saber solo eso, aunque sea con muchísimo detalle, ni mucho menos es garantía de cultura. A mi entender, hoy día hay un sinfín de eruditos tremendamente incultos, pues cada vez existen más personas dispuestas a soltarte un discurso de la leche (lo saben todo de casi nada) y más personas aún preparadas para soltarte dos leches en cuanto te escuchan (saben nada de casi todo). En definitiva, cada vez hay más personas incapaces de vivir en comunidad, de conformar ciudadanía y de construir colectividad. Lo que implica que cada vez hay más personas que follan fatal (…).

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El objetivo de la cultura no es otro que el de aprender a gestionar lo humano. Una persona culta es, por ejemplo, aquella que sabe dar un pésame o un consejo, o comer en una mesa con otras personas sin que nadie se avergüence -los antiguos lo llamaban “decoro”-. Cultura es saber esculpirse y saber interpretarse, saber crecer y madurar, poder ser otro pero sin dejar de ser uno mismo… Pero no para ser el más lanudo de los borregos, sino para vivir con sabiduría en la colectividad. Cada vez hay más personas incapaces de vivir en comunidad, de conformar ciudadanía y de construir colectividad. Lo que implica que cada vez hay más personas que follan fatal.

Fuente: Valerie Tasso, Sexo 4.0 ¿Un nuevo (des)orden amoroso?, Introducción: Mi vida sexual nunca ha cabido en 140 caracteres.

 

Comiendo emociones

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Frustración, ira, tristeza, preocupación, culpabilidad, emociones que nos hacen acudir a la nevera perdiendo el control. Comer emocional: cuando nos comemos nuestras emociones negativas.

Frustración, ira, tristeza, preocupación, culpabilidad, emociones que nos hacen acudir a la nevera perdiendo en control. Comer emocional: cuando nos comemos nuestras emociones negativas.

Comer forma parte de los procesos más básicos de todos los seres vivos, si no comiéramos moriríamos. Gracias a este acto nuestro cuerpo mantiene un equilibrio que permite que hagamos actividades tan variadas que van desde pasear o estudiar hasta dormir. Es un proceso que a lo largo de nuestra vida hemos ido sofisticando, hemos aprendido cuales son alimentos saludables y cuales no, hemos puesto horarios, en definitiva hemos llegado a ponerle orden y control… pero en algunos casos este proceso se convierte en un caos.

Cuando nuestro cuerpo necesita nutrientes para su perfecto funcionamiento se produce la sensación de hambre, es hambre fisiológico, por lo que cualquier alimento cubre la necesidad del organismo y cuando está cubierta se produce la sensación de saciación. Por otro lado, se produce la apetencia que es la necesidad emocional de consumir un determinado alimento. Estas dos sensaciones normalmente van unidas, de esta manera cuando tenemos hambre comemos cosas que nos gustan disfrutando de este momento de ingesta.

Pero cuando tenemos problemas emocionales estos dos procesos se disocian, esto es, se separan y ya no funcionan simultáneamente, de modo que cuando tenemos hambre comemos y nos saciamos pero cuando tenemos apetencia nos resulta más difícil parar ya que no se produce esa sensación de saciación.

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Cuando nos sentimos mal, frustrados, tristes, enfadados, preocupados… recurrimos a la comida en un intento de recuperar las sensaciones positivas a las que hemos ido asociando a la comida.

¿CÓMO APRENDEMOS A COMER EMOCIONALMENTE?

A comer emocionalmente hemos aprendido desde nuestra más tierna infancia, de pequeños nos premiaban nuestras conductas con golosinas o nos castigaban sin postre si nos portábamos mal. De adultos, celebramos nuestras alegrías con comida: bodas, cumpleaños, promociones laborales, reuniones familiares entorno a una mesa, encuentros con los amigos a cenar. La comida ya no tiene solamente un significado fisiológico sino emocional y cobra un papel protagonista cuando nos sentimos bien. Asociamos la comida con emociones positivas y esta asociación permanece en el tiempo.

Gracias a este proceso asociativo labrado a lo largo de toda nuestra vida, cuando nos sentimos mal, frustrados, tristes, enfadados, preocupados… recurrimos a la comida en un intento de recuperar las sensaciones positivas a las que hemos ido asociando a la comida. Elegimos alimentos que en nuestra vida asociamos a algo placentero, de esta manera consumir ese alimento nos retrotrae a la emoción agradable asociada.

Por otro lado, algunos alimentos por su propia naturaleza hacen que nos sintamos mejor cuando los comemos, por ejemplo el chocolate contiene moléculas que repercuten directamente en el estado de ánimo haciendo que mejore, esto también crea una asociación entre estado de ánimo y alimentación.

Otra de las razones por las que aprendemos a comer emocionalmente, es que cuando comemos nos centramos en ese proceso, y por tanto, todos los demás problemas se quedan en un segundo plano tomando distancia de ellos, aunque comer no ayudará a que el problema desaparezca, hace que la tensión emocional se disipe.

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Párate y piensa: antes de recurrir a la comida tómate tu tiempo para reflexionar si esa es la solución que estás buscando o solo estás respondiendo a un impulso. Piensa si lo que sientes es hambre o apetencia o si es algo que responde a una emoción concreta que deberías gestionar de otra manera. Si te tomas tiempo para analizar que es lo que pasa, darás el tiempo suficiente para que el impulso no controle tu conducta”.

¿QUÉ PODEMOS HACER PARA CONTROLAR EL COMER EMOCIONAL?

Comer algo porque nos apetezca no entraña un problema en si mismo, se convierte en ello cuando comer es la única vía de gestión emocional que encontramos. Cuando este proceso es algo habitual en nosotros es el momento de plantearse adaptar estrategias que nos hagan controlar nuestra ingesta emocional.

Analiza la emoción que está sintiendo: Nosotros no nos sentimos bien o mal a secas, nos sentimos enfadados, frustrados, decepcionados, tristes, iracundos, etc. Analizando que es lo que sientes realmente con esto conseguirás ir a la raíz de tu malestar, y optar por soluciones más adecuadas al problema. Por ejemplo, si te sientes enfadada o enfadado por que un amigo tuyo fue grosero contigo, la solución de este malestar no la encontrarás en comerte un helado o un pastel, la encontrarás comunicando tu malestar a tu amigo.

Practica ejercicio: El ejercicio te ayudará a asumir control sobre la comida. Cuando hacemos ejercicio disipamos la tensión generada en otras situaciones por lo que no tendrás que recurrir a la comida para hacerlo.

Párate y piensa: El comer emocional es impulsivo, lo hacemos irreflexivamente. Los impulsos tienen dos características: no pensamos en las consecuencias de la conducta que vamos a realizar y como impulso se debe hacer de una manera inminente, inmediata, con urgencia. Por tanto, antes de recurrir a la comida tómate tu tiempo para reflexionar si esa es la solución que estás buscando o solo estás respondiendo a un impulso. Piensa si lo que sientes es hambre o apetencia o si es algo que responde a una emoción concreta que deberías gestionar de otra manera. Si te tomas tiempo para analizar que es lo que pasa, darás el tiempo suficiente para que el impulso no controle tu conducta.

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“Analiza la emoción que estás sintiendo: nosotros no nos sentimos bien o mal a secas, nos sentimos enfadados, frustrados, decepcionados, tristes, iracundos, etc. Analizando que es lo que sientes realmente con esto conseguirás ir a la raíz de tu malestar, y optar por soluciones más adecuadas al problema”.

No te prohíbas nada: Cuando nos prohibimos alimentos, éstos se convierten en un objeto de deseo y por tanto el impulso será más irrefrenable. Si comes algo disfrútalo para ser consciente de ello y no te culpes por hacerlo.

Come conscientemente: No comas solo con la boca, come con todos tus sentidos. Disfruta del olor de tu comida, disfruta de su presentación. Analiza texturas, sabores, temperaturas. Saborea los alimentos siendo consciente de las sensaciones que estos generan en tu cuerpo.

Otorga la importancia que se merece la alimentación: Planifica tus comidas de igual manera que organizas otros aspectos de tu vida. Haz una organización de lo que vas a comer y con esto elabora una lista de la compra, así evitarás compras no necesarias de las que puedas echar mano en momentos emocionales negativos. De esta manera además crearas un hábito saludable de alimentación.

Fuente: Sara Montejano en http://www.psicoglobal.com, el  04 de julio de 2013

Todo se transforma, Jorge Drexler

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“Cada uno da lo que recibe; Y luego recibe lo que da; Nada es más simple; No hay otra norma; Nada se pierde; Todo se transforma”.

Jorge Drexler, “Todo se transforma”

TODO SE TRANSFORMA

Tu beso se hizo calor,
Luego el calor, movimiento,
Luego gota de sudor
Que se hizo vapor, luego viento
Que en un rincón de La Rioja
Movió el aspa de un molino
Mientras se pisaba el vino
Que bebió tu boca roja.

Tu boca roja en la mía,
La copa que gira en mi mano,
Y mientras el vino caía
Supe que de algún lejano
Rincón de otra galaxia,
El amor que me darías,
Transformado, volvería
Un día a darte las gracias.

Cada uno da lo que recibe
Y luego recibe lo que da,
Nada es más simple,
No hay otra norma:
Nada se pierde,
Todo se transforma.

El vino que pagué yo,
Con aquel euro italiano
Que había estado en un vagón
Antes de estar en mi mano,
Y antes de eso en Torino,
Y antes de Torino, en Prato,
Donde hicieron mi zapato
Sobre el que caería el vino.

Zapato que en unas horas
Buscaré bajo tu cama
Con las luces de la aurora,
Junto a tus sandalias planas
Que compraste aquella vez
En Salvador de Bahía,
Donde a otro diste el amor
Que hoy yo te devolvería

Cada uno da lo que recibe
Y luego recibe lo que da,
Nada es más simple,
No hay otra norma:
Nada se pierde,
Todo se transforma.

 

Causas emocionales de la obesidad

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“El peso excesivo representa la necesidad de protección. Buscamos protección de heridas, desaires, crítica, abuso, etc. La obesidad refleja nuestro temor a la vida”.

El peso excesivo representa la necesidad de protección. Buscamos protección de heridas, desaires, crítica, abuso, etc. La obesidad refleja nuestro temor a la vida.

Cuando tenemos la sensación de que la vida no nos responde como nosotros quisiéramos, empezamos a sentirnos desprotegidos y eso se refleja en nuestro cuerpo como obesidad, el cuerpo empieza a crear una protección falsa: la grasa.

De cierta forma, y de manera resumida, podemos pensar que la obesidad aparece cuando requerimos ENCONTRAR NUESTRO LUGAR EN EL MUNDO y sentimos que nuestro espacio vital está siendo transgredido y somos incapaces de defender nuestro lugar, nuestro cuerpo reaccionará ante ello, materializando más volumen, como una forma de hacerse presente y visible a quienes nulifican nuestra presencia.

El agua es símbolo de emotividad, cuando esta emotividad se vuelve excesiva, se desborda y nos sentimos heridos por cosas que no deberían lastimarnos, empezamos a acumular líquido en nuestro cuerpo, que de igual manera, se convertirán en kilos de más.

Los continuos estados de depresión, el cansancio, la apatía, el desgano, el desánimo, son también causa de sobrepeso.

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“La obesidad aparece cuando requerimos ENCONTRAR NUESTRO LUGAR EN EL MUNDO y sentimos que nuestro espacio vital está siendo transgredido y somos incapaces de defender nuestro lugar”.

La obesidad también tiene relación con la dificultad en las relaciones sociales. Los sentimientos extremos dentro de las relaciones de amor y odio, las emociones mal controladas. El no saber relacionarnos, rechazando a quien nos hace bien y aceptando amistades que nos dañan.

Si queremos adelgazar, será necesario cambiar y transformar nuestra actitud en las relaciones humanas. Analizar en calma todo lo que es inútil o perjudicial. Encuentra el gusto por la vida, digiérela, entonces el cuerpo hará su trabajo con facilidad.

Luchar contra la obesidad constituye una pérdida de tiempo y energía. Las dietas no funcionan. En el momento en que dejes de seguirlas, el peso vuelve a aumentar.

La mejor dieta que existe es amarte y aprobarte, confiar en el proceso de la vida y sentirte seguro porque conoces el poder de tu mente. Ponte a dieta de pensamientos negativos y el peso se encargará de si mismo.

En relación con el sobrepeso, hay muchas causas que se unen. El encontrar cuál es nuestro problema central, nos facilitará el trabajo, ya que podemos ubicarnos en corregir la causa.

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“La mejor dieta que existe es amarte y aprobarte, confiar en el proceso de la vida y sentirte seguro porque conoces el poder de tu mente. Ponte a dieta de pensamientos negativos y el peso se encargará de si mismo”.

El sistema digestivo, el riñón y la tiroides son los elementos responsable de que nuestro cuerpo elija los nutrientes adecuados para nosotros y deseche todo lo que no se requiere. Si no lo hace de esta manera, nuestro cuerpo se ocupará de almacenar toxinas.

Nuestros órganos son afectados por la manera en la que manejamos nuestras emociones, el buen o mal funcionamiento de los mismos depende de la forma en que percibimos el mundo y reaccionamos ante las circunstancias.

Cada órgano se vincula con un grupo de emociones o pensamientos específicos, por lo que no resulta difícil saber la forma en que estamos afectando nuestro cuerpo a nivel emocional.

Fuente: http://www.luzyabundancia.blogspot.com.es, del 22 de agosto de 2012

Comer compulsivo: el hambre detrás del hambre

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“El alimento constituye el primer acto de amor, de contacto y por supuesto de manutención fisiológica de la vida”.

El alimento constituye el primer acto de amor, de contacto y por supuesto de manutención fisiológica de la vida.

Sin embargo, para muchas mujeres la comida constituye un drama, una obsesión, al menos, en algún momento de sus vidas.

¿Qué ocurre realmente con los alimentos que pasan a constituir una amenaza tan grande para la gran mayoría de las mujeres?

Dice Geneen Roth (terapeuta especialista en desórdenes de la alimentación) que la mayor parte del tiempo comemos según nuestra mente, que alimentamos nuestro cuerpo sin consultarlo y que el momento en que comemos tiene poco que ver con para qué comemos: nutrición física, satisfacción, un cuerpo sano. El comer compulsivo corresponde a un porcentaje altísimo de las consultas que llegan por desórdenes de la alimentación.

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“La mujer que come compulsivamentes lo vive con mucho sufrimiento, en aislamiento, y la comida lejos de resolver sus problemas, agrega sentimientos de culpa, fracaso, ineficacia, descontrol, considerarse como alguien poco confiable, y todo esto sumado la aboca a un nuevo ataque”.

¿Por qué son mayoritariamente mujeres, las que comen compulsivamente?

Una consultante dijo: “Para mí un atracón es como entrar en trance”.

Podemos asociar el comer compulsivo a una adicción. Me gustaría aclarar que el concepto de adicción en este modelo de intervención está en absoluta oposición al convencional, asociado a enfermedad irreversible y donde el único tratamiento posible es evitar el objeto de la adicción. La atención no está centrada en la sustancia, sino en el vínculo que se establece con ella, por lo tanto prefiero hablar de comportamientos adictivos con respecto a la comida.

Entonces, como dijimos, existe una adicción. La única diferencia es que la comida es la única droga legal de la cual no podemos prescindir para vivir. El exceso de comida ha sido reducido a un “defecto del carácter” o “falta de voluntad”, en lugar de considerarlo, como una expresión de experiencias dolorosas y conflictivas.

Como en otras adicciones, la mujer que come compulsivamente lo vive con mucho sufrimiento, en aislamiento, y la comida lejos de resolver sus problemas, agrega sentimientos de culpa, fracaso, ineficacia, descontrol, considerarse como alguien poco confiable, y todo esto sumado la aboca a un nuevo ataque. Estas mujeres no solo sufren de daños orgánicos diversos sino que se afecta profundamente su autoestima, su autoconfianza, la relación consigo misma y con el mundo.

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“¿Cómo hacer para aprender a vivir de otra manera que no sea en el autosacrificio, la vivencia de culpa, la inflexibilidad, la dependencia a la comida y a otras sustancias, la búsqueda de un cuerpo ideal y las declaraciones de felicidad falsa?”

El comer compulsivo nada tiene que ver con la falta de voluntad, creencia muy arraigada en la mayoría de la gente. Las mujeres que la sufren, si bien reconocen que su comportamiento es muy destructivo, no pueden parar. Este tipo de respuesta automática está aprendida en la infancia y en la gran mayoría hay historia familiar de abuso de alguna sustancia y obviamente de la comida.

El comer compulsivo está directamente relacionado con las consecuencias que tienen las pautas de socialización femenina en relación al cuerpo y en relación a la comida. Las mujeres quedan atrapadas en un estereotipo femenino -“ser para otros”- que produce cierta sintomatología característica en la que se incluye la adicción a la comida.

El rol doméstico, tanto en lo que se refiere a las acciones concretas como a la responsabilidad sobre ellas, está caracterizado por su invisibilidad y su falta de valoración. Si se le agrega el trabajo fuera de casa, estrés, dificultad de acceso a puestos de toma de decisiones, desigualdad salarial, y a su vez, ser la proveedora y sostén emocional de la familia… Todo contribuye a que la comida para muchas mujeres se convierta en la anestesia del dolor, de la insatisfacción, y a la vez, en la única forma de gratificación conocida.

¿Qué camino les queda a las mujeres cuando viven en un contexto que les dice: “Sé buena, tolerante, aguantadora, desinteresada, altruista, humilde, pasa desapercibida”. Pero, por otro lado, ella percibe que lo que se valora socialmente es la capacidad de ser independiente, de ganar dinero, de opinar por sí mismo, de ser activo, competitivo, hábil y seguro de sí mismo?

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“¿´Qué camino les queda a las mujeres cuando viven en un contexto que les dice: “Sé buena, tolerante, aguantadora, desinteresada, altruista, humilde, pasa desapercibida”. Pero, por otro lado, ella percibe que lo que se valora socialmente es la capacidad de ser independiente, de ganar dinero, de opinar por sí mismo, de ser activo, competitivo, hábil y seguro de sí mismo”.

¿Cómo sentirse valiosa si dedica su vida a cosas que son vistas como “naturales”, que no tienen reconocimiento ni económico ni de ningún tipo? Y ¿cómo, además, hacer todo alegremente, equilibradamente y sintiéndose satisfecha?

¿Cómo hacer para aprender a vivir de otra manera que no sea el autosacrificio, la vivencia de culpa, la inflexibilidad, la dependencia a la comida y a otras sustancias, la búsqueda de un cuerpo ideal y las declaraciones de felicidad falsa?

A través de la comida las mujeres demostramos a los seres queridos cariño, cuidado, bienestar; y para nosotras mismas se convierte en una amenaza, en aquello que nos engorda, nos hace daño y nos aleja del ideal de belleza que impera actualmente en nuestra sociedad.

Una consultante decía: …”la comida es como la energía que necesito para seguir dando(me) al mundo”…

El primer paso para liberarse de la compulsión por comer es comer cuando se tiene hambre. En el comer compulsivo no se come por hambre. Existen muchas razones para comer: cuando se está alterada, cansada, triste y necesitada de consuelo, o cuando se está aburrida. Para muchas mujeres es, además, la única forma de gratificación que conocen.

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“Para comer cuando se tiene hambre se comienza por atreverse a sentir hambre. Si se utiliza el alimento para llenar vacíos, anestesiar emociones o hacer frente a situaciones difíciles, la idea de no hacer dieta y animarse a comer a requerimiento, puede dar miedo (…) El deseo de comer cuando no se tiene hambre es un buen indicador de que se desea algo menos tangible que la comida pero que no se sabe que es o se tiene la sensación de nos ser capaz de conseguirlo. Lo más difícil para las mujeres en general, es descubrir qué quieren, qué necesitan”.

Para comer cuando se tiene hambre se comienza por atreverse a sentir hambre. Si se utiliza el alimento para llenar vacíos, anestesiar emociones o hacer frente a situaciones difíciles, la idea de no hacer dieta y animarse a comer a requerimiento, puede dar miedo.

Uno de los principales objetivos terapéuticos a lograr en un tratamiento de desorden alimentario tiene que ver con el concepto de AUTORREGULACIÓN: comer a requerimiento y poder diferenciar hambre física del hambre emocional.

Hay una creencia muy arraigada en todas nosotras que es “si como cuando tenga hambre, no voy a poder parar”. Esta creencia tiene que ver con los años de infinidad de dietas que se comienzan y se dejan, con los años de percibir a nuestro cuerpo como traicionero y poco confiable. Está comprobado que las restricciones y privaciones impuestas por dietas hipocalóricas provocan ataques de comer compulsivo y subsiguientes subidas de peso. Este fenómeno se lo conoce como efecto yo-yo.

Las mujeres están acostumbradas a funcionar con controles externos: dietas, balanzas, médicos, que definen cuando debo sentir el hambre, cuanto debo pesar, que debo comer…

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“El hambre física es del cuerpo y se satisface con alimento. El hambre emocional es de los afectos y los vínculos y no se satisface con comida”.

“Nadie tiene porque decirte cuando debes comer: tu cuerpo te lo dice. Si lo escuchas cuando dice qué comer, también puedes oírlo cuando te dice: basta” (Geneen Roth). Cada persona lo siente de manera diferente y lo importante es tomar conciencia; no tenemos el mismo hambre todos los días ni siempre a la misma hora.

Cuando se va internalizando la creencia de que la mujer tiene derecho a comer lo que quiere y cuando quiere, los atracones se van espaciando.

El deseo de comer cuando no se tiene hambre es un buen indicador de que se desea algo menos tangible que la comida pero que no se sabe que es o se tiene la sensación de no ser capaz de conseguirlo. Lo más difícil para las mujeres en general, es descubrir qué quieren, qué necesitan.

El hambre física es del cuerpo y se satisface con alimento. El hambre emocional es de los afectos y los vínculos y no se satisface con la comida.

Las mujeres comienzan poco a poco a lo largo del proceso terapéutico a poder elegir. Con las dietas no se puede elegir: ellas restringen nuestras opciones y excluyen las necesidades emocionales y psicológicas. El comer de forma compulsiva es un indicador de que no se está recibiendo algo que se desea o necesita. Un atracón es como zambullirse en el olvido, se anestesia aquella emoción o sufrimiento que lo gatilló.

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“El comer de forma compulsiva es un indicador de que no se está recibiendo algo que se desea o necesita. Un atracón es como zambullirse en el olvido, se anestesia aquella emoción o sufrimiento que lo gatilló”.

No quiero olvidarme de retomar otra creencia muy internalizada en nuestra sociedad que es: MUJER DELGADA = MUJER ÉXITO. En la fantasía colectiva, estar delgada cambia toda la vida de una mujer; se consiguen: belleza, amor, sexo, éxito profesional y social, etc.

Las mujeres persiguen ese ideal de belleza, sin importar el costo físico y emocional que tenga. Las mujeres odiamos nuestros cuerpos, como si con la intensidad de nuestro odio pudiéramos obligarlos a cambiar.

Recientemente, se publicó en un periódico, que según un sondeo de Ipsos, en España un 3% de la población se ha sometido a alguna intervención de cirugía estética pero lo más alarmante de estos datos es que el 7% plantea hacerlo en un futuro.

Entonces, pareciera que el cuerpo se ha convertido en un campo de batalla donde vivimos nuestros conflictos de identidad, emocionales o vinculares. Existe una creencia mágica, muy fuertemente instalada en nuestra sociedad, que un conflicto interno de ese tipo se resuelve solucionando un problema externo.

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“No quiero olvidarme de retomar otra creencia muy internalizada en nuestra sociedad que es: MUJER DELGADA = MUJER ÉXITO. En la fantasía colectiva, estar delgada cambia toda la vida de una mujer; se consiguen: belleza, amor, sexo, éxito profesional y social, etc.”.

Antes de terminar, me gustaría abordar un concepto que está asociado a una palabra que las mujeres que sufren el comer compulsivamente, escuchan con mucha frecuencia: CONTROL.

Desde muy temprano aprenden que el hambre es algo incontrolable. Viven inmersas en el terror a la comida, al chocolate; convencidas que si pudieran llegar a controlar esa parte de ellas, todo lo demás armonizaría y sus vidas serían tan “plenas”.

Esta creencia no es más que un gran autoengaño que no deja ver el problema central: todo aquello que no pueden controlar en sus vidas tiene que ver con amar y ser amadas, respetarse, valorarse, poder elegir, ser autónomas y un largo etcétera.

Según Geneen Roth: “Una compulsión es una valiosa mensajera, cuenta una historia, hace una afirmación o una pregunta…”

El desafío consiste en animarse a entender cuál es el mensaje para cada una.

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“Todo aquello que no pueden controlar en sus vidas tiene que ver con amar y ser amadas, respetarse, valorarse, poder elegir, ser autónomas y un largo etcétera”.

DERECHOS INALIENABLES DE LAS MUJERES POR UN COMER PLACENTERO Y SIN CULPA

1.- NO a las dietas restrictivas porque aumentan tus ataques compulsivos.
2.- NO al recuento de calorías porque te obsesionan.
3.- NO al consumo de alimentos como anestesia emocional.
4.- NO a la talla única.
5.- NO al modelo de mujer/mamá de anuncio publicitario.
6.- NO a la obligación de complacer a todos.
7.- SI al placer por la comida.
8.- SI a tu gran belleza interna y externa.
9.- SI a elegir alimentos sanos como muestra de cariño hacia ti.
10.- SI al derecho a decir “no” sin culpas.
11.- SI al derecho a expresar tus rabias.
12.- SI a ser distinta porque eres única.

Fuente: Corina Hourcade en Mys Mujeres y Salud, nº 15