Rosa María Calaf

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El periodismo es la oportunidad de dar voz a quien no la tiene y contar lo que ves a la gente que no puede verlo.

Hablar con Rosa María Calaf es como ponerse ante un mapa mundi humano que te invita a recorrer a través de su biografía. Se apasiona y te cuenta sus vivencias sacándolas de su archivo en donde guarda cuarenta años de profesión periodística, treinta y siete de corresponsal por el mundo, millones de kilómetros, cientos de países y sobre todo, gentes: gentes distintas de todas las razas, de todas las latitudes, de todas las creencias…

La gente la mira conociéndolas de “toda la vida”, con su pelo rojizo y su mechón de pelo blanco que la caracteriza e identifica allá donde vaya.

Es un ejemplo vivo del mejor periodismo y ahora reflexiona y trata de llevar ese espíritu a charlas y conferencias para decirle a los futuros profesionales que no podemos frivolizar esta profesión que tiene el sagrado deber de trasladar la información sana, real, clara y verídica a los ciudadanos para que estos, puedan elaborar su opinión. Y asiste con pena a la banalización de esa información, de chispazo, de superficie, de titular, de espectáculo…

La charla con la Calaf -como se la llama entre colegas- es larga y profunda. Ojalá podamos transmitir toda la humanidad que respira.

De los orígenes

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Realmente era yo la que quería ser exploradora.

Al parecer tu abuelo era o quería ser explorador y ya a principios del siglo pasado viajaba a la India. ¿Te quedaron los genes de los viajes y de la aventura?

– Realmente era yo la que quería ser exploradora. Mi abuelo, no. Mi abuelo era un empresario brillante que importaba y exportaba porcelanas y cristal y por eso viajaba muchísimo. Recuerdo haber ido a despedirle al puerto de Barcelona. Veo, como si fuera hoy, un barco enorme; yo era muy pequeña, pero veo nítida aquella despedida. Mi abuelo tenía la aventura de los empresarios. En un momento de su vida se dedicó a importar azafrán, que después exportaba a Cuba. Yo congeniaba muy bien con mi abuelo, porque era la única nieta. Y me contaba, como se puede suponer, cientos de aventuras que no eran fantasías, sino realidades. Quizá de ahí me viene el espíritu viajero; o, mejor, la pasión viajera.

No pasa nunca desapercibida. Su imagen es conocida y su voz, singular.

– El periodismo es la oportunidad de dar voz a quien no la tiene y contar lo que ves a la gente que no puede verlo.

Perdón, Rosa: ¿Cuál es la génesis de ese mechón de pelo blanco?

– Desde siempre busqué una forma personal de pelo. Es una de las normas del periodismo anglosajón que dice que hay que buscar una seña que te identifique. Llevé el pelo de muchas maneras. Hasta que un día, Llongueras me puso el mechón. No lo llevaba tan marcado al principio; pero poco a poco fui haciéndolo más pronunciado y así lo llevo desde hace más de quince años. Y conste que a veces no es fácil, porque vas por países donde no es del todo normal.

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Yo quería salir al exterior, ver lo de fuera, vivir lo de fuera. Por otra parte, me gustaba escribir y hablar.-

¿Cómo llegas a la vocación periodística?

– Se dan una serie de circunstancias que me van encaminando hacia ella. Antes de periodismo, hice Derecho con idea de hacer la carrera diplomática, que es una constante en mi familia. Yo quería salir al exterior, ver lo de fuera, vivir lo de fuera. Por otra parte, me gustaba escribir y hablar. Ya en el colegio era la encargada de hacer el parlamento de final de curso… Estando en la Facultad nos ofrecieron en Radio Barcelona hacer un programa que se llamó “Antena Universitaria”. Y viví aquello de una manera muy intensa. Luego me fui a Estados Unidos a estudiar Relaciones Internacionales, siempre orientada hacia la diplomacia. Pero el gusanillo de la radio empezó a picarme. Y primero Radio Barcelona, luego Radio Peninsular… Tuve claro que la mejor manera de influir en España era dedicarme a la información de lo que ocurría fuera: quería contar aquí lo que pasaba más allá de nuestras fronteras. Y siempre viajando.

Y recuerda un viaje singular, en 1973…

– Fue precioso. Desde Barcelona a Ciudad del Cabo en coche, recorriendo 22 países africanos.

¿Para hacer algo en la radio?

– No, no, no. Para conocer ese mundo. Luego, es verdad que iba grabando cosas y cuando volví tuve un espacio en “Protagonistas”, con Luís del Olmo, en donde contaba cada día algo de lo vivido…

Hablando de periodismo

¿Qué es para ti el periodismo, aparte de esa pasión con la que te expresas?

– Conocer al otro. Acercarte a lo distinto y aprender de conocer al otro. Acercarte a lo distinto y aprender de lo que es diferente. Todo lo contrario de lo que se ve ahora, que tenemos miedo al diferente. Es una oportunidad hermosa poder dar voz a quien no la tiene y contar lo que ves a la gente que no puede verlo. Éso es el periodismo. Intentar mostrar la realidad para que la gente la conozca. Una oportunidad y, sobre todo, es una responsabilidad.

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Periodismo es conocer al otro. Acercarte a lo distinto y aprender de conocer al otro. Acercarte a lo distinto y aprender de lo que es diferente. Todo lo contrario de lo que se ve ahora, que tenemos miedo al diferente. Es una oportunidad hermosa poder dar voz a quien no la tiene y contar lo que ves a la gente que no puede verlo.

Después de casi 40 años en TVE recibes una carta en que te dicen adiós, y te anuncian la jubilación obligada.

– Conmigo se portaron bien, pero me pareció una aberración. No se puede permanecer en una empresa que no valora en absoluto si estás o no estás. Es decir, no es agradable trabajar en un sitio donde les da igual lo que hagas. Me parece indignante; pero no por mí. Porque había gente de 52, 53, 54 años… me parece una malversación de fondos públicos. Una empresa que se gasta un montón de dinero en formarte, no puede prescindir de tí cuando puedes rendir mejor que nadie. Es bueno que entre gente joven, pero no que haya una ruptura; en todos los sitios hay un respeto a los “seniors” porque son los que tienen la experiencia y la memoria. Borrarlos de un plumazo me parece casi un delito. Yo lo comparo con la sanidad. Pregúntale a una persona que va a operarse del corazón si prefiere que la opere un chico de veintitantos años o una de cincuenta y tantos… La experiencia es un valor. Y la gente que recibe la información tiene derecho a esa experiencia. Los años te dan ese sexto sentido para saber si una fuente es fiable o no. Por otra parte, no se puede permitir es contratación precaria de jóvenes que están obligados a aceptar todos los preceptos que les impongan precisamente por su precariedad. Los mayores y experimentados somos más incómodos, porque somos más libres… Se está frivolizando la información para evitar espíritu crítico; y así se logra una sociedad de consumidores en vez de una sociedad de ciudadanos.

Has hecho del periodismo tu vida, de manera que se ha convertido en una forma de vivir. ¿O es que el periodismo sólo puede vivirse así?

– Yo no sé otra manera de hacerlo. Quizá la haya; pero no la conozco. No puedo separar mi vida de mi profesión. El periodismo tiene tanto que ver con la vida, que no se puede separar.

¿Y qué sientes cuando personajillos del mundo del corazón se auto-titulan “periodistas”?

– Me pone muy nerviosa y me da mucha tristeza. Creo que se está engañando a la gente. Y matizo: no es que la prensa del corazón sea mala, ni mucho menos. Hay periodistas de este sector que hacen un trabajo muy digno y respetable. El problema es que empieza a ser rehén de ese otro llamado “periodismo basura” que se disfraza de tal. En vez de información, vomita cotilleo. Y corremos el riesgo de que al periodismo general le suceda lo mismo.

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Se está frivolizando la información para evitar espíritu crítico; y así se logra una sociedad de consumidores en vez de una sociedad de ciudadanos.

A lo mejor es que también la prensa en Internet obliga sólo a ver titulares y por tanto a frivolizar toda la información, sin profundizar.

– Es un círculo vicioso. De lo que se trata es de eliminar el espíritu crítico. Se busca la frivolización, la falta de profundidad, la falta de contextualización. Y esto es serio. Sólo se trata de dar el chispazo, sin antecedentes ni consecuentes, sin contexto: la superficie. Así no hay información. Y todo va impregnándose de esa superficialidad. Porque lo que interesa es una sociedad de consumidores, no de ciudadanos. Ésa es la clave. No somos conscientes de que ese privilegio que tenemos de poder consumir es a base de la pobreza de otros mundos. Se va a lo rápido, al titular, a la prisa… Hemos invertido los valores. Las nuevas tecnologías son una maravilla al servicio de la información, pero hace falta un periodismo más relajado, menos de impacto. Mira, cuando fui corresponsal en Nueva York, una crónica del telediario ocupaba 3 minutos. Cuando estaba en Roma pasó a minuto y medio, como máximo. Y en la última etapa dese Asia aún menos.

Si tuvieras que hacer un resumen de tu vida periodística, ¿qué es lo que echarías en falta?

– La verdad es que creo que he hecho más de lo que nunca soñé. Nunca soñé con poder estar donde estuve, y hacer lo que hice. Ten en cuenta que cuando yo empecé la cosa no era fácil. Y, además era mujer. He podido desarrollar una labor apasionante. ¿Echar de menos? Ahora que lo pienso, hubiera necesitado más tiempo. Porque para hacer buen periodismo hay que dedicarle mucho tiempo. Pero estoy muy agradecida a mi profesión y a todos mis compañeros. La gente debe saber que para hacer televisión uno solo no basta, que hay un equipo que hace posible que lo que estás diciendo en el lugar más apartado de China llegue hasta los hogares españoles.

La familia

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Los mayores y experimentados somos más incómodos, porque somos más libres.

Debes de estar harta de que siempre te pregunten por la familia; sobre si no echas de menos haber formado una familia, haber tenido una casa, unos hijos…

– No. Yo nunca quise tener una familia. La tuve maravillosa con mis padres y mis hermanos, pero nunca imaginé formar mi familia. Ya de niña, cuando jugaba a las mamás, yo no quería tener hijos. Yo quería salir, viajar, vivir aventuras. El trabajo que yo proyectaba era incompatible con formar una familia. Hubiera sido una irresponsabilidad por mi parte. Otra cosa son tus parejas, porque cada uno sabe dónde está, qué pretende, qué quiere. Y de hecho mis parejas han sido y son grandes amigos. Pero no he sacrificado nada. Si hubiera tenido hijos habría tenido que sacrificar cosas. Yo creo que en la vida hay que optar. Y esa fue una opción.

¿Y ahora? ¿Cómo va a ser tu tiempo sin tener la maleta continuamente preparada? ¿O vas a seguir viajando?

– ¡Claro! De hecho, no paro. Mira, he estado recorriendo Australia. Tres meses, en coche, en un todo terreno viviendo el país, 13.000 kilómetros. Y ahora tengo montones de cosas que hacer: charlas, clases, conferencias… casi siempre ligadas a la docencia, podríamos decir. Hablando de periodismo, que me apasiona. Y estoy muy metida en la divulgación y concienciación del envejecimiento activo. Mira, yo estoy encantada de ser mayor, pero no pienso hacerme vieja. Y que se entienda bien el matiz. En lo que de mi dependa, estaré siempre activa. Y si no puedo, pues no puedo. Pero mi tiempo es para viajar, para moverme, para ayudar a ONGs…

Me veo mayor, pero activa; no vieja. Lo importante es que no se arrugue la mente. Y para eso hay que -además de tener curiosidad- gozar de buena salud.

Viajes y más viajes

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Mira, yo estoy encantada de ser mayor, pero no pienso hacerme vieja. Y que se entienda bien el matiz. En lo que mi dependa, estaré siempre activa. Y si no puedo, pues no puedo. Pero mi tiempo es para viajar, para moverme, para ayudar a ONGs… Me veo mayor, pero activa; no vieja. Lo importante es que no se arrugue la mente. Y para eso hay que -además de tener curiosidad- gozar de buena salud.

Después de tantos años viviendo fuera del país y conociendo la realidad de otras culturas, ¿no sientes haber perdido contacto con España? ¿Cómo la ves ahora?

– Sí, éso es verdad; se nota la pérdida de contacto, aunque se recupera enseguida. Hay cosas que no entiendo, como el consumismo exacerbado. También observo que se ha perdido la calidez en el trato. No sé, me parece que se está dando prioridad constante a tener cosas frente al trato personal. Se ha perdido educación, no en el sentido académico, que quizá también, sino en el plano humano. Y sobre todo, creo que estamos cayendo en un concepto antinormativo de la libertad, como si fuera válido hacer lo que a cada uno le da la gana. Ese concepto que se abre paso de que todo vale, me parece terrible. Dicho esto, tengo que añadir que seguimos teniendo cosas muy buenas: todavía se cultiva el barrio, se puede hablar con la gente… Y tenemos un país precioso.

¿Cuántos países has conocido?

– Los contamos el otro día con motivo de una conferencia: 170.

¿ Y es verdad que te planteaste, ahora que tienes tiempo, conocer los otros 22 que completan los 192 que tiene registrados la ONU?

– Así es. Espero recorrerlos y conocerlo antes de que sea tarde.

¿ Y cuantos idiomas hablas?

– En ruso podría sobrevivir; pero no puedo decir que lo hablo. Sí el francés, el inglés, el italiano, un poco de portugués; y por supuesto, el catalán y el castellano.

– ¿Y el chino?

– Ni lo intenté. Allí en inglés y con traductor…

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Hay cosas que no entiendo, como el consumismo exacerbado. También observo que se ha perdido la calidez en el trato. No sé, me parece que se está dando prioridad constante a tener cosas frente al trato personal.

¿Qué te ha llamado la atención en China?

– Lo primero, que allí todo es inmenso, enorme. Todo hay que multiplicarlo por millones. Mira, para poder dar vivienda a toda la gente que emigra del campo a la ciudad tendría que construirse cada semana una ciudad como Barcelona. Éso sólo para dar una idea. Hay continuamente entre 200 y 300 millones de personas en movimiento. De ahí su capacidad de progresar; pero a costa de derechos fundamentales y sin respeto a la libertad individual. Todo lo que hacen y todo lo que han hecho no sería posible sin esa forma rígida de gobierno.

Cuéntame algún truco para hacer información en China sin tener problemas.

– Es difícil, porque si quieren fastidiarte, lo hacen. Es verdad que hay cientos de millones de usuarios de Internet; pero no es menos cierto que hay miles de funcionarios vigilando. En nuestro caso pasábamos muchas cosas, porque en el fondo no les importábamos mucho. Controlaban mucho más a los corresponsales de Estados Unidos, Inglaterra o Alemania. Los demás no importábamos tanto. El truco es emplear siempre la ironía y el doble sentido, ya que para captarlo hay que tener un dominio muy amplio del idioma.

También te impresionó mucho la Antártida.

– La recomiendo vivamente. Allí me pasó como cuando estás en un desierto. Te da idea de tu propia medida. Te miras y tienes la sensación real de que no eres nada y que puedes hacer muy poco por ti mismo ante aquella inmensidad. Allí calibras la importancia de la comunidad y del sentido social del ser humano. Es grandioso, sobrecogedor. Todo es distinto: los colores, la luz…

Nunca eché de menos formar una familia propia. Yo quería salir, viajar, vivir aventuras; y en esas condiciones formar una familia hubiera sido una irresponsabilidad.

¿Viajar es la mejor escuela?

– Sin duda. No hay nada que te enseñe tanto como ver, mirar, oír y escuchar a otras gentes, a otras culturas, a otras costumbres.

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¿Viajar es la mejor escuela? Sin duda. No hay nada que te enseñe tanto como ver, mirar, oír y escuchar a otras gentes, a otras culturas, a otras costumbres.

¿Has vivido momentos de peligro físico?

– Sí; pero créeme: no tiene ninguna importancia. Es como el peligro del bombero: se lleva en la profesión. Eso sí, necesitas preparación para ello y medios para evitarlo. Es decir, necesitas ir con el equipo adecuado, porque se trata de una profesión, no de una aventura temeraria. No es cuestión de valor, sino de sentido común.

¿Dónde lo pasaste peor?

– En Chechenia. O en Timor Oriental. Allí se estaba librando una auténtica guerra civil y el objetivo podíamos ser todos. Eras parte del conflicto. También pasé miedo en Beirut en el 82.

¿Un país para vivir?

– España, sin duda. Pero fuera de aquí, Italia y Argentina… Buenos Aires, que fue mi segunda patria. En general, se vive muy bien en los países mediterráneos, por su cultura, por su clima, por su gastronomía.

– ¿Y para trabajar?

– Seguramente Estados Unidos. O Canadá.

La desigualdad de la mujer

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“Allí me pasó como cuando estás en un desierto (…) Te miras y tienes la sensación real de que no eres nada y que puedes hacer muy poco por tí mismo ante aquella inmensidad. Allí calibras la importancia de la comunidad y del sentido social del ser humano”.

Una de tus preocupaciones constantes ha sido la desigualdad de la mujer. ¿Qué has visto, qué has vivido?

– Iniciar la carrera en aquello años, queriendo irme por el mundo, era una aventura; no sólo por ser periodista, sino por ser mujer. Cuando abrí la delegación en Buenos Aires, viví la primera anécdota: esperaban al corresponsal y creyeron que yo era la secretaria. Pero la verdad es que ser mujer no me ha impedido desarrollar mi labor, salvo en momentos concretos y en países también muy concretos, como en alguno islámico donde tenías que hablar a través de otro, por ejemplo.

¿Es verdad que Japón está por detrás de Namibia en cuanto a la igualdad de la mujer?

– Sí, parece increíble, pero es cierto. Poca gente es consciente de que, un país tan desarrollado como Japón ocupa el lugar 43 en discriminación hacia la mujer, por detrás de Namibia. En algunos países sería una anécdota divertida sino fuera tan dramática. Lo digo siempre, pero habrás visto fotos de las adolescentes japonesas vestidas con un estilo que aquí llamaríamos gótico. Bueno, pues estas niñas pasan el fin de semana paseando por las calles más caras de Tokio y siendo una pesadilla para sus familias. Otras veces ves a la juventud entristecida, apagada, sin salir de casa. Y todo porque hay un choque tremendo con la tradición, entre la costumbre y la novedad. Hay, por ejemplo, mucha violencia en la ciudad más segura del mundo. Y el índice de suicidios es altísimo; incluso hay en las librerías un manual para saber cómo suicidarse mejor… Los suicidas van al monte Fuji para acabar sus días. Y lo planifican todo. En invierno toman el metro, después un taxi, van al bosque y se pierden y se dejan morir de frío. En primavera, la patrulla especializada peina los bosques recogiendo cadáveres. Es impresionante. Todas las paradas de metro están protegidas por vallas para impedir que la gente se arroje al paso de los trenes.

23 Rosa María Calaf. Periodista

“Hay que saber también que en Irán una mujer vale la mitad que un varón. En un juicio puede ir un testigo si es hombre; pero tienen que ir dos si son mujeres. O un atropello conlleva una multa si la víctima es varón, pero la mitad de multa si es mujer…”

Y cuenta también que la mujer japonesa tiene pocas posibilidades de llegar a un puesto importante en la sociedad, y si lo hace, no se casa. Sorprende también que la píldora anticonceptiva estuvo prohibida hasta 1999. Y como ejemplo más claro, Aiko, la primogénita de los emperadores, no llegará al trono, ya que es mujer y accederá sin embargo un primo lejano.

Hay que saber también que en Irán una mujer vale la mitad que un varón. En un juicio puede ir un testigo si es hombre; pero tienen que ir dos si son mujeres. O un atropello conlleva una multa si la víctima es varón, pero la mitad de la multa si es mujer…

Y el drama de las niñas camboyanas…

Tienen la mala suerte de ser protagonistas de una tremenda superstición. Los vietnamitas creen que violar a una chiquilla camboyana trae suerte en los negocios y en la salud. Como consecuencia, son raptadas y violadas. Si sobreviven, las venden a burdeles por unos 40 euros. Y en Sri Lanka las niñas tenían prohibido asistir a clase; pero podían ser usadas como terroristas suicidas.

¿Y la mujer en China, siempre tan tradicional?

– Desde la llegada de Mao cambió mucho su situación. Antes no tenían ni nombre; y no es broma. Se llamaban por el orden de nacimiento: primera, segunda, tercera… Les destrozaban los pies, como sabes, para satisfacer a su futuro marido. Pero la llegada de Mao mejoró muchísimo su estatus. Y con Deng Xiaoping se ha modernizado. El 42 por cien de licenciados son mujeres; aunque es verdad que nunca una mujer ha ocupado un alto cargo.

– ¿Y sigue la ley del hijo único?

– Hay 118 niños por cada 100 niñas y hay regiones en las que no hay suficientes mujeres, por lo que se llega al rapto. La política de natalidad de China es férrea y sólo permitía un hijo por pareja; ahora permite más de uno si son familias que pertenecen a minorías étnicas o son rurales. Si son urbanas, si el primer hijo es niña, se permite tener un segundo hijo. Si no fuese así, se recurriría al aborto.

El paso y el peso del tiempo

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“Me veo activa, como ahora, con más años, pero activa. Guardo una enorme curiosidad. No quiero dejar de viajar, de ver… Las arrugas están por fuera y lo importante es que no se arrugue la mente. Y para eso hay que -además de tener curiosidad- gozar de buena salud, claro”.

¿No piensas escribir todas tus experiencias, todos tus viajes… una especie de revisión vital?

– Lo de escribir me da mucho respeto. Y para ello necesito calma, parar, meditar; porque no he anotado nada, ni he guardado nada. Siempre he mirado hacia delante. Ahora prefiero actuar. Estoy apasionada con todo lo que hago, tocando temas que me obligan a un reciclado intelectual muy interesante. Las memorias me obligarían a parar. Y de momento, ni puedo, ni quiero.

¿Cómo ves el paso del tiempo? ¿Te angustia, te agobia?

– En absoluto. No me asusta. Lo que me agobia es pensar que a lo mejor no me da tiempo a hacer todo lo que quiero. Tengo muchas cosas que hacer, quizá demasiadas…

Te ves viejecita…¿haciendo qué?

– Me veo activa, como ahora, con más años, pero activa. Guardo una enorme curiosidad. No quiero dejar de viajar, de ver… Las arrugas están por fuera y lo importante es que no se arrugue la mente. Y para eso hay que -además de tener curiosidad- gozar de buena salud, claro.

¿Temes la soledad o ya te has acostumbrado a ella como periodista desplazada siempre por el mundo?

– Quizá me acostumbré a la soledad por la profesión. Pero por otro lado me gusta la convivencia, me gusta el barrio, la charla. Aunque íntimamente tímida, soy bastante sociable.

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“Lo que me agobia es pensar que a lo mejor no me da tiempo a hacer todo lo que quiero. Tengo muchas cosas que hacer, quizá demasiadas…”

¿Temes la enfermedad?

– Sí, la temo, porque eso es algo que se escapa a tu voluntad y que te condiciona plenamente. Anula tu capacidad de decisión. Es lo que más miedo me ha dado siempre, en las estancias en países lejanos o en los viajes.

¿Cómo resuelven los países que has conocido la asistencia a los mayores?

– Depende mucho de los países y de su desarrollo. Hay una organización en los países que podríamos considerar “civilizadísimos” como los Estados Unidos o los nórdicos en donde el individuo va organizando su propia vejez, en lugares apartados donde tiene su apartamento y sus hobbies. Y los hay -coincide con los que tienen una vida más dura y difícil- que tienen una seguridad “comunitaria”. No se plantean qué va a ser de mi vida cuando sea mayor, porque esa vida es de la comunidad. Y si no tiene hijos, pues se hace cargo el vecino porque tiene mucho que enseñar. Pero me temo que no va a ser así por mucho tiempo, porque se están impregnando de las teorías de occidente.

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“Temo la enfermedad porque es algo que se escapa a tu voluntad y que te condiciona plenamente. Anula tu capacidad de decisión. Es lo que más miedo me ha dado siempre, en las estancias en países lejanos o en los viajes”.

¿Hay alguna cultura que no tema a la muerte?

– Si, si, si… En general, quienes tienen una vida dura y que conviven con la naturaleza tienen una idea de la muerte más serena y lógica: la ven como una consecuencia natural de la vida. En zonas de India, Japón o China les parece una cosa normal. Creo que nuestra cultura es la única que rechaza la idea de la muerte, que la oculta y hace todo lo posible por huir de ella.

¿Tú la temes, o eres de las que habla con ella para no tenerle miedo?

– No la temo. Hablo de ella. No me preocupa nada. Bien es verdad que no tengo ningún interés en verla y me gustaría retrasarla todo lo posible; pero no me preocupa. Por cierto, que siempre que hablo de este tema, me acuerdo de que me tengo que ocupar del testamento vital…

Rosa María es un archivo de culturas y vivencias. Hablar con ella es como tener a mano un atlas de la geografía humana, tamizada por su experiencia y por la habilidad de saber contarlo. No pudo perder más tiempo con nosotros. Tras nuestra charla se iba al aeropuerto. Primero, Galicia; luego, Barcelona; y más tarde a cualquiera de esos 22 países que todavía tiene que conocer…

Fuente: Ramón Sánchez-Ocaña, en http://www.revista-ballesol.es

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Fátima Mernissi, Magia del incienso.

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-“Hay magia en el aire, me murmuré justo antes de que mis ojos quedaran hipnotizados por un cuadro que me transportó fuera del tiempo”. *** Rachid Sebti, Magia del incienso

Nos equivocamos cuando decimos que el azar no existe. Porque cuando te ofreces una hora para vagabundear sin fijarte una meta concreta, creas ya un territorio en el que el azar puede manifestarse.  Esa tarde de primavera de 2003 me desperté con ganas de vagabundear. A la puesta de sol, me escapé hasta el Mercado de las Flores de la plaza Pietri, donde me regalé tres orquídeas y una rama de jazmín blanco, y fue en ese momento cuando me di cuenta de que había una exposición al otro lado de la plaza. El nombre del pintor me era desconocido. Lo que era una ventaja, porque, ese día, tenía ganas de desconectar. La galería estaba llena y al principio me entró pánico, porque me horroriza, cuando busco la ensoñación, que me embarquen en saludos y abrazos interminables Moroccan-Style, inevitables en el centro de Rabat. Se produjo un milagro: nadie me saludó. ¡Evidentemente! Todo el mundo estaba absorto con las imágenes expuestas. “Hay magia en el aire”, me murmuré justo antes de que mis ojos quedaran hipnotizados por un cuadro que me transportó fuera del tiempo.

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– “Y ¿cómo se puede practicar el sihr (magia) sin una azotea encalada donde una luna subversiva inunde con su luz turbia los sueños de las mujeres?”. ***Rachid Sebti, Entre deux coussins

Magia del incienso era su título y la escena me era conocida: era el harén familiar de Fez en 1958. Las tres adolescentes con los pies pintados con henna, cuyo sueño celebraba el cuadro, envueltas en una sábana cualquiera, sobre una alfombra, a un palmo del brasero donde expiraba el último trozo de incienso, eran mis primas después de la vigilia de ´Achoura. Efectivamente, eran Chama, Malika y Sakina, mis primas un año mayores que yo, adolescentes precoces que repetían clandestinamente las palabras mágicas del Qbul, ritual de seducción reservado en principio a las mujeres casadas. Estas últimas, es decir, mi madre y las mujeres de mis tíos, se engalanaban como princesas y volaban hacia la azotea antes de que apareciese la luna de la fiesta de ´Achoura, armadas con braseros incandescentes en los que echaban gri-gri disimulado con un poco de incienso, mientras salmodiaban públicamente la fórmula-poema (rubi) que embruja a los maridos para siempre. En cuanto mi madre terminaba de recitar el rubi (poema inventado por las mujeres) en la azotea, fijos sus ojos en la luna y sus manos tejiendo trampas imaginarias alrededor del jawi que ardía en el brasero, unos djinns poderosos se movilizaban para vigilar a mi pobre padre, ajeno a cuanto ocurría.

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-“Nos equivocamos cuando decimos que el azar no existe. Porque cuando te ofreces una hora para vagabundear sin fijarte una meta concreta, creas ya un territorio en el que el azar puede manifestarse”. ***Rachid Sebti, Sur-le-toit

A causa de los ritos mágicos, nuestro vecino, el cadí Chaui, que impartía un curso en la prestigiosa Universidad de Kairuán, prohibía sencillamente a sus tres mujeres que celebrasen la ´Achoura. Y como sabía, como todos los maridos Fassies, que las esposas no obedecen nunca a su dueño, tomaba la precaución de cerrar él mismo la puerta de la azotea con doble llave unos días antes de la fiesta.

-“Y ¿cómo se puede practicar el sihr (magia) sin una azotea encalada donde una luna subversiva inunde con su luz turbia los sueños de las mujeres?”, constataba mi abuela Yasmina escandalizada por la rigidez del cadí.

-“Uno de estos días” -le contestaban a coro Chama, Malika y Sakina, que contaban con la abuela para aprender las fórmulas mágicas-, “el cadí va a prohibir a sus dóciles mujeres que respiren”.

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-“Isti´dad, explicaba a las mujeres que lo visitaban, es la preparación que hay que recibir: tú no recibes nada de la vida si no aclaras primero tu deseo. Luego, debes concentrarte en la búsqueda”. ***Rachid Sebti

Dos viernes antes de ´Achoura, unos vendedores a lomo de burro invadían el barrio y llamaban a las puertas cuando se habían marchado los hombres para vender a las mujeres bkhour, preciosa mezcla de inciensos para quemar, empezando por el jawi y el fasukh. Yo aborrecía el olor de este último, pero como estaba decidida a seducir al planeta, me pegaba al brasero para aprender ´al-Isti´dad, término Sufí que repetía Sidi Soussi, el Fquih favorito de la abuela Yasmina. “Isti´dad”, explicaba a las mujeres que lo visitaban, “es la preparación que hay que recibir: tú no recibes nada de la vida si no aclaras primero tu deseo. Luego, debes concentrarte en la búsqueda”. El deseo mío estaba clarísimo: el planeta a mis pies. Y voy a armarme de jawi y de fasukh para seducir a los profesores que deben darme los diplomas y al hombre con el que me quiero casar.

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– “Y como sabía, como todos los maridos Fassies, que las esposas no obedecen nunca a su dueño, tomaba la precaución de cerrar él mismo la puerta de la azotea con doble llave unos días antes de la fiesta”. ***Rachid Sebti, Les volets bleus

Décadas más tarde, cuando vine a Rabat oficialmente para estudiar Derecho en la Universidad Mohammed V, descubrí los secretos del jawi y del fasukh al encontrar una maravilla que fue mi libro de cabecera: La farmacopea marroquí tradicional: medicina árabe antigua y saberes populares, de Jamal Ballakhdar. Fasukh, explicaba el libro, quiere decir literalmente el que deshace los sortilegios, y añadía que “es el nombre dado a la goma-resina que segrega la planta” que tiene por nombre latino Ferula communis o férula, o también falso hinojo. Bellakhdar afirma que Marruecos está mundialmente reconocido como productor de ésta sustancia mágica: “Fasukh… es el producto comercial más conocido bajo el nombre  de goma amoniaco de Marruecos. Esta antigua sustancia es conocida en todas partes, hasta en la India, y sirve para designar la droga que viene de Marruecos”. En cuanto a jawi o benjuí, está lejos de ser made in Morocco, explica Bellakhdar: “Es una abreviación de al-luban al Jawi, incienso, perfume de Jawa”. Y termina recordando que es el nombre que lleva esta resina aromática en todo el mundo musulmán. Leyendo el libro de Jamal Bellakhdar, me di cuenta de que estaba lejos de ser la única fan de estos productos y que sus consumidores se contaban, desde hace siglos, por millones a través del mundo musulmán.

Alexander Mann-Un regard sur le monde extérieur, Maroc  1892

– “El deseo mío estaba clarísimo: el planeta a mis pies. Y vo a armarme de jawi y de fasukh para seducir a los profesores que deben darme los diplomas y al hombre con el que me quiero casar”. ***Alexander Mann-Un regard sur le monde extérieur, Maroc 1892

Pero volviendo a la fiesta de ´Achoura que traían a mi memoria los cuadros de la exposición, y sobre todo los que invocaban el trance y las danzas espontáneas, el cadí Chaoui, que era un fino psicólogo, no dejaba de recordar a todas las mujeres de la calle de Salaj, en cuanto aparecía el primer vendedor de incienso, que la definición de la palabra sihr (magia) dada en el siglo XIII por Ibn Manzhur, el autor del diccionario Lissan al arab (La lengua de los árabes), está muy clara en cuanto a su naturaleza  criminal: “El sihr transforma el odio en amor… y, en ese sentido es una traición…”. El sihr es una actividad peligrosa, según Ibn Manzhur, “porque pervierte la naturaleza propia de las cosas… Transforma la mentira en su realidad. Os hace imaginar cosas que no existen”.

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– ” (…) transformar a todos los que me destestan, o, peor aún, a los indiferentes para los que ni siquiera existo, en enamorados perdidos, quemando un poco de jawi y de fasukh en una azotea inundada de luna! La idea de seducir al mundo y a los seres, teniendo a la luna por cómplice, no me abandonó nunca; (…)”. ***Rachid Sebti

Inútil decirles que yo bebía las palabras del cadí Chaoui y aprendía de memoria a Ibn Manzhur porque sólo soñaba con una cosa: dominar los sortilegios durante la luna llena de ´Achoura. Semanas antes de que llegara, yo trepaba detrás de Chama, Malika y Sakina por las escaleras de azulejos verdes de la gran casa familiar, para evitar que se me escapasen echando el cerrojo de la puerta de la azotea. Porque yo sabía que habían escamoteado algo de jawi  y de fasukh, cuando Yasmina declaró que le habían robado su reserva. ¡Ser la sehara de la calle Salaj era mi sueño! Y ¿por qué no?, me decía, con la ayuda de los estudios puedo concursar para el puesto de la sehara más poderosa del reino.

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– “El sihr (magia) es una actividad peligrosa, según Ibn Manzhur, porque pervierte la naturaleza propia de las cosas… Transforma la mentira en su realidad. Os hace imaginar cosas que no existen”. ***Rachid Sebti, La nuit de noces

¡Qué magnífica profesión, me repetía secretamente, una vez en la Facultad de Mohammed V en Rabat, observando atentamente los ciclos de la luna: transformar a todos los que me detestan, o, peor aún, a los indiferentes para los que ni siquiera existo, en enamorados perdidos, quemando un poco de jawi y de fasukh en una azotea inundada de luna! La idea de seducir al mundo y a los seres, teniendo a la luna por cómplice, no me abandonó nunca; de ahí el delicioso viaje en el tiempo hacia el harén de mi infancia, provocado por los cuadros de la exposición de Rachid Sebti.

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– ” (…) el Qbul, ritual de seducción reservado en principio a las mujeres casadas (…) se engalanaban como princesas y volaban hacia la azotea antes de que apareciese la luna de la fiesta de ´Achoura, armadas con braseros incandescentes (…) mientras salmodiaban públicamente la fórmula-poema que embruja a los maridos para siempre”. ***Rachid Sebti, Bonheaur partagé

En el siglo X, el historiador Mas´udi, que había prometido al principio de su libro Muruj adDahab hablarnos de cuanto había visto con sus propios ojos a lo largo de sus viajes, estaba maravillado, después de su visita a China, por la importancia dada a los artistas. “Los habitantes de ese imperio son, de entre las criaturas de Dios, los más hábiles con sus manos en la pintura y en las demás artes. Ninguna otra nación podría superarlos cualquiera que fuese la tarea. Cuando un chino ha hecho con sus manos un trabajo que él cree inimitable, lo lleva al palacio del rey con la esperanza de recibir una recompensa por su obra maestra. El rey ordena de inmediato que esa obra quede expuesta en palacio durante un año, y si durante ese tiempo nadie le encuentra ningún defecto, el rey concede al autor una recompensa y lo admite entre sus artistas. Pero si descubren un defecto en la obra, el autor queda despedido sin gratificación”.

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– ” (…) para intentar seducir al rey con un poco de jawi y de fasukh si fuese necesario, y que acepte restituirnos a nuestro artista, aunque sólo fuese a tiempo parcial durante el verano, para que ayude a las señoras de cierta edad, como yo, que viven en el Reino de Marruecos a reencontrar su adolescencia”. ***Rachid Sebti

Según el consejo de Mas´udi, propongo lo siguiente: si de aquí a mayo de 2004 nadie se queja de las pinturas de Rachid Sebti, que se envíe una delegación diplomática al Reino de Bélgica, porque allí vive el artista, para intentar seducir al rey con un poco de jawi y de fasukh si fuese necesario, y que acepte restituirnos a nuestro artista, aunque sólo fuese a tiempo parcial durante el verano, para que ayude a las señoras de cierta edad, como yo, que viven en el Reino de Marruecos a reencontrar su adolescencia.

 

Fuente: Fátima Mernissi, en “El País” del miércoles, 17 de septiembre de 2003. Traducción de Carmen Martí Fabra

 

 

 

 

 

 

 

 

Fatema Mernissi, a caballo entre Oriente y Occidente.

¿Por qué los Estados Árabes son tan hostiles a las mujeres? ¿Por qué no las pueden ver como fuerza motriz del progreso?

¿Por qué los Estados Árabes son tan hostiles a las mujeres? ¿Por qué no las pueden ver como fuerza motriz del progreso?

Fátima o Fatema Mernissi; (Fez, 1940). Escritora marroquí, una de las voces más relevantes de la intelectualidad del mundo árabe y una autoridad mundial en estudios coránicos. Fatema Mernissi nació en 1940 en un harén de Fez. Pertenecía a una familia acomodada, dueña de grandes extensiones de tierra y fiel a las tradiciones. La pequeña Fatema creció en un mundo de niños y mujeres cuya frontera vigilaba celosamente un portero llamado Ahmed.

La infancia de Mernissi son recuerdos de un patio cuadrado rodeado de columnas de mármol y azulejos y con una fuente en el centro. Cuatro enormes salones se abrían a este espacio: el de su familia, el de la abuela paterna, el de sus tíos y sus siete primos y, por último, la sala donde los hombres comían, escuchaban las noticias en la radio, cerraban negocios y jugaban a las cartas. En el piso superior habitaban las tías divorciadas y viudas con sus hijos. Todas las ventanas se abrían al patio. Ninguna daba a la calle.

En esta amplia vivienda cerrada al exterior no había eunucos ni esclavos ni bellas mujeres reclinadas voluptuosamente: el harén imperial otomano que ha llegado a Occidente a través de la pintura y las películas desapareció en 1909. En su lugar quedó el harén doméstico como el que Fatema Mernissi vivió en su infancia y describió más tarde en “Sueños en el Umbral. Memorias de una niña en el harén”, (1994), su única obra narrativa y una de las más aclamadas por la crítica internacional.

El harén imperial otomano que ha llegado a Occidente a través de la pintura y las películas desapareció en 1909. En su lugar quedó el harén doméstico como el que Fatema Mernissi vivió en su infancia y describió más tarde en "Sueños en el umbral. Memorias de una niña  del harén" (1994).

El harén imperial otomano que ha llegado a Occidente a través de la pintura y las películas desapareció en 1909. En su lugar quedó el harén doméstico como el que Fatema Mernissi vivió en su infancia y describió más tarde en “Sueños en el umbral. Memorias de una niña del harén” (1994).

Hija y nieta de mujeres analfabetas, Fatema Mernissi habló sólo árabe hasta los veinte años. Decidida a traspasar, entre otras, la barrera del idioma, no sólo aprendió varias lenguas sino que casi nunca ha escrito en la propia. Hasta la guerra del golfo Pérsico, en 1991, escribió en francés. Desde entonces, con un sentido pragmático, lo hace en inglés.

Mernissi se licenció en ciencias políticas en Marruecos y prosiguió sus estudios con una beca en la Universidad de la Sorbona, en París. Más tarde, obtuvo el doctorado en sociología en la Universidad de Brandeis (Estados Unidos) y, de vuelta a su país, pasó a ejercer de profesora en la Universidad de Mohamed V de Rabat y se dedicó a la investigación en el Centre Universitaire de la Recherche Scientifique de la capital marroquí. También en esa ciudad dirigía un Taller de Escritura.

Al regresar a Marruecos en los años setenta tras haber completado sus estudios en el extranjero, Mernissi se dio cuenta de que, más que convertirse en experta en su trabajo, lo que necesitaba primero era defender sus derechos a estar plenamente en ese trabajo, y para ello tuvo que volver a revisar los textos coránicos.

Tras un minucioso estudio de las diferentes versiones del Corán, Mernissi lanzó su más célebre afirmación: el profeta Mahoma había sido un hombre feminista y muy progresista para su época, y no fue él, sino otros hombres, quienes empezaron a considerar a las mujeres como personas de segunda clase. Escribió “Él harén político” con estas teorías, enfureció al régimen y el libro se convirtió en el único libro prohibido en Marruecos (todavía hoy), aunque en otros países musulmanes, como en Siria, obtuvo gran éxito.

Al regresar a Marruecos en los años setenta tras haber completado sus estudios en el extranjero, Mernissi se dio cuenta de que, más que convertirse en experta en su trabajo, lo que necesitaba primero era defender sus derechos a estar plenamente en ese trabajo.

Al regresar a Marruecos en los años setenta tras haber completado sus estudios en el extranjero, Mernissi se dio cuenta de que, más que convertirse en experta en su trabajo, lo que necesitaba primero era defender sus derechos a estar plenamente en ese trabajo.

“El velo y la élite masculina”, publicado en 1987, fue otro de sus estudios censurados en Marruecos y en algunos países musulmanes. La socióloga marroquí fue también una de las primeras en decir públicamente que la educación de la mujer en los países en vías de desarrollo es el mejor anticonceptivo existente.

Suyo es uno de los primeros estudios realizados a principios de los años ochenta en el que se demostraba científicamente la correlación entre la alfabetización de la mujer y el índice de natalidad. En Marruecos, por ejemplo, y tal como ella misma explica en su libro “Marruecos a través de sus mujeres”, de cinco hijos en las mujeres no alfabetizadas se pasa a dos en las alfabetizadas. Sus investigaciones en este sentido han sido de gran utilidad para las comisiones especializadas de las Naciones Unidas.

En otro de sus libros traducidos en España, “El poder olvidado. Las mujeres ante un islam en cambio”, recopiló una serie de artículos escritos en los años ochenta y principios de los noventa que intentaban responder, desde diferentes ángulos, a la pregunta que la obsesionaba por aquel entonces: ¿por qué los estados árabes son tan hostiles a las mujeres? ¿Por qué no las pueden ver como fuerza motriz del progreso? “No comprendí el misterio de la hostilidad estatal hacia la mujer -afirmó en una ocasión- hasta que estalló la guerra del golfo Pérsico. Fue entonces cuando se vio claramente que no se trataba de una guerra contra la feminidad sino de una guerra contra la democracia”.

La socióloga marroquí fue también una de las primeras en decir públicamente que la educación de la mujer en los países en vías de desarrollo es el mejor anticonceptivo existente.

La socióloga marroquí fue también una de las primeras en decir públicamente que la educación de la mujer en los países en vías de desarrollo es el mejor anticonceptivo existente.

Mernissi compagina sus múltiples actividades en Marruecos con su trabajo como escritora y las incontables invitaciones que recibe de todo el mundo para dar conferencias y presentar sus libros (toda su extensa obra ha sido traducida a varios idiomas y muchos de sus títulos son textos obligatorios en el ámbito universitario).

Su entusiasmo, como su risa, es una de sus características más destacadas. Tiene una extraña capacidad para tomárselo todo con imbatible ánimo, para convertir una derrota en un triunfo. Como, por ejemplo, el tema de su imagen. Fatema procura no salir en televisión y pocas veces se deja retratar en los periódicos y en las revistas de manera que su rostro sea reconocible: acostumbra a ponerse un pañuelo o a taparse un ojo o la boca o alguna parte de la cara.

Sin duda, ésta es una medida de prudencia más que necesaria para los tiempos que corren. Pero Fatema se niega a admitir esa limitación de su libertad, el reconocimiento de la presión de los integristas musulmanes, y prefiere decir que le gusta mantener el anonimato para poder investigar mejor y no ser reconocida por la calle y que al retratarse así está construyendo un símbolo de la situación de la mujer árabe, que no es del todo libre para hablar, ver y ser, a la vez que convierte sus retratos en una parte más de su lucha y de su mensaje.

Para Mernissi, el hecho de compartir el premio con Sontag era todo un símbolo de diálogo entre civilizaciones.

Para Mernissi, el hecho de compartir el premio con Sontag era todo un símbolo de diálogo entre civilizaciones.

En octubre de 2003, recibía en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras junto con la escritora estadounidense Susan Sontag. Para ella, el hecho de compartir premio con Sontag era todo un símbolo de diálogo entre civilizaciones. Coincidiendo con la entrega del galardón, llegó a Oviedo una caravana cívica en la que participaron ex presos políticos y artistas; para la ocasión, Mernissi escribió el libro “Los Simbads marroquíes. Guía para turistas cívicos”.

Su incansable activismo, el rigor extremo de sus estudios sobre el Corán y la originalidad de sus tesis feministas han convertido a Fatema Mernissi en una de las intelectuales más importantes del mundo árabe. Autora de obras de referencia como “Sexo, ideología e islam” (1975) o “Sultanas olvidadas” (1990), que han sido traducidas a una veintena de lenguas, a diferencia de la mayor parte de sus colegas de los países musulmanes, no vive en el exilio sino en Rabat.

Fatema Mernissi no se ha casado nunca y no tiene hijos, aunque ahora, convertida en una intelectual de prestigio internacional, reconoce que por primera vez le gustaría frenar un poco su actividad inagotable y encontrar a alguien con quien compartir su vida. De momento, ella no para, mientras desde Estados Unidos su agente literaria y secretaria personal, Edite Kroll, atiende las veinticuatro horas del día a cuantos desean invitar, traducir o entrevistar a esta mujer infatigable, a caballo entre Oriente y Occidente, entre la tradición y la modernidad.

Su entusiasmo, como su risa, es una de sus características más destacadas. Tiene una extraña capacidad para tomárselo todo con imbatible ánimo, para convertir una derrota en un triunfo.

Su entusiasmo, como su risa, es una de sus características más destacadas. Tiene una extraña capacidad para tomárselo todo con imbatible ánimo, para convertir una derrota en un triunfo.

 

 

 

 

La sexualidad de los inmigrantes de origen musulmán en los suburbios europeos.

Más allá de la miseria cultural, una auténtica miseria sexual hace estragos en los suburbios, y esta frustración ha alimentado la violencia.

Más allá de la miseria cultural, una auténtica miseria sexual hace estragos en los suburbios, y esta frustración ha alimentado la violencia.

“La sexualidad en las barriadas obreras siempre ha sido un tema tabú y, precisamente por ello, se ha convertido en una cuestión fundamental: el sexo ha pasado a ser objeto de todas las conversaciones, de todos los fantasmas, pero sin referencias y sin libertad.

Cuando yo era adolescente, no se hablaba de ello con los adultos y ni siquiera se abordaban las cuestiones relacionadas con la pubertad, como por ejemplo la primera regla. Una chica descubría su cuerpo y sus transformaciones por sí misma. Afortunadamente, en el instituto nos daban clase de educación sexual y allí podíamos hacer preguntas, entre dos ataques de risa tonta. Cuando ya tenían la regla, las cosas se hacían más difíciles para las chicas. Lo único que sus madres les decían podría resumirse en los siguientes términos: “¡Se acabaron los chicos!”. Una joven decente no podía andar por la calle, porque corría el riesgo de quedarse embarazada. Era el único discurso vinculado con la sexualidad que las chicas oían. De lo demás, de todo lo referente al acto sexual o a la vida amorosa, era imposible hablar.

LA MISERIA SEXUAL, FUENTE DE VIOLENCIA

Veinte años más tarde, la situación ha empeorado. En las barriadas obreras, no existe prácticamente otra educación sexual que la que se recibe a través de las cintas de vídeo porno que pasan de mano en mano. Una vez más, estoy convencida de que el papel de la educación pública francesa es fundamental. Para paliar las carencias, la escuela ha de desempeñar un papel motor en la educación, en su sentido más amplio, de los futuros ciudadanos. Por eso las clases de educación sexual que se imparten en los centros escolares han de ampliarse para abarcar cuestiones como el deseo, el placer, el respeto al compañero o a la compañera, cualquiera que éste o ésta sean, y no abordar sólo la prevención del SIDA, por muy importante que la cuestión siga siendo hoy.

La presión moral que se ejerce sobre las chicas es increíblemente fuerte y cualquier relación amorosa queda adulterada. El imperativo de la virginidad pesa en la vida diaria de las chicas, que saben que más les vale que no las desfloren, pues de lo contrario pagarán un altísimo precio.

La presión moral que se ejerce sobre las chicas es increíblemente fuerte y cualquier relación amorosa queda adulterada. El imperativo de la virginidad pesa en la vida diaria de las chicas, que saben que más les vale que no las desfloren, pues de lo contrario pagarán un altísimo precio.

Más allá de la miseria cultural, una auténtica miseria sexual hace estragos en los suburbios, y esta frustración ha alimentado la violencia. Para seducir a otra persona, para construir una relación, al menos hay que poder acercarse a ella, que se produzca un intercambio en un ambiente sosegado. Esto se ha vuelto imposible en las barriadas obreras, donde la mixidad ha desaparecido. La presión moral que se ejerce sobre las chicas es increíblemente fuerte y cualquier relación amorosa queda adulterada. El imperativo de la virginidad pesa en la vida diaria de las chicas, que saben que más les vale que no las desfloren, pues de lo contrario pagarán un altísimo precio. Una chica que se ha “acostado” pierde su reputación. Toda la barriada se entera y la chica lleva la infamia como si fuera una marca impresa con un hierro candente. No es una “chica decente”, sino una chica fácil, a la que llaman “guarra” y a la que tratan como si lo fuera. A partir de ahí los tíos de la barriada pueden permitírselo todo con ella.

En semejante sistema de relaciones, entre chicos y chicas sólo puede haber historias de amor cojas, llenas de malestar y de prejuicios. Lo que debería ser una relación natural, espontánea, se vive como una trasgresión, un “pecado” susceptible de provocar una sanción por parte del tribunal social. ¡A lo que se suma el rechazo de los demás y la amenaza de un castigo divino! A las relaciones amorosas les cuesta desarrollarse en las barriadas obreras. A los chicos tampoco les resulta sencillo vivirlas. Cuando un chico está enamorado -aquí decimos que esta quécro– los demás lo consideran como un bufón, por eso hará todo lo posible para ocultarlo. Y es que en la tribu masculina, los sentimientos se consideran signos de debilidad y sólo priman los valores viriles. Un chico enamorado puede ser muy tierno con su compañera en la intimidad y tratarla como un felpudo en público. Para una chica, salir con un chico que pertenece a una pandilla puede convertirse enseguida en un infierno, porque los demás chicos siempre se entrometen.

Paliza colectiva a un chico gay. Cuando los hombres están en grupo, la agresividad vuelve a dominar. Para demostrar su conformidad con el modelo de macho, los chicos se hacen los duros, durísimos. Esta actitud en ocasiones va acompañada de actos vandálicos.

Paliza colectiva a un chico gay. Cuando los hombres están en grupo, la agresividad vuelve a dominar. Para demostrar su conformidad con el modelo de macho, los chicos se hacen los duros, durísimos. Esta actitud en ocasiones va acompañada de actos vandálicos.

He podido observar esta transformación con ocasión de discusiones cara a cara con chicos jóvenes. Cuando están solos saben mostrarse tranquilos, dulces, atentos. Algunos pueden hacer declaraciones extraordinarias, recitar poemas, escribir cartas que parecen de Alfred de Musset en la jerga de los suburbios. Pero en cuanto se les unen los amigos, sufren una metamorfosis: cambian de lenguaje y de actitud frente a las chicas e inmediatamente integran la violencia como forma de expresión. Cuando los hombres están en grupo, la agresividad vuelve a dominar. Un chico también procurará no salir con las hermanas de sus amigos, porque esa relación se percibiría como una traición. A veces se producen historias del tipo Romeo y Julieta al pie de las torres de pisos: una chica y un chico del mismo barrio, criados juntos, se enamoran pero no pueden vivir su historia porque el chico no puede hacerle “eso” a su colega.

Para demostrar su conformidad con el modelo de macho, los chicos se hacen los duros y se jactan de “consumir amiguitas”. Algunos, claro está, no comparten este modelo pero, para que les dejen en paz, hacen gala de un comportamiento idéntico. Por consiguiente, un ligue nunca dura mucho. Los más duros durísimos tratan a las chicas como objetos que se pueden pasar de unos a otros. Algunos incluso llegan a “compartir” a su amiguita y a urdir auténticas trampas para ganarse la aprobación del grupo. Son los fenómenos de las violaciones colectivas, que en ocasiones van acompañadas de actos vandálicos. Samira Bellil lo explica perfectamente en su libro y también recogimos, con ocasión de la Marcha, algunos testimonios terribles, como el de una directora de instituto que nos contó que, unos años atrás, dos de sus alumnos, hermano y hermana, habían muerto la misma noche. El chico tenía quince años y su hermana trece. “Aquella noche -nos explicó- unos amigos vinieron a buscarlo a casa, porque organizaban una violación colectiva en unas chabolas que había no muy lejos de allí. Eran tíos de otro barrio, a los que no conocía demasiado, pero se fue con ellos. Cuando llegaron al lugar, la violación ya había empezado. Y ella era su hermana. Entonces perdió los estribos, corrió a casa, cogió el arma de su padre, volvió al lugar y se puso a dispararles a todos, empezando por su hermana, y luego a los demás. Por último volvió el arma hacia sí y se pegó un tiro”. Pero no ocultaremos la verdad: las violaciones colectivas no son ninguna novedad y no se producen únicamente en las barriadas obreras. También existen en los buenos barrios, sólo que se habla menos de ellas.

En semejante sistema de relaciones, entre chicos y chicas sólo puede haber historias de amor cojas, llenas de malestar y de prejuicios. Lo que debería ser una relación natural, espontánea, se vivie como una trasgresión, un "pecado" susceptible de provocar una sanción por parte del tribunal social. ¡A lo que se suma el rechazo de los demás y la amenaza de un castigo divino!

En semejante sistema de relaciones, entre chicos y chicas sólo puede haber historias de amor cojas, llenas de malestar y de prejuicios. Lo que debería ser una relación natural, espontánea, se vivie como una trasgresión, un “pecado” susceptible de provocar una sanción por parte del tribunal social. ¡A lo que se suma el rechazo de los demás y la amenaza de un castigo divino!

 

O sea, que en los suburbios, nunca es fácil vivir una historia de amor. Nunca se ven parejas abrazadas al pie de los edificios. Eso hace sufrir mucho, tanto a las chicas como a los chicos. Los jóvenes de las barriadas obreras revientan por falta de amor, de consideración y de respeto. Esto es muy perceptible en la cultura rap. En principio, esa música y esa danza, con su fraseología y sus gestos machistas, pueden parecer muy duras, máxime porque se ha observado una auténtica deriva hacia el machismo en esta cultura, en la que la presencia femenina se toleraba exclusivamente en los coros musicales o en videoclips dudosos. Pero cuando se escucha con atención la letra, enseguida se advierte que lo que esos muchachitos desean es sencillamente que les quieran y se deduce que llevan demasiadas cosas sobre sus espaldas. Además, aunque a las chicas no les sea fácil despuntar en este medio. Princess Aniès, Diam´s y muchas otras contribuyen, gracias a la calidad de su trabajo artístico, a que el rap evolucione en el buen sentido.

LA OBLIGACIÓN DE LA VIRGINIDAD Y LAS ESTRATEGIAS DE LAS CHICAS PARA ELUDIRLA

Para poder vivir su vida sentimental, las chicas se las arreglan como pueden. Por lo general, evitan salir con un chico de su barrio y buscan amigos en otra parte, pero entonces la relación ha de permanecer oculta. Tiene un solo lema: “Para vivir felices, vivamos a escondidas”. Cualquier ligue ha de llevarse en secreto. Incluso fuera de la barriada, mostrarse en público de la mano de un hombre significa exponerse a mucho riesgo.

Esta recrudecida opresión que viven las mujeres ha cambiado profundamente las prácticas amorosas y sexuales. Se trata de la implantación de un nuevo orden moral que toma a las chicas como rehenes.

Esta recrudecida opresión que viven las mujeres ha cambiado profundamente las prácticas amorosas y sexuales. Se trata de la implantación de un nuevo orden moral que toma a las chicas como rehenes.

Hemos tenido numerosos testimonios de este infierno en la Maison des potes. Historias de hermanos que le ajustan las cuentas al chico y luego le dan una paliza a su hermana. Y para verificar que la chica no ha “tenido un desliz”, el padre solicita un certificado de virginidad. Parece de otros tiempos, pero es una amarga realidad. En los barrios, hoy en día, hay médicos especializados en la emisión de certificados de virginidad. Algunos lo practican por convencimiento, pero la mayoría lo hacen sobre todo porque saben que firmar falsos certificados de virginidad es la única manera de librar a las chicas de unas represalias que pueden ser terribles. Sin embargo, esta verificación no absuelve totalmente a la joven, que deberá pagar un precio, al igual que su madre, a quién incumbía la tarea de vigilarla. Entonces llegan los golpes, la reclusión en casa y a veces el envío al “pueblo” o un matrimonio forzoso. Los hombres de la familia hacen todo lo preciso para “salvar el honor” de ésta y de su apellido. El castigo puede llegar hasta el caso extremo del asesinato.

Porque la obligación de la virginidad mata a las chicas en las barriadas obreras, tanto en sentido literal como figurado, porque también sofoca toda libertad. El himen se ha convertido en el símbolo de un cuerpo reservados sobre el que gravita el honor de una familia, de una comunidad. Los hombres se han apropiado del cuerpo de las chicas, han pasado a ser sus cancerberos (…)”.

El himen se ha convertido en el símbolo de un cuerpo reservado sobre el que gravita el honor de una familia, de una comunidad. Los hombres se han apropiado del cuerpo de las chicas, han pasado a ser sus cancerberos.

El himen se ha convertido en el símbolo de un cuerpo reservado sobre el que gravita el honor de una familia, de una comunidad. Los hombres se han apropiado del cuerpo de las chicas, han pasado a ser sus cancerberos.

 

UNA SEXUALIDAD OCULTA Y SOPORTADA

“(…) Esta opresión que viven las mujeres ha cambiado profundamente las prácticas amorosas y sexuales. Hemos asistido a una auténtica vuelta atrás y los comportamientos machistas se imponen nuevamente en el seno de las parejas. Se trata de la implantación de un nuevo orden moral que toma a las chicas como rehenes. Ello no impide que haya relaciones sexuales -muchas chicas, con velo o sin él, las tienen- pero éstas han de plegarse a determinadas condiciones. Como han de conservar su virginidad para preservar el honor de la familia y del barrio en general, las jóvenes se ven obligadas a vivir una sexualidad oculta, que desgraciadamente pasa a menudo, sobre todo en las primeras relaciones por la sodomía. Y si empleo la palabra “desgraciadamente” no es por establecer un juicio moral, sino porque ellas lo viven muy mal.

Es muy duro oír a una chica de dieciséis o diecisiete años, muy enamorada de su chico, hablar de su temor de que éste la deje si ella se resiste a hacer el amor con él. Es contradictorio, pero la vida en las barriadas obreras también se compone de esas cosas. La mayoría de las chicas aceptan tener relaciones sexuales a condición de preservar su virginidad y se dejan sodomizar con regularidad. Nos cuentan que esta forma de sexualidad no les proporciona ningún placer y que lo viven como una obligación. Lo único que hacen es someterse para satisfacer el deseo de su compañero.

La mayoría de las chicas aceptan tener relaciones sexuales a condición de preservar su virginidad y se dejan sodomizar con regularidad. Lo único que hacen es someterse para satisfacer el deseo de su compañero. Lo soportan para conformarse a un modelo -el de llegar vírgenes al matrimonio- y al deseo masculino.

La mayoría de las chicas aceptan tener relaciones sexuales a condición de preservar su virginidad y se dejan sodomizar con regularidad. Lo único que hacen es someterse para satisfacer el deseo de su compañero. Lo soportan para conformarse a un modelo -el de llegar vírgenes al matrimonio- y al deseo masculino.

Lo soportan para conformarse a un modelo -el de llegar vírgenes al matrimonio- y al deseo masculino. Pero sin placer, esas relaciones no tardan en hacerse insoportables. Cuando consiguen hablarnos de ello, cara a cara, lo hacen con el rostro arrasado en lágrimas. Y en sus confidencias, se oye un grito, un quejido indecible: su imposibilidad para vivir cargando con esa virginidad, sin la cual ya no son nada.

Lo más duro es que saben que semejante sumisión no impedirá que el joven las abandone. Cualquier mal de amores produce dolor, particularmente durante la adolescencia; pero, para estas chicas, el hecho de que las abandonen es tanto más violento cuanto que tienen la impresión de haber ido hasta el límite de lo admisible, de lo soportable. Dicen que lo han dado todo y que, a fin de cuentas, el tipo se ha burlado de ellas. Entonces se casan cada vez más jóvenes, con diecisiete o dieciocho años, con la esperanza de ser más libres una vez fuera del círculo familiar. No hacen más que librarse de unas obligaciones para someterse a otras: a menudo las encontramos, con veintiún o veintidós años, divorciadas y con un niño al que han de críar solas”.

Se casan cada vez más jóvenes con la esperanza de ser más libres una vez del círculo familiar. No hacen más que librarse de unas obligaciones para someterse a otras: a menudo las encontramos, con veintiún o veintidós años, divorciadas y con un niño al que han de críar solas.

Se casan cada vez más jóvenes con la esperanza de ser más libres una vez del círculo familiar. No hacen más que librarse de unas obligaciones para someterse a otras: a menudo las encontramos, con veintiún o veintidós años, divorciadas y con un niño al que han de críar solas.

Fuente: Fadela Amara, La sexualidad en las barriadas obreras (Capítulo 4). Ni putas Ni sumisas, 2004.

NI PUTAS NI SUMISAS

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“Jamás pensé que pudiéramos llegar a conseguirlo: congregar, el 8 de marzo de 2003 en las calles de París, a más de 30.000 personas, la mayoría de ellas procedentes de los suburbios, en torno a nuestro eslogan, `Ni putas Ni sumisas´. Ni en sueños me habría atrevido a imaginarlo.

Las asociaciones feministas llevaban años afanándose sin éxito en movilizar a la gente en defensa de sus temas tradicionales. Y he aquí que nosotras, un puñado de chicas de las barriadas obreras, sin gran experiencia política, conseguíamos federar a todos los partidos, sindicatos, asociaciones para la defensa de las mujeres y otras organizaciones existentes en la sociedad francesa. La opinión pública descubrió de repente a aquellas mujeres de las barriadas obreras, que se manifestaban para denunciar las distintas formas de violencia cotidiana de las que son víctimas. Los rostros de unas mujeres decididas y orgullosas por haber sabido romper el tabú de una nueva forma de sexismo.

Cinco semanas antes habíamos empezado la marcha ocho personas, seis chicas y dos chicos, en medio de la indiferencia y la desconfianza generales, para denunciar las violaciones colectivas* y otras agresiones masculinas. *( La palabra que utiliza la autora en el original es `tournante´ que en Francia se explica más ampliamente como una forma de violencia sexual surgida en los suburbios de las grandes ciudades y practicada principalmente por varones jóvenes de las clases más desfavorecidas. Consiste en una violación colectiva o violación en grupo y a veces se considera como una especie de rito iniciático de afirmación conjunta de la virilidad de unos chicos que abusan juntos sexualmente de una chica. Está tipificada como  violación y, por lo tanto, como delito). Recorrimos las ciudades francesas, a lo largo de veintitrés etapas, celebrando múltiples conferencias de prensa, encuentros con los representantes políticos y debates con los habitantes de las barriadas obreras, para prevenir contra este mal que gangrena los suburbios.

Habíamos empezado la marcha ocho personas, seis chicas y dos chicos, en medio de la indiferencia y la desconfianza generales, para denunciar las violaciones colectivas y otras agresiones masculinas.

Habíamos empezado la marcha ocho personas, seis chicas y dos chicos, en medio de la indiferencia y la desconfianza generales, para denunciar las violaciones colectivas y otras agresiones masculinas.

Unos meses antes se habían producido dos acontecimientos fundamentales que nos incitaron a organizar esta marcha. En primer lugar, aquel espantoso drama, acontecido el 4 de octubre de 2002: el asesinato de Sohane, una joven de dieciocho años que fue quemada viva en un sótano de Cité Balzac, barrio de Vitry-Sur-Seine. Hermosa e insumisa, Sohane había pagado con la vida su negativa a plegarse a las normas de funcionamiento de la barriada, a la ley del más fuerte. Su hermana mayor, Kahina, a pesar del desconsuelo el sufrimiento y las presiones, se negó a sumirse en el silencio y a quedarse callada. Con valentía y decisión (igual que su ilustre homónima, vinculada a la historia del pueblo beréber), Kahina denunció la barbarie que acababa de destrozar la vida de los suyos y quiso dar a conocer en voz alta el destino de las chicas de las barriadas obreras.

Desde el 4 de octubre del 2003 y sobre la tumba de Simone de Beavoir, se alberga otra inscripción: "A la memoria de Sohane, quemada viva, para que los jóvenes y las jóvenes vivan mejor en la igualdad y el respeto. Sohane Benziane, 1984-2002".

Desde el 4 de octubre del 2003 y sobre la tumba de Simone de Beavoir, se alberga otra inscripción: “A la memoria de Sohane, quemada viva, para que los jóvenes y las jóvenes vivan mejor en la igualdad y el respeto. Sohane Benziane, 1984-2002”.

Unos meses antes se había publicado un libro, Dans l´enfern des tournantes, de Samira Bellil, un relato en primera persona de estas violaciones colectivas que, desde entonces, aparecen en titulares de periódicos. Historias como aquella, de muchachas violadas por pandillas de chicos por no haber disimulado su feminidad, las habíamos oído muchas veces en los servicios de atención permanente de nuestras asociaciones. Una y otra vez, ante la excesiva presión de la barriada, las chicas se callaban y el barrio se encerraba en sus tabúes. El testimonio de Samira, crudo, directo y doloroso, al revelar tan increíble realidad, actuó como una bomba. Aquella mujer estuvo muy sola en su lucha, pero llegó hasta el final. Siento verdadera admiración por ella, por su gran humanidad. Durante los debates, en las distintas etapas de la Marcha, siempre explicaba que no podía perdonar a sus verdugos pero que, al mismo tiempo, podía entender por qué habían llegado hasta aquel extremo, su trayectoria, el lento proceso de destrucción al que se habían visto arrastrados aquellos jóvenes. Negándose a ceder al odio, nos dio una lección extraordinaria. Se convirtió en madrina del movimiento `Ni putas Ni sumisas´ , y me siento orgullosa de ello. Su libro también consiguió abrir los ojos a algunas mujeres que estaban viviendo el mismo infierno que ella y les dio fuerzas para decir `basta ya´.

Samira Bellil nació en Argelia, hija de una empleada del hogar y un obrero. En un barrio de Seine-Saint-Denis en Francia, fue sometida a violaciones colectivas. Denunció a sus violadores, y tuvo que abandonar su barrio. Samira cayó en la droga y el alcohol; sus violadores fueron condenados a 8 años de prisión. Basado en su experiencia escribió un libro "Dans l´enfern des tournantes". Murió el 7 de septiembre de 2004, a la edad de 31 años, enferma de un cáncer de estómago.

Samira Bellil nació en Argelia, hija de una empleada del hogar y un obrero. En un barrio de Seine-Saint-Denis en Francia, fue sometida a violaciones colectivas. Denunció a sus violadores, y tuvo que abandonar su barrio. Samira cayó en la droga y el alcohol; sus violadores fueron condenados a 8 años de prisión. Basado en su experiencia escribió un libro “Dans l´enfern des tournantes”. Murió el 7 de septiembre de 2004, a la edad de 31 años, enferma de un cáncer de estómago.

Las experiencias que vivieron Kahina y Samira, así como el apoyo que nos prestaron, reforzaron nuestro deseo de asumir hasta sus últimas consecuencias el reto, un poco temerario, de poner fin a esta violencia contra las mujeres.

Sin desalentarme frente al escepticismo ni a las resistencias de algunas personas de mi entorno, convencí a un puñado de militantes de las Maisons des potes* que presido de la necesidad de organizar una marcha para denunciar ante todo el mundo las prácticas de estos chicos de las barriadas obreras que, aun siendo una minoría, envenenan la vida en las mismas. * (Pote es una palabra francesa de argot que equivale a colega. Las Maisons des potes o Casas de los colegas son asociaciones de barrio creadas al amparo de SOS Racisme en distintas ciudades francesas a partir de septiembre de 1988. En julio de 1989 se fundó su Federación de ámbito nacional, actualmente presidida por la autora de la presente obra, Fadela Amara. La federación reúne a unas 300 entidades repartidas por todo el territorio francés y promueve la participación activa de las ciudadanas y los ciudadanos en la vida de las barriadas obreras). Así que empezamos por organizar unos `Estados Generales de las mujeres de los barrios´, fascinante momento de la toma de la palabra por parte de unas mujeres que se habían acostumbrado a callar. Luego vino la `Marcha de las mujeres de los barrios por la igualdad y contra el gueto´.

Yo no soy puta, yo no soy tu sometida. Sólo expreso mi desacuerdo. Acabad con la generalización, parad de insultarnos. Quisiera ser libre, caminar sin hacerme agredir.

Yo no soy puta, yo no soy tu sometida. Sólo expreso mi desacuerdo. Acabad con la generalización, parad de insultarnos. Quisiera ser libre, caminar sin hacerme agredir.

En febrero-marzo de 2003, la `Marcha de las mujeres de los barrios por la igualdad y contra el gueto´ marcó el inicio de una toma de conciencia colectiva. Más allá del desempleo que afecta más duramente a las jóvenes de las barriadas obreras, de la pobreza que padecen las familias, cualquiera que sea su origen, de la exclusión cultural y política que margina a sus habitantes, de las discriminaciones de las que diariamente son víctimas los jóvenes procedentes de la inmigración, de las formas de violencia que se dan en los barrios abandonados a su suerte, los suburbios están viviendo una lenta degradación social, una lenta deriva hacia el gueto, que ya se ha cobrado sus primeras víctimas: las chicas. Las violaciones colectivas no son sino el rostro más cruelmente visible de la misma. Toda una serie de humillaciones y de obligaciones socavan ya la vida diaria de estas mujeres. Desde hace unos meses, han empezado, a nuestro lado, a decir `basta´. Para afirmar que son `femeninas, incluso feministas, que quieren poder llevar falda sin que se las tilde `guarras´, como tan acertadamente decía Louisa, cantante de hip-hop de Marsella.

Cada vez más chicas, más madres, pero también más chicos, nos oyen y despiertan. Ahora se trata de seguir luchando para que las cosas cambien. "Levántate y anda" se ha convertido en el lema de todas aquellas y todos aquellos que desean que, por fin, algo se mueva.

Cada vez más chicas, más madres, pero también más chicos, nos oyen y despiertan. Ahora se trata de seguir luchando para que las cosas cambien. “Levántate y anda” se ha convertido en el lema de todas aquellas y todos aquellos que desean que, por fin, algo se mueva.

Para nosotros, para mí, no se trataba de contribuir a la estigmatización alguna de los chicos de estas barriadas. No todos se han convertido en unos machistas, en unos gamberros dedicados a negocios turbios de mayor o menor envergadura en unas barriadas obreras convertidas en territorios sin ley, como a veces se dice. Pero no cabe duda de que se han instaurado algunos comportamientos violentos y de que algunas costumbres se han degradado.

Trato de analizar aquí nuestras barriadas obreras con mirada lúcida. Si la constatación es amarga, la esperanza, en mi opinión, no está fuera de nuestro alcance. Se ha roto la omertà, la ley del silencio ante un delito. Cada vez más chicas, más madres, pero también más chicos, nos oyen y despiertan. Ahora se trata de seguir luchando para que las cosas cambien. “Levántate y anda” se ha convertido en el lema de todas aquellas y todos aquellos que desean que, por fin, algo se mueva”.

Fascinante momento de la toma de la palabra por parte de unas mujeres que se habían acostumbrado a callar. Han empezado a decir "basta".

Fascinante momento de la toma de la palabra por parte de unas mujeres que se habían acostumbrado a callar. Han empezado a decir “basta”.

Fuente: Fadela Amara, Prefacio, Ni putas Ni sumisas, 2004

Fatema Mernissi: El harén de las mujeres occidentales es la talla 38

Mariano Fortuny, La Odalisca, 1861. Museo de Bellas Artes de Barcelona.

Mariano Fortuny, La Odalisca, 1861. Museo de Bellas Artes de Barcelona.

Era la primera vez que me decían semejante estupidez respecto a mi talla. Los piropos a mis caderas anchas que me han dicho los hombres por las calles marroquíes me habían llevado a creer durante años que todo el planeta pensaba lo mismo. Es cierto que con la edad cada vez voy oyendo menos piropos al pasar por la medina, y claro que me he dado cuenta de que el silencio es mayor ahora cuando camino por los bazares. Pero hace tiempo que aprendí a no buscar en el mundo exterior formas de reafirmar la seguridad en mí misma, dado que mis rasgos nunca han encajado en los estándares locales de belleza y he tenido que defenderme en varias ocasiones de los comentarios ofensivos por parte de algunos hombres que me llamaban zirafa (o sea, jirafa) por culpa de mi cuello demasiado largo. En realidad, paradójicamente, cuando me fui a estudiar a Rabat descubrí que mi principal atractivo a ojos de los demás residía justo en la confianza narcisista que había desarrollado con el fin de protegerme de lo que llegué a considerar como “el chantaje de la belleza”. Mis compañeros no podían creerse que me importara un comino lo que pensaran de mi aspecto físico. “Mira, querido Karim, lo único que necesito para sobrevivir es pan, aceitunas y sardinas. Que pienses que tengo el cuello demasiado largo es asunto tuyo, no mío.” En cualquier caso, en una medina ni los comentarios sobre la belleza ni los piropos son algo definitivo o serio; todo se puede negociar. Pero en aquellos grandes almacenes norteamericanos la cosa parecía diferente.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814.  Museo del Louvre.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, La gran odalisca, 1814. Museo del Louvre.

Debo confesar que en aquel entorno neoyorquino perdí mi acostumbrada confianza. No es que me sienta segura de mí misma en todo momento, pero tampoco voy por la calle o por los pasillos de la universidad dudando sobre qué pensarán de mí los demás. Por supuesto, cuando oigo un piropo mi ego crece igual que un soufflé de queso, pero en general no espero demasiado. Hay mañanas en que me veo fea, si me siento cansada o pachucha, pero otros días me encuentro maravillosa solo porque hace sol o porque he conseguido escribir un párrafo bueno. Y de pronto, en aquella tienda norteamericana tan grande y silenciosa, en la que había entrado con aire triunfal gozando de mi legítimo status de consumidora soberana dispuesta a gastar dinero, me sentí atacada de una forma brutal. Mis caderas, hasta el momento símbolo de una madurez serena y desinhibida, repentinamente eran condenadas como una deformación.

-Y ¿se puede saber quién establece lo que es normal y lo que no? -pregunté a la dependienta como queriendo recuperar algo de mi seguridad si ponía a prueba las reglas establecidas. Jamás dejo que nadie me evalúe y decida si soy guapa o no, quizá porque de niña, en Fez, no encajaba en los moldes de belleza y siempre me estaban diciendo que era demasiado alta, demasiado flaca, que tenía los pómulos demasiado marcados y los ojos demasiado rasgados, en una ciudad tradicional donde se elogiaba a las muchachas regordetas y con cara de pan. Mi madre siempre estaba lamentándose de que nunca encontraría marido, por lo que me animaba a estudiar y a aprender toda clase de habilidades, desde narrar cuentos hasta bordar, si es que quería sobrevivir en este mundo. Yo siempre le decía: Si Alá me ha hecho así, ¿cómo puede haberse equivocado, madre? Aquello la dejaba callada una temporadita, pues si me replicaba, mi pobre madre habría estado atacando al mismísimo Señor. Esa táctica de glorificar mi extraño aspecto como si se tratara de un don divino me ayudó no solo a sobrevivir en aquella ciudad tradicional y tan estrecha de miras, sino que además empecé a creérmelo. Casi me volví segura de mí misma. Digo casi porque me di cuenta de que la confianza en uno mismo no es algo tangible y estable, como un brazalete de plata que no cambia por mucho que pasen los años. La confianza en uno mismo es como una lucecita débil que va y viene, por lo que tenemos que cuidarla constantemente. Bastaría que alguien me dijera que soy fea, para tener que cuestionarme de nuevo todo el proceso. Y eso es justo lo que me sucedió en aquellos grandes almacenes norteamericanos.

-¿Y quién ha dicho que todo el mundo deba tener la talla treinta y ocho? -bromeé, sin mencionar la talla treinta y seis, que es la que usa mi sobrina de doce años, delgadísima.
En aquel momento, la señorita me miró con cierta ansiedad.
-La norma está presente en todas partes, querida mía -dijo-. En las revistas, en la televisión, en los anuncios. Es imposible no verlo. Tenemos a Calvin Klein, Ralph Lauren, Gianni Versace, Giorgio Armani, Mario Valentino, Salvatore Ferragamo, Christian Dior, Yves Saint-Laurent, Christian Lacroix y Jean-Paul Gaultier. Los grandes almacenes siguen la norma de la moda. -Hizo una pausa, para concluir con lo siguiente-: Si aquí se vendiera la talla cuarenta y seis o la cuarenta y ocho, que son probablemente las que usted necesita, nos iríamos a la bancarrota. -Se detuvo un instante y luego me miró con ojos escrutadores-. Pero ¿en qué mundo vive usted, señora? -De repente tuve la sensación fugaz de que podríamos entendernos-. Lo siento, pero no puedo ayudarla, de verdad. -Me dio la impresión de que lo lamentaba realmente. Y de pronto se mostró muy interesada. Se quitó de encima a una clienta que se había acercado para pedirle ayuda-: ¡Busque a otra dependienta! ¿No ve que estoy ocupada? -Parecía querer proseguir con nuestra conversación unos minutos más.

Nathan Altman, Retrato de Ana Ajmatova. Museo Estatal Ruso, San Petersburgo.

Nathan Altman, Retrato de Ana Ajmatova. Museo Estatal Ruso, San Petersburgo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que debía de tener mi edad, cincuenta y muchos. Pero, a diferencia del mío, su cuerpo era esbelto como el de una adolescente. Su vestido Chanel por encima de la rodilla, en color azul marino, tenía el típico cuello de seda blanca, reminiscencia de la modesta elegancia católica de las jovencitas de la aristocracia francesa de principios de siglo. Un fino cinturón de perlas realzaba la delgadez de su talle. Con aquel pelo corto de rizos estudiados, y su sofisticado maquillaje, a primera vista me había parecido que tenía la mitad de años que yo.

-Pues vengo de un país donde no existen las tallas en la ropa de mujer -repliqué-. Yo misma me compro la tela, y la costurera del barrio o un artesano me hace la falda que le pido, de seda o de cuero. Me toman las medidas en cada visita. Ni la costurera ni yo sabemos nunca cuál es la talla de la falda que me va a hacer. Mientras la cose, vamos descubriéndolo. En Marruecos, mientras pague los impuestos, a nadie le importa cuál sea mi talla. De hecho, si quiere que le diga la verdad, no tengo ni idea de qué talla uso. La señorita se echó a retír realmente divertida, y me dijo que debería hacer publicidad de mi país, que le parecía un paraíso para las mujeres trabajadoras y estresadas.
-¿Quiere usted decir que no vigila su peso? -me preguntó con cierta incredulidad. Tras un breve silencio, añadió en voz alta pero como si estuviera hablando consigo misma-: Muchas mujeres que tienen puestos de trabajo muy bien pagados, relacionados con el mundo de la moda, podrían verse de patitas en la calle si no siguieran una dieta estricta.

Sus palabras eran tan claras y la amenaza que implicaban tenían tal carga de crueldad que me di cuenta por primera vez de que quizá la talla treinta y ocho fuera una restricción aún más violenta que el velo musulmán. Me despedí de ella, para no entretenerla por más tiempo y para no meterla en una conversación tal vez demasiado emocional y no muy bienvenida, en un intercambio de confidencias sobre los recortes de salario debidos a la edad. Probablemente habría alguna cámara de seguridad grabándonos en esos momentos.
Sí, pensé, acababa de encontrar la respuesta a mi enigma. A diferencia del hombre musulmán, que establece su dominación por medio del uso del espacio (excluyendo a la mujer de la arena pública), el occidental manipula el tiempo y la luz. Este último afirma que una mujer es bella solo cuando aparenta tener catorce años. Si una comete la osadía de aparentar los cincuenta o, peor aún, los sesenta, resulta simplemente inaceptable. Al dar el máximo de importancia a esa imagen de niña y fijarla en la iconografía como ideal de belleza, condena a la invisibilidad a la mujer madura. De hecho, el occidental moderno refuerza así las teorías sostenidas por Immanuel Kant en el siglo XVIII. Las mujeres deben aparentar que son bellas, lo cual no deja de ser infantil y estúpido. Si una mujer aparenta madurez y seguridad en sí misma, y por lo tanto no se avergüenza de unas caderas anchas como las mías, se la condena por fea. Así pues, la frontera del harén europeo separa una belleza juvenil de una madurez que se considera de mal gusto.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, Interior de un harén. Museo del Louvre, París.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, Interior de un harén. Museo del Louvre, París.

Sin embargo, las actitudes occidentales son más peligrosas y taimadas que las musulmanas porque el arma utilizada contra las mujeres es el tiempo. El tiempo es algo menos visible, más fluido que el espacio. El occidental congela con focos e imágenes publicitarias la belleza femenina en forma de niñez idealizada y obliga a las mujeres a percibir la edad, es decir, el paso natural de los años, como una devaluación vergonzante. ¡Ahora resulta que soy un dinosaurio!, me dije en voz alta casi sin darme cuenta, mientras recorría las filas de faldas de la tienda con la esperanza de demostrarle a la señorita que estaba equivocada. Pero al cabo de media hora tuve que reconocer que no iba a encontrar nada que me valiera. Este chador occidental, cortado según el patrón del tiempo, resultaba más disparatado que el fabricado con el espacio, el que imponen los ayatolás.
La violencia que implica esta frontera característica del mundo occidental es menos visible porque no se ataca directamente la edad, sino que se enmascara como opción estética. En efecto, en aquella tienda no solo me sentí repentinamente horrorosa, sino también inútil. Mientras los ayatolás consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que la señalan y marginan. Este tipo de mujer bordea la inexistencia. Al ensalzar solo a la mujer prepubescente, el hombre occidental impone otra clase de velo a las mujeres de mi edad, nos tapa bien con el chador de la fealdad. Solo de pensarlo siento escalofríos. Es como marcarnos la piel con esa frontera invisible. La costumbre china de vendar los pies de las mujeres funciona exactamente igual: los hombres consideraban bellas solo a las que tuvieran los pies de una niña. No es que los chinos obligaran a las mujeres a ponerse vendajes en los pies para detener su crecimiento normal. Simplemente definían el ideal de belleza. En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre. De este modo, si tengo la intención de encontrar una falda elegante diseñada para una mujer guapa, se supone que debería reducir el tamaño de mis caderas para caber en la talla treinta y ocho. Las musulmanas nos sometemos al ayuno solo durante el mes del ramadán, pero es que las desgraciadas occidentales tienen que estar a dieta los doce meses del año. Quelle horreur! , me repetía sin cesar, mientras contemplaba a las señoras norteamericanas comprando ropa en aquella tienda. Todas las que tenían mi edad parecían adolescentes rebosantes de juventud.

En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre.

En la China feudal, una mujer conseguía ser bella si sacrificaba voluntariamente su derecho a moverse, al mutilarse los pies para demostrar que el único objetivo de su vida era agradar al hombre.

Según Naomi Wolf, durante los años noventa la talla exigida a las modelos se redujo de forma drástica. “Hace una generación, la modelo típica pesaba un 8 por 100 menos que la mujer media norteamericana, mientras que hoy la diferencia es de un 23 por 100… El peso de Miss America cayó en picado, y el de la modelo típica de Playboy playmates se redujo de un 11 por 100 por debajo del peso medio en 1970 a un 17 por 100 de diferencia ocho años después” 1. Según esta autora, la reducción de la talla ideal es una de las causas de la anorexia y de otros problemas de salud. ” (…) la extensión de los desórdenes en la alimentación creció de manera exponencial, mientras aparecieron muchas neurosis relacionadas con la comida y el peso que hicieron perder el sentido del control a muchas mujeres” 2. De repente, el misterio del “harén europeo” cobró sentido ante mí. En esta parte del mundo, el arma empleada es ensalzar la juventud a toda costa, y condenar el envejecimiento. En Nueva York se recurre a la dimensión temporal contra las mujeres, igual que en Teherán el ayatolá iraní usa la dimensión espacial con la intención de que las mujeres se sientan fuera de lugar e inoportunas. El objetivo es el mismo en ambos casos. Las occidentales que viven en su tiempo, adquieren experiencia con la edad y alcanzan la madurez son consideradas feas por parte de los profetas de la moda, igual que las iraníes que osan aparecer en el espacio público.

El poder del hombre occidental reside en dictar cómo debe vestirse la mujer y qué aspecto debe tener. Es el hombre quien controla toda la industria de la moda, desde la cosmética hasta la ropa interior. Me di cuenta de que Occidente es la única parte del mundo donde las cuestiones de la moda femenina son un negocio dirigido por hombres. En países como Marruecos la moda es cosa de mujeres. Pero esto no es así en Occidente. Naomi Wolf explica que los hombres controlan una inmensa parafernalia de productos casi fetiche: “Una serie de industrias poderosísimas (la industria alimentaria, con ganancias de 33.000 millones de dólares al año; la industria de la cosmética, con 20.000 millones; la de la cirugía plástica, con 300 millones; y la industria de la pornografía, con beneficios anuales de 7.000 millones de dólares) han prosperado gracias a las sumas de dinero que genera la ansiedad inconsciente, y a través de la cultura de masas son capaces, a su vez, de usar, estimular y reforzar la alucinación, en una espiral económica que crece y crece sin cesar” 3.

Jean-León Gérôme, Los baños del harén

Jean-León Gérôme, Los baños del harén

Pero ¿cómo funciona este sistema? ¿Por qué lo toleran las mujeres? De todas las explicaciones posibles, la que más me gustó fue la del sociólogo francés Pierre Bourdieu. En su último libro, La domination masculine. “La violencia simbólica es una forma de ejercer el poder, que repercute directamente sobre el cuerpo de la persona, como por arte de magia, sin constricciones físicas aparentes. Pero esta magia solo funciona porque activa códigos ocultos en las capas más profundas”4. Leyendo a Bourdieu tuve la sensación de empezar a comprender mejor la psique de los hombres occidentales. Bourdieu explica que, debido a que las industrias de la cosmética y de la moda no son más que la punta del iceberg, da la sensación de que la predisposición de las mujeres a asumir los dictados impuestos por aquellas es una actitud que no les exige esfuerzo alguno, como si fuera natural. De otro modo resultaría imposible entender por qué las mujeres se menosprecian tan espontáneamente. Bourdieu se plantea por qué las propias mujeres se hacen la vida tan difícil, al escoger que su pareja sea siempre más alta o mayor que ellas, por ejemplo. “La mayoría de las francesas desean tener por marido a un hombre mayor que ellas y que además, lo cual es totalmente coherente, sea más grande que ellas, en cuanto a lo referente al tamaño”5.
Atrapadas en esta sumisión hechizante, característica de la violencia simbólica inscrita en las capas misteriosas de la carne, las mujeres renuncian a “los signos comunes de jerarquía sexual” (“les signes ordinaires de la hiérarchie sexuelle”), tales como el envejecimiento y un cuerpo que engorda. Bourdieu insiste en que solo comprenderemos cuánta fuerza implican esta “violencia simbólica” y su embrujo si tenemos en cuenta esta conexión entre unas instituciones serias y la industria, aparentemente frívola, de la belleza” 6.

Bordieu insiste en lo importante del matiz de “simbólico” del concepto clave que lleva ya décadas intentando introducir con gran tesón en los análisis de mercado, al referirse a “l´économie des biens symboliques”, donde se distancia tanto del discurso económico estrictamente materialista como del etnográfico, al introducir la subjetividad de los actores allí donde los intercambios tienen que ver con la relación de dominación y que explica el carácter mágico de la obediencia de las mujeres a los códigos cosméticos y de la moda, tan constrictivos.
“Al tomar la palabra “simbólico” en uno de sus sentidos más comunes, quizá pueda pensarse que subrayar la “violencia simbólica” sea minimizar el papel de la violencia física y (hacer) olvidar que existen mujeres golpeadas, violadas y explotadas, o, lo que sería peor aún, disculpar a los hombres que recurren a esta forma de violencia. Evidentemente, no es esa mi intención. Al entender el adjetivo “simbólica”, como opuesto a “real” o “efectiva”, podríamos suponer que la violencia simbólica es una violencia puramente “espiritual” y, en definitiva, sin efectos reales. Esta es la distinción ingenua, propia de un materialismo primario, que la teoría materialista de los bienes simbólicos (en cuya elaboración llevo trabajando ya varios años) trata de destruir, suplantándola por la objetividad de la experiencia subjetiva de las relaciones de dominación. Otro malentendido consiste en creer que la referencia a la etnología, cuyas funciones heurísticas he tratado de exponer aquí, es supuestamente un medio de restaurar, bajo una apariencia científica, el mito del “eterno femenino” (o masculino) o, aún más grave, de eternizar la estructura de dominación masculina al describirla como invariable y eterna. Por lo tanto, lejos de afirmar que las estructuras de dominación son ahistóricas, trataré de establecer que son, más bien, el producto de un trabajo incesante (por lo tanto, histórico) de reproducción al que contribuyen los agentes particulares (esto es: los hombres, con armas como la violencia física y la violencia simbólica) y las instituciones (familia, iglesia, escuela, Estado)”7.

 En cuanto entendí cómo funciona esta sumisión mágica empecé a sentirme bastante aliviada porque los ayatolás conservadores aún no tienen ni idea de su existencia. Si así fuera, no dudarían en pasarse a estos métodos sofisticados, pues resultan mucho más eficaces a la hora de impedir el avance de la igualdad entre los sexos. Prohibir que coma todo lo que desee y que me harte de tagine (mejor si es en cazuela de barro, con lo que la carne y la verdura pueden estar cociéndose durante horas sobre un fuego de carbón) sería, sin duda alguna, la mejor manera de paralizar mi capacidad pensante.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, El baño turco, 1862. Museo del Louvre, París.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, El baño turco, 1862. Museo del Louvre, París.

Tanto Naomi Wolf como Pierre Bourdieu han llegado a la conclusión de que hoy por hoy los códigos basados en el físico paralizan la capacidad de las mujeres occidentales de competir por el poder, por mucho que parezcan abiertas las posibilidades de acceder a la educación y a mejoras salariales. “Una obsesión cultural con la delgadez femenina no tiene nada que ver con obsesionarse con la belleza femenina” explica Wolf. Es más bien “una obsesión con la obediencia de las mujeres. El sometimiento a regímenes alimenticios es el sedante político más potente de la historia de las mujeres; una población silenciosamente trastornada es una población muy fácil de manejar”8. Wolf afirma que las investigaciones han “confirmado lo que la mayoría de las mujeres ya sabían de sobra: que la preocupación con el peso conduce a un “colapso virtual de la autoestima y del sentido de la efectividad” y que (…) una “restricción calórica prolongada y periódica” resulta en una personalidad especial, caracterizada por “pasividad, ansiedad y cambios emocionales bruscos”9. De modo similar, Bourdieu, que se ha dedicado más bien a desentrañar cómo este mito graba a fuego sus inscripciones sobre la piel misma, llega a reconocer que el estar constantemente recordándole a una mujer en un espacio público su apariencia física la desestabiliza emocionalmente, debido a que la reduce a mero objeto de exposición.

“Al confinar a las mujeres al status de objetos simbólicos que siempre serán mirados y percibidos por el otro, la dominación masculina (…) las coloca en un estado de inseguridad constante. (…) Tienen que luchar sin cesar por resultar atractivas, bellas y siempre disponibles”10.

 

Al sufrir dicho estado de congelación como objeto pasivo cuya mera existencia depende de la mirada de su poseedor, las mujeres occidentales de hoy, con estudios y formacióon, se encuentran en las misma tesitura que las esclavas de un harén.
-¡Gracias, Alá, por ahorrarme la tiranía del harén de la talla treinta y ocho! -murmuraba sin cesar, en mi asiento del vuelo entre París y Casablanca. Estaba deseando llegar a casa-. Menos mal que el profesor Benkiki no sabe nada de tallas. Y, menos aún, de la talla treinta y ocho. ¡Qué espanto si a los fundamentalistas les diera por imponer no solo el velo, sino también la talla treinta y ocho!

¿Es posible organizar una manifestación política creíble y salir a las calles a protestar y gritar que se nos han pisoteado los derechos humanos porque no es posible encontrar la falda que una busca?

Escena de un harén, madres e hijas. Foto datada entre 1875 y 1933. Brooklyn Museum

Escena de un harén, madres e hijas. Foto datada entre 1875 y 1933. Brooklyn Museum

1,2,3,8 y 9 Naomi Wolf, The Beauty Mith How Images of Beauty are Used Against Women, Nueva York, 1991.
4,5,6,7 y 10 Pierre Bourdieu, La domination masculine, 1988.

Fuente: Fatema Mernissi,El harén de las mujeres occidentales es la talla 38 (Capítulo 13). El harén en Occidente, 2000.